Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Corvin

Abro los ojos, los párpados me pesan como si acabara de despertar de una larga siesta.

Un grupo de lo más variopinto me rodea como una manada de animales curiosos.

Me miran. Me observan. Me escrutan. Algunos de ellos no pueden ocultar sus caras de circunstancias, otros me miran con sorpresa.

El desespero entra en mi cuerpo, al no saber en manos de quién he acabado.

Siento un fuerte impacto, alguien se abalanza sobre mí, derribando todo el peso de su cuerpo sobre el mío.

Cuando noto el aroma de su pelo, un fuego ardiente nace en mi pecho.

El calor de sus brazos me envuelve y la tibieza suave de su piel me reconforta. “Elara”.

—¡Oh por los dioses Corvin! —La alegría de su voz me provoca un pellizco en el pecho.

Está cargada de alivio y eso lo convierte en el perfectoencuentro que jamás pensé que viviríamos. Encontrarla aquí, viva, hace que me sacuda una ola de euforia. Me impide pensar en el dónde estamos y en el porqué. Ahora mismo, solo puedo pensar en la necesidad de tenerla cerca.

El desconcierto me nubla la mente. La vi morir a manos de su padre.

La observé, frágil y sin vida en el frío suelo del salón del trono.

Su cuerpo inerte y pálido, como una bella estatua antigua de mármol nacarado.

Y luego el Rey Thoriam, la mirada vacía del traidor de su padre empuñando el arma homicida.

La sangre de la princesa, derramada por la estancia de palacio, vaciando su cuerpo.

El calor y la ira vuelven a apoderarse de mí con el recuerdo que atormenta mi mente.

Con el recuerdo impío de cómo no pude hacer nada por ayudarla, nada más por salvarla. Nada más que verla morir.

Intenté correr hacia ella, preso de una locura enloquecida y descontrolada.

Quise llevármela, alejarla del dolor, arrullarla entre mis brazos.

Besarla... Devolverla así a la vida como en los cuentos de hadas.

Pero los guardias me interceptaron demasiado pronto.

Inmovilizándome. Mi padre, me clavó su mirada ardiente con una advertencia. “Ni se te ocurra dar un paso más”.

Poco más le bastó al Rey para caer en la cuenta de lo que yo era.

Culpable. El traidor que había desobedecido sus órdenes, ayudando a escapar a su hija de aquella ruda prisión.

Yo era aquel que la había puesto en peligro, que la había empujado hacia aquella manada de lobos hambrientos.

Yo era quien la había empujado hacia aquel destino.

El Rey Thoriam me clavó entonces su mirada ennegrecida por el odio y supe que mi final, había sido sellado.

No pude hacer nada más. Solo observar como la comitiva funeraria la cubría con un fino paño de color negro.

La sutil seda se deslizaba por su cuerpo, marcando las ondulaciones de su pétrea figura.

Deslizaron su cuerpo inmovil sobre la estructura de tela, que hacía las veces de camilla.

Cuatro figuras fantasmales, cuyos pies no llegaban a tocar el suelo y cuyo rostro no se podía vislumbrar bajo las capuchas de sus túnicas.

Cargaban el cuerpo de Elara sin vida, para segundos después, abandonar el palacio.

Nunca había visto morir a nadie y el ritual me impactó sobremanera.

Se la llevaban al Reino de Niebla, para decidir allí su destino.

Eso contaban aquellas historias antiguas sobre nuestros reinos.

Unas leyendas que por mí mismo pude comprobar, cuando la muerte me alcanzó en el palacio a la mañana siguiente.

Los recuerdos agolpados en mi mente, me dejan un espeso nudo en la garganta, difícil de tragar. Elara y yo habíamos muerto y ahora estábamos aquí “¿Aquí dónde?”

—¿Qué haces aquí? —Su tono de voz, muy bajo, casi imperceptible. Como si no quisiera que nadie más escuchara lo que tiene que decirme.

La observo fruncir el ceño, empapándome de su mirada desconcertada. No tardo mucho en procesar la probabilidad de que la tengan presa, sin embargo, no veo en sus manos rastro alguno de ataduras, ni siquiera marcas en sus muñecas. Podría escapar si quisiera “¿Por qué no lo hace?”

Mi mirada se fija en el chico de cabello castaño tras ella, acechante como una sombra.

Sus pintas de desalmado me hacen desconfiar al instante.

Un odio oscuro y latente va creciendo dentro de mí, por el simple hecho de verlo tan cerca de ella.

Mantiene una postura segura y protectora hacia Elara y eso no me gusta.

Me pongo a la defensiva, todo mi cuerpo se tensa y hago un amago de levantarme.

Unas manos vuelven a empujarme hacia el suelo.

—¡Eh! Tienes que descansar un poco. —Elara me retiene —. Te has mareado y te has caído al suelo. —El contacto de sus manos sobre mi piel me produce un aleteo de mariposas en el estómago.

Está diferente, lleva el pelo recogido en una trenza, a diferencia de su habitual pelo suelto.

El sudor le recorre la frente por el asfixiante calor que nos envuelve y cada centímetro de piel que deja al descubierto está sucio y desaliñado.

