Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Elara

Las puertas del palacio se abren para recibir a la multitud a la hora anunciada.

Ninguno de los ciudadanos de Armaria se perderían este gran acontecimiento.

Por fin, tras años de espera, se asegurará la continuidad del linaje real, conocerán a su futura reina y el don que los dioses elegirán para ella.

El salón del trono se llena pronto de curiosos, deseosos de conocerme a mí.

A su futura reina. Pese a la seguridad que me había transmitido Kaffú momentos antes, seguía estando nerviosa.

Espero ansiosa, para hacer mi aparición, tras el espeso cortinaje de terciopelo, justo detrás del trono.

El corazón casi se me sale desbordado por la boca, cuando la voz grave y firme de mi padre retumba sobre los gruesos muros del palacio.

—Demos la bienvenida a Elara, “destinada a reinar”. —Tras estas palabras, un silencio sepulcral invade la estancia con palpable expectación. La acompaña algún que otro murmullo.

Aún sin saber cómo, consigo salir de detrás de las cortinas, las cuales los guardias han descubierto hacia los lados.

Mis pies comienzan a moverse automáticamente, como si estuvieran desconectados de mi cerebro.

Me tiemblan las piernas y se me arquean las rodillas con cada paso.

Como si caminaran sin saber muy bien a dónde van.

“A una muerte segura”, me repite mi mente.

Estoy empezando a delirar. Hago callar a la voz de mi cabeza, no sé ni como y me coloco al lado del rey.

La ciudadanía boquiabierta me observa, casi sin pestañear.

Escudriñándome como a un becerro listo para la matanza.

Me siento terriblemente expuesta y me castañean los dientes.

El salón principal del trono, es una estancia diáfana de piedra robusta.

Sus muros, altos y los pilares de base cuadrada, se empotran en las paredes, deslizándose hasta el techo.

Dónde las imponentes bóvedas de crucería se arquean en una simetría perfecta.

Los banderines con el escudo de nuestra nación, adornan los espacios vacíos entre los pilares.

Dos espadas enfrentadas y el color verde esmeralda salpicando las paredes.

Estos se mueven ligeramente con el viento suave de la tarde que se adentra por las arcadas apuntadas.

A pesar de la inmensidad de la estancia, con tantísima gente en ella, yo la siento cada vez más pequeña y asfixiante. Deslizo mis pies por la larga alfombra roja de terciopelo, que discurre hasta la puerta de salida, al fondo de la sala.

—Hermanos y súbditos de Armaria. — La voz de mi padre irrumpe en la sala de nuevo, acallando los murmullos —.

Es un gran honor para mí, presentar formalmente a mi hija, Elara, la cual recibirá en su dieciocho cumpleaños, el don que nuestro dios Forjador tiene preparado para ella.

—Hace una breve pausa, manteniendo la atención y expectación de los presentes —.

Como es tradición desde tiempos inmemoriales.

Sé que está hablando porque veo cómo se mueven sus labios, pero solo puedo escuchar los latidos de mi propio corazón, retumbándome en los oídos. Mientras siento la mirada clavada de los habitantes de Armaria como cuchillos ardientes en mi piel.

Un agitado aplauso y todo se torna al silencio. Las manos del Rey Thoriam sostienen la espada ancestral Calister, la cual ha servido de conexión entre la familia real y el Dios Forjador, como canalizador del don, desde cientos de generaciones atrás.

Había ensayado esto infinidad de veces, me habían preparado para ello desde que era prácticamente un bebé .

“Tomas la espada en tus manos, abres tu mente y tu corazón. Respiras profundamente y dejas que el Dios Forjador entre en tí”.

“Luego te giras, sonríes y haces una reverencia a tu pueblo”.

Sonaba sencillo pero… ¡Maldita sea! Eranpalabras aterradoras para una niña y ahora mismo siento que no tengo ni idea de lo que debo hacer.

Levanto las manos para recibir la espada que me tiende mi padre, sus manos arrugadas como un pergamino.

Lo miro a los ojos, en un intento de encontrar algo de familiaridad en ellos, pero su rostro solo muestra autoridad.

Está muy metido en su papel. En el momento en el que mi piel toca el frío metal del arma, una oscura sombra comienza a envolver la espada en movimientos circulares ascendentes, desde la empuñadura hasta la punta.

Un grito ahogado se cierne a mi alrededor.

La mirada desconcertada y devastada de mi padre, oscila de mis manos a mi rostro.

Mientras, una neblina, espesa, se enreda y brota sin parar de la mismísima Calister.

Se me hiela al instante la sangre bajo los dedos y el corazón me arde de repente, con una extraña familiaridad.

“Esto no debería de estar pasando”. Es lo que mi mente no para de repetirme.

No siento a nuestro dios, no siento al Forjador, esto es sin duda… Otra cosa.

Los murmullos en la sala, incesantes, me llenan los oídos.

