Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Axel

Juro por mi vida que no doy crédito a lo que están viendo mis ojos.

Me contengo para no frotarlos antes de parpadear una vez más, preso absoluto de la incredulidad.

Pelirroja. Una joven pelirroja de cabello centelleante como el fuego, oculta entre las tinieblas oscuras de esta recóndita cueva.

Sus ojos verdes aguamarina, cristalinos como el mar más azul que haya visto jamás, me observan con la clemencia propia de un corderito degollado.

Su fragilidad como el cristal, contrasta con la ferocidad oculta de su mirada.

Un corderito acorralado por lobos. Me observa hecha un ovillo y le falta ponerse a temblar.

Tengo que tragar saliva porque realmente me quedo sin aliento.

No es solo el hecho de que lleve mucho tiempo sin tener contacto con una mujer, es que ciertamente, en mis veintidós años de vida, no me he cruzado con una belleza igual.

Una belleza totalmente impropia de este mundo desolado.

La cabeza me da vueltas, aturullada por los pensamientos, mientras continuó mirándola sin dar crédito.

Incrédulo de estar viviendo este momento que pensé que jamás llegaría.

Una promesa, una pizca de esperanza. Tomando forma, cuerpo y alma de mujer.

Llevo meses sin pensar en acostarme con nadie, meses sin que el aroma de una mujer despierte en mí el más mínimo interés. Pero ella, esta mujer desconocida. Misteriosa. Intimidante. Podría despertar en mí la más oscura de las pasiones, sin ejercer el más mínimo esfuerzo.

Me acerco a ella poco a poco, se que está asustada y no quiero ser un motivo más para ello.

Cuando todos entran en la cueva, se quedan petrificados, casi tanto como yo.

Les hago un gesto a los chicos para que guarden silencio y esperen tras de mí, mientras yo sigo caminando hacia la belleza pelirroja que me aguarda.

Me mira, con esos penetrantes ojos y esas largas pestañas que los enmarcan.

Me agacho para ponerme a la altura de su cara.

La luz de la antorcha que hemos improvisado hace un rato, me permite ver la cantidad de pequitas que le llenan la nariz y las mejillas, como una noche estrellada.

Como esas que hace tanto tiempo atrás, me gustaba disfrutar.

Me está mirando y tiene la vista clavada en la cicatriz de mi ceja derecha, que se dibuja hasta el inicio de mi párpado superior. Veo como traga saliva y algo ardiente se me instala en el pecho. “Joder, es preciosa”, aún más de cerca.

—¿Te conozco? —Me mira. Desconcertada por mi pregunta, pero responde al momento.

— Lo dudo mucho… —Está intentando mostrarse segura, pero se le quiebra la voz en las últimas letras de esa frase.

—Tienes razón —admito rápido —. Si conociera a alguien como tú lo recordaría. —Mi voz es suave como una pluma. No puedo dejar pasar la ocasión para flirtear un poco, es casi instintivo.

—¿Estás intentando ligar conmigo? —Se muestra incluso ofendida, lo que me parece bastante divertido y despierta aún más mi curiosidad.

Agacho la cabeza, dejando escapar una risotada. Su apremio me deja fuera de juego y francamente sorprendido. La piel de cordero se va desvaneciendo con cada palabra que suelta, mientras va dejando traslucir su verdadera personalidad.

—Nena, yo no necesito ligar con nadie. —Me atrevo a rozarle la mejilla con el pulgar y ella no se aparta, en vez de eso, me mira con sus grandes ojos, como si intentara leer algo en mi mente.

—Se acabó la cháchara —Hogee nos interrumpe a mi espalda. Se acerca a nosotros —¿De dónde has salido princesita? —inquiere, acercando un cuchillo a su garganta.

Ella, asustada, contiene el aliento. Su impertinente atrevimiento enciende una llamarada dentro de mí. De un plomazo lo aparto de ella a pesar de su corpulencia. Hogee cae de un culazo al suelo. Todos los demás se ríen, hasta que ven la cara de enfado latente de mi amigo.

—Relájate, joder… Estoy hablando con la dama.

—Obedece mis órdenes al instante y vuelve atrás con los demás —.

Bueno… —Vuelvo a mirarla —. Disculpa los modales de mi amigo.

Soy Axel y tú eres… —Le tiendo la mano y ella se queda petrificada mirándola.

Lo observa todo, los anillos de bronce desgastados, las uñas ennegrecidas, la cicatriz entre el pulgar y el anular —¿Cómo te llamas? —insisto de nuevo.

—Elara. —Se le entrecorta la voz y me preocupa por haberla alterado demasiado.

Parece haberlo pasado muy mal y es entonces cuando este juego deja de ser divertido hasta para mí. Venga de dónde venga, tengo claro que llegar hasta aquí no ha debido de ser fácil.

—Perdóname, Elara. Solo quiero saber porqué estás aquí.—Hago el intento de que mi voz suene más dulce. Carraspeo.

—Solo estoy resguardándome —dice de pronto —. De la noche.

—¡Ya, claro! ¡Cómo todos! —exclama una voz a mi espalda. No me preocupo si quiera por quien es su dueño.

— Shhh... —vuelvo a mandarlos a callar, esta vez mucho más enfadado —¿Y te importaría que compartiéramos esta cueva? Nosotros también queremos resguardarnos. Te prometo que seremos muy caballerosos. —Los chicos comienzan a reír y yo tampoco puedo contener la risa.

