Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Elara

La oscuridad anega mis ojos. La negrura nos envuelve, solo alumbrada por unas pequeñas velas que parecen flotar en el ambiente.

Mi vista se adapta con rapidez y a medida que empiezo a ver con mayor claridad la estancia, mis latidos se van agolpando en mis oídos.

La última vez que estuve en un lugar como este, las Moiras me enviaron aquí. Trago saliva.

De nuevo esa extraña familiaridad hacia la oscuridad, mezclada con un sentimiento de miedo e incertidumbre por lo desconocido, me devana los sesos.

Corvin no me ha soltado la mano desde que nos plantamos frente al cartel de la entrada y la calidez de su contacto es lo único que consigue traerme un poco a la tierra.

El pasillo de piedra es largo y estrecho.

Cada hueco y recóndito escondrijo, está repleto de improvisadas estanterías, polvorientos libros y pequeños botecitos de cristal con líquidos y ungüentos.

Frascos de cristal con líquidos opacos, de dudosa procedencia.

Cachivaches que parecen no haber sido tocados en siglos, por la cantidad de polvo y telarañas que los recubren.

Intentamos, sin éxito, que nuestros pasos no retumben en el desgastado suelo de madera, pero esta cruje bajo nuestros pies a cada paso. Encargándose de delatarnos.

— ¿Quién anda ahí? —Una melodiosa voz rasga el ambiente, provocándome un escalofrío que me recorre la columna vertebral —¿ Qué desvalidos seres requieren de mis servicios?

Estamos a punto de cerrar… —Ese sonido procede directamente de la más horrible de mis pesadillas.

Una voz inhumana, solemne. Sobrenatural.

Trago saliva y seguimos caminando hacia la procedencia de aquella siniestra voz, mi cuerpo tiembla con cada movimiento.

Cuando llegamos al final del interminable pasillo, se abre ante nosotros una pequeña salita.

Ahora los estantes se levantan hasta el techo.

Repletos de objetos cada vez más raros y extravagantes.

La fría humedad del lugar me eriza la piel y estoy a punto de recular cuando mis ojos reparan en una enorme jaula abierta.

“Nos hemos metido sin duda en la boca del lobo”.

Un alarido desgarrador me sobresalta y Corvin saca instintivamente el cuchillo de su cinturón. Un cuervo.

— ¿Grifo os ha asustado? —Volvemos a oír la voz perturbadora de aquella mujer, cada vez más cerca —. Chico malo… —dice en un susurro y entonces, vemos al cuervo entrar en su jaula.

Automáticamente, la puerta de la misma se cierra y escuchamos el clic del pestillo. Como en un acto de manos invisibles.

— Acercaos, chicos. No tengáis miedo…

Como si nos encontrásemos bajo un inicuo encantamiento producto de aquella voz, los dos caminamos al unísono.

Oigo los latidos del corazón de Corvin retumbándole en el pecho y sé que está tan asustado como yo, cuando el sudor frío conecta nuestras manos.

Corvin se coloca delante de mí, haciendo de barrera con su cuerpo.

Lo que me dificulta, aún más, la poca visibilidad que tengo.

— El guardián y su princesa… —Las palabras de la bruja hacen que me estremezca y por primera vez, creo de verdad que esa voz no pertenece a este mundo —. T omad asiento.

Al instante, aparecen dos sillones orejeros de cuero en medio de la estancia y una mesa a modo de escritorio. Tras ella, un sillón vacío, de piel oscura, tan alto como un trono. Como el de mi padre. Como el trono vacío de Niebla.

Corvin se gira para mirarme. La consternación le nubla los ojos, sin embargo, algo en su forma de mirarme me tranquiliza. “Tenemos que hallar respuestas”.

Nos dejamos caer en los asientos haciendo el menor ruido posible.

El silencio es aplastante, solo roto por nuestra respiración contenida.

Una niebla espesa surge de la nada. Se me acelera un poco más el pulso y siento que voy a desfallecer cuando aquella oscura niebla lo invade todo.

Poco a poco, convirtiéndose en una masa corpórea. En una figura humana.

Me agarro a ambos lados del sillón, presa del pánico y la mano de Corvin se agarra con firmeza a mi rodilla, por si decido escapar.

Atrapada. Los pulmones se me llenan de esa niebla espesa, que no me deja respirar.

Mi instinto me pide que huya, mientras la mano firme de Corvin continúa anclándome al sillón.

Cierro los ojos con fuerza, hasta que la voz, ahora más cerca que nunca, llama mi atención.

— ¿Tienes miedo, Elara? —sisea.

—No. —Miento "¿Cómo sabe mi nombre?"

Comienzo a abrir los ojos con reparo y a medida que lo voy haciendo, aparece ante mi, el bello rostro de una mujer joven.