Aún así, sigue siendo la mujer más increíble y bella que he visto nunca.

—Veo que os conocéis… —Una voz áspera y desgarrada, hace que aparte mi vista de la mujer que tengo en frente —. Sin embargo, yo no tengo el placer… —Miro hacia arriba, el tipo adelanta un par de pasos, dejando al descubierto su dentadura perfecta y afilada.

“Si cree que me va a intimidar, que espere sentado…”

—Soy Corvin, amigo de Elara. — Ella sonríe, mirándome y yo me derrito un poquito más.

Pese a que Elara es una distracción, no pasa desapercibida para mí, la mirada de aquel desalmado sobre ella. Sobre mi princesa. Parece realmente enfadado, como un niño cuando le quitan su juguete nuevo.

—Axel —deletrea cada sílaba de su nombre de forma teatral y separa los brazos, antes cruzados sobre su pecho.

Me tiende una mano y yo se la agarró con firmeza y sin titubeos.

Me ayuda a incorporarme, con un rápido movimiento—¿Qué sabes hacer?

¿Tienes alguna habilidad? — Su voz es firme. Autoritaria.

De inmediato comprendo que debe tratarse del líder del grupo.

Mi mente trabaja rápido y el instinto de supervivencia se activa en mi interior como un resorte.

Si quiero huir de aquí y llevarme conmigo a Elara, no tengo más remedio que seguirle la corriente.

Ganarme su confianza y dejar de mostrarme como una amenaza.

— Soy bueno con la espada —afirmo, tragándome mi orgullo.

Elara me mira con los ojos muy abiertos, como si acabara de verbalizar una completa locura.

—Con la espada ¿eh? —El tipo deja escapar una risotada, que admito, no me resulta nada graciosa —¿Eres una especie de caballero medieval o algo así?

— Axel…—La voz de Elara, suave como una hoja, busca sin duda calmarle y esa chispa de complicidad no pasa desapercibida para mí.

El gesto me incomoda profundamente “¿Cómo pueden haberse entendido tan bien en tan poco tiempo?” Tan solo han pasado dos días, incluso menos. El pecho me abrasa con la rabia contenida.

—Algo así. —Lo desafió, ignorando a Elara y doy un paso hacia delante. Clavo mis ojos sobre los suyos y dejo traslucir mi hostilidad.

Axel deja escapar una risilla tediosa y me aparta la mirada. Da un paso hacia atrás antes de hablar de nuevo.

—De acuerdo… Nos acompañarás, puedes sernos de utilidad en un momento dado. —No digo nada ante su aceptación. No busco su aprobación —. Ayúdanos a montar el campamento —ordena y yo simplemente asiento. Le dirijo una mirada a Elara antes de acompañarlo y ella se queda unos segundos rezagada.

El resto del grupo se han dedicado a mirarme de arriba a abajo y a murmurar entre ellos. Pero ninguno se ha atrevido a expresar la más mínima queja o comentario directo a Axel sobre el tema. Lo que deja claro, una vez más, su papel como líder indiscutible de la manada. Es mejor no contradecirle.

—Jefe, no creo que esto sea buena idea… —Un tipo robusto, el más mayor de todos, se acerca a Axel y le habla en voz baja. Pero no lo suficiente como para que sus palabras me pasen desapercibidas.

—He tomado una decisión, Hogee —responde Axel con rotundidad, sin siquiera detenerse a mirarlo.

—No me fío de ellos —replica el hombre, lanzándome una mirada de soslayo que me atraviesa como un cuchillo. La cicatriz que le cruza la cara parece oscurecerse con el gesto.

—No hay más que hablar, Hogee. —Axel se detiene en seco y le desafía con la mirada —. La ayuda nos vendrá bien. —El timbre de su voz no expresa rabia, más bien, una amabilidad latente. Un cariño labrado durante años.

—Yo tampoco estoy de acuerdo con incluir a más integrantes en el grupo —dice de pronto un chico de cabello negro. Alzando la voz por encima del resto.

—No te he pedido tu opinión, Luke. —La respuesta de Axel, dictatorial y cortante, atraviesa la tensión que nos envuelve. El chico asiente sin más y vuelve a ocultarse entre el resto del grupo.

Axel se gira hacia los demás en actitud desafiante y autoritaria.

—¿Alguien más quiere dar su opinión? ¿O vais a poneros a trabajar de una vez? —Su voz retumba en el claro rodeado de secos y ennegrecidos árboles—¡Panda de holgazanes!

El silencio se extiende como una ola. Le temen. Todos ellos le temen y no me cuesta imaginar que deben tener razones de peso para hacerlo.

—Yo estoy de acuerdo con que haya nuevos integrantes, jefe. —Axel no contesta, pero tampoco lo interrumpe.

—¡Yo también! —Las voces dicharacheras de los dos chicos gemelos, acaban con la tensión del ambiente de un soplo.

—Soy Tim.

—Y yo, Jake —se presentan, sonriéndome de oreja a oreja. Les devuelvo el saludo repitiéndo mi nombre.

— Corvin, encantado.

Los chicos se alejan a la carrera hacia la zona dónde están montando el campamento. Dejando el aire algo más ligero a su paso.