Capítulo 17
Elara
Unas horas antes
Nada más salir de la guarida de Myrgala, el temblor de tierra nos sacude.
Lo que nos hace caeral suelo de forma estrepitosa.
Corvin me agarra para amortiguar mi caída.
Y en el último segundo, termino cayendo encima de él.
La firmeza y calidez de su cuerpo me distraen de la amenaza inminente.
Me zafo rápidamente de sus brazos, ignorando las miradas furtivas que me lanza, mezcladas con un creciente temor que se le escapa con cada aliento.
Me pongo en pie a trompicones, agarrándome a la pared.
El suelo sigue vibrando bajo nosotros e intento encontrar una explicación razonable a lo que está pasando.
—¿Qué diantres está sucediendo? —Lo miro desconcertada, preguntándome si nuestra conversación con Myrgala tendrá algo que ver.
El temblor comenzó justo antes de salir de la guarida de la bruja “¿Es posible que hayamos hecho enfadar a los dioses?” Esa posibilidad se me clava en el pecho.
Demasiadas preguntas, demasiadas respuestas.
Jugar con magia negra nunca fue aceptado en nuestro mundo.
Quizá todo se trate de un merecido castigo.
—¿Crees que hemos preguntado demasiado? —Corvin parece temer lo mismo que yo y nuestros ojos van de uno al otro, mientras la tierra continúa temblando bajo nuestros pies —. Tenemos que salir de aquí.
Avanzamos con dificultad, agarrándonos a las paredes y sosteniéndonos el uno al otro, intentando dar pasos firmes para no caer.
Los vehículos voladores aceleran en su huida y colisionan unos con otros, todo se vuelve un absoluto caos.
Los transeúntes corren despavoridos, algunos con mochilas y maletas de equipaje.
Algo que indudablemente llama mi atención.
—Corvin, la gente está huyendo —le advierto. Él me mirá intentando descifrar lo que estoy pensando.
—Quizá la amenaza sea mayor de lo que pensamos. —Trago saliva y el nudo que se me instala en la boca del estómago me hace doblarme de dolor.
De pronto, el temblor cesa. El bullicio, el ruido, el caos.
Como si la ciudad entera hubiese decidido ignorar lo que está sucediendo.
Demasiado acostumbrados a ello. Una mujer a mi lado, recoge sus pertenencias esparcidas por el suelo.
Los conductores de los vehículos averiados discuten acaloradamente.
El humo blanquecino lo invade todo. En cierta medida y poco a poco, todo va volviendo a la normalidad en la ciudad de Rubí.
Yo sin embargo, no puedo sacarme de encima la sensación de que algo andamal.
Con el corazón aún en un puño y la respiración entrecortada, me dirijo hacia un anciano con muletas que camina dificultosamente.
—Disculpe. —El anciano me mira desde abajo, debido a su pequeña estatura y su encorvada espalda —¿Tiene alguna idea de lo que acaba de suceder?
—Niña… Solo ha sido otra ciudad colisionando. Si estabas pensando en mudarte ¡El momento es ahora! —El anciano se aleja entre risas y yo me quedo mirándolo aturdida.
El inquietante zumbido en mis oídos no me permite razonar con claridad. Corvin a mi espalda, parece estar tan desconcertado como yo. De pronto, una presencia cercana y familiar me envuelve. Me giro antes de que pronuncie mi nombre.
—¡Elara! —Dirijo la mirada en esa dirección, en busca del dueño de esa voz.
—¡Luke! —Corro apresurada hacia él, parece malherido y arrastra los pies hacia mi dirección. Corvin al percatarse, sigue mis pasos —. Luke, estás herido ¿Qué ha pasado?
—Elara, tienes que ayudarme… —Su voz suena entrecortada y agotada. Su rostro perfecto ahora se encuentra salpicado de sangre y magulladuras, se agarra el abdomen con dificultad e instintivamente lo agarro con miedo de que caiga al suelo.
Una sensación de que algo muy malo ha tenido que pasar, se instala en mi pecho.
