Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Elara

Cuando los pasos de Corvin se alejan escaleras abajo, mi corazón parece paralizarse por un momento.

Como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse.

El nerviosismo me azota con la fuerza de una tormenta y de repente, lo que más me preocupa no es el plan de fuga en sí mismo, si no que voy a ver el rostro de Corvin por primera vez, después de muchos años.

El rostro de un chico que no recuerdo con exactitud.

Mi memoria había retenido sus pequitas dispares encima de la nariz y su cabello castaño oscuro que le caía sobre la frente tapándole casi por completo los ojos.

Mi mente me traicionaba, mostrándome de forma difusa su perfecta sonrisa, como un eco resonando en mi memoria.

Estaríamos de nuevo cara a cara y lo que más me altera es el hecho de que, si Corvin está arriesgándolo todo por mí, sus motivos para hacerlo, deben ser demasiado fuertes “¿Es qué el chico siente algo por mí?” Agito la cabeza intentando esquivar los pensamientos absurdos.

Los últimos días, no he parado de darle vueltas y las visiones se han sucedido en mi mente sin cesar.

Una y otra vez. Como un laberinto de paranoia interminable.

Mis pensamientos se aglomeran sin orden, ni control, durante las interminables horas entre estas cuatro paredes.

Me he sentido desbordada, perdida y extremadamente sola.

Hasta que apareció Corvin. Dsde el primer momento, ha cuidado de mí.

Llenando mi alma de conversaciones infinitas, de risas y de recuerdos que mi mente había desdibujado, guardado en un cajón olvidado durante años.

Se había preocupado de que comiera, de que estuviera hidratada, de que durmiera lo suficiente y de hacerme reír, sobre todo de eso “¿Pero, por qué?¿Por qué un guardia de palacio se tomaría tantas molestias con una princesa?”

No tardé en darme cuenta de cuanto bien me hacía su presencia.

Las noches en aquella torre, eran frías y sin duda, la oscuridad era lo más desolador.

Sin embargo y de forma inexplicable conseguía encontrar algo de paz entre esas tinieblas.

Pasaron las noches, intenté dar con una solución a mi situación, por más que le daba vueltas, no hallaba ninguna respuesta coherente “¿Cómo diantres voy a salir de aquí?” Hacía días que lo tenía claro, no sin Corvin.

El objetivo es sencillo, huir. Dejar atrás Armaria y viajar al Reino de Niebla, dónde, probablemente se encuentren las respuestas a mi enigmático pasado y el incierto futuro que me espera. El problema está sin duda en cómo hacerlo.

Mi padre se presentó en mi mazmorra varios días después del incidente.

Agradecí que lo hubiera hecho antes del alba, para evitar un encontronazo con Corvin.

No quería que tuviera que darle una sarta de mentiras y explicaciones poco creíbles.

Las palabras del rey se me clavaron con ardor en el corazón: “Elara, el pueblo está furioso”.

“Ellos esperaban una maestra de dragones y una futura reina…” Le rogué a mi padre que le explicara al pueblo que mi don no era el que esperaban, pero que la única solución era hablarles con la verdad.

Su respuesta fue clara y eso reafirmó mis sospechas.

No iba a encontrar las respuestas que necesitaba en el rey.

Soy plenamente consciente de que si consigo huir, jamás podré regresar. El trono de Armaria ya nunca será para mí. Mi pueblo, jamás me aceptará. Todo lo que un día me importó, el destino que se me había marcado desde mi nacimiento. Todo. Empezaba a desvanecerse. Todo dejaba de tener importancia.

La ronca voz de mi padre, como un rugido, aún resonaba entre los muros de mi celda: “Ya intenté dejarlo claro, hija y no volveré a repetirlo. Harás creer a todos que posees el don de maestra de dragones y no hay nada más que hablar. Es la única forma de asegurar nuestro linaje y la paz en Armaria”.

Le había dado vueltas a sus palabras hasta que lo entendí. Su mayor pecado, su más profundo secreto, había sido enamorarse de quien no debía y quizá, mi madre aún se encontraba en Niebla.

Las órdenes habían sido claras: “Estarás aquí encerrada hasta que la población se calme, es por tu seguridad”.

Pero yo, llevaba mucho tiempo cansada de acatar órdenes, llevaba toda la vida haciéndolo.

Había llegado la hora de hacer algo por mí misma, de tomar mis propias decisiones.

De una vez por todas. No me importa ponerme en peligro si lo que me espera al otro lado es la libertad.

La seguridad que me da estar ocupándome de mí misma, unida a las esperanzas que me da Corvin, me hacen estar cada vez más inquieta y ansiosa por actuar.

