Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Elara

“No, claro que no”. Eso es lo que quiero decir.

No tengo el más mínimo interés en unirme a una banda de desalmados que se hacen llamar “Los caminantes de las cenizas”.

Suena horrible, suena fatal. Suena a que de aquí a unos días, volveré a estar presa o habré sido devorada por a saber qué criatura.

Pero en vez de eso digo “Sí” ¡Digo Sí!Como si no tuviera ningún tipo de amor ni respeto por mi vida, la cual es la segunda que se me concede. Trago saliva.

Las explicaciones de Axel, son lo que finalmente me hacen entenderlo todo.

Estoy en la Tierra. Ese lugar desolado que los dioses abandonaron a su suerte hace cientos de años.

Y por asombroso que parezca, aquellas personas que quedaron desterradas siguen vivas.

Han sobrevivido sin ayuda de los dioses, después de tantísimos años.

Lo que me hace pensar que quizá, no eran tan “inválidos" como los dioses pensaban.

El simple hecho de cuestionar a nuestros seres superiores hace que se me forme un nudo en el estómago.

Mi reflexión me lleva a una segunda cuestión, aún más importante, estoy desterrada.

Desterrada en una Tierra postapocalíptica, en guerra y con escasez de recursos.

Una Tierra en la que no sé cuántos peligros me puedan acechar y con la peor calaña del universo reunida en un mismo lugar.

El más puro instinto de supervivencia, me lleva a escoger lo que parece el camino más fácil y seguro.

Si quiero sobrevivir, tengo que unirme a ellos.

Con la vista clavada en el horizonte, encuentro algo de belleza entre tanta desolación “¿Cuántas penurias habrán tenido que pasar esta gente?” Resulta realmente aterrador y el solo hecho de pensar en ello me hiela la sangre.

La mirada de Axel se clava en mí, como mil flechas.

Tengo la mente aturdida y he de admitir que me ponen nerviosa su sola presencia.

Esos ojos pardos, ojos de depredador… Nunca me había topado con una mirada igual.

Sus ojos de un verde esmeralda intenso y esa cicatriz en la ceja derecha que se le derrama casi hasta el párpado.

Un golpe, por el que, sin duda, podría haber perdido el ojo.

Y por extraño que parezca, eso lo hace aún más atractivo.

Por no hablar de esa actitud, esa extraña actitud de salvador que tiene conmigo.

A veces parece como si quisiera protegerme a toda costa y otras sin embargo, el aura de misterio que lo rodea me hace estar alerta, esperando un peligro inminente.

He notado su deseo, el deseo con el que me mira y casi me reclama.

Nunca antes me habían mirado así. Sinceramente espero, que no se esté haciendo falsas esperanzas, el amor es lo último en lo que pienso ahora mismo. Y aún menos, con alguien como él.

Volvemos al interior de la cueva sin decir una palabra más.

Axel despierta al resto de la banda de muy malos modos y estos reaccionan sobresaltados.

Parecen temerle y respetarle a partes iguales.

Lo que reafirma aún más mis sospechas de que debo tener cuidado con él.

Axel no es el más mayor del grupo, tampoco el más joven, pero todos lo tienen como al líder de la manada, lo que me resulta francamente curioso.

Entiendo que esta jerarquía debe tener más que ver con su personalidad arrolladora.

Una relación de poder no escrita, pero latente.

Todos se ponen a recoger sus cosas apresuradamente. Yo no llevo conmigo ningún tipo de pertenencia, así que me limito a recolocarme las vestiduras y arreglarme un poco el pelo. Cuando estamos fuera de la cueva de nuevo, Axel se dirige a los chicos.

—Escuchadme con atención. —Todos guardan silencio al escuchar su voz grave —.

La chica se queda con nosotros. —La afirmación inicia una serie de murmullos, sin embargo, ninguno se atreve a replicar a su jefe —.

Su nombre es Elara y es una nómada, como nosotros.

Ahora pertenece al grupo, nos vendrá bien contar con una mujer…

—Me mira lanzándome una sonrisa de medio lado. El resto del grupo se ríe.

No entiendo el chiste. No me hace ninguna gracia si está insinuando lo que creo que está insinuando.

Debería saber que no tendré ningún tipo de reparo en partirle las piernas.

En Armaria me enseñaron a luchar como a cualquier guerrero.

He sido entrenada desde mi niñez y podría librarme de ellos con un simple chasquido de dedos.

“O al menos eso creo”. Me sonrojo ante la fuerza interior que emana de mí como fuego candente y que sinceramente, no sé de dónde procede.

Un instinto fuerte, animal, que ni siquiera sabía que tenía.

Estoy apunto de replicar, pero Axel se me adelanta.

—Elara es mía ¿entendido? —Traga saliva tan fuertemente que su nuez se pasea bruscamente por su garganta.

Yo contengo el aliento —. Como alguno de vosotros tenga la osadía de faltarle al respeto o acercarse a ella con intenciones más allá de la cordialidad, juro por mi vida que le rebanaré el cuello, sin miramientos.

