Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Las costureras e hilanderas reales, las cuales llevaban años confeccionando el vestido perfecto para mi decimoctavo cumpleaños, no tardan en aparecer.

Vienen cargadas con telas de diversos colores y texturas.

De un color azul cielo brillante y con una armadura en forma de corsé que enmarca mis pechos de forma sinuosa.

Este vestido se ciñe a mi cuerpo a la perfección.

La tela, decorada con cientos de miles de hilos de oro que dibujan líneas serpenteantes a lo largo de cada pieza de tul y seda.

Sin duda, la parte de la armadura, es un homenaje a nuestro reino guerrero.

Conocidos como los poderosos protectores de Los Siete Reinos.

No estoy para nada acostumbrada a andar vestida así, deforma tan “elegante”.

En mi día a día, me paso la mayoría de la jornada con la armadura puesta, aunque no esté entrenando.

Cuando debo usar vestido, opto siempre por colores terrosos, sencillos y poco llamativos.

Me miro al espejo y sinceramente, me cuesta reconocerme en él.

Mientras, las doncellas trabajan en mi peinado, compuesto por numerosas y diminutas trenzas que hacen que mi pelo cobrizo parezca un auténtico nido de dragón.

El peinado está además decorado con numerosas piedras preciosas y gemas, algunas de ellas, regalo de los reyes de Andrómeda el día de mi nacimiento.

Las cuáles habían sido guardadas expresamente para la ocasión.

Todo giraba en torno a ello, toda mi vida, en torno a un único y trascendental evento, que marcará el resto de mi existencia.

Una vez finalizadas las tareas de preparación, las doncellas orgullosas de su trabajo, dan saltos de alegría por toda la estancia.

Sonrío tímida mientras continúo contemplándome en el espejo, incapaz aún de reconocerme.

Han añadido un poco de color a mis mejillas con maquillaje y una sombra plateada me decora los párpados.

Los labios lucen un tono rosado y sedoso gracias al brillo de labios.

—¡Está increíble señorita Elara! ¡Ya parece toda una reina! —dice una de ellas.

—Será un orgullo para su padre y para nuestro reino —se apresura a decir la mayor de todas.

Los nervios me producen una incapacidad extrema de articular palabra, comer o siquiera moverme durante las horas siguientes.

A las cinco de la tarde la guardia real se presenta en mi alcoba para llevarme ante el rey.

Ni siquiera sé cómo soy capaz de moverme, tengo el cuerpo rígido y bajo la sedosa tela del vestido y me cuesta hasta caminar.

Había ensayado y practicado para aquel día en innumerables ocasiones, pero en el momento en el que el día había amanecido, no me sentí ni una pizca de preparada.

Recojo mi espada y la enfundo antes de salir de la habitación, uniéndola al cinturón plateado de pedrería que mis doncellas han amarrado a mis caderas.

La empuñadura está repleta de detalles forjados, colas de dragón y llamaradas de fuego.

Fue un regalo de mi padre, esta espada lleva acompañándome desde que tengo uso de razón y al ser uno de los pocos presentes que tengo de él, tiene un gran valor sentimental para mi, nunca me separo de ella.

La guardia me conduce, para mi sorpresa, hacia los establos reales.

Quedan escasos minutos para que dé comienzo la ceremonia y mi mente no deja de recordarme que ya debería estar en el salón.

Los establos se encuentran a las afueras del castillo, pero dentro de los muros del mismo.

Observo la figura de mi padre, que me espera impaciente, de pie junto a una de las caballerizas.

—Hija, estás hermosa —asegura, mirándome con profunda admiración, mientras posa ambas manos sobre mis hombros.

Deja un suave beso en mi mejilla izquierda y de nuevo, su repentina efusividad y muestra de cariño, me desconciertan —.

Ha llegado el momento de darte tu regalo de cumpleaños, espero que te guste.

Las emociones del momento me han hecho olvidar casi por completo mi cumpleaños.

Y el resto del reino parece que tampoco lo recuerda, ni una sola felicitación.

Todos parecen demasiado centrados en la ceremonia de don.

El rey aparta la puerta de la caballeriza, un movimiento brusco despierta al animal que descansa en su interior.

La mano de mi padre se mueve rápido, acariciando el rostro del dragón.

Su cola se agita con fuerza sobre las paredes del establo.

