Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Nos sentamos en una mesa al fondo de la sala y pronto, una camarera de pelo oscuro, recogido en una coleta alta, nos trae vino en unas jarras y algo de comida.

Comida que devoramos sin rechistar. El vino me quema la garganta y el sabor amargo me gusta.

La comida no sabe mal, aunque no se compara a la comida celestial de nuestros reinos y menos aún a la de la cocinera de nuestro castillo.

Pienso en comentárselo a Corvin, pero veo que Axel nos observa y decido mantenerme en silencio.

El grupo se va animando con la música que resuena en el lugar, a través de unos aparatos electrónicos pegados a la pared, aparatos que no he visto nunca antes. Pero que hacen que el sonido suene estruendosamente fuerte. Parece magia, hasta se me olvida que aquí no existe.

Los chicos se van levantando y empiezan a bailar.

Tim y Jake cogen de las manos a Corvin para levantarlo.

Animándolo a que se una a su baile. Corvin ya lleva unas cuantas jarras de vino y está animado y sonriente.

Me gusta verlo relajado, después de todo lo que hemos tenido que pasar.

Tiene las mejillas sonrojadas por el calor de la bebida y el sudor le resbala por la frente, lo que le hace aún más atractivo si cabe.

De pronto me doy cuenta que lo estoy mirando demasiado, cuando nuestras miradas se cruzan, le devuelvo una sonrisa fugaz.

Me tiende la mano para que le acompañe en el baile y sin pensarlo mucho, me uno a los chicos.

La fiesta me hace recordar las celebraciones de palacio.

El sentimiento de despreocupación mientras mis pies se mueven al ritmo de la música.

Soy consciente de la sonrisa que se me dibuja en la cara entre carcajadas.

Bailo con los gemelos, también con Hogee, que me alza al vuelo con sus brazos gigantes y fornidos.

Me fijo en Pharrel que mueve las piernas lánguidas de una forma peculiar, pero sumamente divertida y me percato de que hacía mucho tiempo, demasiado, que no me divertía de esta forma.

Luke por su lado, está apoyado en la barra y si no fuera por la cantidad de barriles que se apilan en una esquina de la taberna, diría que ha acabado con todas las provisiones.

Lleva toda la noche bebiendo. Axel permanece sentado en la mesa, mirando el contenido vacío de su vaso y entonces, como si mi cuerpo se moviera solo, debido a una fuerte atracción magnética, me encamino hacia él.

Me suelto de los brazos de Hogee con una sonrisa de disculpa y camino decidida hacia Axel.

Me siento a su lado,mantengo la vista clavada en la fiesta.

—¿Tú no bailas? —Me mira sorprendido.

—¿Me estás pidiendo un baile, pelirroja? —Niego con la cabeza, mordiéndome el labio inferior. A él se le escapa una carcajada. —Supongo que no se me da bien… —admite, entonces.

—Dudo que exista algo que no se le dé bien al arrogante de Axel.

.. —Me arrepiento automáticamente de mis palabras que seguirán alimentando su inconmensurable ego.

Él sonríe, como si pudiera leerme la mente —.

Aunque, ciertamente, si hay algo que se te da terriblemente mal.

—Arquea las cejas a la espera de que me explique —. La modestia.

—Eh… Princesita ¡No te pases! —Me da un codazo y se le escapa una risa que me contagia.

—¿Por qué me llamas princesa? —Que ambos me llamen por el mismo calificativo, me resulta desconcertante en ciertas ocasiones.

—Salta a la vista ¿no? —Cuando me dirige una sonrisa picarona, yo me estremezco por su belleza exótica.

—Es obvio que no… Si no te estaría prenguntando —digo poniendo los ojos en blanco. Axel aparta la mirada, negando con la cabeza.

—Desde que apareciste, con esa actitud de princesita herida, deseando ser salvada… No he podido pensar en otra cosa.

Me ofende que me vea así, me ofende haberme mostrado así.

Pero soy consciente de que en el fondo lleva razón y durante toda mi vida no he sido más que una princesita mimada.

Oculta. Sobreprotegida tras los muros de mi castillo.

Ajena a la realidad del mundo y los peligros que acechaban ahí fuera. Pero todo eso, él no lo sabe.

—Y después está el hecho de que todo te de asco.

—Se echa a reír de nuevo. Yo no le veo ni un ápice de gracia —.

Tocas todo como si te fueras a contagiar de una grave enfermedad y limpias los utensilios con un trozo de tela antes de comer…

Elara ¡Ni que te hubieras criado entre algodones!

—No sé qué decir, porque sí que lo he hecho.

Pero me molesta su comentario. La sangre se me concentra en las mejillas.

—Eres un idiota. —Hago una pausa breve —¡Y un guarro! —Su risa ahora es estridente —¡No es mi culpa que tú estés acostumbrado a beber hasta de un charco! —Ralentizo el tono de mi voz —. De dónde yo vengo, las cosas son diferentes. —Sé que no debería haber dicho eso.

Permanecemos en silencio un rato.

—No sé lo que te trajo hasta aquí, pero espero que puedas volver a casa. —Me mira a los ojos y el verde intenso de su iris me envuelve como una seda delicada. Quiero perderme en ellos para siempre. Y sus palabras… Parece que de repente y por primera vez, hablamos el mismo idioma.

Se acerca un poco más. Sus labios forman una fina línea a causa de su sonrisa pícara, dejando relucir su dentadura perfecta, poco común a lo que se ve por aquí.

—Voy a echarte de menos. —Su rostro se tensa de pronto, al igual que el mio. Su declaración me pilla de sorpresa.

