Capítulo 2 #3
Debe tener una explicación razonable. Algo de sentido en nuestros reinos y su forma de vida.
En mi mente se agolpan aún más preguntas: “¿Y si esto tiene algo que ver con mi madre?” Eso explicaría porque mi padre nunca había querido hablar de ella “¿Y si realmente no soy hija del rey?¿Y si mi padre me hubiera…?¿Secuestrado? ¿Y si todo, la vida que siempre había conocido no era más que una mentira?”
Soy consciente entonces de la posibilidad de que toda mi vida haya estado basada en una mentira.
Nada tiene sentido y a la vez todo parece posible. Siento crecer en mí unas irremediables ganas de obtener respuestas, de zarandear a mi padre hasta hacerlo hablar. Necesito la verdad, de una vez por todas.
No poseo muchos conocimientos acerca de los otros reinos, conozco sus nombres, sus dones o los dioses que los regentan, pero nunca he tenido la oportunidad de viajar o conocer a algún habitante de otro reino de primera mano.
La escasa formación que había recibido cuando era niña, me había proporcionado ciertas nociones básicas, pero nada comparado a la infinidad de secretos que podían esconderse en cada uno de los Siete Reinos.
El único lugar donde podría hallar respuestas es la biblioteca de mi padre.
Las respuestas siempre están en los libros.
Con paso silencioso, salgo de mi escondrijo.
Está oscuro y parece que la noche finalmente, se ha cernido sobre el castillo.
Más oscura que nunca. En el trayecto hasta la biblioteca, se encuentra el salón del trono, debo moverme con sigilo y cuidado para no ser vista.
Ocultándome tras las columnas y cortinajes en la oscuridad, veo al Rey Thoriam, aún sentado en su trono con una copa de vino en la mano.
Por primera vez, siento algo de lástima al captar la soledad que mantiene presa a sus ojos.
Quizá solo se trate de un simple hombre que nunca ha sabido amar.
Estoy a punto de desechar la idea y volver a mi habitación en ese momento. Dudo y dudo de nuevo, mientras la responsabilidad y la culpa me invaden por dentro. Necesito respuesta y las voy a conseguir.
Me apresuro hacia la biblioteca con sigilo y entro en la sala antes de que alguien pueda verme.
Conozco estas estanterías casi de memoria.
Mi soledad y la indiferencia de mi padre durante años, me han permitido esconderme entre los libros.
Sumergirme en historias lejanas, durante horas y días.
Historias épicas, sobre héroes que ganan batallas que parecen perdidas.
Me gusta a veces fantasear con otro mundo, un mundo en el que no hubiera sido la hija del rey.
“Destinada a reinar”, sino Elara, simplemente yo.
También escogía historias de amor y aunque nunca hubiese vivido nada de eso, a veces me permitía soñar con vivirlo algún día.
Los libros están ordenados por temática y autor, voy directa a la estantería de “Historia".
Después de un rato, me está resultando difícil encontrar un solo libro dedicado al Reino de Niebla, como si este ocultara misterios que no podían ser desvelados.
Me muevo entre los estantes con sigilo, como una erudita.
Entonces lo veo. Al final de la última estantería, una pequeña cajita metálica de color negro, cubierta de motivos espinosos, una calavera en el centro.
Dejo caer mi cuerpo hasta el suelo, resbalándome y coloco la vela a un lado de mi.
Me permito exhalar un profundo suspiro antes de agarrar la caja con las dos manos.
El pesado vestido se acomoda a mi alrededor y un escalofrío me recorre la espina dorsal, al darme cuenta de que quizá, las palabras escritas en este libro lo cambien todo.
Puede que mi historia esté escrita entre estas.
Con el corazón desbocado, abro la caja, cubierta de una gruesa capa de polvo y miro dentro.
Un libro aún más estropeado, con las páginas amarillentas por la humedad, el olor que desprenden sus hojas da a entender que hace años que nadie las recorre.
Me tiemblan las manos y el palpitar de mi corazón hace retumbar mi pecho.
Tomo fuerzas desde el fondo de mi ser y agarro con firmeza el libro antes de empezar a pasar las páginas.
Sin más dilación, comienzo a leer en busca de respuestas:
“ Desde su creación el dios Erebos, dios de la muerte y creador de la Niebla, creó el reino de este mismo nombre.
Niebla es el reino encargado de custodiar y preservar la muerte.
Esto significa que, cualquier persona que muera en cualquiera de los siete reinos celestiales, acudirá ante las Moiras, tres deidades juzgadoras.
Las cuáles repasarán la vida de esta persona para elegir y sellar su destino último.
Estas moiras, ancestrales transmiten su sabiduría sobre la moral de la vida y las particularidades de la muerte. Las custodias del futuro de los humanos.”
“¿Cómo era posible que ignorara todo esto?” Me pregunto para mis adentros.
