Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Soy consciente de que Elara apenas me recuerda, pero francamente, no tiene a nadie más en quién confiar. La conversación fue fluyendo entre nosotros con el paso de los días y pude notar como dentro de su corazón, nacía una confianza que nunca antes habían sentido con nadie.

—Te traigo el desayuno —digo con una sonrisa leve dibujada en mi rostro.

—No tengo hambre. —Noto la tristeza en su voz al instante. Intuyo que no se ha levantado con el pie derecho este día. Se me tensa la mandíbula y mi respiración comienza a ser más agitada.

—No me digas eso… Hoy en el menú tenemos muffins de arándanos y te he traído leche de almendras, muy fría, como te gusta —digo con tono dulce, intentando que mi amabilidad la haga recapacitar.

Necesita alimentarse, no se cuanto tiempo más podrá aguantar presa entre estos muros. Una profunda tristeza me invade al darme cuenta de que lo que hemos vivido estos días es tan solo un espejismo. Elara no puede seguir mucho más tiempo en esta situación.

—Estos días has sido muy sincero conmigo, Corvin, necesito que me digas la verdad. —Un nudo crece en mi garganta ante la expectativa de su pregunta.

—Dígame, princesa —me apresuro a responder, intentando que no se percate de mi nerviosismo —. Lo que necesite.

—Me has estado dando tu comida ¿no es así?

—Suspiro aliviado, sin saber siquiera que esperaba de aquella pregunta —.

Mi padre, el rey… —se corrige al instante.

Comparto con ella que la palabra “padre” le queda muy grande al rey en estos momentos —.

Vino a visitarme esta mañana, me trajo comida, creo que pensaba que llevaba toda la semana sin comer.

—Me estremezco al imaginarla a solas con aquel hombre esa misma mañana.

Trago saliva y con ella la rabia que crece dentro de mí.

—No soy hombre de mucho apetito —me apresuro a reconocer. Aunque no sea del todo cierto.

—¿Por qué lo has hecho? —La princesa se acerca hasta los barrotes.

Sus pasos suenan decididos y aunque no pueda verla, debido a que la abertura es demasiado pequeña, al dejar abierta la trampilla, su voz suena más cercana. Realmente, puedo sentirla más cerca que nunca.

—Princesa… Yo… —Sin saber muy bien por dónde empezar, me limito a asentir —. La protegeré con mi vida si es necesario. —Me tiembla la voz, pero cada una de esas palabras son infinitamente ciertas.

Escucho como da un paso atrás instintivamente, ocupando de nuevo su lugar en el mugriento banco de madera. Quizá abrumada por mi sinceridad y mi entrega. El aire se carga con la duda anticipada.

—No es necesario que lo hagas, yo no te lo he pedido. —Es evidente que no quiere sonar brusca pero lo hace. Sus palabras me desconciertan y un dolor punzante se instala en mi pecho.

—Y aunque no lo hagas, lo seguiría haciendo. Es mi deber. —Oigo su respiración relajarse, el alivio liberando su cuerpo.

Si entiende quese trata de una parte de mi trabajo y nada más, quizá se muestre menos, reticente.

—¿Es cosa de mi padre? —pregunta ahora desconfiada —¿Eres una especie de guardaespaldas o algo así?

—Dudo que su padre sepa que estoy aquí, princesa —me limito a afirmar. Solo quiero protegerla y para ello, para asegurarme de su bienestar, debe estar segura de que no corre ningún tipo de peligro conmigo.

Suspira con desahogo. Debo hacerle entender que la seguridad y la confianza que hemos fraguado estos días han sido reales, y no producto de un nuevo y cuidadoso plan del rey.

—Princesa, debo advertirle —inicio.

Ella se pone en pie sin titubear. Capto de nuevo sus pasos dirigiéndose a la puerta.

—No sé si te lo he dicho antes pero… Puedes llamarme Elara, ya puedo considerarte un amigo, después de todo…—Un atisbo de risa se le escapa de entre los dientes y a mí se me encoge el corazón. El calor me invade las mejillas.

Como princesa, Elara está acostumbrada a que la traten con infinitud de formalidades. Necesita un amigo, alguien con quien poder sentirse simplemente Elara, una chica normal y corriente. Ese amigo podría ser yo y eso me llena el pecho de orgullo.

—Me gusta llamarte princesa, es lo que eres… —Puedo escuchar ahora sí, su risa, aunque breve, a través de los muros —. Pero te llamaré Elara, si lo prefieres.

No decie nada. Su risa, con la que llevo años soñando, aún revolotea por mi mente. Intento no distraerme, vuelvo a concentrarme en lo que tengo que comunicarle.

—El pueblo está empezando un levantamiento, Elara… — Los nervios, se van apoderando de mí a cada palabra que pronuncio, intento sonar firme y seguro. Por ella —. Piensan que eres una impostora, que no eres en realidad hija del rey. Quieren destronarte y elegir un nuevo descendiente a la corona.

—¿Y tú lo piensas? —dice como si fuese lo único que le importara.

—¿Qué? —pregunto en busca de una confirmación.

—¿Piensas que no soy hija del rey? —aclara.

—Pienso que hay algo en tu pasado que tenemos que descifrar.

