Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

No dice nada más. Seguimos arrastrando los pies en silencio.

Minutos más tarde, una polvareda nos nubla la visión, cortándonos el paso.

Nos ponemos a la defensiva. Incluso Corvin, que coloca a Elara detrás de él.

Al final va a ser verdad que tiene madera de guerrero.

Nos quedamos petrificados cuando el eco de unos pasos firmes resuena en el suelo árido.

Cada uno más pesado, más cercano, que el anterior.

Un grupo de encapuchados emerge de entre la bruma de suciedad.

Son al menos diez. Mi garganta se seca cuando, entre las sombras, reconozco a la líder del grupo.

Corx, mi vieja y despiadada amiga. La banda de los Serpientes nos clavan sus miradas desafiantes.

—Corx, cuánto tiempo… —Le dirijo la mirada al tiempo que una especie de reverencia. Solo puedo desear que su intervención acabe pronto.

Me devuelve una mirada lasciva, mezclada con un fuerte resentimiento.

No puedo evitar que mi mente divague, pensando en las veces que enterré mi cabeza entre los muslos de esta despampanante mujer.

Su piel morena chisporrotea con las gotas de sudor que le caen sobre la frente y la maraña de pelo trenzado que la envuelve se mueve con el viento pesado.

—Axel… ¿Puedo saber a dónde os dirgís tu grupo y tú? —El timbre agudo de su voz, contrasta con la rudeza de su rostro perfilado.

Sus ojos color miel, se mueven sigilosamente, escudriñando a los presentes y reparando en Elara. Le clava los ojos de víbora, que parecen desgarrarle la piel a tiras con su crudeza.

—Vaya, vaya… ¿Por fin te has animado a agregar una mujer en el equipo?

Hace tiempo te demostré que somos muy necesarias.

.. —Sus palabras se deslizan de sus generosos labios y su lengua viperina sisea cada sílaba.

Se acerca un poco más, dejando al descubierto con su sonrisa picarona uno de sus muchos dientes de oro.

—¿Qué quieres, Corx? —Decido ir al grano. Sé qué con ella no hay que andarse con rodeos. Su presencia nunca es una casualidad.

Los serpientes son unas de las bandas más peligrosas de por aquí. Su presencia atemoriza a hombres y familias enteras. Su despiadada avaricia no deja nada a su paso. Sigilosos como un reptil, despiadados como la muerte.

Corx se aparta de mí, dándome la espalda.

Los huesudos hombros se le marcan bajo la tela y percibo que está más delgada que la última vez.

Malas rachas para los Serpientes. Igual a hambre.

Igual a sed de muerte. El grupo permanece en silencio, son conscientes de que cualquier movimiento podría hacer que se desatara el caos.

—Nada, en realidad, pasábamos por aquí —miente con descaro. Se gira de repente y me clava sus ojos dorados como el sol, con agresividad —¿Qué hacéis en mi territorio?

—Estamos de paso —admito y no miento. Nuestro objetivo es Rubí, pero no pienso revelarlo.

Decido pasar por alto su deliberada repartición de tierras.

Este no es su territorio, la Tierra hace cientos de años que no pertenece a nadie.

Pero sus ansias de poder siempre han sido las mismas.

Conozco su carácter y sé que cualquier palabra mal usada, en el momento menos oportuno, podría desatar su fuego interno y hacer que nos corten la cabeza a todos.

—¿No vas a presentarme a esta dulzura? —Se mueve con sigilo entre nosotros, colocándose frente a Elara con descaro.

Le roza la mandíbula con una de sus uñas negras y afiladas, como si estuviera marcando a su presa.

Se relame y su lengua despiadada, se pasea lentamente por uno de sus colmillos dorados.

Sus labios resecos se humectan con su paso.

Elara, atemorizada, tiembla mientras intenta mantener el tipo.

Me contengo para no separar a Corx de ella arrastras.

Romperle uno a uno todos los dientes, por siquiera osar tocarla.

La posesividad hacia Elara crece de nuevo dentro de mí. Mi instinto se desvive por protegerla.

—Soy Elara —dice la chica con una contundencia, que sorprende a todos.

La seguridad en sí misma la hace ver cada vez más fuerte. No flaquear ante una situación así sería complicado para cualquiera.

—Bonito nombre —dice Corx y acto seguido se aparta con brusquedad, como si acabara de perder el interés de repente — ¿Eres el nuevo juguetito de Axel?

¿Ya has descubierto cuánto le gusta usar a las mujeres?

—Su voz es melosa, casi hipnótica, pero cada palabra que escupe lleva consigo mortífero veneno.

Tenso cada músculo de mi cuerpo, esperando el siguiente movimiento. Con Corx nunca sé qué esperar, cómo anticiparme a sus pasos.

—Déjala en paz Corx, esto es entre tu y yo. —Las palabras se precipitan de mi boca, sin pensar. La desafío con la mirada. Ella me dedica una sonrisa que nada tiene de amable.

—Tienes razón. —Con pasos firmes, se acerca mucho a mi boca, demasiado para mi gusto. El calor de sus labios ya no tiene el menor efecto erótico en mí.

Su aliento me asquea y me replanteo como pude acabar tantas veces en sus brazos tiempo atrás.

