Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Otro chico, algo más mayor y de aspecto intelectual, los acompaña. Sus ojos plateados centellean tras sus gafas de cristales oblicuos. Les regaña para que mantengan la compostura y la escena se vuelve algo cómica, casi cotidiana. Recuerda a un profesor de escuela con sus alumnos.

Noto la presencia de Elara detrás mió, suave como una brisa. Me sigue de cerca, pisándome los talones. Empieza a hablar muy bajito.

—¿Qué haces aquí? —Su preocupación queda patente en cada nota de su dulce voz.

—Princesa, no es el momento de hablar de ello —intento disuadirla, ya que cualquiera podría oir esta conversación. Especialmente Axel y sinceramente, dudo mucho que no esté poniendo la oreja.

—¿Estás muerto? —Me paro en seco y le dirijo una mirada desconcertada “¿Estoy muerto?” Es algo que me pregunto yo también.

Los recuerdos danzan por mi mente. Todo se vuelve oscuro y confuso cuando intento recordar qué pasó antes de llegar a Niebla, después de sentir como mi vida se apagaba como una vela. No sé responder a su pregunta.

—Luego hablamos —prometo, posando mi mano derecha sobre la suya con delicadeza y firmeza a la vez.

Intento transmitirle toda la seguridad que imagino que necesita en estos momentos. Una seguridad que, a decir verdad, yo tampoco siento.

Me apresuro para seguir los pasos de Axel, antes de que se percate de que me he quedado atrás.

Paso el resto de la tarde montando el campamento con los demás.

Me presentan oficialmente al grupo, que a pesar de ser de lo más singular, parecen de fiar.

Es Axel el que tiene algo que no me termina de gustar.

Su arrogancia y actitud distante y dictatorial no tienen nada que ver conmigo, con mis valores.

Además, es obvio que tiene una especie de conexión íntima con Elara y eso, no puedo esconder que me irrita.

Paso la tarde aguantando sus miraditas furtivas.

No se me escapa ni una. Como le ha mirado el trasero varias veces, cómo ha examinado su cuerpo de arriba a abajo, comiéndosela con los ojos.

Marcándola como si fuera de su propiedad.

Me saca de quicio su actitud, su descarada posesividad sobre ella.

Pasaron años hasta que me atreví siquiera a mirarla y él con ese descaro tan suyo, pretende conseguir en días lo que yo no me he permitido ni imaginar.

Elara no es de nadie, ni siquiera mía. Temo que un tipo como él pueda arrebatarle su inocencia y dulzura.

“No, Axel. Está claro que ni en mil años te la merecerías”, susurro para mis adentros.

Intento calmar mis impulsos irrefrenables de pararle los pies.

Solo los dioses saben cuanto me contengo.

Intento centrar mis esfuerzos en lo más importante ahora mismo: Sobrevivir.

No sé cómo hemos acabado aquí. Desconozco por completo el lugar dónde nos encontramos, pero mi instinto me dice que no debe de ser un lugar seguro.

Desterrados. Sí, hemos debido de ser desterrados por los dioses. Un castigo por haber desafiado al rey.

Si permanecer en este territorio hostil es lo que nos queda, al menos necesito tener la certeza de que estaremos juntos.

Mientras esté con ella, ciertamente, poco más me importa.

Intento empaparme de las conversaciones ajenas que mantienen los chicos del grupo.

Prestando atención a los detalles. Debo aprender cuanto antes a sobrevivir por mi cuenta aquí.

Así podremos escapar y podré poner a Elara a salvo de ellos. Concretamente de él, de Axel.

Elara ha estado todo el tiempo recogiendo agua, preparando las camas y cocinando algo en una olla cubierta de hollín.

Parece llevarse bien con los chicos, la he visto hablar y reírse con el tipo de las gafas.

Me gusta verla cómoda y feliz. Sin embargo, me pregunto hasta qué punto está aprovechándose de ellos para mantenerse con vida orealmente hay algo más que la mueve a permanecer aquí.

Las horas se me hacen eternas, buscando el momento para hablar con Elara y despejar todas las dudas que baten mi mente como el aleteo de mil dragones.

Nos sentamos alrededor de la hoguera cuando la noche ha caído.

Elara no duda en sentarse a mi lado, lo que me reconforta.

Su aspecto es ya más relajado. Se ha aseado y se la ve más cómoda.

Se ha soltado el cabello, el cual le cae sobre los hombros de forma desordenada.

El rojo de sus mechones es aún más intenso a la luz del fuego.

Me sonríe y yo me descompongo cada vez que lo hace.

Comemos en silencio, unas especie de gachas de harina que no saben a nada, pero que nos llenarán el estómago durante unas horas.

El grupo se entretiene contando historias y riendo entre ellos, pero ni Elara ni yo participamos en la conversación.

Estoy demasiado abstraído en mis propios pensamientos.

Elara dedica alguna sonrisa cómplice a los chicos, pero nada más.

