Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Elara

Nos lleva horas inspeccionar la ciudad de arriba a abajo. Sin nisiquiera saber qué buscamos exactamente. Corvin y yo no nos hemos dirigido la palabra desde que nos despedimos del grupo. A pesar de que ahora podríamos hablar con total libertad.

Ha llegado un punto en el que caminamos por inercia, por costumbre impuesta durante los días anteriores. Ni siquiera me duelen los pies y las piernas se han acostumbrado al ejercicio físico. Ahora las siento mucho más tonificadas.

Por otro lado, el no tener el sol abrasador quemándome la coronilla, convierte la caminata en un paseo.

Además, el suelo firme que pisamos, hace nuestros pasos más contundentes y menos pesados.

El movimiento de la ciudad es casi imperceptible desde dentro.

Lo que me desconcierta al recordar cómo tembló la tierra cuando el gigante robótico se acercaba a nosotros.

Caminamos sin rumbo, perdidos entre callejones interminables y luces parpadeantes.

En esta ciudad debe de haber algo, un indicio, una señal de que aún podemos regresar.

Al menos, eso es algo que Corvin cree con ferrea convicción.

A cada paso, la incertidumbre crece más detrás de mí, como una sombra.

Eso, unido a la desolación y el vacío incesante en mi pecho.

Despedirme de Axel, dejar atrás esa extraña atracción que siento por él, me ha destrozado por completo. No lo puedo negar.

Sin embargo, sé que este no es mi sitio.

Armaria es mi hogar y pensar en lo que mi partida haya podido suponer para mi reino me aterroriza.

Un reino a manos de un rey tirano, capaz de asesinar a su propia hija, solo por no haber cumplido sus expectativas…

Y luego está Niebla, un reino sin rey. Como aparecía en mi visión, un trono vacío.

El lugar dónde encontrar las respuestas sobre mi don, sobre mis orígenes.

Puede que mi madre aún siga allí, pero si es así “¿Por qué nunca se preocupó de buscarme?” Los pensamientos incesantes me dejan agotadael resto del día.

Desde que pisé por primera vez esta Tierra, no he vuelto a tener una visión.

El poder hueco, vacío, lejano. Aún lo siento en las venas, de forma muy débil.

Pero como si este estuviese sordo, como si yo fuera incapaz de llamarlo.

Una visión, eso solucionaría muchos de nuestros problemas.

Nos daría las respuestas que estamos buscando.

Un nudo se me instala en el estómago y el temor me paraliza “¿Y si he perdido mi poder para siempre?¿Y si ese es el verdadero castigo de los dioses?” Las preguntas sin respuesta llevan días atormentándome y mi mente empieza a estar más cansada que mi cuerpo en sí.

—Elara, deberíamos parar a comer algo. Preguntar a los residentes… —Las primeras palabras de Corvin en horas, me liberan de mis pensamientos. Lo que me hace sentir por un momento, terriblemente aliviada.

—Claro. —Asiento. La voz me sale áspera.

Es entonces cuando me percato de la inmensidad de este sitio. Llevamos horas caminando y no hemos llegado al final. “O no hay un final o estamos caminando en círculos”, me digo.

Axel nos ha dejado un pequeño kit de supervivencia que nos será útil, con algunos cuchillos y utensilios, así como un saco de monedas de cobre que nos servirán para conseguir algo de comida o encontrar un lugar donde pasar la noche.

Nos acercamos a una taberna, esta tiene unos carteles con luces brillantes que parpadean de forma incesante.

Según el cartel, su especialidad son las sopas.

Antes de que Corvin ponga un pie en el establecimiento lo detengo, agarrándolo del brazo.

—Corvin, no podemos ir preguntando a la gente sobre los Siete Reinos sin más. Llamaremos demasiado la atención. —Mi advertencia lo pone también en alerta.

—Tienes razón. —Traga saliva con dificultad y me clava su iris azul celeste, ensombrecido por la oscuridad de la tarde —. Eso reduce nuestras posibilidades de encontrar lo que necesitamos.

—Dudo mucho qué, si alguien tiene esas respuestas, quiera compartirlas con nosotros sin más. —Asiente entonces, como dándome la razón.

—Existen otras formas —responde.

Corvin fue instruido como guardia del rey, debe conocer infinitos “métodos” para hacer hablar a la gente. No sé qué responder a eso.

Me agarra la mano y con un apretón pretende tranquilizar la inquietud que se forja en mi interior.

Nos acercamos a la puerta, cuando justo un hombre abandona el establecimiento.

Hace chocar su hombro contra el de Corvin de forma ruda.

Se para en seco. Nos mira. Nos observa, pero sobre todo a mi.

Me mira de forma tan agresiva a los ojos que me hace sonrojarme.

El pelo le cubre casi por completo la cara y sus ropas harapientas le confieren un aspecto sucio y descuidado. Debe de rondar los treinta años, pero su apariencia roñosa le echa unos cuantos años encima.

—Disculpe —le dice Corvin, como si hubiese sido él quien ha iniciado el encontronazo.

