Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Elara

No sé dónde estoy. Siento mi mente, aturdida girando sin cesar.

Como en una vorágine. Como si aún continuara sumergida en aquel pozo, cayendo en espiral.

Los párpados me pesan y tengo las fosas nasales llenas de polvo.

Me duele todo el cuerpo, como nunca antes.

Como si hasta ese momento no hubiera podido sentir mi cuerpo de verdad.

Siento cada poro, cada centímetro de piel sobre el duro suelo en el que me encuentro tumbada.

La superficie áspera y agrietada me raspa.

Los rayos de sol inciden con fuerza sobre mis mejillas.

La piel me arde, caliente, abrasada. No tardo en darme cuenta de que el calor del sol se siente diferente aquí.

Arde con una ferocidad insólita, demasiado agresivo, demasiado… Distinto.

Me armo de todas las fuerzas que me quedan para abrir los ojos, porque siento que si no lo hago, voy a morir de verdad. O quizá ya esté muerta y este sea mi castigo. Un infierno.

Las palabras de las Moiras resuenan en mi mente, contundentes, afiladas como la hoja de un cuchillo.

Muevo la cabeza a ambos lados, pero no veo nada, solo vacío, un desierto seco y sin vida que parece no acabar nunca.

No tener un final. Me recompongo poco a poco y me miro el cuerpo, me sorprende comprobar que mi ropa ha cambiado.

Ahora visto unos extraños pantalones de algodón, marrones.

Una camisa vieja y descolorida que en otro tiempo debió ser de color blanco.

Llevo unas especie de botas como las que llevan en Armaria los montadores de dragones y un pañuelo al cuello.

Instintivamente me lo coloco sobre la boca y la nariz, cubriéndola, comprobando que me ayuda a respirar mejor el hecho de que haya dejado de tragar polvo.

Lo que supone un respiro para mis fosas nasales.

Me pongo de pie, pero me duelen las piernas como nunca y se me doblan las rodillas por el esfuerzo.

De un único vistazo fugaz, compruebo que aquí no hay nada.

Ni árboles, ni edificios, ni caminos que guíen mis pasos…

Solo vacío, solo desolación. La sed acude a mis labios al tiempo que me doy cuenta de la imposibilidad de encontrar agua en este páramo remoto.

Y si aún estoy viva, no sé cómo diantres voy a sobrevivir aquí.

Arrastro los pies por la arena caliente, levantando polvo a mi paso.

Camino sin un rumbo fijo, en busca de una salvación a mi desesperada situación.

Cada paso es un esfuerzo sobrehumano, el peso de mi cuerpo es ahora una armadura de hierro forjado sobre mis hombros.

El calor sofocante se pega a mi como una segunda piel, asfixiante.

Arranco una tira de tela de mi camisa y la uso para recogerme el pelo en una trenza.

Juro que ni en la armería del castillo, con todos los hornos prendidos a la vez hace tantísimo calor.

Sigo andando, sin saber ni porqué lo hago.

No sé si realmente quiero llegar a algún lugar o solo estoy esperando la verdadera muerte.

Entonces, las palabras de las moiras vuelven a mi cabeza.

“Ahora eres una simple mortal” “¿Y es que antes no lo era? ¿Estoy atrapada quizá en alguna especie de reino sin poderes?” Mi mente aturdida aún cabila en busca de respuestas, lo que triplica mi agotamiento.

Recuerdo haber oído una historia. La historia de nuestro mundo.

Un mundo renacido de las cenizas, forjado en el cielo.

Una segunda oportunidad otorgada por los dioses a aquellas personas merecedoras de su favor.

Pero, preguntas que nunca antes me había formulado, ahora acuden a mi mente “¿Qué pasó con la Tierra? ¿Con aquellas personas que no eran dignas de pertenecer a nuestro reino? ¿Los dioses los abandonaron a su suerte?”

Realmente, me cuesta pensar en los dioses de esa forma.

Como personas crueles y selectivas, que dejarían morir a toda una civilización.

Millones de personas, desgastadas, hasta la extinción absoluta.

Aunque me cueste, debo reconocer que en estos momentos, mi fé no se encuentra en su mejor momento.

Después de todo lo que he vivido en las últimas horas, me cuesta pensar en los dioses como guardianes puros y honrados de mi destino.

Mil preguntas nacen en mi mente. Sobre nuestra existencia, nuestro sistema…

Nunca antes me las había hecho, no como ahora.

Estoy agotada, física y mentalmente, cuando mis rodillas deciden que no pueden más. Me flaquean y caigo rendida sobre el polvoriento suelo. Llevo horas vagando sin rumbo, lo sé porque el sol ha bajado y ya no es tan fuerte como antes. Debe de pasar ya del mediodía.

Entonces, capto un reflejo resplandeciente en el suelo, brillante como un diamante.

