Capítulo 11 #2
Han sido menos afortunados que nosotros y aún así, aquí siguen.
Siento que toda la vida he sido una niñita estúpida y mimada.
Ignorante de lo que es la vida en realidad, de los sacrificios que hay que hacer para seguir adelante.
Para sobrevivir. Pienso en lo injusto que es para estas personas haber nacido dónde han nacido y me siento tremendamente culpable.
Un temblor brusco del suelo nos sacude, sacándome de mis pensamientos.
El movimiento inesperado me nubla la cabeza.
Soy incapaz de procesar lo que está sucediendo.
Tengo que apretar los pies con fuerza hacia el suelo para no caer estrepitosamente.
Corvin me agarra por los brazos fuertemente y entre los dos mantenemos el equilibrio.
Nos miramos atemorizados, incapaces de dar una explicación a aquel ruido ensordecedor que nos taladra los oídos.
Los chicos se agarran unos a otros, pero la naturalidad de sus gestos, disipa cualquier tipo de miedo en sus cuerpos.
Axel mantiene el equilibrio con facilidad, con la mirada fija en el horizonte y entonces lo veo.
El monstruo robótico que se cierne sobre nosotros.
Me estremezco, tengo los ojos tan abiertos que la polvadera me inunda los globos oculares.
Tengo que parpadear varias veces para acabar con la sequedad y enfocar mi visión.
La colosal máquina se alza ante nosotros, en forma de insecto mecánico de color rojo brillante.
Sus patas alargadas, metálicas, destellan cuando los rayos de sol inciden sobre ellas.
El recuerdo de los dibujos que he visto del Reino de Tecnara me vienen a la mente.
Esta imagen futurista, evoca a los diseños de ese reino, dónde los vehículos tienen un aspecto similar.
Esto lo reproduce a una escala inimaginable.
Cada paso de aquel titán frente a nosotros, rasga el sonido del viento.
Recordándonos la insignificancia de nuestra existencia.
“Rubí”. Repito en mi mente. Lo que se cierne ante nosotros no es más que la ciudad errante de las que Axel me había hablado.
Entrecierro los ojos para poder verla con mayor claridad.
Una especie de cúpula envuelve todo, evitando discernir lo que oculta su interior.
Me estremezco ante la inmensidad. Unas escaleras suben por las patas, hasta arriba de la nave.
Rezo porque no tengamos que subir por ahí.
El solo hecho de pensarlo ya me produce un vértigo atroz, que consigue que me flaqueen las rodillas.
—Aquí estás, preciosa…—Axel suelta una carcajada, con los ojos clavados en la ciudad robótica.
—¿Cómo sabías dónde encontrarla? —pregunto incrédula.
No lo sabía —admite —. Sonríe, princesa. Es nuestro día de suerte. —Su sonrisa perfecta de dientes impecables reluce al sol.
—Es roja —digo casi boquiabierta, mientras continúo observando el artefacto mastodóntico.
—De ahí su nombre. —Reconozco la voz de Hogee a mi espalda.
—¡A mi señal, treparemos por las escaleras hasta la base! ¡¿Preparados?! —La voz de Axel resuena por encima del estruendo que la ciudad deja a su paso. Me dirige la mirada por primera vez en todo el día —¿Necesitas ayuda? —Asiento embobada, paralizada por el temor.
Su forma de llamarme princesa, nada tiene que ver con mi escala social (la cuál ignora). Más bien hace referencia a mi debilidad ante ciertas situaciones. Me ve una chica frágil y eso me cabrea. Arrugo el entrecejo, cuando el orgullo me azota las venas.
—Puedo sola, gracias. —Le reto. Él me mira con los ojos achinados, aceptando mi desafío.
—Está conmigo. —La voz de Corvin se alza por encima del viento. Miro a Axel que asiente y después a Corvin, con reprobación.
Ninguno de los dos repara en mi descontento y estoy demasiado alterada para recriminarleel hecho de que tome decisiones por mí. Decido dejarlo para más tarde.
—¡AHORA! —Uno a uno los chicos van saltando en dirección a la ciudad errante. Siguiendo los pasos de Axel.
El pánico me paraliza unos segundos. La inmensidad de aquella nave se cierne sobre mí.
Las manos de Corvin me agarran por la cintura y es reconfortante.
Cuando la colosal estructura se planta frente a nosotros, Corvin me aupa ayudándome a subir.
Rápidamente me giro y le tiendo la mano para ayudarlo a subir a él.
Cuando ya estoy bien agarrada a uno de los barrotes metálicos que hacen de escalera.
Me giro para comprobar que todos estamos sobre la misma La estructura no para de moverse y me quedo paralizada unos segundos.
Intento mantener el equilibrio, mientras la máquina no para de tambalearse.
La adrenalina se apodera de cada uno de mis músculos agarrotados.
Los movimientos bruscos de la ciudad, que no frena en su avance, me impiden prácticamente moverme.