Secretos en tus raíces que podrían cambiarlo todo —respondo con sinceridad —.

Si el rey lo teme tanto como para encerrarte aquí, tu don debe ocultar algo importante.

Algo que tú y yo desconocemos. —Hago una pausa, a la espera de que mis palabras no esté siendo demasiado—.

Por eso debo ayudarte a escapar, no solo es tu vida la que está en juego, si no la estabilidad misma del reino.

Tienes que huir. —No sé aún si me estoyprecipitando. Lo único que sé es que no me importa.

—¿Me ayudarás? —Su tono de vozdecidido, como nunca antes.

—¿Acaso lo dudabas? —Nuestras risas sutiles se entremezclan a través de los muros y se me encoge un poco el corazón por el anhelo —. Esta noche vendré a por ti, no sé cómo, pero conseguiré la llave. Estate preparada.

—Lo estaré —dice con profunda determinación.

—Hasta esta noche.

Me despido.

Sin más, me alejo escaleras abajo. Acabo de hacerle una promesa a la chica que amo, una promesa que no sé si eré capaz de cumplir.

Tengo que ayudarla a escapar. Elara confía en mí y se merece una oportunidad.

No puedo abandonarla a su suerte, menos sabiendo que el reino entero está pidiendo su cabeza.

Sumido en mis pensamientos mientras bajo los escalones, empiezo a trazar mi plan.

∞∞∞

En la penumbra del salón comedor, la llave, de un tono dorado envejecido, cuelga del cuello de su majestad.

Refleja las luces titilantes de las velas.

En el final de una cadena de cuentas, también dorada, que le llega hasta el inicio del abdomen, descansando plácidamente.

Llevaba observándolo, durante cada una de las cenas las noches anteriores. Debía arrebatársela “¿Pero, cómo?”

Perteneciendo a la guardia real, podría pensarse que sería una tarea sencilla.

Pero el rey no confía en mí, apenashemos cruzado alguna palabras en un par de ocasiones.

Sin cierta confianza, resulta casi imposible acercarme a él, incluso siendo hijo del Capitán General.

El rey siempre ha sido bastante reservado, receloso.

Siempre alerta, parecía vivir con la expectativa de que en cualquier momento, cualquiera lo pudiera traicionar.

No lo juzgo, eso es justo lo que yo pensaba hacer, traicionarlo.

Porque sí, ganarme su confianza, robarle la llave y liberar a su hija (la cuál está encerrada como castigo) es saltarme las normas y sí, es traicionarlo.

No he tenido tiempo de pensar en cómo será mi vida después de esto, de ayudar a la princesa a escapar. Si descubren lo que pienso hacer, seré juzgado por alta traición a la corona de Armaria. Y todos sabemos cuál es el castigo para un alto traidor…

Un nudo en la garganta no me deja pensar con claridad.

Es como si oyera el tick tack incesante de un reloj pitándome en los oídos.

Me estoy quedando sin tiempo. Los levantamientos han empezado, las especulaciones sobre la princesa Elara y su poder no hacen más que crecer.

Muchos la tachan de impostora. Hay quienes aseguran que se trata de una diosa reencarnada, dispuesta a castigarnos por nuestros pecados y acabar con nuestra raza.

Desconozco la verdadera naturaleza de estas acusaciones, pero he de reconocer que la mayoría me resultan un auténtico disparate.

Aún no sé cuál es el verdadero don de Elara, supongo que no hemos adquirido aún la suficiente confianza como para que la princesa confíe en mí hasta ese punto.

Ahora mismo, debe estar desconfiando de cualquiera.

Por qué el rey se empeña en ocultarla, también es un misterio.

Lo único de lo que, en este momento, tengo certeza es de que, Elara, no se merece estar en esta situación.

Ella no lo ha buscado y yo la sacaré de allí.

—¿Quieres un trozo de pan? Estas famélico últimamente. —Josh me observa con los ojos como platos, lo que me hace salir de mis confabulaciones. Sonrío de medio lado y asiento. Josh me alcanza el pan, al que le doy unos pequeños mordiscos.

—Gracias —respondo mientras mastico con ansia. Percatándome por vez primera de la cantidad de horas que llevaba sin comer.

—Últimamente te noto muy perdido ¿Seguro que te encuentras bien?

Josh y yo habíamos pasado de compartir juegos de niños, a velar juntos por la seguridad del reino.

Aunque carece de los favoritismos con los que se me recompensó a mí, por ser hijo de quién soy y a diferencia de ello, Josh tiene que ensuciarse las manos más a menudo “¡Eso es!” Cómo una llama, la idea alumbra mi mente.

—Oye ¿Hoy te toca de nuevo la guardia nocturna? —Percibo el cansancio en sus ojos. Él suelta un suspiro desesperado que confirma mis sospechas.

—Buff... Tres noches seguidas. Los capitanes y altos mandos están en las murallas, manteniendo a raya a los aldeanos rebeldes y al haber menos personal disponible, me toca pringar.

.. ¡Qué le vamos a hacer! —Suelta una carcajada y se mete una cucharada de guiso de patatas en la boca.

Sus mejillas hinchadas y sonrosadas, se mueven mientras mastica, dándole un aspecto aún más fondón.