Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Si necesitas descansar, yo puedo cubrirte. Llevo días haciendo guardia diurna —me apresuro a decir, intentando que mi tono no suene demasiado desesperado.

—¡Ah, sí! Vigilando a la princesa ¿no? —No respondo, clavo la vista en mi plato, mientras remuevo la comida con el tenedor sin probar bocado —.

Pues resultaría de gran alivio para mí, no sabes cuanto desearía dormir toda una noche del tirón.

Además sabes que padezco de migrañas y dolores cervicales, es genético ¿sabes?

Además deberíamos estar preparados para si se inicia la guerra, será nuestra primera guerra.

Hay que darlo todo. Mi padre dice que… —Hace rato que he dejado de escucharlo.

Josh es un buen tipo, pero un charlatán de primera, mi padre siempre decía que: “Podría vender arena en Oásis”.

—Trato hecho. —Le tiendo la mano y él me la agarra sacudiéndola con firmeza, sellando el trato.

En este momento Josh no es consciente, pero podría estar salvando la vida de Elara. Aunque si descubren lo del cambio de turno, podrían pensar que es mi cómplice. Otro traidor. Puede que acabe de condenarlo sin remedio y eso no me gusta. El pensamiento me hace estremecerme.

Intento no pensar mucho en ello. Mientras cargo con un peso asfixiante, por lo que no puedo confesar.

La risa de Josh, sencilla y despreocupada, me ayuda a distraerme un rato.

Cuando termina de comer se retira a su alcoba.

Apenas queda gente en la sala, guardo mi comida, colocando la tapa de madera sobre el plato, debería llevarle la cena a Elara más tarde.

El rey aún no se ha retirado, mantiene una charla animada rodeado de su cortejo más allegado.

A su derecha, mi padre le ríe las gracias con una copa de cristal y decoraciones doradas en la mano.

Se están pasando con el vino. Lo que hace más sencillo cumplir con mi plan.

Espero pacientemente a que el alcohol cumpla su función. No tardan en ir cayendo, de uno en uno. Esta noche el rey parece querer acabar con la bodega de un año entero, quizá por si el reino se hace pedazos esta misma noche. Es el momento.

—Su majestad ¿Quiere que le acompañe a su recámara? —Deja de beber al instante. Retira la copa de sus labios y me observa con extrañeza, luego mira a mi padre. Me tiemblan las manos, pero las entrelazo en un intento de que mi nerviosismo no sea tan evidente.

—Tienes un buen chico Fluribus, lástima que yo no pueda decir lo mismo de mi hija… —Se me tensa la mandíbula. Mi padre lo nota, y no tarda en lanzarme una mirada recelosa.

—El chico tiene razón, majestad, quizá deberíamos retirarnos.

—“Gracias, papá”, digo para mis adentros —.

No querrá que acabemos con las reservas de vino para mañana.

—El rey se echa a reír de manera estridente por la ocurrencia de mi progenitor.

Haciendo retumbar sus sonoras carcajadas por la sala.

—Tienes razón viejo amigo, es hora de dormir… —Se levanta con torpeza y deja un par de palmadas en el hombro de mi padre, que se despide con un gesto de cabeza.

El viejo capitán continúa con la vista clavada en mí, observándome con extrañeza.

Sabe que nunca he hecho la guardia nocturna.

Es una tarea para chicos de una categoría “inferior” a la mía, no para el hijo del Capitán General.

Puedo intuir en su mirada que sabe que oculto algo, pero no me importa, mientras el rey no se percate de ello.

Me mantengo detrás de él a lo largo del pasillo, camina dando tumbos, a trompicones.

El otro guardia al lado mío no aparta la vista de su majestad.

Parece más mayor que yo y menos inseguro.

Llegamos hasta la puerta de los aposentos y el guardia se coloca a un lado, yo me dispongo a entrar en la recámara del rey.

—¿Dónde crees que vas muchacho? —Me agarra con firmeza del brazo haciéndome girar, escudriñándome con la mirada.

—El rey no se encuentra en plenas facultades para irse a la cama solo. Me ocuparé de su seguridad. —La mirada del guardia se relaja y lentamente me suelta el brazo, asintiendo con la cabeza. Yo mismo me extraño de la seguridad con la que las palabras salen de mí boca, me sudan las manos.

—En cuanto se quede dormido te quiero aquí fuera ¿Entendido? —Asiento en respuesta. “Otro testigo para la larga lista”. Me recuerdo a mí mismo.

Nunca antes había estado en la habitación del rey, el lujo se respira en cada uno de los rincones de sus aposentos.

Telas doradas, terciopelo, muebles de madera tallada, muchos recubiertos de oro, una gran chimenea a la izquierda de la habitación y una mesa enorme con mapas extendidos sobre ellas, libros y candelabros que resultan verdaderas obras de arte repujadas.

Contengo el aliento, el rey se desploma sobre la cama con los ojos cerrados y por un momento llego a pensar que está muerto.

—Chico… —balbucea. Me acerco a los pies de la cama, con la mano apoyada en el cinturón, donde descansa la espada —. Ven, quiero darte una cosa.

Con desconfianza me muevo hasta estar a su altura.

Una persona que hace daño a su propia hija, es capaz de cualquier cosa.

Se arranca el colgante del cuello de un tirón, agarra la llave con firmeza entre su puño y me tiende la mano.

“No puede ser tan fácil, tengo que estar soñando” .

Contengo el intento de restregarme los ojos.

—Guárdala en ese cofre, el que está sobre la mesa de ébano. Cuídala bien… Es la llave del calabozo. —Suelta un hipo y acto seguido se gira sobre la cama.

Dejo que la ira que me consume se disuelva durante unos instantes.

Observo la llave dorada en la palma de mi mano.

Con suerte mañana no se acordará de esto.

Quizá el alcohol haga su efecto y me permita salir ileso cuando el rey se dé cuenta de que la llave no está en su sitio.

Probablemente, estoy siendo demasiado optimista.

—Mi pequeña Elara… ¿Qué voy a hacer contigo? —Un sonoro ronquido, da paso a un centenar de ellos y es la confirmación de que por fín se ha dormido.

Plácidamente, en su confortable cama, mientras su hija se pudre en una celda.

La ira incontrolable vuelve a aparecer. Me meto la llave en la bota y salgo disparado de la habitación.

Ahora solo tengo que librarme del guardia, que continúa de pie junto a la puerta, impasible.

Me coloco al otro lado, este me lanza una mirada desafiante de abajo a arriba, antes de volver la vista al frente.

Un paso más, solo un paso más y pondremos en marcha nuestro plan de fuga.