—Luke, dinos lo que ha pasado. —Corvin lo agarra por los hombros, inspeccionando sus heridas con la mirada.
—Nos tendieron una emboscada…
—¿Qué? ¿Quién? —Aunque me parece que ya sé la respuesta.
Los pensamientos intrusivos me bombardean la mente y un dolor incipiente me pesa en el alma al pensar en Axel y los chicos —.
Dime que Axel está bien, por favor... —Mi voz suena tan desesperada que me ruborizo, noto la mirada de Corvin clavada en mí como cuchillos afilados.
—No lo sé, Elara… —Reprimo un sollozo y me aparto un poco de él buscando aire.
“No puede ser. No puede ser”, me repito. Si algo llegara a pasarle no sé qué sería capaz de hacer. Necesito que esté bien, que sea feliz, aunque no sea conmigo. Trago saliva intentando calmar mis emociones.
—Explícanos bien lo que ha pasado —insiste Corvin.
—Decidimos quedarnos unos días más en la ciudad…
—Respira trabajosamente mientras continúa hablando, como si cada palabra le robara un poco más de vida —.
Esperando que llegara otra… ciudad. Todas las semanas los comerciantes de unas y de otras coinciden, otras veces las intenciones no son tan pacíficas…
—Asiento, mientras en mi cabeza comienzan a cobrar sentido los temblores de hace un rato.
—Tal como acaba de pasar —digo. Luke asiente.
—Existen ciudades como Zafiro, llenas de atracadores y vándalos, que lo que buscan es saquear otras ciudades hasta la extinción. —Se me estremece todo el cuerpo. No sé que tipo de gentes pueden estar rodeándonos ahora mismo.
—¿Zafiro? —pregunta Corvin, se lleva los dedos a los ojos y los aprieta, veo la desesperación y tensión en su semblante.
—¿Se los han llevado unos vándalos? ¿Es eso? —pregunto, dirigiendo toda mi atención a Luke, de nuevo.
—Ha sido Corx. —Corx. La jefa del clan de los Serpientes. La despiadada mujer que nos encontramos de camino hacia aquí. Aquella que juró volvernos a encontrar.
Un sentimiento de odio va creciendo dentro de mí a pasos agigantados y la sed de venganza me inunda las venas. Solo puedo pensar en arrancarle la piel a tiras. Esa emoción en mí es nueva. No he sentido esa clase de odio antes, ni siquiera hacia mi padre.
—¿También se ha llevado a los chicos? —Continúo indagando. Luke asiente.
—Conseguí escapar, pero fue demasiado tarde… No pude hacer nada por ellos… —Su lastimera voz me inunda las entrañas de una sensación demoledora. “¡Por los dioses, solo espero que estén bien!”
—¿Sabes si les han hecho daño? —pregunto con voz acongojada, al borde de las lágrimas.
—Nos pegaron una paliza y luego se los llevaron. —Vislumbro la culpa en su mirada cansada.
—Tenemos que rescatarlos. —El cuerpo de Corvin se tensa tras de mí y su respiración se vuelve más profunda.
Elara… —me llama en un susurro y yo me giro para mirarlo —. No podemos retrasar más nuestra partida. Tenemos que seguir, ya has oído las palabras de Myrgala… —Me estremezco, atormentada por lo que me está pidiendo.
—Corvin, no voy a abandonarlos a su suerte —sentencio, con rotundidad.
—Se las apañarán solos, como siempre han hecho. No nos necesitan. —Su desafiante mirada se clava en la mía. Estoy ardiendo, me arden las venas y el corazón solo de pensar que algo malo les pase a los chicos, a Axel. No voy a ceder.
Un sollozo lastimero nos distrae de la discusión.
Luke cae al suelo en ese momento, a punto de perder el conocimiento.
Me arrodillo a su lado y lo recuesto en el suelo.
Corvin le coloca la chaqueta de piel en la nuca para mantenerlo algo más erguido.
