Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—Estoy bien —asegura. Le dirijo una última mirada a Corvin, desafiante. Me alejo de ellos sin decir nada más, para continuar nuestro camino.

Deben ser las cinco de la tarde cuando encontramos un paraje en el que descansar. En esta época del año empieza a oscurecer pronto. Lo que resulta todo un alivio, más horas de sol serían imposibles de soportar y acabarían con el poco rastro de vida que queda por aquí.

Llegamos a un bosque con una arboleda espesa, aún quedan algunos vestigios de vida en lugares remotos.

No es muy grande, pero nos servirá para cobijarnos durante la noche.

Los chicos y yo empezamos a montar el campamento.

Corvin no duda en ayudar. Elara por su parte rebusca entre nuestros sacos en busca de algo para poder cocinar.

No me ha dirigido la palabra desde nuestro encontronazo con Corx.

Me repito a mi mismo que es mejor así. Es mejor seguir manteniendo las distancias para evitar que me vuelva loco.

La veo hablar con Pharrel, que le da una lata de conservas, creo que es la última que nos queda de las que robamos la última vez en la ciudad.

Nos estamos quedando sin provisiones. Es evidente que tener dos bocas más que alimentar perjudican gravemente nuestra situación.

Los gemelos la ayudan a encender el fuego y se pone a cocinar.

Me gusta ver como se ha integrado tan rápidamente entre los chicos.

Intento desechar mis pensamientos sensibleros. Esto no debe alargarse mucho.

Un par de horas más tarde, estamos todos comiendo alrededor del fuego. Los chicos hablan animadamente, pero tanto Corvin como Elara comen en silencio. El plato de alubias está incomible, remuevo con la cuchara el contenido espeso. Tim me observa, los ojos le hacen chiribitas.

—¿Te lo vas a comer? —pregunta con una sonrisa de oreja a oreja.

—Anda, toma. —Le tiendo mi plato y sacudo la cabeza mientras me río. “Este chico no tiene remedio”.

Comparte el plato con su hermano, lo que me hace sonreír. Al menos Tim siempre tendrá a Jake. No estará tan solo como lo estuve yo.

Un rato después, todos se han ido a dormir.

He sacado de mi riñonera, mi última provisión de whisky y lo degusto tranquilamente, disfrutando del sabor dulzón y de su paso ardiente por mi garganta.

Clavo la mirada en la hoguera frente a mi, con la mente en blanco.

Cuando una presencia me altera, levanto la vista para mirar a Elara.

De pie junto a mi, envuelta con una manta.

Me mira con ojos de corderito degollado.

Me relamo, deleitándome con la visión. El fuego hace que el rojo de su pelo sea de un tono aún más vibrante.

Encendiéndola como si fuera puro fuego hecha carne.

—Gracias por dar la cara por mi hoy. —Las palabras se escapan de sus labios y no me atrevo a mirarla, por miedo a sucumbir a mis oscuros deseos.

—Lo habría hecho por cualquiera de vosotros —admito sin darle la menor importancia. Ella guarda silencio —. No tiene nada que ver contigo… Si es que te lo preguntas —añado, en un intento más por apartarla de mí.

—¿Se puede saber por qué eres tan borde? —pregunta ella. Se sienta con las piernas entrelazadas a mi lado y ese rápido movimiento hace que su olor impregne mis fosas nasales. Es dulce y fresco a la vez. Huele como a flores silvestres, a rosas... Una punzada de dolor se me instala en el pecho.

—Soy así. —Doy un trago largo a mi petaca y para mi sorpresa, Elara me la arrebata de las manos con un ligero movimiento.

Se lleva la boquilla a los labios. Por la cara que pone, intuyo que es la primera vez que bebe algo de alcohol, sonrío de medio lado.

Una gota deseosa escapa de la petaca y chorrea por su cuello, dejando un rastro ámbar a su paso.

La observo y trago saliva bruscamente antes de apartar la mirada, intentando calmar el deseo que nace en mi entrepierna.

“No es una buena idea”, me recuerdo una vez más.

—Has cambiado tu actitud. —Parece estar buscando las palabras adecuadas para lo que quiere decir. Aparta la vista del fuego y me mira. Me mira con sus deslumbrantes ojos verdes —. Desde que llegó Corvin estás… —Su rostro refleja duda —. Diferente.

—¿Crees que estoy celoso? —Mi poca capacidad de contención me delata y el calor me inunda el pecho —¿Crees que eres especial para mi? Puedo tener a la mujer que quiera, niñita pretenciosa. —Arruga de inmediato la frente y me mira con rabia, creo que he alzado demasiado la voz.

—¿Por eso vas a dejarme ir?¿Por que puedes tener a cualquier otra?¿Cualquiera como Corx? —Se arrepiente al instante de lo que ha dicho, lo noto en su mirada. Y yo contengo la mezcla de furia y deseo que me invade el pecho.

Al instante, la sujeto por la muñeca y la insto a que guarde silencio con un gesto simple.

No quiero llamar la atención del grupo y mucho menos, que alguien pueda escuchar nuestra conversación.