“Caballerosidad”, no es precisamente la fama que nos precede. Ella asiente, pero no dice nada más.

Me levanto y hago un gesto a los chicos para que entren hasta el fondo de la cueva.

La estancia es pequeña y pronto se llena con nuestra presencia.

Con una mezcla apestosa de hormonas masculinas, sudor y mugre.

Me alejo con los demás para colocar nuestras cosas en un rincón.

Mientras Hogee y los gemelos Tim y Jake preparan una hoguera, saco mi navaja de la pernera del pantalón.

Me siento en una esquina y comienzo a afilarla con una piedra pulida.

El sonido castañea en el ambiente, haciendo saltar chispas con cada golpe de la piedra contra el metal.

Elara no se ha movido, sigue postrada en el mismo rincón, inmóvil.

La miro de vez en cuando, de reojo. Miradas que ella no me devuelve.

La tristeza niebla su mirada ya mí la curiosidad me devora por dentro.

Las preguntas me aprietan la garganta “¿Quién es?¿De dónde viene?¿A dónde va?¿Cuál es su historia?¿Está de verdad sola?” Y la más importante de todas “¿Qué tiene ella que ver conmigo?” Porque lo que siento en el pecho.

Un extraño sentimiento me hace pensar que encontrarnos aquí, nada tiene que ver con la casualidad.

Me levanto, sin poder evitarlo y me acerco de nuevo. Necesito hablar con ella, despejar mis dudas, ayudarla. Nunca en mi vida había sentido tanta compasión por nadie.

—Elara… —hablo en voz baja, acercándome delicadamente a su oído.

No sé si se ha dormido, pues permanece recostada sobre la piedra, con los ojos cerrados —¿Tienes hambre?

—Me mira de reojo. Se ha girado, de espaldas a mi, en su improvisada cama en el suelo —.

Tenemos algunas provisiones, no me importa compartir.

—Hogee carraspea a mi espalda, pero lo ignoro.

Elara se gira y me mira de nuevo con esos ojos brillantes que gritan auxilio “¡Maldita sea! Solo quiero que esté bien, no deseo otra cosa”. El pecho me va a estallar de ardor, una sensación desconocida y desesperada me aprisiona las entrañas.

Al fin asiente y yo vuelvo donde los chicos, cojo una cantimplora con agua a la que aún le queda un poco y una manzana roja.

Esta es de las buenas, apenas tiene picotazos, pero no me importa dársela.

Se ha incorporado y me mira mientras me dirijo a ella.

Le tiendo la manzana con la mano derecha y vuelve a mirarme la cicatriz de la mano.

Agarra la manzana con fuerza, llevándosela a la boca sin pensar.

Sin decir ni una palabra. Me siento a su lado y ella me mira desconfiada, pero sigue comiendo.

—Aquí queda un poco de agua también, por si quieres… —Me mira y deja de masticar un momento.

—¿Por qué me ayudas si se puede saber?

"No lo sé".

—¿Por qué debería no hacerlo? —respondo al momento, entrando en su juego de preguntas y respuestas.

—Podría ser una persona peligrosa —lo dice con muy poca convicción y yo contengo la risa.

—Yo también podría ser una persona peligrosa ¿Por qué te fías de mí? —Sé la respuesta que se contiene en sus labios, porque no tiene a nadie más —. Podría haberte dado una manzana envenenada. —Ella la mira y deja de masticar, luego se encoje de hombros.

—Llevaba mucho sin comer, gracias. —Es la primera vez que me agradece algo y yo quiero gritarle que haría cualquier cosa por ella ahora mismo. Me contengo “¿Pero qué me está pasando?”. No me reconozco ni en mis pensamientos ni en mis acciones.

—También tiene pinta de que llevas mucho sin beber. —Le tiendo la cantimplora y la agarra al momento.

Nuestras manos se rozan un instante fugaz y su tacto me produce una electricidad inusual. Me retira la mirada y bebe en silencio. Me estoy ganando su confianza y sé que es el momento de hablar con ella y despejar mis dudas.

—¿Por qué estás aquí?

—Ya te lo he dicho, estoy resguardándome de la noche. —No me convence su argumento y ella lo sabe. Lo nota. No me gusta que esté dando tantos rodeos, necesito la verdad.

—¿Hacia dónde vas? —Vuelve la cara y me mira.

—No lo sé —responde con un hilo de voz.

Apenas puede ocultar la fatiga y el cansancio en su rostro debilitado por el esfuerzo y la sed. Sé lo que es, sé lo que se siente y sé que no lo puede ocultar. Sus ojos esconden algo más, una resistencia ardua que me intriga.

—Eh —Hogee nos interrumpe en ese instante —. Se acabó el coqueteo ¿Quién es esta tía y por qué se supone que tenemos que fiarnos de ella?

—No tenéis que fiaros. —Su respuesta me pilla por sorpresa. Su rostro emana seguridad y un pasado que la ha hecho más fuerte de lo que parece a simple vista.

Una vena en el cuello de Hogee se tensa. Se dirige hacia nosotros y me pongo de pie de inmediato para frenarlo. Sé de lo que es capaz cuando está enfadado.