Desconocía por completo las particularidades de las que hablaba el libro y mientras la curiosidad va creciendo en mi interior, crece mi sed de respuestas.
Realmente asombrada frente a estos descubrimientos e incapaz de apartar los ojos de las páginas desgastadas, continúo leyendo.
Descubro que los habitantes de Niebla son seres oscuros, con dones relacionados con la magia.
Capaces de ver el futuro, cambiar el destino con hechizos desconocidos para el resto.
Alquimistas y magos y algunos, incluso, con una apariencia inimaginable.
El libro habla de algunos que poseen el don de comunicarse con los muertos, así como con los dioses en otro plano.
En su reino se custodia el Árbol Sagrado, sin el cuál se acabaría la propia vida en ese reino y como un veneno, se extendería a los demás.
Este árbol mantiene conectados a los habitantes de los Siete Reinos, sin excepción.
Es como el cerebro que mantiene vivo nuestro mundo.
Como una losa pesada, puedo sentir la responsabilidad tan importante a la que sirven los habitantes de Niebla.
De la que nunca antes había sido consciente.
El libro también habla de criaturas fantásticas, algunas podrían existir en mis más oscuras pesadillas.
Entre todas, llaman mi atención las hidras, criaturas de aspecto reptiliano y numerosas cabezas, capaces de aniquilarte con solo una mirada.
Me estremezco con un escalofrío y mis manos se mueven solas. Cierro el libro de golpe.
Mi afán de curiosidad es ahora infinito, pero también puedo entender el riesgo.
El miedo se apodera de mí. Sin saber cómo, ni porqué, una sensación de familiaridad se instala en mi pecho.
Como si ya hubiera estado en ese lugar, como si hubiera soñado con él en numerosas ocasiones, como si en otra vida, el Reino de Niebla hubiera sido mi hogar.
Esa sensación de deja vu, es tan… Extraña. Al fín lo veo con claridad, si quiero entender el don que los dioses me han otorgado, tengo que ir a Niebla. No hay otra opción. Por algún motivo que aún desconozco, mi don pertenece a este reino.
Dejo el libro con cuidado en la estantería de nuevo y me dirijo, ahora sí, apresuradamente a mis aposentos, con una idea en mente que no para de repetirse. Hundiéndose en mi cabeza, arraigándose.
Recojo solo algunas de mis pertenencias y las meto en una bolsa de tela.
Me deshago del vestido, que se desliza con delicadeza sobre mi piel y me pongo una vestimenta más cómoda para el viaje.
Una ropa a la que estoy más acostumbrada.
En Armaria, todos lucimos permanentemente como guerreros.
Mi conjunto, compuesto de pantalón y chaleco hechos de armadura plateada con detalles en dorado.
Me ato la capa de color azul oscuro sobre los hombros, la cuál me ayudará a ocultarme con mayor facilidad entre las sombras y me calzo las botas de cuero más resistentes de mi vestidor.
Mientras me visto, mi cuerpo tiembla Las palpitaciones de mi corazón me repiten una y otra vez que lo que estoy a punto de hacer es una completa locura. Pero no voy a detenerme, necesito respuestas y aquí nadie me las va a dar.
Con paso decidido, salgo de la habitación, no sin antes echar un último vistazo a mi alcoba.
Algo en mi corazón me dice que no volveré a pisar este lugar.
Me dirijo a las caballerizas entre la oscuridad de la noche, esquivando a los guardias.
Ser la hija del rey tiene esa ventaja, saber exactamente dónde se colocarán.
Tantos años entre estos muros me han convertido en toda una experta del castillo, sus escondrijos, sus pormenores. ..
El rostro de Kaffú se ilumina al verme aparecer.
Esboza una mueca, una levesonrisa. Me acerco a él acariciándole el rostro, susurrándole, para que no se mueva, ni haga ningún ruido.
Con un simple gesto parece entender lo que le estoy pidiendo.
Lo abrazo y el amor más puro que nunca antes haya sentido me invade mi corazón.
El tacto de su fría piel escamada, eriza la mía bajo su contacto.
Su aliento cálido inunda el establo con cada tranquila respiración.
No puedo negar el miedo a abandonar por primera vez los muros de este castillo, pero Kaffú es capaz de transmitirme toda la seguridad que necesito.
Rápidamente, me dispongo a colocar la silla de montar, así como la bolsa, bien agarrada en la parte trasera.
Por primera vez voy a montar un dragón y los nervios se apoderan de mi estómago, ciertamente, nunca lo habían abandonado.
Luego pienso en que tampoco me he escapado antes, ni siquiera he desafiado a mi padre, en ninguna ocasión.
Demasiadas primeras veces para una misma noche.
Ya no tengo escapatoria, he de huir, es la única forma de hallar respuestas.