Mis ojos clavados en la espada. He asistido a cientos de ceremonias de don en el palacio, como princesa de este reino, es mi deber estar presente.

Sin embargo y aún habiendo visto a centenares de jóvenes recibir su don,desde que tengo uso de razón, nunca, jamás, había visto algo similar.

La sombra se enrosca en la espada, de forma lenta pero implacable, acabando con su antiguo brillo dorado.

Como la noche devorando la luz del día. Doy un respingo, al notar como una corriente eléctrica me recorre la columna vertebral de arriba a abajo.

El brusco movimiento, deja caer la espada al suelo.

“Sí, la espada ancestral”. Se desliza de mis manos, precipitándose.

El sonido del metal queda amortiguado por el suelo blando de la alfombra bajo mis pies, pero como si hubiese emitido un estruendo ensordecedor, se funde con los gemidos angustiosos de los presentes.

La espada Calister se ha vuelto enteramente de color negro, ni rastro de su dorado brillo anterior.

La neblina cesa en el momento en el que el arma cae al suelo y queda de nuevo inerte, fría y sin vida, bajo mis pies.

De pronto, una extraña fuerza me recorre todo el cuerpo, cada uno de mis nervios se tensa y un frío helador se apodera de todo mi ser.

Una sombra. Mi columna vertebral se queda rígida, obligándome a echar la cabeza hacia atrás.

Se me retuercen los ojos hacia atrás, perdiendo mi anterior color verde aguamarina y tornandose ahora al negro más absoluto.

No puedo ver nada, solo puedo sentir la oscuridad.

Mis labios se entreabren en busca de algo de aliento, cuando mi mente empieza a mostrar ante mí una serie de imágenes desordenadas y sin sentido: Guerras y masacres, angustia y dolor, espadas chocando, sangre brotando…

Armaria. El reino de Armaria sumido en el caos más absoluto.

Y es tan real… tan real, que el olor metálico de la sangre me inunda las fosas nasales.

Las imágenes cambian, una niebla negra y espesa lo cubre todo ahora. El entorno ha mutado hacia otro reino. Más desconocido, más lejano “¿El Reino de Niebla?” Susurra mi mente. Un trono vacío “¿El de Armaria?” No consigo ver con claridad.

Anonadada por lo que mi mente me acaba de mostrar, intento observar más, poner más atención. Necesito más, más detalles sobre lo que estoy viendo, lo que está sucediendo. Pero una neblina blanquecina lo enturbia ahora todo. Todo termina. Dejándome aún más aturdida y con mil preguntas sin resolver.

Antes de caer desfallecida, logro ver una imagen más.

La punta de una espada atravesándome desde atrás, asomándose por la tela de mi vestido.

La mancha de sangre se esparce sin cesar, el sonido de la carne abriéndose y la tela desgarrándose, al paso de la hoja metalizada de aquella espada.

Quiero gritar cuando el dolor irreal me invade los sentidos.

Pero el aire, parece no llegarme a los pulmones. Después, me abandono a la oscuridad.

∞∞∞

No era consciente del tiempo que había pasado cuando al fin desperté.

Abro los ojos para encontrarme con el rostro extrañado de mi padre frente a mi.

Ha despachado al pueblo y ahora estamos solos en la fría sala del trono.

Me siento terriblemente desconcertada y un fuerte dolor de cabeza se instala en mi sien con ardor.

— ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado? —digo mientras, instintivamente me llevo una mano a la cabeza, aún confundida.

El rey Thoriam se pone en pie. Sus botas rechinan por el esfuerzo de sus pesados y desgastados músculos.

Se aleja de mi campo de visión. Deambula por la sala con el ceño fruncido.

Intento descifrar su rostro, inquebrantable, en el solo veo dolor.

Le he defraudado. Unos instantes después se deja caer en el trono.

La madera cruje por su peso. Acto seguido, pide a los guardias que también se retiren y ahora sí, nos quedamos completamente solos.

Sin saber muy bien por qué, eso me hiela la sangre, frenando toda corriente sanguínea en mi interior.

—Padre ¿Qué ocurre? —Entre susurros el rey parece maldecir (algo terminantemente prohibido por los dioses).

—Esto no debería de haber pasado, no…—Logro captar al vuelo unas cuantas palabras.

Entonces, su mirada recae en mí, veo sus ojos de forma diferente. Una mirada irreconocible, una que no había visto nunca antes. Vacía. Capto algo en aquellos ojos azules y fríos “¿Odio?"

—¿Qué has visto?—pregunta.

Me quedo petrificada. No sé porqué, ni cómo lo sabe. Pero lo sabe. Que yo había visto “algo”. Su mirada como un témpano y su rostro pétreo me hacen temblar. Me está mostrando al rey, no al padre.

—No...No lo sé, era como una…Visión. Una especie de visión—logro decir, presa del pánico. Al ver su expresión aún más irreconocible, al instante me arrepiento de mi confesión.