Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

No puedo decirle a Corvin lo que he visto, no sé a quién pertenecen esas manos.

Mi instinto me dice que debo tener cuidado con el don.

Al menos, hasta que aprenda a controlarlo.

Los dioses, desde ese otro plano, siempre velando por nosotros.

Ellos me lo han otorgado. El Dios Forjador y después de todo, solo ellos conocen el porqué.

No es el don que esperaba recibir, pero es el que habían elegido para protegerme, para que llevase a cabo mi cometido en esta vida.

Los dioses son bondadosos y jamás han querido el mal de la humanidad.

Si me ha sido otorgado el don de la clarividencia, tenía un porqué.

Más fuerte y segura que nunca, segura de mi poder, debo emplearlo con inteligencia y sabiduría. No puedo fallarles.

—Corvin, debo ir a Niebla.

—¿Al Reino de Niebla te refieres? —pregunta extrañado.

Soy consciente de que Corvin no sabrá mucho más que yo sobre los otros reinos. Dudo mucho que en la escuela militar te eduquen sobre historia u otras cuestiones que no relacionadas con la lucha. Asiento, como respuesta a su pregunta.

—Te acompañaré —dice sin pensarlo demasiado. Lo que me abruma por un instante. Un nudo de preocupación se me instala en el estómago.

—¿Qué? No puedes hacer eso, Corvin. —Esto no lo había planeado. Lo último que quiero es que Corvin lo deje todo por mí. No tiene ninguna explicación razonable para hacerlo. Ya se está exponiendo demasiado al ayudarme. Demasiado por mí.

—¿Por qué no? ¿Crees que después de ayudarte quedará algo para mí aquí? —En eso tiene razón y hace que me sienta tremendamente culpable. Si se queda, Corvin tendrá que pagar un precio demasiado alto —. Es cuestión de tiempo que tu padre descubra quien abrió la puerta a su niñita y la dejó escapar.

—Está bien, tienes razón… —admito muy a mi pesar —. Me acompañarás. —Una sonrisilla se dibuja levemente en su rostro.

—Hasta el fin del mundo si es necesario, princesa. —Al decir eso da un paso adelante, nuestros rostros están tan cerca el uno del otro que tengo que contener el aliento.

Su cercanía me pone extremadamente alerta, nerviosa. Nunca antes había sentido un contacto como este. Nunca antes un hombre se me había acercado tanto, atrayéndome, tanto… Me separo y giro sobre mí misma antes de seguir hablando.

—Debemos ir a los establos, Kaffú nos ayudará a escapar.—Corvin frunce el entrecejo de una forma que me parece muy cómica —. Es mi dragón —me apresuro a aclarar.Corvin se limita a sonreír.

—Vamos, hay que darse prisa.

Salimos de la estancia con cautela, pero con la suficiente determinación.

Me parece un auténtico sueño encontrarme al fin fuera de la celda.

Respirando un aire menos húmedo y mohoso que el de las cuatro paredes que me han acompañado estos días.

Las escaleras de la torre son sumamente estrechas, por lo que si alguien decide subir en este momento, no tendremos hacia dónde huir, dónde escondernos.

No tendremos escapatoria. Intentamos darnos prisa, en el exterior se escucha un gran alboroto.

Intuyo que están demasiado ocupados en este momento como para reparar en mí.

Cuando salimos de la torre, corremos a escondernos en unos matorrales cercanos.

Lo que mis ojos ven entonces podría describirse como el auténtico caos.

Algo nunca antes visto en Armaria. Pero sí por mi, sí en mi visión.

Armaria, con sus altos muros de piedra y sus torres que acarician el cielo, ahora se veía envuelta en el más absoluto caos.

Contemplar así mi reino, mi nación, me desgarra el alma.

El polvo y el humo inunda el aire dificultandonos la visión.

La respiración. El choque de las espadas se entremezcla con los gritos de los soldados, en una vorágine de ruido ensordecedor.

Un reino al borde del abismo y yo, la causante de todo.

Un tumulto de gente lucha a capa y espada, unos contra otros, soldados del rey, contra civiles y viceversa.

Todos contra todos, en una argamasa de polvo, sangre y sudor.

Mis ojos se llenan de lágrimas al ver en lo que se ha convertido mi pueblo, por mí.

Sin quererlo había hecho daño a tantas personas…

Debía huir cuanto antes. Dejarlo todo atrás y no volver.

Nos agachamos y casi arrastrándonos por el suelo, conseguimos llegar a la plaza central, la cuál está atestada de hombres y mujeres luchando entre ellos a muerte.

—Quédate tras de mí y te protegeré, no vas armada —dice Corvin mientras aún seguimos ocultos en uno de los callejones que dan a la plaza central.

Cuando se dispone a dar un paso —. A la de tres: uno…

, dos... —Una flecha en llamas se clava en el suelo justo al lado de mi pie.

El terror se apodera de mí—¡Joder! —maldice, al tiempo que reculamos hasta nuestro escondite —. Es demasiado peligroso.

—Corvin. —Se gira para mirarme al oír su nombre en mis labios —. Los establos están justo enfrente. Tendríamos que cruzar toda la plaza para llegar hasta allí, es demasiado arriesgado. —Me mira, entendiendo de inmediato mi sugerencia.

