Capítulo 12
Elara
El amanecer se filtra de forma delicada por las finas cortinas de los ventanales y por un momento, la calidez de la cama me hace creer que estoy en casa.
En Armaria. Abro los ojos y me sorprendo a mi misma al darme cuenta que he dormido toda la noche agarrada a la mano de Corvin.
No nos hemos soltado, ni un momento. El calor acude a mi pecho y sube por mi cuello, encendiendo mis mejillas.
Instintivamente retiro la mano, avergonzada.
Lo último que quiero es que malinterprete el gesto.
Sin embargo, no puedo negar que cuando estoy con Corvin, es como si una parte de mi aún siguiera en casa.
Como si sintiera mi hogar un poquito más cerca.
Como si con él, ese rincón perdido de mí volviera por un breve instante.
Su voz a través de los barrotes de aquella celda, cuando daba todo por perdido.
Cálida, tranquilizadora. Insufló esperanza a mi corazón en aquel momento.
La intensidad vivida en los últimos días, hace que todo eso parezca muy lejano.
No debo olvidar que aún tenemos una conversación pendiente.
Sé que debo exponerle todo lo que no hemos podido hablar en los últimos días.
Necesito establecer límites y que sepa lo importante que nuestra amistad es para mí, pero no voy a permitir que se sobrepase o me sobreestime.
Ni mucho menos que me haga sentir menos.
Su sobreprotección roza lo autoritario de una forma que no me gusta.
He pasado dieciocho años de mi vida pensando que no podía valerme por mí misma y que debía aceptar sin resistirme, cualquier decisión que otros tomaran por mí. Pero eso llegó a su fin. Se acabó.
Lo oigo moverse en su colchón y sé que está despierto.
Giro la cabeza al notar unos ojos pardos clavados en mí y solo por lo que me hace sentir su mirada, ya se que es Axel quien me observa desde la otra punta de la habitación.
Nos separan varias camas de distancia, pero me giro para mirarlo aún tumbada.
Una sonrisa irremediable se dibuja en mi rostro.
Una sonrisa que se apaga al instante al recordar que probablemente hoy sea la última vez que lo vea.
No decimos nada, pero decimos mucho con el silencio de nuestros gestos.
Nos observamos unos minutos en silencio antes de que la habitación se llene de un jaleo persistente.
Los chicos se levantan y comienzan a hablar y reír a gritos, recogen sus pertenencias y se hacen bromas los unos a los otros.
Observarlos me hace pensar en lo diferente que es la vida aquí.
En lo profundas que se forjan las conexiones que nacen de la soledad y la desesperación. De la adversidad.
Aprovecho el bullicio y me meto al baño para asearme. Cosa que no ha hecho ningún otro integrante del grupo, todo hay que decirlo. Dejo que el agua limpie mi piel, como si así pudiese arrastrar todos mis pensamientos intrusivos.
La puerta se abre de golpe, en el momento en el que pongo un pie fuera de la ducha.
Me sobresalto, me tapo instintivamente con los brazos.
Estoy completamente desnuda y el brillo del sol se filtra por el pequeño ventanal del baño.
Confiriendo un ambiente cálido a la estancia, que se mezcla con el vapor del agua caliente.
Mi corazón se acelera cuando veo a Corvin parado en el umbral de la puerta.
Petrificado, observándome. Sus ojos repasan mi cuerpo lentamente, como si intentara memorizar cada recóndito lugar, cada pliegue, cada peca…
Veo el rubor encenderse en sus mejillas, el cual me contagia.
Se relame, humedeciendo sus labios y el calor va a parar directamente a mi entrepierna.
Me mira con tanta intensidad que las palabras quedan suspendidas en el aire entre nosotros.
En ese momento, sé que nuestra amistad acaba de cambiar para siempre.
No porque acabe de verme desnuda, si no por lo que la profundidad de sus ojos azules me ha hecho sentir.
Tras varios segundos eternos, se voltea con rapidez, quitándome la cara. Sin embargo, permanece de pie en el mismo sitio. No abandona el aseo.
—Di… discúlpame, Elara … Yo… —Su voz sale con nerviosismo de su garganta y se me escapa la risa.
Me coloco la ropa rápidamente para acabar con la incómoda situación. Pantalones y camiseta. Mis pezones se endurecen, haciéndose más visibles sobre la fina tela.
—Solo venía a por mi ropa, anoche la dejé aquí —afirma. Acto seguido, gira la cabeza al percatarse de que estoy vestida y nuestros ojos vuelven a encontrarse un instante.
Reparo por primera vez en su torso desnudo y brillante por el sudor, lo que me deja completamente muda.
Sus pectorales marcados y la firmeza de su abdomen, sin llegar a ser un tipo demasiado musculado, lo convierten en una verdadera obra de arte.
Es obvio que las horas de entrenamiento no han sido en vano.