Las horas se me hacen eternas, acabo con la comida que me ha traído Corvin, pero ni siquiera toco la que mi padre me había llevado la otra mañana.

Para ser sincera, temo que esté envenenada.

No podía fiarme de aquel hombre. Ya no. Nunca más.

Me había mentido, probablemente durante toda mi vida y me había manipulado de tal forma, para que su secreto estuviera a salvo conmigo.

Oculto. Aún no tengo la certeza, pero, todo apunta a que yo no había sido más que una cómplice de su pecado.

Cuando cae la noche y la luz de la luna comienza a entrar por la diminuta ventana, los latidos de mi corazón se aceleran.

Casi puedo notar la sangre corriendo por mis venas acelerada y agolpándose en mis oídos.

Pasan horas. Minutos agónicos e incesantes, hasta que oigo los pasos de Corvin, ya inconfundibles.

Sube las escaleras de forma apresurada. El sonidito metálico de la llave colgando de su mano.

La puerta se abre con decisión, cuando el chico aparece frente a mí, me doy cuenta de que mi memoria no me había engañado del todo.

Lleva puesta la brillante armadura real, en tonos dorados y plateados, con el escudo del reino en el centro del pecho.

Sus ojos de un azul intenso y las pecas en el mismo lugar dónde las recordaba.

Definitivamente, los años han pasado, pero sus ojos siguen recordándome a aquel niño. A aquella tarde, en aquel estanque.

—Princesa… —dice en un susurro, casi sin aliento —. Es la hora.

Me tiende la mano y yo la agarro sin dudarlo.

El contacto es tibio, firme, pero a la vez cuidadoso.

Como si temiera romperme, al apretar demasiado.

Un calor recorre mi brazo, instalándose en mi pecho y subiéndome por las mejillas.

Encendiéndome. Aparto la mirada, aún sonrojada.

Sus ojos azules sobre mí, generan un sinfín de emociones nuevas para mí.

Me deleito con su contacto unos segundos más, antes de que un frío ensordecedor como el hielo me corte el cuerpo por la mitad.

En ese momento, mis ojos se nublan ante su tacto y una nueva visión se abre frente a mí.

—¡Por el Forjador princesa! ¿Se encuentra bien? —Oigo la voz asustada de Corvin y abro los ojos de nuevo.

Intento recomponerme aún aturdida y desorientada por lo que acabo de ver. Corvin me sostiene, agarrándome por la cintura. Mi corazón va acelerándose más y más

—¡Qué susto me has dado! —exclama.

—Estoy bien, tranquilo… —Me zafo de sus brazos, nerviosa por el repentino contacto.

Por un instante, nuestras miradas se encuentran y siento que le debo una explicación. Se lo está jugando todo por mí, me ha ayudado, confiando en mí desde el primer momento y sin pedir nada a cambio. Tengo que confiar en él, confiarle mi secreto.

—Verás, Corvin… Es mi don. —Frunce el ceño, esperando una explicación más clara —. Tengo visiones. —El chico asiente, al tiempo que dirige su mirada al suelo.

—¿Has visto algo, ahora? —pregunta, intranquilo. En su mirada vislumbro las piezas de un puzzle que acaban de encajar.

—Así es. —Corvin no pregunta, no insiste.

Me gusta que me de ese espacio, que no me presione. Que entienda que las visiones son mías y solo yo tengo derecho a compartirlas si así lo deseo. Es el acto de comprensión y respeto más puro que jamás he sentido.

En la visión, ha sido como si hubiese canalizado el contacto de la mano de Corvin sobre la mía.

Como si eso hubiese activado una especie de recuerdo.

Algo que aún no ha sucedido. Una conexión en mi mente.

Empecé a pensar entonces, que quizá exista un patrón para las visiones, una explicación para que se activen.

No como algo fortuito, no producto del azar.

Quiero pensar que este es el primer paso para empezar a controlarlas.

Pude ver la mano de un hombre sobre la mía, pero no era la de Corvin.

Esta era distinta y fácilmente distinguible, ya que llevaba un pañuelo rojo anudado desde el pulgar hasta la muñeca, una ristra de gruesos anillos de metal, las uñas estaban sucias y ennegrecidas y tenía una especie de cicatriz que le cruzaba la palma de la mano.

No era Corvin, pero sentí una calidez familiar y un gusto inesperado en ese contacto.

Después, todo se volvió negro y otra especie de flash, trajo consigo otra imagen.

Esa misma mano que había visto antes, ahora acariciaba una cicatriz, la cicatriz de mi torso, la que había visto en la anterior visión, aquella que había dejado la espada que me atravesaba el cuerpo.

Pude sentir una conexión eléctrica, diferente con ese contacto y un calor genuino que jamás había experimentado antes.