—Yo también —admito.

Lo cierto es que me gustaría agradecerle todo lo que ha hecho por mí estos días.

He de reconocer que me ha ayudado y enseñado a sobrevivir en esta Tierra desconocida.

Sin embargo, siento la mirada de Corvin demasiado cerca y como si le debiera algún tipo de respeto, como si estuviese haciendo algo malo, guardo silencio.

Axel se percata y recula cuando Corvin se acerca a nosotros. Deposita una mano sobre mi hombro, con la vista clavada en él. Me quedo helada por el contacto y permanezco en silencio.

Debería montarle una buena por la forma en la que intenta marcar territorio frente a Axel.

Me enfurece su actitud. Rápidamente, me zafo del contacto de su mano.

Me pongo en pie y con paso decidido me encamino hacia la salida en busca de un poco de aire.

La música me retumba en los oídos y me está empezando a doler la cabeza.

Oigo los zapatos de Corvin pisándome los talones.

—Corvin, déjame un momento sola. Por favor. —Me giro bruscamente para mirarle y él asiente desconcertado —. Por cierto, es de muy mala educación interrumpir una conversación ajena. —Sin decir nada más, me precipito por la puerta de salida.

Estoy ardiendo de rabia “¿Por qué estoy tan enfadada?” Pensé que el aire fresco le haría bien a mis pulmones y a mi rostro caldeado.

Pero aquí no corre ni una leve brisa. Recuerdo que no estamos al aire libre, sino en una ciudad amurallada, cubierta por una enorme cúpula, que apenas deja entrever el cielo exterior.

Vuelvo a estar encerrada, como en aquella celda del castillo.

La respiración se me entrecorta y se me dificulta por momentos.

Los latidos de mi propio corazón se me agolpan en los oídos.

Permanezco así unos minutos, intentando tranquilizarme, pero entonces, una mano cálida y reconfortante me agarra del brazo con firmeza.

No soy del todo consciente de lo que pasa a mi alrededor, pero los brazos fuertes y cálidos me aprisionan contra su pecho firme “Axel”.

Cierro los ojos, inundada por la comodidad y la calidez.

Nuestras respiraciones se van acompasando.

Una lágrima se escapa rodando por mi mejilla y Axel la recoge al vuelo, rozándome la piel con la yema de los dedos.

Saco mi cabeza de entre su cuerpo y lo miro a los ojos que le brillan con dulzura.

Mis labios se entreabren en busca del contacto que tanto anhelo. El que llevo deseando desde ayer con tanta intensidad. Pero, de pronto, se aparta de mí con brusquedad. El grupo sale por la puerta, están hablando a voces.

Reanudamos la marcha en silencio, mientras el resto del grupo charla animadamente, excepto Corvin, que no aparta la vista de nosotros.

Me incomoda, me enfada y sé que tengo una conversación pendiente con él al respecto.

Estoy harta de sentirme una muñequita a la que hay que cuidar y proteger.

Estoy harta de que me trate de esta forma sobreprotectora y que no me deje tomar mis propias decisiones “¿Y si decidiera quedarme con Axel qué? ¿Él me lo impediría?” La pregunta retumba en mi cabeza, deseosa por salir de mi boca.

Llegamos a un pequeño y sucio hostal en la esquina de una bocacalle.

Sin duda, el lugar ha pasado por tiempos mejores, pero al menos nos ofrecerán una cama y cobijo esta noche.

Axel habla con la señora de recepción que nos lanza una mirada de desaprobación, escudriñandonos de arriba a abajo.

Nos conduce a una habitación con innumerables literas apiladas y rápidamente los chicos se reparten las camas.

La última litera es para Corvin y para mí.

—¿Quieres arriba o abajo? —Me sonrojo con la pregunta y mi mente divaga por derroteros que no debería. Corvin se da cuenta —¿Quieres dormir en la cama de arriba o en la de abajo? —corrige su pregunta para sonar más correcto , evitando que sus palabras lleven a error.

—Elige la que quieras —respondo con desgana. Sin olvidar el momento de incomodidad que me ha hecho pasar esta noche.

Sin mirarlo un segundo más, me dirijo al baño para asearme en condiciones normales, por una vez en días.

La ansiedad de mi interior se ha calmado y eso en gran parte se lo debo a Axel.

Cuando salgo de la ducha, con el pelo limpio y oliendo a jabón, siento que no podría estar más agusto.

Lavo mi ropa a mano en la pileta con un poco de jabón y la dejo secando al lado de mi cama.

Me quedo solo con la ropa interior, un sostén de color blanco casi transparente y unas delicadas braguitas a juego. Me encantaría tener a mano un camisón.

No me pasa desapercibido como Axel acalla los cuchicheos y risitas de los chicos cuando me dirijo en paños menores hacia mi cama. Noto los ojos de Axel clavados en cada centímetro de mi piel antes de ocultarme entre las sábanas.

Corvin ha elegido la litera de arriba, así que me recuesto en la de abajo y mi cuerpo se estremece con el tacto suave de las mantas. Mi columna vertebral agradece la firmeza del colchón y el cansancio consigue que pronto me vaya abandonando al sueño.

De entre los barrotes, la mano de Corvin se escapa, buscando la mía desde la cama de arriba.

Este momento, el reconfortarnos a escondidas durante la noche, se ha convertido en nuestro propio código secreto.

Un acuerdo intrínseco. Sin pensarlo lo agarro y la calidez de su contacto hace que en pocos segundos, caiga en manos de Morfeo.