Capítulo 2 #2
No reconozco en esos ojos al hombre que me ha criado. Como si fuese una persona completamente distinta.
—¿Qué has visto? —repite con más vehemencia, acercándose a mí con una simple zancada. Mi cuerpo tiembla bajo la seda de mi elegante y remilgado vestido.
—No lo recuerdo —miento.
Casi en un instinto primario y no recuerdo haberle mentido nunca antes, pero en ese momento solo quiero guardarme mi don para mí. Proteger aquel regalo que los dioses me han dado, solo ellos saben el por qué.
—Hija, he intentado durante toda mi vida protegerte de esto —dice, haciendo una pausa para tragar saliva antes de seguir hablando —.
Pensé que los dioses serían benevolentes con nosotros…
—Su mirada, dubitativa, parece perderse en unos recuerdos desconocidos para mí —.
Debes escucharme con atención. —Se me acelera el pulso mientras espero ansiosa lo que el Rey está a punto de decir.
Siendo consciente, ahora sí, de que mi vida está a punto de cambiar para siempre.
Ya nada volverá a ser igual —. Es de vital importancia que nadie conozca tu don.
Debes esconderlo y aprender a controlarlo.
—Otra pausa —. Eres la única descendiente al trono de Armaria y debes ser una buena reina para ellos.
Si no eres tú, este reino se hundirá para siempre.
—Siento un atisbo de indulgencia en sus palabras, aunque no dejo de percibirlas como una amenaza.
Ahora me siento aún más confundida y desconcertada “¿Qué significa todo esto? ¿Cómo es posible que tenga un don completamente diferente a lo que se espera de un soberano de Armaria? ¿Por qué mi padre esperaba que los dioses fueran benevolentes con nosotros? ¿Acaso habíamos traicionado a los dioses? ¿Lo habían hecho mis padres? ¿Es esto una especie de castigo?”.
Mil preguntas se agolpan en mi mente, enroscándose en mis pensamientos como una serpiente.
Como la espesa niebla que había cubierto a Calister.
Todas esas preguntas me presionan la garganta para salir.
Pero mis labios están sellados. Solo puedo sentir miedo.
Infinito miedo por lo que está por venir.
Intento acercarme a mi padre, pero da un paso atrás, preso de una frialdad extrema. Su rostro es un auténtico témpano de hielo y algo en mi interior me dice, que el hombre que conocí, ya jamás volverá.
—Retírese a su aposento y no hable de esto con nadie ¿Entendido? —El cambio en su actitud es evidente. Ahora me trata como su súbdita. No hay nada fraternal en su voz, ni una pizca de afecto.
Con lágrimas en los ojos, abandono el salón del trono casi volando. La frialdad e incluso rencor latente en la voz de mi padre me desconciertan y me hieren a partes iguales. Mi padre nunca ha sido un hombre cariñoso o al menos, lo afectuoso que se espera que un padre sea.
Desde mi niñez y tras la muerte prematura de mi madre, me he criado con las doncellas y niñeras de palacio. No puedo decir que me sintiera desamparada, ellas siempre atendían mis necesidades. Pero mi padre… Mi único progenitor, nunca estuvo lo que se llamaría, presente.
Las responsabilidades del Rey Thoriam primaban sobre todo lo demás.
Su deber como monarca siempre estuvo por encima de su familia, se había encargado de dejarlo claro.
Eso hizo que la confianza entre ambos fuese prácticamente nula.
El rey no sabía nada sobre mí, ni de las pasiones que me movían, ni sobre mis deseos o anhelos.
No estaba al tanto de cuál era mi comida favorita o qué libros me gustaba leer. Tan simple como eso.
Sin embargo, siempre me hacía sentir segura.
El rey y yo manteníamos un pacto, todas las noches, cuando el reloj marcaba las ocho, nos reuníamos para cenar.
Sin falta, ni un solo día desde que tengo memoria.
Incluso aquel día que me atacaron unas fiebres a los cinco años, mi padre me llevó la cena a la cama y cenamos juntos en mi alcoba.
Durante una hora, cada uno en una punta de la mesa, prácticamente sin hablar.
Degustábamos los manjares que las cocineras preparaban.
Esa hora era casi sagrada y el personal de palacio tenía prohibido interrumpirnos.
A veces hablábamos del clima, otras veces de Armaria, pero nunca de sentimientos o emociones, nunca nos tomábamos el tiempo de hablar de nosotros o de conocernos el uno al otro.
Era como si existieran unas reglas no escritas, bien definidas, que los dos habíamos aceptado sin más.
Me dirijo a mi alcoba aún perdida en mis pensamientos.
Mi mente sigue divagando en torno a mi infancia.
En ese momento, me hubiera encantado tener a alguien con quien hablar de cómo me sentía…
un amigo. Desde niña, todos se dirigían a mí con respeto y cierto recelo.
