Capítulo 3
Corvin
Por desgracia, había tenido que presenciar todo lo que había pasado aquella tarde en el castillo.
Me tocaba guardia en el salón del trono.
Era el día de Elara, su decimoctavo cumpleaños, el momento de recibir su don, el momento más esperado de toda su vida.
Pero de una manera insólita, todo se truncó.
Me invadió un sentimiento de angustia devastador cuando la vi tirada en el suelo.
Quise, de manera desesperada, correr hasta ella, alcanzarla, asegurarme de que estaba bien.
Pero la mano de mi padre, aferrada a mi brazo de manera autoritaria, me frenó en seco.
Algunas veces se me olvidaba que era el capitán general y la autoridad sobre todos nosotros.
Justo por debajo del mismísimo rey. No tuve más remedio, hice de tripas corazón y me recoloqué en mi sitio.
Como un mero espectador, mientras las palpitaciones desbocadas de mi corazón inundaban mis oídos.
El rey nos pidió que desalojásemos la sala.
El desconcierto y la rabia se apoderaron de la muchedumbre.
Tuvimos que sacar a algunos rebeldes a patadas del castillo, pero mi mente y mi mirada seguían puestos en Elara.
Ella seguía inconsciente, tirada en el frío suelo del salón del trono.
Con el cuerpo rígido, las manos sudorosas y la mandíbula que me iba a estalla.
No entendía cómo su padre seguía sin hacer nada.
El rey se pasó las horas siguientes ahogándose en alcohol del más caro.
El vino carmesí manchaba la alfombra de terciopelo como si de sangre derramada se tratara.
Cada sorbo que daba a las relucientes copas de oro y piedras preciosas era como una daga que se clavaba más profundo en el corazón.
La preocupación crecía dentro de mí, se me arremolinaron un montón de pensamientos “¿Estaría bien?¿Su padre le habría hecho daño?¿Estaba viva?”.
La cabeza me daba vueltas y la incertidumbre me oprimía el pecho.
Solo necesitaba saber que estaba sana y salva, para poder seguir con mi vida.
La desesperación creció tanto dentro de mí, que no tuve más remedio que saltarme unas cuantas normas para acceder a su alcoba. Comprobe que la princesa no estaba allí. El temor de que pudiera haberle pasado algo me quemaba por dentro, volvía al salón del trono cuando mi padre me retuvo.
—La princesa ha desaparecido. —Se me tensó la mandíbula y me mordí la lengua para no decirle que ya lo sabía —. El rey ha pedido que la busquemos por todo el palacio y por el reino si es necesario.
Durante horas recorrimos cada uno de los pasillos del palacio sin éxito, era como si se hubiera vuelto invisible .
“Quizá era ese su don”. Como si se hubiese esfumado.
La agonía iba creciendo dentro de mí, minuto a minuto.
Hasta que uno de nuestros centinelas, uno de los más jóvenes, la interceptó en las caballerizas.
Salí disparado, como alma que lleva el fuego, hasta las afueras del palacio.
Casi se me salió el corazón por la boca cuando la vi, al lado de su dragón, cubierta con una capa azul oscura, sus ojos brillando como las estrellas en aquella noche oscura y se me encogió un poco más el corazón. “Está viva”.
Me quedé un tanto rezagado, esperando instrucciones y el peor de mis temores tomó forma cuando me di cuenta de que estaba intentando huir. La vestimenta, la montura en el dragón, la bolsa amarrada en la parte trasera…
La voz del rey retumbó en las paredes cuando ordenó su arresto.
Me estremecí y no fui capaz de reaccionar cuando los centinelas la agarraron de las muñecas y la forzaron a ponerse los grilletes.
Solo quería salvarla, llevármela lejos de allí, me daba igual mi trabajo, mi deber.
Me daba igual mi padre y sus órdenes, solo quería que Elara estuviera a salvo.
Me quedé detrás, oculto entre las sombras, siguiendo de cerca el séquito que la conducía a la parte más alta del castillo. Al menos sabía dónde estaba y dónde estaría los próximos días. Al menos podría intentar ayudarla, aunque me tacharan de traidor por ello, aunque eso me costase la vida.
Esperé a que los guardias se fueran y volví a la torre, solo quería que supiera que no estaba sola, que yo estaría para ella, que iba a ayudarla.
Y cuando oyó mi voz se sorprendió y yo me sorprendí casi igual o más cuando sus palabras se dirigieron a mí después de tantísimos años.
Aún no sé dónde me estoy metiendo, solo sé que necesito ayudarla y voy a hacerlo. Tal y como le prometí esa noche.
∞∞∞
Han pasado algunos días. Eternos días en aquel calabozo en el que apenas entra la luz, para Elara, mi princesa.
La soberbia y crudeza del rey me han hecho perder por completo el respeto que algún día le había profesado.