El calor es latente en la habitación, en la que parece haber aumentado la temperatura más de diez grados.
Rápidamente recoge sus pertenencias y se las lleva al pecho de cualquier manera.
Antes de salir me dirige otra mirada y una media sonrisa fugaz, que le devuelvo.
Sale de la habitación, pero el calor de su presencia sigue latente y me envuelve como una manta “¿Qué diantres me pasa?”
Intento aplacar el torbellino de emocione, mientras me recojo el cabello en una trenza.
Mis manos tiemblan nerviosas mientras ajusto los pliegues de mi ropa.
Me observo en el reflejo que me devuelve el espejo.
Mis ojos me devuelven una mirada que no reconozco.
La de alguien que no sabe lo que siente ni porqué.
Las dudas crecen en mi pecho. Las ganas irrefrenables que siento por Corvin en estos momentos, se ven apaciguadas cuando pienso en Axel.
Me siento como una gata en celo, incapaz de contener mis impulsos. Sedienta de un placer impetuoso.
Termino de arreglarme y salgo del baño apresurada. Lista para dejar atrás este maldito lugar y todo lo que me hace sentir.
Los chicos ya han recogido prácticamente todo y un aura de tristeza invade la habitación, cuando el aroma a despedida flota en el ambiente.
Los gemelos me miran con caras de cachorrito herido y se me encoje un poquito el corazón al pensar que tengo que despedirme de ellos.
Es increíble el cariño que le he cogido a estos chicos en unos pocos días.
A todos ellos. Como si en poco tiempo me hubieran dado lo más parecido a una familia que he tenido nunca.
Eso me entristece. Me entristece que el egoísmo de Axel sea lo que haga que tengamos que separarnos.
Pero ellos tienen su camino y nosotros el nuestro.
Pertenecemos a mundos diferentes “¿Qué haría si no? ¿Convertirme en una nómada errante, vagando por la Tierra hasta el fin de mis días?” Me cuestiono una vez más cada una de las opciones.
Nuestros caminos se separan aquí y es lo mejor. Soy consciente de que la ayuda de Axel sería primordial para encontrar el camino a casa. Pero “¿Cómo le explicamos que debemos subir a un reino asentado en los cielos, creado por los dioses cientos de años atrás?”
Hasta qué punto, revelar el gran secreto de los dioses supondría un horrible castigo para nosotros. Sinceramente, no quiero arriesgarme a encontrar esas respuestas.
La cabeza me da vueltas y un vacío se instala en mi interior cuando terminamos de recoger nuestras cosas. Salimos por la puerta de la habitación del hostal y llegamos a la pequeña recepción.
Alcanzo a ver como Axel deja una bolsa de tela sobre el mostrador de la recepción.
Entiendo que será el pago por haber pasado la noche aquí.
Me mira y como casi siempre que me pilla observándolo así, se asegura de explicarme cómo funcionan las cosas aquí.
Como si en el fondo entendiera a la perfección que provengo de un lugar lejano. Muy distinto a este.
—Algunas monedas de cobre que podrán vender por algo de comida. Aquí el dinero ya no tiene ningún tipo de valor. —Asiento, aunque no sé bien a qué se refiere con “dinero”.
En Armaria, los tratos y el comercio se hacen mediante intercambios entre los reinos. Cada reino cuenta con unos recursos primarios y se intercambian entre unos y otros en función de las necesidades de cada uno. Lo que conocemos como trueque.
—Escasean los recursos, por eso los materiales suelen ser la moneda de cambio.
—Entiendo… No discierne mucho de cómo hacemos las cosas, de donde vengo. —Axel me clava la mirada, como si estuviese intentando leer entrelíneas.
—Otras veces los pagos se hacen a cambio de algo de diversión... —Se echa a reír cuando se percata de la expresión de mi cara. Su carcajada aumenta cuando se me acaloran las mejillas. Intuyo a lo que se refiere y me parece repugnante, por lo que zanjo de inmediato la conversación.
Me apresuro a salir del hostal, tontamente acalorada.
Las calles grises de la ciudad son un revoltijo de gente que viene y va.
De coches. De ruido. Ignorantes a la desolación que siento.
La vida sigue corriendo. El sol en lo alto de la cúpula nos anuncia que ya debemos pasar del mediodía.
Sin embargo, el grueso vidrio que nos envuelve hace que todo tenga un color grisáceo y lúgubre.
Una pareja joven abre la puerta de una casa destartalada justo enfrente.
Observo las ventanas de los edificios que nos rodean, las cuales dibujan escenas cotidianas de los habitantes de este lugar.
Lo que me recuerda que para otros, este es su hogar.
Para mí, no se trata más que de otro lugar que dejo atrás.
Todos están fuera. El momento nos apremia. Toca separarnos de los Caminantes de las cenizas.