—¡Tienes que subir, Elara! —me grita Corvin desde atrás.
Obedezco. Trago saliva y me armo de valor, agarrándome con fuerza para no caer, consciente por los metros que me separan del suelo, de que eso será una muerte segura.
El movimiento incesante de la nave, hace que los brazos se me resbalen y se me cansen el doble por el esfuerzo.
Sin embargo, no desisto. No me detengo. Uno a uno voy subiendo los escalones que me separan más y más de aquella tierra árida que poco echaré de menos.
Cuando me quiero dar cuenta, ya hemos llegado a la base.
Luke, que va justo por delante de mí, me agarra la mano para ayudarme a subir y yo hago lo mismo con Corvin.
Un pie y luego otro. El viento nos sacude y estamos cubiertos de polvo.
Mucho más que antes. El azote implacable del aire caliente, nos hace entrecerrar los ojos por las virutas de arena que me cubren las pestañas.
Respirar se vuelve una tarea dificil. Caminamos por el escaso bordillo, deslizándonos por la pared para no precipitarnos al vacío.
Entonces, la veo. Una puerta. Axel saca su cuchillo y con cuidado lo introduce por una rendija, tocandoel punto exacto, ejerciendo la presión necesaria para que la puerta se abra.
Con rapidez, los chicos van entrando por la pequeña rendija abierta, Axel se queda el último.
Cuando llega mi turno, nuestros ojos se cruzan unos instantes que parecen eternos y me pierdo en el verde de su mirada, presa de la adrenalina del momento.
Solo pienso en decirle lo sexy que está cuando se pone en plan líder.
Pero guardo silencio y me adentro en el callejón.
Pocos segundos después entran Corvin, Axel le sigue de cerca.
Nos sacudimos el polvo y la arena de encima y nos descubrimos el rostro antes de continuar avanzando.
Me pesan los párpados y la sequedad de los ojos me obliga a cerrarlos repetidamente.
Las lágrimas se desbordan por mis mejillas limpiando esa suciedad y poco a poco la claridad se va abriendo paso en mis pupilas.
Lo que ven ahora mis ojos me descoloca. Desde fuera, la ciudad no parecía tan inmensa.
Grandes edificios, luces por todos lados y gente que viene y va.
Una gran urbe sin lugar a dudas, hecha a imagen y semejanza de lo que debio ser la Tierra tiempo atrás.
Según Axel, estas ciudades han sido construidas con los pocos vestigios de tecnología que quedaron después del Día Glorioso.
Es una ciudad moderna, pero destruida. Tecnológicamente avanzada, pero sucia.
Reconfortante, pero insegura. Aquí dentro, parece ser ya noche cerrada, las farolas alumbran solo unas pocas zonas.
Miro hacia arriba y la gran cúpula opaca desde fuera, no es más que un oscuro cristal tintado, que deja pasar la luz justa y necesaria.
Se vislumbra débilmente el cielo y el grosor del cristal hace mucho más agradable la temperatura que en el exterior.
Algunos humanos se desplazan en una especie de vehículos voladores, otros van caminando.
Los dibujos del reino de Tecnara acuden de nuevo a mi mente.
Las similitudes son innegables. Los transeúntes apenas reparan en nosotros, lo que me habla de un lugar en el que la gente viene y va sin parar. Una ciudad sin habitantes fijos.
Algunos de ellos tienen extremidades robóticas, otros parecen haber mejorado su apariencia con un tipo de inteligencia artificial desconocida para mí.
Sus rostros, hermosos, se asemejan a los habitantes de los reinos celestiales.
Todo es asombroso y desconcertante y me siento abrumada por la cantidad de información que mis ojos tienen que procesar.
Tragó saliva dúramente, lo que me recuerda una vez más la sequedad de mi garganta.
—Hoy, por fin, comeremos algo decente. —La voz de Axel es cálida. Me mira —. No te ofendas, has hecho lo que has podido con lo que teníamo. —Sonrío con sutileza.
Su repentina amabilidad me desconcierta y me hace sucumbir a la ira de nuevo.
—¿Te gusta Rubí?
—Es … francamente hermosa —aseguro, sin encontrar las palabras exactas que describan este lugar. Él me sonríe. Parece que podremos tomarnos una tregua después de todo.
Axel nos conduce hasta lo que parece una taberna, dónde la limpieza brilla por su ausencia, para qué mentir.
Está claro que sigue siendo mejor que comer en el bosque a la intemperie.
El lugar está plagado de tipos con las peores pintas inimaginables.
Ir acompañada de otros hombres me hace sentir algo más protegida, ciertamente.
Los maleantes me miran de arriba a abajo y alguno que otro se atreve a guiñarme un ojo, mientras cuchichean entre ellos. Los ignoro e instintivamente agarro a Corvin del brazo, lo que acaba inmediatamente con las miradas indeseadas.