Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Axel

—¿Qué cojones quieres Corx? —La miro con desprecio y la repulsión incontro l able que me provoca.

Toda la fogosidad que en algún momento pude haber sentido por esta mujer se ha desvanecido por completo. Su sola presencia me revuelve por completo las entrañas.

—Te advertí que nos volveríamos a ver y suelo cumplir con mi palabra… A diferencia de tí. —De nuevo, su desdén y sus alusiones al pasado son el hilo conductor de su retorcido juego.

—Yo no te mentí, sabías desde un principio que yo no me comprometo con nadie. —Y muerdo su anzuelo. Ella suelta una carcajada antes de responder.

— ¿Todavía crees que se trata de eso? ¿De lo que tuvimos? Pobrecito… —Sus secuaces se echan a reír con ella. Me mantienen agarrado por los brazos, sujetando las fuertes cadenas de hierro forjado —. Parece que quién no supera lo nuestro eres tú.

—Ni en mil años volvería a tocarte. —Escupo a sus pies y ella se arrodilla hasta tener su cara a la altura de la mía.

—Solo me provocas nauseas, pero por desgracia, si quiero obtener lo que busco, tengo que lidiar contigo… —Se hace la remolona y se vuelve a poner en pie, dejándose caer sobre un mugriento sillón de cuero.

—No sé de qué me hablas. —Crece en mí la ira y las idas y venidas de esta conversación me enfurecen más y más —¿Dónde están los míos?

—¿Te refieres a tus perritos falderos? —El tono divertido de su voz consigue que me hierva la sangre.

Solo puedo pensar en arrancarle la cabeza de cuajo —¡Muertos!

—Un escalofrío me recorre el cuerpo entero y me pongo en pie de un salto, pero con un brusco y rápido movimiento, los Serpientes vuelven a ponerme de rodillas en el suelo.

—¡Deja de mentir, sucia rata!

—¿Crees que me ofenden tus palabras? ¡Dejaré de mentir cuando tú lo hagas! —Frunce el ceño, mirándome con odio y de nuevo se pone en pie, ahora, para deambular por la sucia celda.

—¿Qué has hecho con ellos? —El miedo me paraliza los huesos y contengo una arcada.

Hace unas horas, la ciudad en la que nos encontramos ahora, colisionó fuertemente con la ciudad de Rubí.

Supe que era el momento perfecto para escapar y seguir nuestro camino hacia el sur.

Pero los secuaces de Corx nos tendieron una emboscada y sin saber muy bien cómo, acabé aquí.

En un habitáculo sin ventilación ni luz exterior.

Me golpearon la cabeza y me la cubrieron con un saco.

No pude ver dónde me metían, ni cómo llegamos hasta aquí.

Una trampa perfecta, para un escurridizo roedor como yo.

—Te lo diré si colaboras… Conozco tu secreto Áxel y vas a ayudarme con mi plan. —El corazón me da envuelco en el instante que Corx pronuncia esas palabras.

Es imposible, realmente imposible que Corx lo sepa. Sin embargo, no parece estar yendo de farol. Guardo silencio y me mantengo expectante, aguardando a lo que tenga que decir.

—Pero, ¿Sabes que? —Hace una pausa dramática —. Quiero oírlo de tu boca. —Se coloca frente a mí, muy muy cerca de mi cara.

Me mira los labios y acto seguido se relame. Contengo las arcadas que me producen su repugnante insinuación.

—Ve al grano. No sé de qué me estás hablando.

—Oh… ¿Vas a seguir mintiendo? —Finge una exagerada cara de sorpresa y en su rostro se dibuja una sonrisa aterradora —.

Pues te quedarás aquí hasta que decidas hablar.

—Se dirige a la puerta enrejada y yo permanezco en silencio con la vista clavada en el suelo —¡Ah!

Y en cuanto a tus amiguitos… Es triste que tengan que pagar por tus pecados.

—Juro que como les toques un pelo, te torturaré tan duramente, queme suplicarás que te mate. —Se me enciende el alma y se me nubla la mente de odio y furia contenida.

—Primero tendrás que desatarte ¿no? —Suelta una carcajada aguda.

Acto seguido, abandona el calabozo dejando su risa suspendida en el aire como un fantasma.

Tras ella, salen los Serpientes, dejándome al fin solo.

El calabazo está oscuro, pero no lo suficiente como para no vislumbrar el desgastado suelo de piedra, cubierto de paja seca.

Más que una cárcel esto parece un establo.

Aunque si no me equivoco, hace siglos que no se ven caballos por aquí.

Me recuesto sobre la húmeda pared de ladrillo, con un repiqueteo incesante que me martillea la cabeza.

Cuando me percato del escozor que está instalado en mi sien, vuelvo a recordar el duro golpe en la cabeza.

Debió ser entonces cuando perdí a los chicos.

Solo pensar en que algo les pueda pasar, por mi culpa…

Siempre por mi culpa. Me estremezco. Debo salir de aquí cuanto antes, pero pactar con Corx no es una opción.

Lo agotador de la situación hace que el sueño se apodere de mí y en pocos segundos caigo dormido.

Cuando la noche ha caído por completo, unos pasos me despiertan.

Abro los ojos con cuidado y me recompongo, intentando vislumbrar a la persona que se oculta tras una capucha y una capa que la cubre casi por completo.

Intento ponerme en pie, pero los grilletes son tan pesados que me cuesta horrores hacerlo.

Me acerco a los barrotes con pasos lentos, arrastrando los pies por el sucio suelo.

Hasta que mis ojos descubren un reflejo rojizo entre la negrura de la estancia.

—Axel… —Su voz es un susurro, pero me calienta por completo cuando nuestros ojos se encuentran y el brillo aguamarina de su mirada me inunda por dentro.

—¿Elara?