Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Corvin

La mañana llega demasiado pronto. Apenas abro los ojos, recuerdo dónde estoy y con quién. El aroma del perfume de Elara inunda la pequeña habitación dónde nos encontramos.

Me retuerzo, estiro los músculos agarrotados después de dormir toda la noche en el suelo.

Durante mi formación, me entrenaron para superar cualquier tipo de adversidad.

Entre ellas, ser tomado como prisionero.

Hecho que no tenía ningún sentido, teniendo en cuenta que nuestros reinos jamás se han visto sumidos en una guerra.

Estos entrenamientos incluían todo tipo de torturas, dormir en un calabozo en el que no entraba la luz, duchas de agua fría o pasar dos días enteros sin comer. Sin embargo, el cuerpo nunca se acostumbra a eso. Me duele la espalda y tengo los dedos de los pies entumecidos.

Me percato de que el enfado de la noche anterior sigue golpeándome las entrañas “¿Es que no entiende que solo me preocupo por ella?” Un dolor punzante se me instala en la sien y echo mano a una cantimplora con agua, para hidratarme y calmar mis ideas.

Cada día que pasamos en esta tierra, me siento más y más alejado de Elara.

Cada minuto que pasamos lejos de casa, me siento más condenado a perderla.

Tengo que encontrar la forma de volver. A la vida que teníamos, a lo que quede de nuestro reino y si no quedan más que cenizas, me aseguraré de que empecemos una vida mejor en otro lugar.

El ruido de los muelles saltando dentro del ruinoso colchón, confirma movimiento y el sonido de las sábanas contra su piel me indica que está despierta.

No busco incomodarla, así que paso al baño para asearme y le dejo su espacio para que se despierte con tranquilidad.

Aquí el agua corre con fluidez por las tuberías, lo que me resulta asombroso dadas las circunstancias del lugar.

Luke me explicó que estas ciudades errantes habían encontrado la manera de autoabastecerse.

Mediante autogeneradores y otros aparatos que limpian y filtran el agua para reutilizarla.

En Armaria deberían instalar algo así, el recuerdo de los baños con cubos que me daba mi madre durante mi niñez, acude a mi mente.

Cuando cruzo de nuevo la puerta, Elara ya está vestida.

Lleva el pelo largo recogido en una alta coleta.

Está preciosa, nunca deja de estarlo. Sin embargo, me percato de que algo en ella ha cambiado.

Sus mejillas han perdido el color rosado que tenían en Armaria y el brillo de sus ojos se ha atenuado.

Toda esa luz anterior parece haberse perdido a manos de su padre aquella tarde.

Elara ya no es la misma y en cierta manera, yo tampoco.

Las cosas que antes me preocupaban parecen haber perdido significado.

Ser el mejor guardia del rey, casarme o formar una familia, servir a mi patria…

. Todo eso dejó de tener importancia el día que llegué aquí e irremediablemente tuve que luchar por sobrevivir.

Sobrevivir lo es todo. Sobrevivir y permanecer cerca de Elara.

Ella es miancla dentro de todo este caos.

Cuando se percata de mi presencia, sus ojos resbalan por mi cuerpo.

Me mira de arriba a abajo, deteniéndose en mi pelo, que cae húmedo y desordenado mojándome la frente.

El atuendo de pantalón con numerosos bolsillos y la camiseta de algodón de manga corta.

Un atuendo muy diferente a los que estaba acostumbrado a usar anteriormente.

—¿Estás listo? —Noto aún la crispación en su voz.

—Sí —alcanzo a decir.

Sé que no es buen momento para hablar. Pero si no lo hago, la distancia que irá creciendo entre nosotros será cada vez más grande.

—Oye, siento lo de anoche. De verdad. —Doy un paso hacia ella y busco su mirada con expectación —.

Siento que pienses que me tomo libertades que no me corresponden y lo entiendo…

—Trago saliva y empujo mis emociones al fondo de mi ser, antes de hablar de nuevo —.