De no más de treinta años de edad. Llena mis entrañas la curiosidad y desconfianza a partes iguales.

Contengo el aliento mientras observo a la mujer que se muestra frente a nosotros.

La mano de Corvin sigue agarrándome, tan fuerte, que los nudillos se le ponen blancos.

Su piel es blanca como las nubes. En un rostro pétreo como el marfil, sus ojos destacan de un color rojo brillante.

Al igual que sus labios cuidadosamente pintados de color negro.

Tan perfectos que me hacen pensar que ese es su color natural.

Su melena negra y ondulada enmarca su rostro.

Sobre su frente, descansa una especie de diadema enjoyada cubierta de piedras preciosas de color rojo.

Cubre su coronilla con una capa de color oscuro, que le llega hasta los hombros y le envuelve el cuerpo como una sombra.

Su cuello está cubierto por numeros gargantillas repletas de joyas, al igual que sus manos, decoradas con anillos, cuyos dedos terminan en unas largas y afiladas uñas de color negro.

Es hermosa, demasiado hermosa para ser una despiadada bruja.

Como si esta visión, sólo se tratara de un disfraz que oculta su verdadera apariencia milenaria.

Una belleza que definitivamente, no pertenece a esta tierra.

Mi vista repasa rápidamentesu vestimenta y sus sinuosos pechos que suben y bajan con cada respiración.

Nunca he visto una mujer tan bella. Llevo demasiado tiempo conteniendo la respiración, cuando mis labios se separan de forma automática.

—¿Cómo sabes mi nombre? —Me atrevo a articular unapregunta absurda. “Es una bruja milenaria ¡Claro que sabe mi nombre”, me autoreprendo.

Como si la bruja acabara de leerme el pensamiento, se echa a reír, con una carcajada sonora y sombría.

Dejando relucir sus afilados colmillos. Mi mente no puede evitar imaginarlos despedazando carne humana.

Trago saliva. La mano de Corvin se aferra a la mía y me dirige una mirada de soslayo, que esquivo.

— Veo que mi belleza te ha dejado anonadada. —Sonríe de forma traviesa. Como si disfrutara cada instante que juguetea con su presa.

No respondo, sigo mirándola con los ojos muy abiertos. Corvin no ha dicho nada, prácticamente ni se ha movido. Ahora su mirada repara en él.

— ¿Y tú? ¿Solo estás aquí para salvar a tu princesita? —El tono condescendiente de su voz dirige una ira contenida hacia él.

—Estamos aquí para obtener respuestas —dice Corvin con toda la contundencia que es capaz. Su respiración agitada bajo su pecho parece ralentizarse.

— Bien… —La bruja se echa hacia atrás, recostandose lentamente en el sillón y en ese momento la jaula del cuervo se abre.

El animal se coloca en su hombro con delicadeza.

—. Entenderéis que eso exige un precio …

—Su sonrisa maquiavélica me pone los vellos de punta, pero me resisto a mostrarlo —. T engo que ganarme la vida ¡Ja!

—¿Qué tipo de precio? —pregunta Corvin tras unos segundos, mostrándose cada vez más crispado.

— Eso lo decidiré al final de la sesión . —Nos miramos desconcertados, intentando leernos el uno al otro.

“¿Y si pide un precio humano?¿Y si lo que pide es algo que no podemos dar?¿Y si es un precio demasiado alto?” Las preguntas se agolpan en mi garganta. Las retengo.

— Lo tomáis o lo dejáis ¡Fin! —Myrgala interrumpemi retaila, clavándonos la mirada.

—Aceptamos —digo entonces con firmeza, presa de todo el valor que hay en mí. Un valor que ni siquiera sabía que tenía dentro.

— Empecemos, pues…

En el centro de la mesa, una bola de cristal se va iluminando, de color ambarino. La luz se va incrementando, hasta que el destello cegador inunda la estancia. Los cabellos de Myrgala se mueven al viento. Un viento que nos envuelve como un tornado.

— Primera pregunta… —Nos miramos y con un gesto, Corvin me indica que hable.

La mente me da vueltas, aturdida. Desconocía que el juego iría así.

Un juego que podría ser mortal,debo elegir con cuidado mis palabras.

Hay tantas preguntas de las que me gustaría obtener respuesta, que no sé ni por dónde empezar.

Cierro los ojos, en un intento de aclarar mi mente y disipar las dudas que enturbian mis pensamientos, mientras el viento continúa retumbándome en los oídos “¿Cuántas preguntas podremos hacerle?”.

—¿Existe la posibilidad de que volvamos a Armaria? —digo al fin. Las manos de Myrgala se agarran al cristal y los ojos se le tornan a un blanco pálido.

