Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Ese mundo es nuestro hogar, Elara. Tenemos derecho a regresar. —Hace una breve pausa para humedecerse los labios —. Si no es en Armaria será en Niebla, pero no podemos quedarnos aquí.

El humeante caldo viaja por mis fosas nasales hasta mis papilas gustativas. No se ve demasiado apetecible, pero los rugidos de mi estómago me recuerdan que llevo horas sin comer.

—Aún no sabemos si es posible. —Le recuerdo.

—¿Y no crees que merece la pena intentarlo, por una vida mejor? —Los ojos le brillan de esperanza y me siento terriblemente mal por ser yo la que tenga que bajarle los pies a la tierra. Nunca mejor dicho.

—No sabemos con seguridad…

—¿Qué me dices de tus visiones? Estoy seguro de que significan algo.

—Mueve la cabeza y baja la mirada hasta sus propias manos, soy incapaz de mirarle.

No sé ni cómo me siento —. Si esas visiones significan que estás destinada a ser la Reina de Niebla, debemos volver.

—La contundencia de sus palabras me golpea de pronto.

Nunca había contemplado esa posibilidad. No de forma real. Mi angustia crece por momentos y de repente solo tengo ganas de huir.

—¿Viste un trono vacío no? Eso debe significar algo —asegura con total rotundidad.

No soy capaz de responder nada, solo de mirarlo mientras un brillo de optimismo le inunda los ojos. Como una promesa de redención. Le tiemblan las mejillas salpicadas de pecas, cuando intenta contener las lágrimas.

—Come. —Me ordena de pronto.

Simplemente obedezco y mientras degustamos el contenido caliente y espeso del plato, no intercambiamos ni una sola palabra más.

Tras dejar unas de las monedas de Axel sobre la mesa, salimos al exterior de la taberna.

Ya es noche cerrada, por lo que encontrar un lugar para dormir se convierte en nuestra prioridad.

El cielo es imposible de ver a través de la cúpula y echo de menos las estrellas.

Las calles aún más oscuras, sin la luz del día, nos acechan como pasadizos serpenteantes.

La poca luz procedente de faroles y carteles luminosos no son suficientes para iluminar la totalidad del ambiente que nos rodea.

Aquí no corre una brisa, ni la más leve. Los vehículos andan de aquí para allá todo el día. Como si la ciudad nunca durmiera. Los edificios se levantan a nuestro alrededor como árboles desordenados. Edificios que susurran que tiempo atrás tuvieron un aspecto mejor.

No conocemos la cantidad de peligros que pueden acecharnos en esta ciudad y me temo que se incrementarán durante la noche.

Caminamos unos pocos pasos y un hostal con un cartel luminiscente aparece frente a nosotros.

Este lugar, a diferencia del de la noche anterior, parece algo más cuidado.

El anciano de mirada oscura frente al mostrador, nos recibe con una sonrisa.

—Buenas noches —dice el viejo anfitrión con tono amigable, mostrando su desgastada dentadura.

—Buenas noches —responde Corvin —, tendría…

—Un par de habitaciones, por favor. —Me adelanto. Corvin me mira desconcertado. Es evidente que esperaba otra cosa, pero ahora mismo necesito intimidad. La que no he tenido en días.

—Lo siento, pero nuestras habitaciones están al completo esta noche.

Agradecemos al anciano su hospitalidad y cuando nos disponemos a salir del edificio, una chica corre precipitadamente hacia nosotros.

Lleva el cabello corto, de un extraño color rosa, desaliñado, que le cae en ondulaciones, rodeando sus mejillas.

Sus ojos crispados también son de un color rosa brillante.

Casi fucsias. “Nunca he visto nada igual”.

El rostro encolerizado de la chica, grita que no pasa por su mejor momento.

—Aquí tiene. —Dando un golpe en la mesa, deja unas monedas sobre el mostrador frente al viejo, quien la mira sin comprender —¡Me largo! —grita, como si esperase que alguien más la oiga. Abandona el lugar, no sin antes lanzar una peineta al aire.

Cuando miro en esa dirección, veo a un chico bajar las escaleras hacia ella a toda prisa.

Se tapa únicamente por una fina sábana, sus partes más íntimas.

Mostrando su musculoso cuerpo desnudo lleno de tatuajes y magulladuras, casi a partes iguales.

El cabello negro lacio le cae hacia ambos lados de la cara,a la altura de sus rasgados ojos.

Nos aparta de un empujón y se adentra en la ciudad tras la chica.

—Bueno, pues parece que si que se ha quedado una habitación libre —dice el viejo sin mostrar el más mínimo interés por lo que acaba de pasar. Como si este tipo de situaciones fuesen algo de lo más cotidiano.

Corvin y yo nos miramos sin entender qué diantres acaba de pasar.

Sin pensarlo mucho, salgo por la puerta en busca de la chica.

No debato las consecuencias, ni lo que podrían conllevar mis actos.

No la veo ni a un lado ni al otro de la calle.

Sé que puede estar en problemas, así que camino dando grandes zancadas.

Entonces, oigo gritos en dirección a un callejón oscuro por lo que me dirijo hacia allí.