—Todos guardan silencio ante la amenaza.

Se le oscurecen los ojos y el grupo enmudece “¿Cómo se atreve a tratarme como si fuera de su propiedad?” Quiero protestar.

El fuego interno que emana de mí está a punto de salir por mis poros.

Aprieto los puños clavándome las uñas en las palmas de las manos y cuando voy a hablar,me contengo.

Asumo mi miedo a que me eche del grupo. Sobrevivir es lo que más me preocupa en estos momentos y no si podré hacerlo sola.

Ellos corren con una ventaja que yo no y es que conocen este lugar, probablemente como la palma de su mano.

Debo jugar con eso, permaneciendo a su lado.

Guardo silencio y unos minutos más tarde emprendemos el viaje.

No quería desafiarlo delante del grupo, si quiero ganarme su confianza, aunque me aterre el hecho de estar con un grupo desconocido, en una tierra aún más desconocida, debo ser cauta.

Me acerco a él cuando el resto del grupo nos sigue unos pasos por detrás, bastante rezagados.

Me muevo y me coloco frente a Axel cortándole el paso.

Él frunce el ceño y me observa. Parece sorprendido por mi reacción.

—No vuelvas a tratarme como un objeto de tu posesión. —Intento ocultar el enfado que me arde en el pecho y sonar contundente, pero mi voz vibra un poco con las últimas sílabas.

—Está claro que no tienes dueño, señorita Elara…

—Su tono de voz es desafiante. Se acerca más a mi rostro, puedo sentir su aliento calentándome las mejillas —.

Disculpa mi brusquedad —dice con sinceridad —.

Solo pretendía protegerte y que el grupo no se llevara una impresión equivocada contigo.

—Sus ojos se pasean por mi rostro, al tiempo que sus palabras danzan entre sus labios.

Su voz es melodiosa como un arroyo, me hace sentir cosquillas en la nuca. Agito mentalmente la cabeza y desecho los pensamientos que me llevan a despertar una latente curiosidad por él.

—Disculpas aceptadas —digo entonces, cortante. Él asiente.

—No se atreverán a tocar algo mío, es una cuestión de respeto —añade.

—Querrás decir que es una cuestión de miedo ¿no? —digo sin pensar y al instante me arrepiento. Sus ojos pardos se oscurecen, observándome, como un animal a su presa.

—¿Estás desafiándome, Elara? —Su tono de voz cambia, de melodioso a oscuro y trago saliva, cuando se me acerca más, casi rozando nuestros labios —. Aún puedo cambiar de opinión y abandonarte aquí hasta que mueras de inanición. —Entonces, no dice nada más y se aparta de mi vista.

Yo me quedo paralizada unos instantes, asimilando lo que acaba de pasar.

Intentando controlar la respiración entrecortada y el miedo que acelera mis latidos.

Debería tener más cuidado. Estoy jugando con fuego al desafiar a una persona que podría rebanarme el cuello en cualquier momento si quisiera.

No conozco este sitio, no conozco a esta gente.

Ignoro las atrocidades de las que son capaces siquiera.

Eso me ralentiza el pulso y el sudor frío recorre mi espalda a pesar del calor incesante.

Me doy cuenta de que varios de los chicos están mirándome con curiosidad, mientras yo sigo paralizada, con los pies clavados en la seca superficie.

Me recompongo y reanudo la marcha, porque lo único en lo que debo pensar ahora es en ponerme a salvo.

El paisaje vasto y desolado se presenta ante nosotros como una enorme extensión de tierra árida.

Cubierta de grietas y cicatrices profundas que emanan recuerdos de una tierra que no olvida su pasado.

El sol, en la cima del mundo, quemando. Derritiendo con su devastador ardor cada remoto y recóndito resquicio de sombra o brisa fresca.

Cada paso que doy levanta una fina capa de polvo de color arenisca, que se pega a mi ropa haciéndola más pesadas.

Mi respiración se vuelve trabajosa, por lo que vuelvo a colocarme el pañuelo cubriéndome la boca y la nariz.

Me arden las fosas nasales y por consiguiente, los pulmones, por el esfuerzo.

El horizonte es infinito, una línea difusa donde el cielo y la tierra se funden creando una atmósfera turbia de colores deslavados.

El tiempo detenido en una tierra sin futuro.

Donde lo único que existe es el presente, recordándote una y otra vez el hambre, la sed, el cansancio.

El agotamiento inminente en mi cuerpo, me hace arrastrar los pies por la arena, la cuál amortigua mis pasos.

Sin signos de vida, excepto por algunas criaturas escurridizas que dejan huellas difusas en la arena antes de desaparecer.

Un recordatorio constante del infierno abrasador en el que me encuentro ahora.

Un reino distinto a los que yo conocía, dónde incluso el viento parece portar los susurros de aquellos que no sobrevivieron.