Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Sonríe de forma pícara, como si esto se tratara solo de un juego.

Sus poros rezuman diversión. Pese a mi reacción instintiva, sus palabras me dejan una sensación inquietante de recelo que me hace apartarme de él instintivamente.

Poniendo entre nosotros una distancia física, como si acabara de levantar un muro.

Me siento como si acabara de firmar un pacto cuyos detalles desconozco “¿Qué significa que le pertenecemos?” Un escalofrío me recorre la espalda y no puedo permitirme pensar demasiado en ello.

Ese “para siempre” se queda deambulando por mi mente mientras seguimos caminando en silencio un par de horas más, yo diría tres.

Estoy cansada y sedienta. Pharrel me tiende un poco de agua de su cantimplora sin decir ni una palabra y yo se lo agradezco con un gesto con la cabeza.

Cuando parece que el paisaje nunca va a cambiar, una seca arboleda aparece frente a nosotros.

El polvo y la neblina producida por el asfixiante calor, evitaban que pudiera distinguir con claridad el lugar hasta que nos encontramos a pocos metros.

El aire se vuelve pesado, cargando con el aroma a ceniza de los árboles quemados.

Es como si un devastador incendio hubiera arrasado con todo tiempo atrás.

Los árboles ennegrecidos y retorcidos rodean el paraje creando una escena fantasmal, sus brazos se levantan hacia el cielo implorantes, un cielo que no les responde.

Nos adentramos en la oscuridad, creada por los mismos árboles maltrechos.

El suelo, cubierto de hojas quebradizas, produce quejidos bajo nuestros pies.

De nuevo el recuerdo de un fuego que una vez lo consumió.

En el centro de aquel claro, un pequeño lago con agua “¡Dios! Cuánto deseo sumergirme en él...” Me acerco al agua, introduzco las manos y comienzo a lavarme, llevándome también el agua a los labios.

—¡¿Qué coño haces?! —Axel me aparta de un empujón,dejándome caer al suelo —. Tengo que comprobar que no esté envenenada.

Su advertencia me recuerda una vez más lo desconocido que es este mundo para mí. Los peligros que nos acechan y de los que aún no soy del todo consciente. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza que alguien pudiese haber envenenado el agua.

Hace un gesto a Pharrel con la cabeza, que se acerca al pantano, introduce dos dedos en el agua y se los lleva a los labios. Me sorprende su rudeza y el hecho de que exponga a sus amigos de esta forma, sin parecer importarle ni lo más mínimo.

—Todo parece estar correctamente.

—Te has librado por esta vez, pero deja de cometer imprudencias ¿Es que quieres morir? —Me señala con el dedo, encendido en su enfado y yo me quedo sin habla por su reacción. Desconcertada.

Me siento en el suelo y junto las piernas intentando frenar la excitación que se apodera de mí.

El deseo. Una sensación nueva para mí. Sé que no debería, ni mucho menos sentirme atraída por él.

Pero la mezcla de la rudeza autoritaria y protectora, junto con la ternura que en ocasiones emana, crea un cóctel explosivo en mis entrañas.

Axel se aleja y junto con los demás empieza a preparar un pequeño campamento.

Me quedo ahí, mirando el agua, con las piernas encogidas sobre el pecho.

No sé qué me espera aquí, soy consciente una vez más de que no sé nada de este mundo y que podría morir en cualquier instante si Axel no estuviera a mi lado.

Todo es tan extraño y desconcertante. El cómo he acabado aquí, el hecho de que mi padre fuera capaz de herirme, de quitarme de en medio con una estocada de su espada.

El recuerdo me atraviesa como un eco punzante y el dolor se instala en cada rincón de mi cuerpo.

Me llevo instintivamente la mano al abdomen, hacia aquella herida.

Una lágrima traicionera se desliza por mi mejilla, la atrapo con mis dedos temblorosos, como si al detenerla, también pudiera contener la avalancha de emociones que amenazan con desbordarme.

—Oye, perdona por lo de antes… —La voz de Axel me pilla desprevenida. Lo observo sin decir nada, parece arrepentido —. Por mis formas, soy un bruto ¿Te he hecho daño? —Se acerca a mi con el ceño fruncido y denoto en sus ojos la preocupación.

Se pone en cuclillas junto a mí, para estar a mi altura, a la espera mi respuesta. No me quita los ojos de encima. En su rostro veo arrepentimiento real. Tiene las pupilas vidriosas y se pellizca los labios con los dientes con impaciencia .

—Estoy bien —digo con un tono de voz casi inaudible, evitando mirarle a la cara. Evitando de nuevo esa atracción magnética que me empuja hacia él.

No quiero que vea que he estado llorando y tengo los ojos hinchados. Se aleja, la decepción le cruza la cara. Pero yo estoy más decepcionada conmigo misma, por ser tan ingenua, por haberme dejado embaucar por un desconocido de dudosas intenciones. Un vándalo al que sus propios amigos temen.

Un ruido sutil rompe la calma, un movimiento de hojas secas, un quejido. Inaudible entre la maleza. Los chicos parecen no percatarse, mis sentidos están en alerta y el corazón me late desbocado, cuando el susurro amenaza con una presencia inesperada, invadiendo mis oídos.

—¿Qué ocurre? —pregunta Axel poniéndose en tensión, girándose por completo de nuevo en mi dirección.

—He oído algo —respondo poniéndome de pie al instante.

Axel adelanta unos pasos para ponerse delante de mí, protegiéndome con su cuerpo.

Sus manos son fuertes y me agarran con fuerza.

Su espalda casi me tapa por completo la visión del claro.

Los susurros se convierten en lamentaciones, como si alguien arrastrara los pies entre las hojas secas y quebradizas.

Desenfunda su cuchillo, con un movimiento tan preciso, que me hace retroceder un paso.

Se coloca en posición de ataque. Una figura tambaleante surge de entre las sombras.

Se mueve agitando la maleza hacia nosotros.

Cuando sale de la oscuridad y se adentra en el claro, lo veo. Su rostro pálido, casi irreconocible, pero a la vez familiar.

—¡Corvin! —Segundos después de que mis labios pronuncien su nombre, cae desplomado. Antesde que pueda llegar hasta él.