Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 11
41%

Capítulo 11

Elara

La mente me da vueltas cuando me deslizo entre la roñosa manta que hace la función de cama estos días.

La confusión por lo que acaba de suceder con Axel me envuelve.

Trago saliva, intento despejar el aturdimiento mental que me ha dejado ese momento.

Ese beso que no se ha producido. El deseo sigue latente en mí, en la parte baja de mi vientre.

Como una llama imposible de extinguir. Miles de sensaciones nuevas para mí me recorren ysolo puedo pensar en vivirlas.

Saborearlas. Dejar que la intensidad me arrastre y me arrolle A estas alturas ya no sé qué es real y qué no.

Distinguir entre lo real y lo imaginado.

En este momento echo de menos mi don, el poder que sentía en las venas y que ahora parece estar sordo, ausente.

Si pudiera ver tan solo una imagen, un fragmento de lo que va a suceder, todo sería más fácil.

Sin ese don, me siento ciega, a oscuras. Como nunca antes.

El deseo que crece dentro de mi, se funde con el espejismo de aquel recuerdo, aquella visión.

Aquellas manos acariciando mi cicatriz… Me estremezco y aprieto los ojos intentando conciliar el sueño.

Esa mano, esos dedos angulosos y robustos repletos de anillos, sin duda las manos de Axel.

Aprieto los párpados en un intento por despejar la mente.

Desde que llegó Corvin, todo se ha vuelto aún más complicado.

Su inesperada confesión me resultó abrumadora.

Nunca he querido hacerle daño y por otro lado, siento que es demasiado pronto para darle una respuesta.

Demasiado pronto para estar segura de lo que debería sentir.

Corvin me tendió la mano cuando el resto del mundo me había dado la espalda y por supuesto, eso hizo que nuestro vínculo creciera a pasos agigantados.

Sin embargo, la situación en la que nos encontramos ahora, hace las cosas mucho más difíciles.

Nuestra amistad, el profundo cariño y la confianza que siento hacia él, podría evolucionar de otra forma si nos encontráramos en circunstancias normales.

Si siguiera en Armaria, si él me cortejara como mi pretendiente. Todo sería diferente.

Vuelvo a girarme en el suelo, dolorida por la aspereza de la superficie.

La noche oscura y sin estrellas, convierte el pequeño fuego en la única escapatoria para mis ojos.

El rostro de Corvin tumbado a mi lado, se transforma entre las sombras.

Su mentón pronunciado, sus pómulos marcados, su nariz recta y varonil.

Las espesas cejas que envuelven sus ojos azules de largas pestañas.

Nunca lo había mirado así y mi mente juega a preguntarse si sería posible enamorarme de él.

El deseo continúa palpitando en mi entrepierna, me giró de nuevo para dar la espalda al chico que tengo al lado y dejo que la oscuridad me envuelva, esperando que la brisa me acune hasta quedarme dormida.

Toda esta situación me altera, me perturba, volviéndome una persona insensata.

No sé lo que quiero, no sé lo que necesito ahora mismo.

Pero, juro por todos los dioses que tengo muy claro lo que deseo…

Las manos de Axel recorriéndome, apagando esa llama que él mismo ha encendido.

Fantaseo con la idea de sentir su calor y su aliento sobre mi, de la forma más sórdida posible.

Le deseo, de formas que jamás habría imaginado.

Mi instinto más primario se despierta, como el de una loba. Anhelante. Ansiosa.

Axel, tan atractivo, un completo Adonis creado para complacer a cualquier hembra. A la vez tan arrogante y mezquino, que me gustaría no desearlo de ninguna manera, en absoluto.

Me coloco boca arriba en el suelo, intentando enfriar mis pensamientos lascivos.

Mientras la idea de separarme del líder de los Caminantes de las Cenizas me oprime el pecho.

Pensar en ello, me produce una angustia que no había sentido nunca antes, no por alguien, mucho menos por un chico.

Por otro lado, la idea de volver a mi reino, con todo lo que eso conlleva.

No volver a verlo nunca más… Son pensamientos que me reconcomen.

Corvin es fiel a la idea de que existe una forma de regresar. Pero a mí, me asaltan las dudas. No sé si lo que quiero es regresar a un lugar de dónde he sido repudiada. Asesinada por mi propio padre. Exiliada y marcada de por vida.

Me gusta pensar en la idea de otro final para mí.

Quizá aquí, por muy inhóspito que sea este lugar, pueda tener la oportunidad de encontrar un nuevo camino.

La esperanza me nubla la mente al tiempo que una sonrisa se dibuja en mi rostro.

El brazo de Corvin me rodea la cintura atrayéndome hacia él.

El calor de su contacto me acuna y me reconforta.

Dejo que me envuelva como una manta, me dejo dormir.

∞∞∞

La mañana llega pronto. Siento que he dormido poco o casi nada.

