Capítulo 7 #2
—Hogee, ya basta —intento tranquilizarlo sin éxito. Casi puedo ver como le sale humo de las orejas.
Controlar su temperamento feroz no siempre resulta fácil. Le mantengo la mirada, mientras sus ojos centellean por la rabia. Este es mi grupo, mi clan y no permitiré que su impulsividad ponga en peligro a nadie.
—Tus intereses amorosos déjalos fuera de aquí ¿Entiendes? No se juega con fuego cerca del grupo. —Veo como se le están relajando los hombros y yo también me relajo. Elara sigue observándonos en silencio. —. Si quieres follarte a esta putita iros fuera.
—Nadie va a follar con nadie hoy ¿de acuerdo?
—recalco el “hoy” apropósito y miro a Elara, que me devuelve la mirada con los ojos abiertos como platos.
Contengo la risa que se origina en mi garganta —.
Solo vamos a echarle una mano, además ella estaba aquí antes ¡Los intrusos somos nosotros!
¿Es que se te olvidan todas las veces que hemos necesitado ayuda y no hemos tenido a nadie?
—Hogee asiente entonces cabizbajo. Sé que detrás de ese tipo de dos metros, se esconde un corazoncito enorme y que la impulsividad y el afán de protección del grupo muchas veces le ciega.
—Como hagas un solo ruido, te cortaré el cuello ¿entendido? —La mira desafiante a los ojos, señalándola con el cuchillo. Ella se estremece.
—No va a molestar, Hogee, la señorita solo quiere descansar, igual que nosotros ¡Así que a la cama! ¡No quiero escuchar ni una mosca!
Los chicos se disponen a lo largo y ancho de la caverna y sin más, se van a dormir. Yo miro a Elara una vez más y me veo en la necesidad de tranquilizarla, para que pueda descansar como es debido. Me agacho para ponerme frente a ella, a la altura de sus ojos.
—Escúchame, Hogee es un buen tipo, solo que a veces se pone un poco nervioso. —No contesta —. No está acostumbrado a la presencia femenina… Aún menos a una presencia como la tuya. —Arquea una ceja incrédula.
—¿A qué te refieres, exactamente?
—Bueno, ya sabes. —Reconozco que me pone un poco alerta. Su pregunta me pilla fuera de juego.
Emana seguridad en sí misma por cada poro, lo que me desconcierta debido a su frágil imagen inicial. Intento disimular.
—No hay mujeres como tú por aquí. —Elara asiente, aunque parece no acabar de entender a qué me refiero —.
Descansa, Elara. Nadie va a hacerte daño.
—Sigue clavándome la mirada, un poco desconfiada —.
Velaré por ti, te lo prometo. Nadie se te acercará.
—Traga saliva y recorro su cuello con los ojos, al tiempo que los pensamientos obscenos se generan en mi mente atrevida.
Ella asiente. Lo que me deja más tranquilo. Así que me retiro a dormir, a unos escasos metros de ella. No quiero molestarla quedándome demasiado cerca, pero que sienta cercana mi presencia, por si me necesita.
No pego ojo en toda la noche, cualquier ruido, tos o movimiento, me hacen desvelarme.
Elara sin embargo, parece dormir plácidamente y eso me reconforta.
Tiene pinta de haber vivido una trágica historia y por su aspecto, sé que no sobreviviría por aquí ni medio día.
Esta chica es carne de cañón. Intuyo que ha amanecido, así que salgo de la cueva buscando algo de aire fresco, cuando los primeros rayos de sol se filtran a través de la grieta.
Primero, me aseguro de que Elara sigue dormida y nada la va a molestar. El amanecer comienza a dibujarse en el desolador horizonte, tiñendo todo de un color anaranjado intenso. Estos momentos de paz me ayudan a mantenerme algo más conectado con mi verdadero yo. Con mi pasado.
Oigo unos sigilosos pasos detrás de mí y me giro instintivamente. Sé que esos pasos no corresponden a ninguno de los chicos. Elara se queda a mi lado y clava su vista también en el horizonte.
—Es hermoso ¿No crees? —Mi intento por iniciar una conversación suena bastante desesperado y me avergüenzo un poco.
Ella no responde —. Elara, quiero que nos acompañes.
—Ni siquiera lo he pensado demasiado, ni siquiera he analizado si me estoy precipitando o si me estoy dejando llevar por la locura.
No lo he consultado con los chicos y no he trazado un plan adecuado, lo único que sé es que la necesito a mi lado. Se gira para mirarme un tanto recelosa.
—¿Quieres que te acompañe? Si ni siquiera sé a dónde vais y tus amigos me detestan. —Su voz se va desinflando poco a poco.
—Mis amigos tendrán que acostumbrarse porque el que manda aquí soy yo —aseguro con rotundidad.
—¿Eres el jefe o algo así? —No respondo a eso.
—Además, ¿Qué más dá?¿Acaso tú sabes a dónde vas?
—Me retira la mirada y vuelve a clavarla en el horizonte —.
Si no tienes a dónde ir ¡Unete a nosotros!
Somos nómadas, viajamos de aquí para allá en busca de recursos, ya sabes que aquí escasean últimamente y las cosas se están poniendo feas…
—Intuyo que no debe saber de lo que le estoy hablando y temo estar abrumándola con demasiadas explicaciones, pero sin saber muy bien por qué, sigo hablando —.
Dicen las malas lenguas que al sur están creciendo los bosques y corriendo de nuevo los ríos.
Parece que se está volviendo a desarrollar la vida.
Nuestro plan es colarnos en una de esas ciudades errantes para viajar más rápido hasta allí.
—Me observa sin pestañear, asimilando toda la información, como si fuera nueva para ella.
Mi mente se esfuerza por conectar todas las piezas.
—Perdona, pero… ¿Dónde estamos? —Su pregunta pone fin a mis interrogantes.
—Eh… Bueno, esto antes era Estados Unidos. Sí. Creo que era así como se conocía. —Confirmo que no tiene ni puñetera idea de lo que le estoy hablando cuando frunce ligeramente el ceño. Todo a su debido tiempo.
Nos quedamos mirando el confín del horizonte infinito, un rato más, hasta que el sol sale por completo.
La miro. La miro con curiosidad, con deseo, con ganas.
La miro con una intensidad que no había sentido nunca antes y solo quiero que se quede a mi lado, protegerla “¿Pero qué estoy pensando?” Me autorecrimino.
Sacudo la cabeza en un intento de despejar mi mente y le tiendo la mano, sintiendo como el aire denso va aumentando la tensión entre nosotros.
—¿Qué me dices, pelirroja?¿Te unes a “Los caminantes de las cenizas”?