Solo quiero protegerte. Es lo único que me importa.

—No se trata de eso. —Tiene la vista fija en sus pies, su rostro refleja duda.

Su voz se quiebra un poco y parece haber decidido no decir nada más al respecto. La barrera invisible que crece entre nosotros parece cada vez más fuerte. Doy un paso adelante, para acercarme más a ella. Su rostro está tan cerca del mío, que puedo contar una a una las pecas de su nariz.

—No pretendo darte órdenes, Elara. Solo quiero que salgamos vivos de esta. Tú y yo. Como siempre ha sido —digo, aunque mi vida ahora mismo me importa entre cero y nada. Solo pienso en ella —. No me han enseñado a hacer las cosas de otra manera, pero aprenderé. —“Por tí, por tí haría lo que fuera”.

Estoy reprimiendo todas mis emociones. Mis sentimientos hacia ella no tienen cabida en esta conversación. Elara asiente, un atisbo de comprensión cruza sus pupilas, lo que me tranquiliza momentáneamente.

Le agarro las manos y la suavidad de las mismas, propiciada por su delicados y largos dedos, hacen que me olvide de todo por unos segundos. Mantengo la mente en blanco mientras la miro. Con miles de palabras no dichas suspendidas en el aire.

—Tenemos que irnos —dice al tiempo que se aparta de mí, retirándome su contacto. Dejando el calor latente en mis manos y el dolor de su ausencia.

Dando por zanjada la conversación, accedo.

Ya habrá momento de trabajar en un acercamiento.

Recojo las pocas pertenencias que nos quedan.

Entre ellas, la comida que se dejó aquel tipo la noche anterior.

Me equipo su chaqueta de piel sobre los hombros.

Este pedazo de tela nos puede ser de utilidad si llegan las frías noches a la intemperie.

El resto de ropa (que no se llevó puesta) la meto en mi saco.

Salimos de la posada, tras pagarle al anciano por el hospedaje.

Las puertas batientes sisean tras nosotros.

Nos encaminamos a la taberna del día anterior, en busca de algo caliente que reconforte nuestros cuerpos.

A Elara le parece bien, aunque asegura no tener apetito.

Me fijo en su pérdida de peso de los últimos días, las clavículas se traslucen tras la fina tela de la camiseta.

Apenas amanece. Los primeros rayos de sol se filtran de forma escasa a través de la cúpula que recubre la ciudad.

Respiro aliviado al recordar los primeros días de extenuante calor en el exterior.

Este lugar proporciona cierto alivio en cuanto a eso se refiere, aunque la seguridad brilla por su ausencia.

En el exterior, el sol es abrasador y el calor sofocante. Aquí abajo y aunque parezca irónico, el sol parece estar miles de kilómetros más cerca que en Armaria.

Llegamos a la taberna y caminamos en dirección a la mesa de la noche anterior.

El crujido de la madera bajo nuestros pies, hace que todas las miradas se dirijan a nosotros.

A nuestro paso, el murmullo en la taberna crece y una inquietante sombra se cierne sobre nosotros, para recordarnos que no deberíamos estar aquí. Que no pertenecemos a este lugar.

Tras acomodarnos en una de las mesas cerca de la barra y pedir un par de bebidas calientes, la conversación de unos locales llama nuestra atención.

—¡Por los dioses, Fergus! Te he dicho mil veces que eso no es así…—La voz rasgada augura en mí un mal presagio.

Las palabras de aquel hombre retumban en mi cabeza como un zumbido. “Por los dioses”. Una expresión muy impropia de este lugar. Impropia de un lugar abandonado por los dioses hace ya mucho tiempo. No había escuchado a nadie hablar así anteriormente.

Me dejo llevar por mi instinto y mientras tamborileo con los dedos sobre la superficie de madera, miro a Elara. Sus ojos me devuelven la mirada. Asiente. Parece haberse percatado de lo mismo que yo.