La conduzco hasta la tienda improvisada, que resguarda nuestras provisiones y justo antes de adentrarnos en ella, mi mirada se cruza con la de Corvin.

Este nos observa desde su catre en el suelo.

No digo nada. Mantengo el semblante serio y la hago introducirse en la tienda.

—¿Quieres bajar el volumen? —inquiero una vez cruzamos el umbral.

—No. No quiero.

Me desafía.

Se planta delante de mí, mirándome con ojos felinos, que siempre parecen buscar guerra.

Demasiado cerca. Su calor me envuelve, su olor me golpea y el ambiente entre nosotros se tensa amenazando con desatar el caos.

—¿Y ahora quién es la que está celosa? —La provoco, incapaz de contenerme, haciendo alusión a sus palabras ahí fuera. Aunque sé que no debo, no me resisto a probar hasta dónde puede llegar. Me excita tanto este juego.

—No estoy celosa. —Se le quiebra la voz al final. Se me escapa una risilla burlona.

—Claro que no, princesa… —Se estremece al oír como la llamo y a mí, me divierte comprobar el efecto que provoco en ella. Su cuerpo se tambalea ligeramente.

—Sea lo que sea a lo que estás jugando, quiero que pares. —Su voz suena firme ahora, pero es demasiado tarde para mí. Demasiado tarde para parar.

—¿Qué significa Corvin para ti? —Las palabras salen afiladas de entre mis labios.

Me maldigo a mí mismo por estar dejándome llevar por mis emociones de esta forma.

Elara me mira con el ceño fruncido. No aparta sus ojos de los míos ni por un instante —¿Es tu novio?

—Se mueve bruscamente, como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.

—¿Qué? ¡No! —Su risa nerviosa la delata. Le gusta ese chico y eso me irrita más de lo que debería —. Es solo un amigo… —Titubea —. Un viejo amigo que me ayudó tiempo atrás.

Asiento lentamente sin poder creerla del todo.

Ella cambia su estado relajado de nuevo a la tensión inicial y clava sus ojos verdes sobre mí como puñales.

A pesar de la oscuridad de la noche, la hoguera cercana aumenta la visibilidad en la pequeña tienda.

El brillo de sus ojos resalta pese a cualquier negrura.

—¿Qué más te da lo que seamos? —Ahora es ella la que juega —. Si no estás celoso… —Cruza los brazos bajo el pecho y me mira burlona.

Me arrepiento de haber sido tan idiota y me reprendo a mí mismo por dejarme al descubierto de esta forma.

—Además, no tengo porqué darte explicaciones. Tú y yo no somos… Nada. —Esas palabras suyas me golpean más fuerte de lo que esperaba.

—Deja el tema de los celos, Elara. —Intento sonar seguro, aunque me tiembla la voz.

Esta mujer tiene la capacidad de desarmarme, como ninguna otra antes —.

Solo quiero asegurarme de que cuando nos separemos, te quedarás en buenas manos.

—Intento convencerla con mi sequedad, de que no me quema por dentro que se vaya con él.

Que haya tomado la decisión de dejarla ir, por mi bien, por el suyo, no significa que me agrade hacerlo. Está claro que mis deseos gritan todo lo contrario que mi cabeza.

—Entiendo. —Camina hacia mí, decidida, con las manos sobre el regazo. Sin apartar sus ojos de los míos. Cada paso que da, es un golpe directo hacia mi autocontrol —. Buenas noches, Axel.

Pasa por mi lado en dirección a la salida y la detengo.

Algo en mí no la deja ir. Me arrepiento al instante de lo que estoy a punto de hacer, pero la deseo tanto, que el solo hecho de imaginarla lejos de mí me produce un enorme vacío en el pecho.

La agarro del codo y la atraigo hacia mí.

Tanto, que nuestras frentes se tocan. El aire entre nosotros se vuelve más denso.

La oscuridad nos envuelve. “No debería”, me repito, pero ya es demasiado tarde para frenar mis instintos.

Elara entreabre los labios. Me lo está pidiendo. Su aliento choca contra mi piel y la incipiente erección crece en mis pantalones. Todo mi ser responde ante ella. Mi propio cuerpo, traicionándome. Obligándome a ceder ante el deseo que no hará más que complicar las cosas.

Trato de contenerme para no hacérselo aquí mismo, como un puto depravado “¡Joder!¿Qué diantres me pasa?” Me mira a la boca y después a los ojos, en un baile lento y letal.

Amenazando con volverme loco. Me acerco más a ella, tanto que nos separa un suspiro.

Ella cierra los ojos esperando el beso, esperando que la devore con todas las ganas que le tengo.

Pero no lo hago. Me aparto. Me contengo.

Intento acabar con todo aquello que ella ha encendido. Le aparto la mirada y me centro en mi parte racional, la que me recuerda que “Una pelirroja será tu perdición” . Las palabras espectrales resuenan en mi mente. No puedo hacerlo.

—Buenas noches, Elara. —Salgo de la tienda a trompicones, con su mirada de decepción clavada en mi nuca.