— Sí… pero allí no querrás volver… —Su voz ahora suena aún más de ultratumba.

—¿A qué te refieres? —inquiero, aún más desconcertada.

— Armaria entrará en guerra, ese ya no es tu lugar… —Una punzada de dolor me atraviesa el estómago y el frío me hiela la sangre. “Armaria… en guerra…”

Como en mi visión.

—¿Cuál es mi lugar, pues? —Silencio, un silencio demasiado largo. Temo estar agotando todas las posibilidades de obtener respuestas. Pero sus contestaciones confusas me empujan a seguir preguntando.

Corvin y yo nos miramos de nuevo sin saber que ocurre. Tras unos segundos, la bruja abre de nuevo la boca.

— No perteneces a Armaria… Nunca lo hiciste. Tu hogar siempre ha sido Niebla. Lo sabes. Solo necesitas recordarlo . —La exasperación crece en mí y se me enfría la sangre con su revelación —. E s tu decisión… —añade. Desconozco a qué se refieren sus palabras.

—¿Cómo ascendemos? —Corvin se me adelanta esta vez y ahora los ojos de la mujer se tornan a un color oscuro, volviéndose completamente de color negro.

— Cuarta pregunta… —dice ella —. Tu destino no está claro… No veo bien… —La bruja frunce el ceño, clavando sus garras con más fiereza sobre la bola.

—¿Qué quieres decir con eso? —La voz de Corvin suena desesperada y ahora soy yo la que coloca una mano sobre su rodilla para tranquilizarlo.

— Podrás ser rey, pero todo depende de lo que decida ella… —De nuevo, una respuesta ambigua “¿Rey?¿Corvin?”

La cabeza me da vueltas, hago un intento más por aclarar mis ideas.

—¿Cómo ascendemos? —repite. Noto como la angustia de Corvin crece por momentos y su acalorada respiración moviéndose en su pecho.

— Última pregunta… Myrgala está cansada… —La voz de la mujer se ensombrece, tiene el ceño fruncido y las lágrimas brotan por sus mejillas de porcelana.

—¿Cómo regresamos? —repite Corvin con otras palabras. Sin darle tiempo a la bruja de arrepentirse.

— Al sur, hacia las laderas interminables, en la montaña donde el cielo y la tierra se tocan hay un templo… —Su voz ronca, deriva en una tos aguda.

—Corvin, hay que parar. Está sufriendo. —Lo contengo. Un hilo de voz sale de mí y me preocupa la reacción de Myrgala.

—Estamos muy cerca, tenemos que saber el lugar —me recrimina con exasperación. Veo la creciente desesperación reflejada en sus pupilas —. Un mapa, danos un mapa —continúa insistiendo.

La mesa comienza a temblar, así como el suelo bajo nuestros pies.

— ¡NO! —La devastadora luz cegadora, estalla y su fuerza propulsora nos aparta, haciéndonos caer al suelo estrepitosamente.

Me estampo contra la pared y caigo sobre la superficie de piedra, golpeándome la cabeza en el acto. Myrgala ha caído desmayada sobre su sillón. La luz de la bola se va apagando, volviendo a la oscuridad inicial.

—¡Te dije que no la forzaras más! —recrimino a Corvin. No me responde.

—¿Estás bien? —Me zafo de sus brazos que intentan levantarme y me dirijo con rapidez a la mujer.

Cuando me encuentro a la altura de su rostro, sus ojos se abren haciendo que me sobresalte.

Su iris, poco a poco va volviendo al rojo brillante de los rubíes.

Camino hacia atrás instintivamente, asustada por su cercanía, pero me agarra el brazo con fuerza, clavandome sus largas garras en la muñeca. Reteniéndome.

— El precio… —exclama con voz gutural —. Es que me ayudes a regresar a Niebla . —Me quedo helada con sus palabras “¿Yo?¿Devolverla a Niebla? Si ni quiera sé cómo regresar…”

El nudo de mi garganta me aprieta tanto que amenaza con asfixiarme.

Asiento sin más y ella me suelta. Quizá mi respuesta se deba a un instinto de supervivencia, quizá me sienta realmente en deuda con ella.

— Tengo tu palabra… —Suena a amenaza y me asusta pensar en lo que podría pasarme si no cumplo dicha promesa.

—Elara, vámonos de aquí. —La voz de Corvin me hace salir del aturdimiento.

Sigo reculando y con un movimiento de cabeza doy las gracias a Myrgala. Cuando estamos cerca de la salida, la voz de aquella siniestra mujer vuelve a retumbar en las paredes.

— Y recuerda… Todo depende de tu decisión . —De nuevo, un escalofrío invade mi cuerpo. Cuando por fín salimos de aquel siniestro lugar, todo a nuestro alrededor comienza a temblar.