Sin meditarlo mucho más, nos ponemos en pie al unísono y nos dirigimos a los dos desaliñados hombres que se sientan al lado de la barra. No dudamos al interrumpirlos de su acalorada discusión.

—Disculpen… —Los dos tipos se giran a la vez. Nos miran de arriba a abajo, con cara de pocos amigos.

Conseguir algo de información de estos dos no va a ser tarea fácil. Por lo que decido ir al grano.

—¿Habéis dicho “Por los dioses”?

—¡Es una expresión muchacho! ¿Es que nunca la has oído? —"No aquí", pienso. El hombre me mira con los dientes apretados y sus agrietados labios se convierten en una fina línea bajo la espesa y canosa barba.

—No formamos parte de los extraños devotos ni nada de eso —gruñe con desdén el más anciano de los dos. Al cuál le recorre la cara una cicatriz descolorida.

—¿A quienes os referís como “extraños devotos”? —pregunta Elara adelantándose a mi intervención.

—Ya sabes… Esas sectas de fanáticos. Creen que los dioses vendrán a buscarlos para llevarlos a su reino celestial. —Una carcajada se escapa de las fauces del viejo y los dos se echan a reír, lo que acaba para ambos en un ataque de tos.

Me estremezco ante las inesperadas declaraciones. Yo tenía razón, hay una forma de volver allí. Y los supervivientes de esta Tierra se mueren por dar con ella.

—¿Dónde los encontramos? —Las palabras de Elara hacen que los dos viejos se callen de golpe y claven su vista en ella. Hasta hacía unos segundos, apenas habían reparado en su presencia.

—Muchachita, ¿Para qué quieres encontrarte con ellos? —Como si nos hubieran leído la mente, descubierto nuestras intenciones, los dos rostros envejecidos se oscurecen. Nos clavan sus miradas, salvajes.

—Pregunta por Myrgala —dice el viejo que ha estado más callado —. Ella os dirá lo que quereis saber.

El otro viejo le da un golpe en el hombro, como signo de advertencia para que mantenga la boca cerrada.

Yo asiento y Elara hace un gesto de agradecimiento antes de volver a sentarnos en nuestros respectivos asientos.

Tenemos algo, un nombre. “Myrgala”. Un nombre antiguo, que susurra promesas malditas.

Una esperanza, un rayo de luz en la oscuridad. La respuesta a nuestras preguntas.

Tras degustar el imbebible té de hierbas y haber comido un poco de pan, salimos del lugar con un ápice de optimismo nuevo, latente en nuestros corazones.

Sin mediar palabra, empezamos a preguntar a los locales.

Entramos en tiendas y tabernas, preguntamos por la calle a los viandantes.

Nadie parece conocer a la tal Myrgala. Pero más que desconocimiento, lo que atisban sus palabras y reacciones, no es más que miedo.

La esperanza tiene un eco cada vez más lejano. Las calles se hacen cada vez más oscuras y estrechas. Todas son tan parecidas entre sí, tan laberínticas, que siento que estoy recorriendo el mismo lugar en círculos. Una y otra vez.

Perdemos la esperanza por completo, cuando la tarde empieza a caer.

Elara y yo apenas hemos cruzado palabra en todo el día, pero cuando un cartel llama nuestra atención, le agarro la mano con fiereza.

En un ataque euforia “¡Pócimas, hechizos! ¡¿Qué te depara el futuro?! ¡El taller de la bruja a tu disposición!”

Elara y yo nos miramos, por un momento, la barrera entre nosotros se hace más sutil, más endeble.

La brujería, la magia negra. Hechizos, clarividencia.

.. Todo ello parece tener relación con el Reino de Niebla.

Una bruja. Myrgala. Sí, Myrgala, sin duda, es nombre de bruja.

Sin pensarlo mucho más, entramos en el oscuro local en busca de respuestas.