Los chicos ya están recogiendo el asentamiento cuando alcanzo a abrir los ojos.

No veo a Axel por ningún lado, lo que me inquieta.

Pienso en la forma en la que, lo que pasó entre nosotros anoche, pudo perturbarlo.

El calor acude a mis mejillas al recordar la situación. Sus labios tan cerca de los míos.

—Elara… —La suave voz de Corvin, me devuelve al presente como un chasquido.

Me giro para mirarlo. Sus pequitas bailan sobre la nariz arrugada y el cabello negro le cae sobre la frente de forma desordenada. Es francamente guapo. Una de esas bellezas angelicales, propias de nuestro mundo. Me sonrojo al recordar cómo nos dormimos abrazados la noche anterior.

—Estás muy callada esta mañana —intenta indagar. En su voz noto cierta preocupación. Puede que le preocupe que mearrepienta de nuestro acercamiento.

—Sí. Supongo que me trastocó un poco todo lo que pasó con aquella banda. —No miento, no del todo.

El encontronazo con Corx y los Serpientes fue aterrador. La noche anterior apenas pude ni reflexionar sobre las consecuencias de ello. Sobre la amenaza de la chica de piel oscura y ojos dorados como la miel.

—Este mundo está lleno de peligros —dice —. Tenemos que regresar cuanto antes. —Su decisión me resulta asfixiante.

—Pero, ¿Cómo lo haremos? —pregunto realmente contrariada. No sabemos siquiera por dónde empezar nuestra búsqueda y tampoco sé a ciencia cierta si deseo regresar o no.

—En la ciudad seguro que podremos encontrar respuestas.

—Su determinación me tranquiliza por unos instantes —.

He estado pensando en tus visiones, lo que me contaste sobre el Reino de Niebla…

Si está en tu destino ser la Reina de Niebla lo serás.

Todo lo que viste, hasta ahora, ha ido sucediendo.

—“Todo lo que vi ha ido sucediendo”. Sus palabras se clavan en mi mente.

Me aterra que Corvin pueda tener razón. Miro hacia los lados y bajo el volumen, asegurándome de que nadie pueda oírnos.

—No deberíamos hablar de esto aquí… Alguien podría oírnos—le recuerdo. Él simplemente asiente.

—En cuanto lleguemos a la ciudad trazaremos nuestro plan.

Pienso encontrar la forma de llevarte de vuelta a casa.

Te lo prometo. —Me mira muy de cerca, clavándome sus bonitos ojos azules sobre los míos.

Luego, su mirada se pasea por mis labios y aletea las pestañas, provocándome un cosquilleo en las entrañas.

La cabeza empieza a darme vueltas, cuando las dudas me asaltan “¿Es posible que me sienta atraída por los dos?”.

Desecho los pensamientos y me alejo de él con un movimiento grácil de cabeza.

Corvin sonríe de medio lado y sigue observándome.

Debe haber notado mi intranquilidad, la agitación de mi respiración tras su acercamiento.

Guardamos silencio y ayudamos a los chicos a terminar de recoger el campamento.

Los gemelos se encargan de borrar nuestro rastro, acabando con los restos de la fogata y eliminando nuestras huellas. Eso me recuerda una vez más lo incierto de este lugar. Algo me dice que nos acechan peligros más grandes que Corx.

El día transcurre como todos los demás. Axel y yo no nos hemos dirigido la palabra en todo el viaje, lo que supone un alivio para mí mente aturdida.

Sin embargo, no puedo negar la presión en el pecho que crece a medida que prolonga esa ignorancia.

Su sola presencia ya me altera demasiado y lidiar con su condescendencia me saca de quicio.

Me arrebata la poca cordura que me queda.

No ha sido capaz de dirigirme ni una sola mirada y eso hace que las llamas dentro de mí se conviertan en ira.

“Si quiere jugar, pienso mantenerle el pulso hasta el final”.

Estoy cansada, tremendamente cansada. Llevamos días caminando sin apenas alimento en nuestros debilitados organismos.

Es innegable que mis fuerzas van flaqueando con cada paso.

Debo de haber perdido un par de kilos desde que estoy aquí.

Sucumbo al hambre y se me vienen a la mente todo tipo de manjares que en Armaria tenía a mi disposición.

Día y noche. En cualquier momento o estación del año.

Frutas de lo más exóticas y variadas, procedentes del Reino de Oásis.

Peces y mariscos, traídos por los comerciantes desde las profundidades de los mares de Atlantea…

Se me hace la boca agua y tengo que tragar saliva.

Lo que me recuerda la sed que me raspa la garganta.

Nunca pensé que se podría necesitar tanto el agua.

Todo esto me hace pensar en mi casa, en lo fácil que es la vida allí.

Pero también pienso en la Tierra y en lo complicado que lo han tenido estas personas para sobrevivir durante años, siglos.