Me ciega la visión. El reflejo del sol y sí, se está reflejando en una balsa de agua.

Me arrastro como puedo hasta llegar a aquel charco.

Con las manos, me acerco el agua a la cara y la lavo, arrastrando el sudor y la suciedad adheridas a mi piel como escarcha seca.

Bebo, nunca en mi vida había tenido tanta sed.

Este agua sabe horrible, pero no me importa.

Nunca antes había tenido que preocuparme del hambre o la sed.

Sin embargo, desde que desperté en este extraño lugar, no he podido pensar en otra cosa. En nada más que en sobrevivir.

Sé que no estoy en el cielo y aunque esto se parece a Oásis, sé que no estoy allí.

Ni en ningún otro reino desconocido. Aquí las nubes tienen un fin, la luz allí arriba tiene otro color, las formas son distintas.

Si llevara horas caminando en una nube, ya me habría caído al vacío “¿No?”.

Me doy cuenta de que estoy delirando, aunque nuestros reinos se levanten sobre las nubes, las dimensiones son inconmensurables.

Creo que me he desmayado. No sé cuento tiempo he pasado aquí tumbada cuando consigo abrir los ojos de nuevo.

De pronto, algo rompe con la monotonía en el horizonte.

Entrecierro los ojos para visualizar un montículo de piedra.

Mi corazón se acelera con ese simple cambio en el paisaje y los últimos rayos del atardecer atraviesan mis párpados con un hilo de esperanza.

Esa especie de monte de piedra, ahora seco, con algunos árboles salteados pintando su cima.

El significado de que en este remoto lugar, sigue habiendo algo de vida.

Salgo corriendo, levantando una gran cantidad de arena y piedras pequeñitas a mi paso. Nada me importa ya, está cayendo la noche y esa cueva podría ser un buen refugio. Podría suponer la diferencia entre vivir o morir. “Podría salvarme la poca vida que aún me queda”.

Al fin frente al montículo, la oscura grieta me invita a entrar, con una promesa de refugio.

Ahogo una honda respiración y no lo dudo ni un segundo, me abalanzo sobre la entrada.

La afilada roca raspa mi mejilla cuando me introduzco en la estrecha cavidad de la pared, dejando una fina línea de sangre a su paso.

El olor metálico se mezcla con el de la suciedad y el sudor, pero nada de eso me importa.

Ni el cansancio, ni el dolor, ni mis quejidos pueden frenar el afán de supervivencia que ha crecido dentro de mi.

Por fín, termino de atravesar el estrecho pasillo en unos segundos que se me hacen eternos.

Todo está oscuro, pero veo que la cavidad no es profunda, ni tiene pasadizos, no existe otra salida más que aquella grieta.

Estoy a oscuras, pero mi alma se ha acostumbrado tanto a su negrura que ya no le teme.

Me produce tranquilidad, seguridad. “Al menos ya no estoy a la intemperie”, pienso.

Agotada, me echo un rato sobre una de las paredes del fondo de la cueva y dejo que me venza el sueño, abandonada al cansancio.

No sé cuánto tiempo llevo durmiendo, lo único que sé es que no me siento más descansada. Un dolor de cabeza agudo me taladra la sien. Oigo voces, a través de las paredes de la cueva y sé por seguro que me estoy volviendo loca. “Aquí no hay nadie más, Elara”. Me repito.

A las voces las siguen una serie de pasos y ruidos desconocidos que llegan hasta mis oídos.

Empiezo a temblar, no sé a quién me voy a encontrar, que clase de malhechores o bestias inhumanas ocupan estas tierras.

Una luz centelleante anega mis pupilas, una luz cálida que sin duda procede de un fuego.

A través de la pequeña rendija que da entrada a la cueva, el color cálido anaranjado se filtra con avidez.

Acto seguido, los dueños de aquellas voces se van arrastrando hasta el interior.

Me arden los ojos cuando la luz alumbra la estancia, me había acostumbrado a la oscuridad.

En esa penumbra iluminada por el fuego, aparece un chico joven, apenas mayor que yo.

Su cabello castaño alborotado le cae sobre los ojos, algunos mechones de color ambar vibran con las líneas serpenteantes creadas por el fuego.

Sus ojos de un color verde profundo, parecen perforar mi alma de forma enigmática.

En el momento en que nuestras miradas se cruzan, sus pupilas cargadas de intensa curiosidad, se tornan de un color más oscuro.

Una sonrisa de medio lado se dibuja en su rostro.

Me estremezco y un calor irrefrenable crece en la parte baja de mi vientre, una sensación inusual, nueva.

Continúa observándome, frunce el ceño en repetidas ocasiones y sus ojos parecen esconder algo que yo desconozco. Perdida en el rostro de aquel muchacho desconocido, lo sé con una claridad aterradora. Ahora sí estoy completamente perdida.