Me sostengo la barriga para controlar los nervios, en el momento en el que mis ojos vuelven a tornarse oscuros y empiezo a ver de nuevo, con más claridad que nunca.
Otra visión. Una cicatriz que recorre mi torso, en el lugar donde antes había estado clavada aquella espada.
Unos largos dedos acarician la vieja herida, dedos de “¿hombre?” Puedo sentir el calor que emana de aquel contacto superficial pero hambriento y como se instala de pronto en mi entrepierna.
Me estremezco sorprendida, lo que provoca que vuelva en mí.
Justo en el momento en el qué, un estruendo feroz, la voz grave y áspera del rey Thoriam, me devuelven la consciencia.
Esta vez, no llego a desvanecerme, esta vez, tras la visión, mis ojos y mi mente vuelven de golpe al presente.
—Nunca pensé que serías capaz. —Me giro para mirarlo, tremendamente asustada. Una gota de sudor frío resbala por mi espalda.
Siento que no conozco realmente a este hombre. No sé qué esperar de él.
—Después de todo lo que he hecho para protegerte ¿Así es como me lo pagas? ¿Huyendo? —Su voz está cargada de rencor.
—Padre… Yo… —Las palabras se agolpan en mi garganta, pero mi mente no es capaz de ordenar todo lo que quiero decir.
Explicarme. Justificarme. Defenderme. Vuelvo a sentirme como aquella niña asustada, escondida en la grieta más oscura del castillo.
—No digas nada. No es necesario. — Sus palabras son una orden inherente —. No me dejas otra opción… —Se le quiebra un pocola voz, pero su rostro sigue impasible.
La firmeza en su decisión, ni un solo atisbo de consideración. No puedo hallar en esos ojos, ni una pizca del padre al que algún día conocí.
Los guardias me rodean, puedo contar unos quince hombres “¿Tanto miedo tiene mi padre de que escape?¿Tanto teme mi poder que ha movilizado a toda esta gente?”.
Me agarran de las muñecas, haciéndome girar bruscamente para colocarme los grilletes, dejándome los brazos bien estirados a la espalda. El metal grueso se me clava en la piel, quemándome. Entre súplicas y sollozos, miro a mi padre anhelando piedad, pero se muestra inquebrantable a considerarla.
—Llévenla a la torre más alta y traiganme de vuelta la llave. —Sus palabras se me clavan como un puñal en el pecho —¡Que no escape!
—Papá, por favor...
Suplico con el rostro empapado de lágrimas. Mi padre alarga el brazo para acariciar con su dedo índice mi mejilla. El contacto me hace estremecerme.
—Solo quiero protegerte. —Cada vez me cuesta más creer esas palabras.
Se instala enmí un sentimiento de desolación devastador. Los guardias me conducen escoltada hasta la torre. Mis pies apenas caminan, se limitan a arrastrarse por el suelo de piedra. Me dejo llevar por los brazos fornidos de mis captores armados.
Nunca me habían tratado así, aquellos hombres que siempre habían velado por mi seguridad, ahora me trataban como a una auténtica delincuente.
Llegamos a lo más alto de la torre, una mazmorra alumbrada por la luz de la luna, se filtra por una única y diminuta ventana de barrotes, tan alta que sería imposible llegar a ella aunque quisiera.
Los guardias me dejan dentro y me quitan los grilletes, sin mediar palabra. No me resisto, no lucho por mi libertad, no forcejeo. Me he rendido al cautiverio y al dolor amargo de mi pecho, al sabor de la traición.
Cierran la gruesa puerta de madera a sus espaldas y oigo como la llave gira en la cerradura metálica. El portón solo tiene una pequeña trampilla en la parte de arriba, para mirar o quizás, alcanzar algo de comida a los presos.
Los muros son los más gruesos que he visto jamás en este palacio.
La habitación está completamente vacía, a excepción de un pequeño banco de madera, que supongo, me hará las veces de cama y un sucio cubo que me servirá de retrete.
Nada más pensarlo, me entran náuseas. El hedor es realmente insoportable.
Por primera vez caigo en la cuenta de que estoy sola. Realmente sola de verdad. Nunca podré conseguir ayuda. Mi padre podrá retenerme aquí el tiempo que quiera. No hay ninguna otra estancia en esa torre, ninguna. Y es tan, tan alta, que por mucho que gritara, nadie, jamás me escucharía.
Comienzo a llorar de nuevo, desconsolada, sin saber muy bien si en algún momento he parado de hacerlo. Me acurruco, hecha un ovillo en una esquina de la mazmorra, sin comprender la crueldad de mi propio padre.
—Ssssh, Princesa Elara... —Un silbido, seguido de una voz masculina y joven, me sorprende de pronto. Casi me pongo de pie de un salto, el corazón me palpita fuerte en el pecho —. Princesa Elara, soy Corvin.