—¿Quieres que entremos por el palacio? —Nos miramos a los ojos con la respiración entrecortada por la adrenalina y la tremenda tensión palpable entre los dos —¡Es una locura Elara! ¡Nos van a descubrir!

—Corvin… —Poso mi mano derecha sobre su brazo y el contacto me hace vibrar, incluso a través del metal de la armadura —. Es nuestra única opción. —Asiente sin remedio —. Tenemos que acceder al establo por dentro, desde el palacio, conozco cada uno de los pasadizos de este lugar.

—Mantente detrás mío y no te levantes bajo ningún concepto —cede.

Yo no titubeo, sin apartar la vista del azul de sus ojos. Todo es tan intenso, tan surrealista, que no puedo ni pestañear, casi ni respirar.

De nuevo agachados, nos dirigimos con cuidado pero sin detenernos, hacia las escaleras del palacio, las cuales quedan a mano derecha.

La actitud protectora y defensiva de Corvin, deja ver que ha aprendido a la perfección las técnicas de defensa.

A trompicones subimos las escaleras, esquivando a un lado y a otro a aquellos que luchan entre ellos.

Quiénes, ensimismados en su cometido, no parecen haber reparado en nosotros.

No nos prestan ni la más mínima atención.

Somos invisibles. La puerta está cerrada a cal y canto.

Nos miramos y comprendemos al instante que si abrimos ese gran portón, los rebeldes tomarán el palacio.

En ese momento una bala de cañón choca contra la puerta de madera haciéndola estallar en mil pedazos. El estruendo del impacto nos hace retroceder escaleras abajo. Nos damos de bruces contra el suelo.

Las brasas permiten que el agujero en el gran portón se haga cada vez más grande.

Los ciudadanos comienzan a entrar en el palacio, seguidos por los soldados, que intentan darles alcance con desesperación.

Corvin me agarra la mano con fuerza, nos entremezclamos con la multitud para acceder al edificio.

Avanzamos sorteando gente a nuestro paso, corriendo y escondiéndonos entre las columnas, como podemos.

Evitando lo máximo posible ser vistos. Debemos llegar a las caballerizas cuanto antes y salir de aquí.

Observo que el cúmulo de gente se dirige al salón del trono y no puedo evitarlo. Algo me retiene. Me paro en seco.

—Elara, tenemos que escapar ¡Vamos! —Estoy paralizada, ni siquiera puedo mirarlo. Sé que me está extendiendo la mano, a la espera de que se la agarre de nuevo para huir.

—¡No Corvin! No es justo… —Las lágrimas se acumulan en mis ojos y las palabras casi no salen de mi cuerpo—.

Toda mi vida, he sido educada para proteger este reino.

No puedo irme sin más y dejar que Armaria se destruya a sí misma hasta convertirse en cenizas.

—Las palabras salen de mi boca entre sollozos desesperados —. No puedo ser tan cobarde.

— Elara… —Es evidente que no sabe qué decir, lo noto en su mirada. En su duda.

Siento la tesitura entre la que se encuentra, protegerme o ceder. En el fondo sé que la mejor forma de salvarme es huir, toda esta gente me está buscando a mí, probablemente hayan puesto precio a mi cabeza. No quieren otra cosa que destruirme.

—¿Qué será de mi padre si me voy?

—Pues… —Corvin se queda en silencio unos instantes —. Nada, lo destronarán. —Noto el intento que hace porque su voz suene tranquilizadora.

—Eso no lo sabes —digo, nerviosa—¿Y si lo matan?

—¿Aún sigues preocupándote por ese hombre? —Noto la rabia contenida en su voz.

—Sigue siendo mi padre. —La angustia apenas me dejan respirar.

Y no hay nada más que decir. Me seco las lágrimas con una parte de mi capa.

Seguida de cerca de Corvin, nos encaminamos hacia el salón del trono.

Subimos las espléndidas y majestuosas escaleras que conducen a él y con cautela, nos ocultamos tras la muchedumbre enojada.

En el centro de la sala, el rey. Mi padre. Lo tienen rodeado.

—¡Exijo la retirada! —La voz del Rey Thoriam retumba en cada una de las paredes del castillo.

El barullo hace casi inaudible la respuesta de los asaltantes. Entonces un hombre da un paso al frente, parece el portavoz de los rebeldes.

—Su majestad, el pueblo solicita una explicación.

—Papá… —Un susurro. Corvin fija la vista en su padre, tremendamente confuso.

—Capitan Khan, será mejor que esto sea debatido ante el Consejo Real, en privado. —La voz del rey suena contundente y sin resquicio alguno de duda.

—Su majestad, se está iniciando una guerra civil. —El rostro del capitán es pura preocupación —. No podremos retener al pueblo mucho más tiempo, quieren a la princesa.

El murmullo continúa subiendo de intensidad. Los presentes hablan y discuten entre ellos, exigiendo, pidiendo explicaciones al Rey.

—¡Ella no es nuestra princesa!

—¡Cuéntenos la verdad Rey Thoriam! ¿Quién es Elara?

—Entrégenos a la chica y todos saldremos ganando —grita otro hombre.