Los otros niños del reino, nunca me trataron como una más. Como a una igual.
La ausencia de mi madre, fue algo que siempre hizo mella en mí y en mi personalidad desde temprana edad.
Siempre me pregunté cómo hubiera sido tener unos padres comprensivos y afectuosos, una persona a la que poder hablarle de cómo te sientes o simplemente de los pormenores de tu día a día.
Una familia de verdad, unida. Quizá si mi madre hubiera estado, mi padre también habría sido diferente.
Nunca he sabido realmente si su actitud se debía a la tristeza por su pérdida o si guarda hacia mí un cierto rencor por haberle arrebatado al amor de su vida.
A los cuatro años, fue la primera vez que mi padre me hizo llorar.
Había entrado en la sala de reuniones con un dragón de juguete en la mano.
Recuerdo que era de madera y me lo había tallado un artista del reino como regalo.
Me encantaba. El Rey Thoriam al verme emitió un grito que jamás se me borrará de la memoria.
—¡Prudence! ¡¿Por qué nadie está al cuidado de esta niña?!
“Esta niña” como si no me conociera de nada.
No fue consciente de cómo esas palabras calarían en mí para siempre.
Y como, desde aquel día, entendí cuál era mi lugar en su vida.
Los asistentes a la reunión, que habían sonreído al verme entrar jugueteando, se estremecieron y se recolocaron en sus asientos, temerosos por la reacción del rey.
Acto seguido apareció Prudence y me alejó de allí con gesto apresurado y mil disculpas, agachando la cabeza hacia el rey. Nos indicó con la cabeza que nos retiráramos. Impasible.
Después de eso, aprendí a guardar las distancias y encontré mi propio escondite. Al que acudía cuando la aterradora voz de mi padre empezaba a dar órdenes, incluso cuando sus réplicas no se dirigían directamente a mí.
Sin darme cuenta y mientras los pensamientos siguen dando vueltas en mi mente. Mis pasos me dirigen a ese lugar…
Con el tiempo, esa pequeña grieta en los muros de palacio, justo entre la escalera de caracol que conectaba la cocina y las habitaciones de servicio, se convirtió en mi lugar seguro.
Aquel lugar, fue mi refugio. Donde mi padre nunca podía encontrarme.
Entre la oscuridad y las sombras, me sentía extrañamente en casa.
Hacía años que no escapaba a aquel escondite, la madurez de la edad me habían enseñado a canalizar mis emociones de otras formas.
Me sorprendió descubrir que allí seguían.
Esas cuatro paredes mohosas que tantas veces me habían oído llorar, donde mis sollozos eran libres y podía estar tranquila y en paz. Huyendo de todo por un momento.
Tomo una vela de uno de los candelabros del pasillo y me introduzco en el agujero con cuidado. Descubro que ahora es mucho más pequeño de lo que recordaba y está más sucio y húmedo que antes. Pero lo que, sin duda, no había cambiado, es la sensación. La tranquilidad.
Dejo que las lágrimas broten desde lo más profundo de mi ser, lágrimas que llevaba años conteniendo, que había guardado bajo llave en el más oscuro agujero en mi interior.
Comienzo a llorar de forma descontrolada, cada vez más agresiva y mientras mis lágrimas ruedan por mi rostro, me deshago de un tirón del peinado que las doncellas habían tardado horas en preparar esa misma mañana.
A medida que los mechones se van soltando, más se va calmando mi respiración y caigo en la cuenta, por un momento, que hoy será la primera vez en mi vida que faltaré a la cita con mi padre.
Una punzada de angustia en el estómago me recuerda la visión que acabo de tener hace un rato. Cómo el metal había atravesado mi cuerpo, asomando la punta de la espada ensangrentada. Las sensaciones que acompañaban a ese ataque. Había sido tan real…
“¿Qué significaban esas visiones? ¿Soy entonces una especie de ‘vidente’?” Desconcertada y con mil preguntas rondandome la mente, sé que a partir de ahora tendré que convivir con mi don.
Un don distinto a todos los que había visto en Armaria.
Un don raro, diferente y que no sé controlar. Qué peligros podría acechar.
En Armaria todos los habitantes poseen dones, habilidades relacionadas con la lucha, el arte de la espada, el forjado y la maestría de dragones o la estrategia de guerra.
Como mi padre. Todos los habitantes, indistintamente de su género o rango social, poseen un don.
Cumpliendo una funciónque se corresponde con su deber y lugar en nuestra sociedad.
Siendo siempre el don del rey, el más poderoso de todos.
Pero nunca, en mis dieciocho años de vida, había oído hablar a alguien del poder de ver el futuro o la clarividencia, como se quiera llamar. Eso parecía más propio de…
—Del Reino de Niebla… —digo en un susurro que se escapa de mis labios sin querer.