Tiempo atrás, cuando llegué a esta devastada Tierra y no tenía a nadie más.

Corx osó aprovechar su influencia, su poder y su experiencia para jugar conmigo como quiso.

Me avergüenzo de aquella etapa. Me avergüenzo de no haber sabido diferenciar el deseo carnal, del juego perverso que esta mujer entretejió conmigo.

Me usó para cometer atrocidades de las que no me enorgullezco.

Su juguete. Su marioneta. Un secuaz ciego ante sus perversos encantos.

Hasta que Hogee, mi fiel amigo, me rescató de sus garras.

Ella nunca aceptó un "no" por respuesta. Mi rebeldía y mi abandono. Su obsesión la convirtió en mi peor enemiga desde entonces. Dejé que corrompiera mi alma desde dentro y eso es algo que jamás me perdonaré.

—¿Cuánto quieres por ella? —Se aparta con un gesto brusco. La tensión que genera es un simple juego para ella. Se echa la mano al bolsillo, rebuscando unas viejas monedas, sin valor alguno.

—No está en venta. — Me hierve la sangre y aprieto los dientes con rabia. Ella arruga la frente y se aparta con un movimiento brusco y teatral.

—Es bonita. La quiero. Véndemela. —No mira a Elara, habla de ella como de un simple objeto. La vista clavada en mí.

—No. —No pienso entrar en su juego. No esta vez.

—Como quieras. —Su sonrisa desaparece de una forma macabra. No está acostumbrada a que le digan que no y soy consciente de que el orgullo es lo peor que puedes herirle a esta mujer.

Unos segundos después, Elara tiene un cuchillo en la garganta y está sujeta por dos de sus hombres.

Mis chicos se tensan de inmediato, sus armas están listas.

La banda de Corx repite nuestros movimientos.

La tensión en el ambiente hace la respiración insoportable.

El aire cambia, se hace más denso, más pesado.

—Chicos, tranquilos… No hay necesidad de ponerse así —dice Corx con condescendencia, reduciendo la situación a un mero malentendido —. Axel y yo solo estamos haciendo negocios, solucionaremos esto en un momentito. —Clava su mirada en mí de nuevo y se le oscurecen los ojos.

—Te he dicho que no, Corx —reitero.

—¿Te gusta?¿Es eso? ¿Te has enamorado? —Se echa a reír de forma desmesurada, con una burla exageradamente dramática. Sus trenzas danzan por el aire con extrema aparatosidad.

Me empiezo a cansar de su jueguecito. Ha llegado lo suficientemente lejos. Con un movimiento brusco la agarro del pelo y la coloco frente a mi cara, obligándola a mirarme a los ojos.

—Estás más fuerte que la última vez… Has estado haciendo ejercicio. —Emite un fingido gemido.

— Se acabó el jueguecito —digo con los dientes apretados por la rabia.

—No te excites demasiado amor. Aquí no… Tenemos espectadores. —Cada palabra suya enciende más mi furia. Me repugna.

—Lárgate y llévate a tus secuaces. Si no, te juro que los haré pedazos a todos y a ti te echaré de comer a los perros salvajes. —La ira sale de mi a borbotones. Por primera vez su actitud vacila.

—Para —susurra con tono lastimero. —Me estás haciendo daño.

—Ya te he dicho que estamos de paso. Nos largamos y no volverás a vernos. —Noto su ira clavándose en mí, a través de sus ojos dorados

La suelto con brusquedad dejándola caer al suelo. Como el peso muerto que es.

—Chicos…vámonos —dice al fin, con la voz cargada de resentimiento.

El grupo se relaja y se colocan de nuevo detrás de ella, ayudándola a levantarse.

Corx se sacude el polvo con desdén, como si pudiera limpiar así la suciedad impregnada en su piel.

Se dirige a Elara, colocándose muy muy cerca de su rostro.

Invadiendo su espacio. Le mira los labios.

Yo me pongo a la defensiva y me coloco justo detrás de ella. Vacila.

—Esto no ha hecho más que empezar, que lo sepas —gruñe de nuevo y se dispone a seguir su camino, no sin antes dirigirme una última mirada de odio. Cargada de viejo rencor —¡Ya nos veremos! —grita desde la lejanía.

No digo nada más, prefiero dejar las cosas así por el momento. Aunque su amenaza no me pasa por alto. Nuestra vieja disputa me asegura que no será esta la última vez que nos veamos.

Por fin, mis chicos respiran aliviados. Me acerco a Elara con el corazón en un puño y le agarro la cara con ambas manos.

—¿Estás bien? —Corvin se posiciona muy cerca de mí. Ella asiente.

—Elara, deberíamos separarnos de ellos. Axel tiene razón, es peligroso —dice Corvin ignorándome por completo, hablando de mí como si yo no estuviera presente. Me giro para mirarlo, preso de la furia que me corroe.

—No me toques los cojones “princesito”. Ya estoy bastante caliente —escupo, clavándole la mirada.

—Axel. Para. —Elara me agarra del brazo conteniéndome. La tibieza de su contacto me recuerda que debo alejarme de ella, pero no puedo. Vuelvo a mirarla.

—¿Estás bien? —repito.