Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Axel

La furia me consume y mis pensamientos se encienden como una llamarada amenazante.

Quiero matarlo. Imagino su cuerpo hecho trizas, disperso por el bosque, una fiesta para los perros salvajes.

Echarlos a pelear por sus restos de carne y huesos.

Una sonrisa retorcida se escapa de mis labios.

Desde que apareció Corvin, con esa sonrisilla estúpida, arrebatándole a Elara esas miradas, cada gesto que hasta ayer creí que me pertenecían.

.. No he podido pensar con claridad. Siento odio, un odio profundo por como me hace sentir todo esto.

No me reconozco, no sé dónde quedó aquel mujeriego arrogante y de mala fama.

No queda nada de él, de esa libertad que siempre me caracterizaba.

Me he convertido en un idiota, celoso. Un esclavo.

Obsesionado con una completa desconocida.

La pelirroja que promete ser mi ruina. Ella.

Su mirada aguamarina, las flameantes llamas rojizas de su pelo al calor de la lumbre, sus mejillas sonrojadas de forma inocente, sus carnosos labios deseando ser mordidos… Todo en ella me vuelve loco, me desquicia. “Mi perdición”.

Estoy al borde de perder el control en un arrebato pasional.

Cometer una locura por celos. Anoche, me vi obligado a dejarlos a solas, porque ante todo, mis principios y educación van por delante.

No quería ser entrometido. Mis oídos captaron sus leves murmullos y seguidamente, la patética declaración de amor del caballero andante.

No tuve más remedio, me vi impulsado a interrumpirlos.

Antes de que ella pudiera corresponderle.

Sí, fui yo el que hizo caer aquellos cacharros dando por zanjada la conversación de esos dos.

Cuando al fin se fueron a dormir, se me complicó aún más conciliar el sueño.

Mi mente se vio envuelta en una vorágine descontrolada.

Tuve que recordarme a mí mismo algo que aprendí hace mucho. "El amor nunca trae nada bueno".

No pude oír del todo la conversación, se aseguraron de bajar lo suficiente el volumen.

Evitando que pudiera escuchar sus secretos.

Esconden algo, es evidente. Y eso no me gusta.

No me gusta que me oculten cosas y mucho menos la gente que está conmigo.

Es algo a lo que debo ponerle final cuanto antes.

Puede que Hogee tenga razón, que estos dos no sean de fiar, que aceptarlos en nuestro grupo no haya sido buena idea.

—Buenos días. —Elara me saluda con una sonrisa suave y despreocupada. Me sobresalta, trayéndome de vuelta de los recuerdos de la noche anterior —. Ayer te noté un poco crispado al irte a dormir —asume y una tormenta se desata en mis ojos.

No contesto, no sé qué quiere conseguir con esta conversación, pero su juego empieza a hartarme.

La ignoro, ni siquiera le devuelvo la mirada y me dispongo a recoger el campamento de forma apresurada.

Un nudo bien atado me presiona la garganta.

Me gustaría decir que no me importa lo más mínimo lo que pueda pensar.

Pero hay un extraño sentimiento dentro de mí, que me impide desvincularme del todo.

Los chicos me siguen, charlando animadamente entre ellos. Ajenos al alterado estado en el que me encuentro. Le doy la espalda a Elara. Ella permanece detrás de mí, guardando un poco las distancias. No hay ni rastro del tal Corvin.

—¿Se puede saber por qué me ignoras? —replica al cabo de unos minutos. Un ápice de enfado sacude su voz y eso consigue que se me escape una sonrisa traviesa.

—Hay que recoger el campamento. Tenemos que irnos. No hay tiempo para cháchara. —Me aseguro de que mi voz suene lo suficientemente autoritaria. Ella se encoge de hombros y se va, dejando su crispación flotando en el ambiente.

Algo se me encoge en el pecho, algo desconocido. Pese a que actuó por pura ira, sé que es mejor así. En el fondo lo sé. Prefiero quedar como el villano, que me odie. Comportarme como un imbécil con ella. Alejarme y dejarla ser feliz con su bomboncito moreno. “Su caballero andante”.

Me recuerdo una vez más que el amor no trae más que problemas.

El amor te destruye, como destruyó a mis padres y todo lo que tenía.

Desde que empecé a tener relaciones con chicas, mis reglas siempre fueron claras.

Divertirnos, obtener lo que quería de ellas y nada de amor.

Elara jamás aceptaría una relación así. Ella no es de las de relaciones de una noche.

Ella no es una chica para mí, yo no soy un tipo para ella.

No podría corromper toda esa dulzura que la envuelve.

Ensuciarla. Destruirla, solo por un capricho pasajero.

Por mucho que no pueda dejar de desearlo.

Cuando el campamento está recogido, emprendemos nuestro camino.

Elara no se ha separado de Corvin, lo que me confirma que su relación es tan estrecha como yo pensaba.

No me controlo, los celos me ciegan a pesar de que tengo claro que lo nuestro no puede ser.

Preso de mis propios sentimientos de ira, me giro hacia Elara, dejando que las palabras se escapen de mi boca con brusquedad.