El humor de Hogee ha cambiado un poco y ya no parece tan testarudo y rudo como antes.

Da sorbos profundos a una garrafa de piel, llena de un líquido ambarino.

Su fuerte olor impacta en mis fosas nasales, produciéndome un considerable rechazo.

Relaja los hombros y ríe a carcajadas cuando los gemelos, Tim y Jake juegan a las imitaciones y cuentan historias divertidas.

Pharrel, “el intelectual”, observa la escena soltando alguna que otra risotada. Pero el buen humor se le pasa cuando uno de los chicos derrama su copa sobre su regazo, oscureciéndole los pantalones grises. Todo se vuelve un amasijo de reproches y quejas.

El último chico, Luke, el moreno, que también estaba en desacuerdo con nuestra presencia, observa la situación desde un árbol marchito.

Apoyado sobre el tronco entre las sombras.

Dando sorbos cortos a su bebida. El dolor es imposible de ocultar en su rostro y las facciones se le marcan de una forma demasiado dura para su corta edad.

Dejando traslucir una historia desgarradora a sus espaldas.

Axel no ha probado bocado y tampoco ha apartado la vista de nosotros, en toda la noche.

Puedo ver como tensa la mandíbula bajo el reflejo del fuego, mientras sus ojos se pasean de un lado a otro de nosotros.

De Elara a mí y luego a Elara de nuevo. Noto su incomodidad y recelo.

Es evidente que detesta mi presencia y mi cercanía con Elara.

Poco a poco los chicos sucumben al sueño, hasta que solo quedamos los tres. Elara, Axel y yo.

Parece no querer dejarla a solas conmigo y no se separa de nosotros ni un momento.

Tengo muchas cosas que hablar con ella, demasiadas.

Ya no puedo alargar más la situación, así que me levanto, lanzándole una mirada desafiante.

Él también se pone de pie. Solo nos separa la hoguera entre los dos.

Elara no tarda en incorporarse de un salto.

Axel me sostiene la mirada unos instantes, antes de tensar la mandíbula, luego, vuelve a mirar a Elara.

—Si me disculpáis, yo me retiro a dormir. —Hace un amago de reverencia.

La mirada de Elara parece pedirle a gritos que nos deje a solas y él simplemente obedece. Su complicidad para entenderse solo con miradas me incomoda, pero me alegro de, por fin,perderlo de vista.

—Buenas noches, Elara. —Se aleja de nosotros, para recostarse en uno de los catres en el suelo.

—Buenas noches… —dice ella con un hilo de voz. Como si Axel se hubiese llevado consigo su alma entera. Intento ignorar esa reacción.

—Elara, tenemos que hablar —me dirijo a ella al instante.

Elara se voltea para mirarme, tiene las cejas arrugadas y tensas. Me observa con preocupación, a la espera de respuestas. Volvemos a sentarnos en el suelo. Cuando nos aseguramos de que el grupo se ha dormido y solo podemos escuchar una sonora orquesta de ronquidos, iniciamos nuestra conversación.

—Corvin por favor, dime lo que está pasando… Necesito saberlo. —Su voz titubea mientras sus manos se aferran a las mías. Sus ojos, cargados de preocupación buscan respuestas que ni siquiera yo sé si puedo darle.

—Primero. —Trago saliva —. Necesito saber por qué estás con ellos ¿Estás bien?

¿Te tienen prisionera? —Mis palabras salen de mí más duras de lo que pretendía.

Pero ahora mismo solo me preocupa su seguridad, necesito saber que está a salvo.

Ella me mira extrañada y frunce el ceño, negando con la cabeza.

—No—responde, rápidamente —. No debes preocuparte, Corvin. Me encontré con el grupo por casualidad y entendí que era más seguro quedarme con ellos si quería sobrevivir en este lugar… — Su voz se va apagando.

Su respuesta en parte me tranquiliza y no me sorprende su astucia. Finalmente ambos llegamos a la misma conclusión. Unirse al grupo para sobrevivir.

—¿Dónde estamos? —Quiero saber. Necesito que me confíe todo lo que sabe sobre este sitio.

—Corvin… —Hace una breve pausa que aumenta el drama. Parece estar intentando encontrar las palabrasantes de revelar lo que sabe —. Estamos en la Tierra.—Se me tensa la columna vertebral con un escalofrío.

La Tierra, aquel lugar que los humanos abandonamos hace cientos de años, aquel lugar destruido, que quedó hecho añicos. Eso significa que…

—¿Qué hay después de la muerte? —pregunto, intentando hallar las respuestas que me faltan para armar el rompecabezas.

—No lo sé —responde ella de forma acelerada. Se muestra tan desconcertada como yo.

Su tono vislumbra que lleva días intentando darle un sentido a lo que le pasó. Entonces lo entiendo y la verdad me atraviesa como un rayo.

—Elara… ¿Cuándo morimos venimos a la Tierra? —El simple hecho de verbalizar mi duda me pone la piel de gallina “¡Qué me perdonen los dioses!”