Rápidamente saca algo de agua de nuestra bolsa y se la deposita en los labios.
Luke comienza a beber trabajosamente, al tiempo que lucha contra la violenta tos que sale de su garganta.
Le inspecciono la herida ensangrentada, le levanto la ropa y ahogo un gemido lastimero cuando descubro un profundo corte en el costado.
La sangre que se filtra a través de la tela, aún está caliente.
La piel desgarrada. Se me atasca la respiración en la garganta.
—Tenemos que ayudarlo, Corvin —le recrimino, con lágrimas en los ojos.
Asiente y con un ágil movimiento lo carga sobre sus hombros. Nos encaminamos deprisa hacia la taberna más cercana. Corvin lo recuesta sobre una mesa con urgencia. Más brusco de lo que pretendía.
—¡Madre mía! ¿Está herido? —La dueña de la taberna se acerca a nosotros alarmada y rápidamente trae consigo un botiquín.
Junto a la señora, limpio la herida de Luke y ella se encarga de coserlo y colocarle un apósito.
Observo atentamente el procedimiento, por si algún día debo hacerlo sin ayuda.
La sangre de Luke me hace recordar mi propia sangre, mi propia herida.
El dolor de la espada atravesándome la carne, la piel, los órganos…
Me llevo instintivamente la mano al abdomen.
El trauma me consume y se me llenan los ojos de lágrimas.
Corvin parece haberse dado cuenta. Me agarra la mano, tranquilizando la ansiedad que me invade con su delicado contacto.
—No puedo morir, Elara… —La voz de Luke sale de sus labios como un susurro lejano.
—No vas a morir, Luke. —Le agarro fuertemente la mano. Él se debate entre la semiinconsciencia.
—No puedo morir sin vengar sus muertes... —Observo sus ojos cargados de dolor. Como se le oscurecen las pupilas.
—Mi hija es la dueña de la pensión, justo aquí arriba. Puede quedarse a descansar sin coste alguno. —La voz de la propietaria del local nos interrumpe y Luke vuelve a cerrar los ojos antes de caer en un profundo sueño.
—Gracias, no sé cómo agradecérselo. Le ha salvado la vida a mi amigo. —Mi voz suena más compungida de lo que pretendía. “No va a morir”, me repito.
Estoy tremendamente agradecida, pero no puedo parar de pensar en Axel. Si estará también herido o mucho peor, si seguirá aún con vida.
—Corvin… —Me dirijo hacia él cuándo compruebo que Luke está ya más tranquilo, descansando sobre la superficie de madera —. No pienso dejar a Axel.
Corvin me aparta la mirada, su semblante tenso y la mandíbula tan apretada, que casi le rechinan los dientes.
Se vuelve para mirarme y en sus ojos se trasluce la resignación.
Intento mostrarme firme en mi decisión. Él suelta el saco que aún lleva sobre el hombro, de mala gana, haciéndolo chocar contra el suelo.
—Está bien. —Sus facciones se relajan un poco y entonces, me clava los ojos de nuevo —. Iremos a rescatarlos. Así Axel estará en deuda con nosotros y tendrá que llevarnos hasta el templo. —Apesar de que sea un tipo de ayuda interesada, no puedo dejar de agradecérselo.
—Que sepas que hubiera ido a buscarlo sin tí —escupo sin titubear. No sé porqué soy tan despiadada, aún estoy dolida por su indiferencia anterior. Corvin traga saliva e inmediatamente me aparta la mirada —. Gracias —digo, aún observándolo con rotundidad.
Se aleja de mí un par de pasos y comienza a deambular por la estancia. Luego baja los brazos abatido y me mira de nuevo.
—Pongamos rumbo a Zafiro —dice finalmente.
—Pues dense prisa, parece que la ciudad se está alejando.—Las palabras de la dueña de la taberna nos hacen espabilar.
Tras darle un delicado beso en la frente a Luke y dejarle en la mano una nota de despedida, salimos con premura de la taberna. Rumbo a Zafiro.