El hombre no responde. En vez de eso, se aleja con paso lento, aún mirándonos. La sangre se me hiela bajo las venas y a pesar de ir acompañada de Corvin, vuelvo a sentirme tremendamente insegura. Parece que su cuello se va a romper en dos, porque a pesar de su lejanía, aún se gira para mirarnos.

—Vamos. —La serenidad en el rostro de Corvin consigue tranquilizarme. Sus facciones marcadas, casi pétreas, se endurecen de tal forma, que evocan a una escultura antigua.

Avanzamos hacia la entrada de la taberna.

Tan oscura que casi parece una cueva. Nos paramos en seco tras atravesar la puerta, mientras nuestros ojos se acostumbran a la poca luz del lugar.

El olor a humedad y a sopa rancia me inunda las fosas nasales.

Las “luces mágicas” parpadean creando sombras espeluznantes sobre las paredes.

O quizá es mi mente la que imagina cosas que no son.

Las llamo “luces mágicas” porque no parecen velas, ni lámparas de aceite.

Estas luces parecen tener una llama inamovible en su interior, sin embargo no danza como el fuego.

Están recubiertas de vidrio y la luz que reflejan es de mayor alcance que la de una vela.

Aún me sorprende lo diferentes que son las cosas aquí.

Desde la barra del bar, las cabezas de al menos diez hombres, se giran para mirarnos. Cómo si pudieran adivinar que no pertenecemos a este lugar. Que escondemos algo.

Caminamos en silencio hasta la mesa más alejada y nos sentamos el uno frente al otro, en unas mugrientas banquetas de madera.

No tarda más de unos minutos en aparecer, la que parece ser la dueña del local.

Libreta y lápiz en mano para tomarnos nota.

La rechoncha señora me mira fijamente, como si quisiera memorizar mi rostro.

Como si tras su mirada dulce y sus espesas pestañas, el pensamiento de que nuestra presencia aquí le traerá problemas, quedara latente.

Pedimos dos sopas de la casa y el silencio entre los dos se rompe, cuando Corvin me dedica una sonrisa, con sus labios estirados en una fina línea.

—No parecen que estén acostumbrados a los turistas. —Una risilla se escapa de sus labios y yo le correspondo con una sonrisa. En un intento por establecer una cercanía entre nosotros, algo menos tensa.

—No, parece que no… —respondo con desgana. Esperando a que sea él quien inicie la conversación.

—Oye… —Sus labios se separan para captar mi atención, me desconcentra su belleza celestial —. Sé que les tienes cariño, Elara. —Las lágrimas acechan mis ojos, deseosas de salir —. Ese grupo te salvó la vida.

Me cuesta tragar el nudo de emociones que ha ido creciendo en mi garganta. Subo la barbilla para mirarle directamente a los ojos, siendo consciente de toda la tristeza acumulada que se refleja en ellos.

—Yo también estoy agradecido con ellos, más de lo que puedo expresar. —Por un momento, las palabras parecen pesarle —. Pero, tenemos que volver. —Sus ojos buscan los míos con urgencia, al tiempo que desliza una mano temerosa sobre la robusta mesa de madera.

Le agarro la mano, sin saber aún cómo responder a sus palabras. Sé que tiene razón, pero eso no significa que deje de dolerme.

—Nuestro hogar nos necesita, incluso si nos han dado la espalda por completo. Armaria… —Una breve pausa —Niebla… Nos necesitan, Elara. —Sus palabras calan en lo más profundo de mí.

La responsabilidad de toda esa gente, pesa sobre mis hombros. Y ya no puedo contener más las lágrimas que se escapan salvajemente y ruedan por mis mejillas. Las atrapo con el dorso de la mano que tengo libre, la que no está bajo su contacto.

Nuestras miradas se endulzan la una a la otra y nos quedamos en silencio unos segundos más. Por fín me animo a hablar.

—Nos repudiaron Corvin... ¿Por qué sigues queriendo volver? —La tristeza y la rabia me reconcomen —¡Deja de estar tan ciego! ¡Maldita sea!

Al alzar la voz, las miradas de los más curiosos se posan sobre nosotros.

Intento tranquilizarme. Le retiro la mano y entrelazo ambas en el regazo, apaciguando el temblor incipiente.

Los recuerdos de la traición me pesan en el alma.

No solo los actos de mi padre, también el repudio de aquella gente. El pueblo.

—Hemos sido desterrados, olvidados... Asesinados… —Bajo la voz progresivamente, en un intento por evitar ser oídos —¿Aún crees que les debemos algo?

—¡¿Y qué pretendes que hagamos si no, Elara?

! —inquiere con el semblante muy serio. Siempre se ha mostrado tan dulce conmigo.

.. Nunca lo había visto así —¿Pretendes que nos quedemos aquí para siempre?

En esta Tierra inhóspita y nos volvamos ¿qué?

¿Unos… errantes? —Sus palabras quedan suspendidas en el aire.

En ese momento, la rechoncha señora deja los platos sobre la mesa y tras observarnos con detenimiento tanto al uno como al otro, con el ceño bien fruncido; se aleja y dejándonos de nuevo solos