Cómo puede haber hecho algo semejante a su propia hija.
Como si de un plumazo hubiese olvidado por completo, que entre ellos existe algún tipo de lazo familiar. No me entra en la cabeza.
Como cada mañana, desde hace una semana, acudo a dejarle el desayuno que esos miserables no se molestan en proporcionarle.
Subo las escaleras rocosas de la empinada y alta torre y al llegar a su cima, me seco el sudor de la frente con la mano.
Las piernas me pesan por el entrenamiento.
A través de la trampilla de la puerta, veo como el sol comienza a entrar por el ventanuco, de forma candente.
Me temía que fuese demasiado temprano, pero mi temor a dejarla sola demasiado tiempo, es mayor. Mi prioridad siempre será esté bien.
—¿Corvin? —Su voz se desliza por las letras de mi nombre como una caricia al corazón.
—Sí, soy yo —digo, con un toque quizá demasiado alegre en la voz. Me delata.
Porque muy a pesar de la desgraciada situación, había conseguido lo que por años había anhelado, hablar con ella.
Al principió temí que no me recordara. Cuando me acerqué a ella la otra noche, pensé que sería difícil ganarme su confianza.
Venía preparado para ello. Como hijo de quien soy, la mano derecha del rey, el capitán Fluribus Khan, descendiente de la estirpe más galardonada de guerreros de Armaria, no era de extrañar que la princesa sintiera algo de desconfianza hacia mi persona.
Sí, como parte de este legado, yo también he heredado el don de la espada al igual que mi padre y mi abuelo.
Ya hace un par de años que sirvo a la corona y al Reino de Armaria con honor como centinela mayor.
Al ser hijo del Capitán Khan, conmigo se saltaron ciertos "protocolos".
Dicho de forma sencilla, no tuve que empezar desde abajo.
Desde niños, habíamos pasado muchas horas juntos en el palacio.
Mi padre a veces me dejaba en la guardería real, mientras trabajaba y era allí dónde compartía tiempo con otros críos, hijos de los súbditos de palacio.
Mi madre era pulidora de espadas de la corte y al igual que mi padre, trabajaba en el palacio.
Lo fue hasta su fallecimiento hace unos años.
No se me permitía pasar tiempo con la princesa, a ningún niño, en realidad. Elara siempre estaba aislada, protegida en su jaula de cristal.
Pero, debo confesar que siempre he sentido cierta inclinación por saltarme las reglas.
En muchas ocasiones, me escapaba simplemente para verla.
Me gustaba observarla, sumida en su imaginación, deambulando cantarina y risueña por cada uno de los salones del castillo.
A veces, me atrevía a acercarme a ella, hasta que algún guardía me recogía y me llevaba de vuelta a la guardería.
A veces, ella sonreía. Otras me miraba con extrañeza, al no estar acostumbrada a tratar con muchos niños.
En una ocasión, conseguí estar cerca de ella por más de una hora.
En el jardín de palacio, jugamos juntos en el estanque a cazar algunos insectos.
Aquella tarde, el sol se filtraba entre los sauces de forma inusual, creando destellos serpenteantes en el agua.
Tenía unos ocho años por aquel entonces y Elara era algo menor que yo.
El sonido de su risa resonaba como las campanas de un santuario y llegó tan dentro de mí, que su recuerdo no me abandonó nunca más.
Pasaron los años, entré a estudiar en la Escuela de Guerreros de Armaria, aunque fuera hijo del capitán general, necesitaba unos estudios que demostraran mi capacidad y lealtad a la corona.
Es la ley. Esos años fueron los más duros, no volví a ver a Elara.
Hasta que en mi decimoctavo cumpleaños y con la entrega de mi don, pasé a formar parte de la guardia real.
Desde entonces había pasado a observar a Elara desde mi puesto y como siempre había hecho, disfrutaba simplemente de su presencia.
Viéndola moverse por el palacio con esa gracia tan suya, como si de una mismísima diosa se tratase.
Su pelo cobrizo con esos rizos ondeantes sobre su espalda.
Reconozco que me mantenían ensimismado durante horas.
Lo que se llevaba la mirada de algún que otro guardia, que rápido se encarga de recordarme: “Olvídate de ella, chico, una mujer así no es para ti”.
Realmente no me importaba, nunca me importó no tenerla físicamente.
Me bastaba con apreciar el brillo de sus ojos cada mañana, del color mismo de aquel estanque del jardín.
Me recordaban a la esperanza, con la que tiempo atrás jugamos a ser simplemente dos niños corrientes.
Su sonrisa, enmarcada por esos labios carnosos y rosados, me hacían viajar a las profundidades de la tierra y regresar.
Su aplomo al hablar, así como la contundencia de sus gestos, me hacían pensar en que aquel guardia tenía razón y ni en un millón de vidas, merecería una chica como aquella.