—En cuanto lleguemos a la ciudad, nos separaremos. —Ella me mira sin entender y no se conforma con mis palabras.

Admito que eso me gusta. Contengo una sonrisa. No puedo negarme a mí mismo cuánto me gusta hacerla reaccionar, de la forma que sea.

—¿De qué estás hablando? —pregunta ofuscada, entrecerrando los ojos —. Teníamos un trato. Me dijiste queformaba parte de los Caminantes de las cenizas —recrimina desconcertada. Pongo en marcha mi plan.

—Te mentí —miento, se lo dije de corazón.

De verdad quería que formara parte de este equipo, de esta familia.

Y he de decir que no dejo entrar a cualquiera en nuestra banda.

Pero eso fue antes, antes de que apareciera Corvin en la ecuación —.

No podemos seguir cargando contigo, somos demasiados.

Demasiadas bocas que alimentar. Demasiado llamativos para otras bandas…

—Trago saliva, tragando también mis emociones contradictorias que intentan frenar mis palabras —.

Además, ya tienes a Crovin. No me necesitas —añado con desprecio, señalando con el mentón a su compañero.

Asegurándome de que mis palabras suenan con el suficiente desdén.

Ella me mira indignada. Lleva la nariz y la boca cubiertas con un pañuelo rojo, lo que resalta más sus ojos verdes y el mar de pecas de su rostro.

—¿Estuviste escuchando anoche?—Su voz está llena de ira y eso me excita. No lo voy a negar. Noto esa vibración en mi entrepierna, pero me recompongo antes de contestar.

—No sé de qué me hablas. —Vuelvo a mentirle, mostrando indiferencia. Toda la que puedo, aunque no la sienta.

—Muy bien. —Se gira, sacudiendo su melena. Colocándose al lado de Corvin.

Dando por zanjada la conversación. Aceptando un destino impuesto, que parece desear tan poco como yo. “Es mejor así”, me repito.

Corvin me clava la mirada con desaprobación y juro que me estoy conteniendo para no abofetearle ahora mismo. Me contengo una vez más. Respiro. Intento tomar el control de mis actos y dejar de actuar como un niñato impulsivo.

Seguimos caminando en silencio, el sol abrasador se ciñe sobre nuestras cabezas y ni el hecho de llevarlas cubiertas alivia el calor.

Nuestros pies se arrastran por la firmeza del camino rocoso, lleno de polvo anaranjado, que se levanta con cada paso de nuestro desgastado calzado.

Estoy deseando llegar a un sitio seguro.

Un lugar donde poder refugiarnos con un poco de sombra y tomar un poco de agua, antes de llegar a nuestro destino.

Me acerco a Hogee que me está mirando con sus penetrantes ojos castaños.

—¿Qué diantres pasa? —Este hombre me conoce como si fuera mi padre. Puedo ocultarle mi estado a cualquiera, pero no a él.

—Parecemos una organización de caridad. Estoy harto de ir rescatando a gente. —Intento ocultar los verdaderos motivos de mi enfado. Intento ocultar los celos que me corroen por dentro. Él amortigua una carcajada en el pañuelo negruzco que le cubre la boca.

—¡Venga ya, Ax! Tu y yo sabemos perfectamente lo que te pasa. —Le dirijo una mirada fulminante, haciéndolo callar al instante. Él ladea la cabeza y evita que se le escapen las carcajadas a través de la tela. No dice nada más.

Miro hacia atrás, asegurándome de que nadie está atento a nuestra conversación.

Los gemelos caminan dando saltos y jugando entre ellos.

Tim se sube a los hombros de Jake, haciéndolo enfadar y Pharrel, que siempre actúa como un padre protector, les reprende.

Dejo escapar una sonrisa. Estos chicos tienen la capacidad de hacerme olvidar siempre lo malo.

Los “mejores amigos”, Corvin y Elara, están lo suficientemente enfrascados en su propia conversación como para percatarse de la nuestra.

Elara nota mi mirada y me corresponde con una fugaz, llena de resentimiento.

Enseguida la aparta, dejando el vacío de sus ojos clavado en mi pecho.

—Hacía tiempo que no te veía así por una mujer. —No me atrevo a negárselo, no a Hogee.

—Nunca me has visto así por una mujer —corrijo. Nunca había sentido algo parecido. Una atracción tan irrefrenable. “Sí, atracción y nada más”.

—Nunca —repite —. Parece que te molesta mucho la presencia de ese chico.

—¿Molestarme a mí? —Me esfuerzo de nuevo por ocultar mi crispación. Tengo el ceño fruncido tan fuerte que me duelen las sienes.

—Pues si no te molesta, disimulas muy mal —añade mi amigo con una mirada divertida

—¿Tú crees? —pregunto, preocupado por la evidencia de mi estado.

—Sí, lo creo —asegura —. Al menos es evidente para mí. —No añado nada más.

Mi amistad con Hogee ha sido lo más parecido a una relación paternofilial que he tenido nunca. Y aunque me cuesta reconocerlo, me tiene demasiado calado. Me conoce y ha estado conmigo en los peores momentos. Es inutil intentar no reconocer ante él las evidencias.