—Lena, perdóname, de verdad. —La voz lastimera que sale de la boca del tipo, me revuelve las entrañas.

—¡Ni lo sueñes, desgraciado! —grita ella, intentando zafarse de su contacto. Su cabello rosa se mueve con cada brusco movimiento.

—¡Eh! —Soy consciente de que puedo estar metiéndome en la boca del lobo, pero no puedo, ni quiero, permitir que le hable así —. Déjala en paz de una vez.

—¿Y tú quién coño eres? ¿Otra zorrita con ganas de guerra? —El rostro del tipo, encendido de ira. Sus ojos achinados se ciernen en una fina línea, me mira de arriba a abajo.

—Tápate anda, nadie quiere verte las vergüenzas —escupo con condescendencia. Presa de una seguridad en mi misma que no puedo controlar —. Lárgate de aquí o pienso llamar a las autoridades.

—¿Autoridades? —Suelta una carcajada sarcástica —¿Estás loca? Esto es una ciudad sin ley, niña pretenciosa…—Su tono prepotente enciende algo en mí, una rabia que llevo días acumulando.

Las lecciones de entrenamiento que recibí desde mi niñez tenían que servirme de algo. Le lanzo un golpe directo al pómulo. Un movimiento algo torpe debido al cansancio, pero efectivo. Lo suficiente para hacerlo recular con una mano sobre la mejilla.

Al retirar la mano, deja ver un corte delgado, donde la sangre brilla bajo la pobre luz que alumbra la calle. Su mirada, ardiendo de rabia contenida, mientras la tensión en el aire continúa creciendo peligrosamente. Chasquea la lengua y observo como la rabia se apodera de él.

—Lárgate —le digo. No titubeo. Chasquea la lengua de nuevo y escupe en dirección al suelo, al lado de mis zapatos.

—Nos volveremos a ver, zorra. —Una última amenaza antes de desaparecer en la negrura de la noche.

El corazón me late rápidamente y mi respiración alterada empieza a relajarse.

No me puedo creer que haya sido tan fácil quitárselo de encima.

Semidesnudo y solo contra dos, estaba en una clara desventaja.

No se esperaba que me fuera a defender y es evidente que quería evitarse más problemas de los que ya debía tener.

La chica ha permanecido todo este tiempo un par de pasos alejada de nosotros.

Me acerco a ella, tras asegurarme de que nos hemos quedado completamente solas.

Sus ojos brillan con gran intensidad, con un color que no parece algo de este mundo.

Se distinguen incluso en la oscura noche.

Su cuerpo delgado, casi escuálido, me da a entender que puede que lleve días sin comer.

Está petrificada, presa del pánico. Se me encoge el estómago al pensar en los horrores que ha debido de pasar para reaccionar de esta manera.

Para ser completamente incapaz de defenderse.

Paralizada por el miedo. Agarrándola por los hombros, le doy un abrazo de consuelo, puedo notar el nerviosismo en todo su cuerpo.

Poco a poco la tensión se va relajando, a medida que su respiración se acompasa con la mía.

—Gracias, estoy bien… —Su voz suena de todo menos convencida.

La miro esperando alguna explicación sobre lo sucedido, aunque se desde hace rato, que me estoy metiendo dónde no me llaman.

—Es mi ex. Me citó aquí, se suponía que iba a devolverme el dinero que me debía, se lo presté para sus asquerosos trapicheos.

—Ladea la cabeza al recordar lo sucedido y una ola de arrepentimiento le inunda los ojos color magenta —.

El muy idiota estaba esperándome desnudo en aquella habitación ¡Hijo de puta!

—Ahora estás a salvo, si necesitas pasar la noche con nosotros… —Oigo unos pasos tras de mí, que me alertan de nuevo. Corvin.

—¡Por los dioses Elara! ¡Qué susto me has dado! —Su respiración agitada, se va ralentizado al comprobar que me encuentro bien —¿Dónde te habías metido? —La chica recula ante su presencia y yo agarrándola por la muñeca, la retengo.

—Tranquila, él… es de fiar —aseguro. Ella asiente.

—Soy Corvin. —Se presenta. No me pasa desapercibido el color rosado de sus mejillas al ver de cerca a la chica.

No lo culpo, tiene una belleza inusual. Simplemente perfecta.

—Lena —dice ella. Corvin asiente con la cabeza.

—¿Estás bien? —Mira a todos lados, escudriñando el lugar mientras espera una respuesta.

Los muros del oscuro callejón parecen cernirse sobre nosotros. Mientras la incómoda tensión navega en el ambiente.

—Sí, gracias a…

—Elara. —Me presento al fin.

—Le ha dado una buena lección al estúpido de Prince.

Corvin me dirige una mirada, una pequeña advertencia tal vez. La chica se precipita a despedirse al notar como crece la tensión en el ambiente. Insoportable para cualquiera.

—En fin, gracias chicos. Gracias de nuevo, Elara —repite mi nombre sílaba por sílaba, en un intento por no olvidarlo —. Mi tia vive aquí al lado, me quedaré con ella.

Sus palabras no me convencen del todo, pero no quiero presionarla demasiado. Ya he sido lo suficientemente entrometida por esta noche. Le poso una mano de nuevo en el hombro con cariño.