Los jadeos, unidos a la calidez de su aliento, me sobresaltan.

Nunca había tenido a un dragón tan cerca.

—Shhh... Tranquilo, solo voy a presentarte a una amiga.—Sus enormes ojos de un dorado intenso, se clavan en mí con curiosidad. Brillan con vetas, que van del ámbar al oro y danzan como el humo de una fogata.

Dubitativa, me acerco de forma temblorosa, temiendo asustarlo y temiendo también su imponente fuerza.

Durante mi infancia, había estado siempre muy sobreprotegida por mi padre, apenas había salido del castillo un par de veces en toda mi vida.

Por otro lado, mis entrenamientos se habían centrado en la defensa personal y el manejo de la espada, nada que tuviera que ver con dragones.

Mentiría si dijera que el regalo de mi padre no me había sorprendido.

Le acaricio el puente de la nariz con sutileza, su piel, de un color dorado, verdoso, según se mire y sus escamas le dan un brillo mágico, precioso.

Es sin duda el animal más hermoso y aterrador que he visto nunca y ahora, me pertenece.

Aún estoy decidiendo si eso me fascina o me horripila.

Dentro de ese pequeño habitáculo, es difícil adivinar sus proporciones, pero puedo intuir que es mucho más grande que los dragones que se suelen ver por el reino, sobrevolando nuestros cielos.

Un recuerdo infantil acude a mi cabeza, cuando recostada en el alféizar de la ventana observaba a los dragones y sus jinetes alzarse en los cielos.

—Su nombre es Kaffú, significa “llama ardiente”.

—El rey Thoriam posa su mano en mi hombro de nuevo —.

Me pareció perfecto para ti, Elara “Destinada a reinar” —dice haciendo alusión al significado de mi nombre, una vez más.

Siempre aprovecha cualquier ocasión para recordarlo.

Me estremezco ante la tentativa de tanto poder en mis manos —.

Creo que tu don será maestra de dragones, estoy seguro.

Desde que te vi por primera vez, siempre lo supe.

—De pronto, sus palabras me parecen más una amenaza que una afirmación esperanzada.

—¿Y si no es así padre? —Me giro para mirarlo con preocupación, descubriendo el ceño fruncido, cubierto de arrugas, de mi progenitor.

—Así es como debe ser y será —dice con rostro impasible, implacable. Un témpano de hielo. Acababa de volver a su frialdad habitual —. Nos vemos ahora.

Dentro de mí, siempre hubo algo. Nunca supe si se trataba de una simple sospecha o de una premonición quizá, pero algo me decía que yo no era como los demás. Qué cualquier cosa que se esperara de mí, nunca sería la correcta.

El rey no tarda en desaparecer junto con la guardia, dejándome a solas en el establo con Kaffú. Sinceramente agradezco este momento de intimidad y soledad, antes de la ceremonia, aunque solo sean unos instantes. Antes de enfrentarme a mi destino. Al don que marcará mi vida para siempre.

—Kaffú, ¿Y si no soy lo que esperan de mí? —Acaricio el rostro del dragón de nuevo. Su piel rugosa vibra bajo el contacto de mis dedos y me doy cuenta que, en aquella posición, parece incluso vulnerable ante mí.

Eso me hace estremecerme. En cualquier momento y si quisiera este dragón podía arrancarme la cabeza de cuajo.

Como si hubiera entendido a la perfección mis palabras,Kaffú hace un gesto, algo así como encogerse de hombros.

Sonrío con complicidad y su rostro se muestra también cómico, con una mueca la mar de divertida .

—Debo irme, es la hora —le digo. Tanto tiempo sintiéndome sola, entre los muros de aquél castillo, ahora hasta los animales comenzaba a verlos como amigos.

Lo cierto es que, aunque, nunca me hubiera faltado de nada para sobrevivir y siempre me había sentido a salvo, en ocasiones había llegado a sentirme tremendamente desamparada. La falta de cariño, del calor de una familia, sin duda habían hecho mella en mi personalidad.

Nuestras cabezas se juntan a modo de despedida y puedo notar una devoción y serenidad que ningún humano me había transmitido antes. Sin saber muy bien por qué, ahora me siento mucho más segura y armada de valor. Estoy lista.

Estoy preparada para ser lo que mi reino se merece. Lo que toda Armaria necesita, estoy lista para convertirme en Maestra de dragones.