Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

Elara

El sol se filtra por el gran ventanal de mi habitación, de forma inusual para una fría mañana de otoño.

Abro los ojos aún adormilada, de fondo, muy a lo lejos en mi mente, la voz de mi doncella, repitiendo mi nombre una y otra vez.

Como una canción familiar. Centro mis esfuerzos en despertarme.

Mis oídos están tan acostumbrados a su voz, que tendría que volver a pedirle a mi padre cambiar de doncella.

O quizá instalar una campana de acero fundido en el dosel de mi cama surtiera más efecto.

Por alguna razón, cada vez me costaba más despertarme por las mañanas.

Puede que se deba a mi falta de motivación vital, quién sabe.

—Señorita Elara, el Rey quiere verla. —Me incorporo en la cama y me peino el cabello rojizo con las manos de inmediato. El nerviosismo se va asentando en mi estómago ante la extraña presencia de mi padre en mi habitación esta mañana.

Hasta que entiendo el porqué. Lejos de tratarse de un esfuerzo por afianzar lazos familiares, el verdadero motivo es bastante distinto. El rey, siempre se mueve por su propio interés.

— Dígale que pase —afirmo con parsimonia, aún adormilada. Los ojos encapotados bajo mis pestañas cobrizas.

Segundos después, la doncella abandona la estancia, esta se llena al instante con la imponente presencia del Rey Thoriam, mi padre.

Las visitas de mi padre no son algo a lo que esté acostumbrada, ciertamente.

Sin embargo, el día de hoy es diferente y especial supongo.

Mi decimoctavo cumpleaños, el momento más esperado de toda mi vida y de la suya.

Mis ojos se cruzan con los de mi padre, de azul cristalino, rodeados de piel arrugada.

Ha llegado la hora de recibir mi don. Un nudo se instala en mi estómago al pensar en todo lo que eso conlleva y tengo que hacer un soberano esfuerzo por tranquilizarme y no vomitar ahí mismo de puro nervio. La boca se me llena de bilis.

Recibir un don, sin duda, te hace la vida más fácil, pero también te condena.

Resulta a la vez un privilegio y una carga “¡Y que los dioses no me malinterpreten!”, me siento profundamente agradecida.

Sin embargo y en mi opinión, encasillar a los seres humanos con una única cualidad específica, me resulta demasiado cuadriculado y estricto.

Como si las personas pudiésemos definirnos con un solo trazo.

Al menos, a mí, me cuesta definirme así.

Me gusta leer, perderme entre las páginas de un buen libro, pero también entrenar, sentir el peso de la espada en mis manos.

Siempre he apreciado la soledad de la noche, el susurro del viento moviendo las cortinas de mi habitación, observar las estrellas a través de mi telescopio y perderme en su negrura e infinidad.

Yo, Elara, soy mucho más que un don, y no puedo reducir mi existencia a una única cosa, una simple etiqueta.

La idea me resulta a la vez extraña y asfixiante. Aterradora, incluso.

Mientras la ansiedad se apodera de mí lentamente, dirjo la mirada a la derecha de la cama, una bandeja repleta de comida.

El delicioso desayuno que mi doncella siempre se encarga de hacerme llegar, tostadas y algo de fruta cultivada en las inmediaciones del castillo, mi favorita.

Alargo el brazo para coger la taza de té caliente, dejando caer unas gotas sobre la colcha, sin querer.

Doy un largo sorbo que me calienta la garganta y me ayuda, al momento, a respirar mejor.

Mi padre da un paso más para acercarse a la cama, colocando su mano derecha en el dosel.

La madera parece ceder un poco frente al peso de su potente figura.

—Hija… —Hace una pausa silenciosa, mientras sus ojos, brillantes de emoción contenida, me miran sobreponiendo aún más responsabilidad sobre mis hombros —.

Ha llegado el día que tanto esperábamos.

—Noto algo diferente en él. Tras sus espesas cejas de color gris y las incipientes arrugas que rodean su mirada, vislumbro una pizca de tristeza que le ensombrece las pupilas.

Algo inusual en el temperamento inquebrantable de mi padre—.

Hoy honrarás a tu pueblo, a tu reino, con un don que Armaria agradecerá durante años, con el que podrás venerar a nuestro Dios Forjador y ayudar a preservar la paz de los Siete Reinos.

Trago saliva con fuerza, mientras las palabras se repitenen mi mente. Me pitan los oídos con un grave zumbido, mientras permito que el peso de la responsabilidad se instale en mi pecho. Cada respiración es aún más trabajosa que la anterior.

Las palabras de mi padre, calan en lo más profundo de mi ser, haciéndome sentir realmente abrumada.

La carga es inmensa, una responsabilidad a la que no estoy acostumbrada y para la que por supuesto no me siento nada preparada.

Un miedo creciente se instala en la boca de mi estómago y jugueteo con la sábana que cubre mi cuerpo, enredándola entre mis dedos, mientras no dejo de murmurar para mis adentros “¿Y si no puedo dar la talla? ¿Y si mi don no es lo bastante fuerte? ¿Y si ... No recibo ningún don? ¿Eso podía pasar?” Las preguntas me taladran el cerebro.

Desde muy temprana edad, me habían preparado para ello, llenando mi cabeza con ideas y pensamientos que no eran míos.

Haciéndome creer que la única vida que podría vivir sería aquella.

“Destinada a reinar”, tal como el nombre que mis padres habían elegido, daba significado.

Salvaguardar la paz en Armaria. Sin poder alguno de decisión, sin escapatoria.

Soyun auténtico despojo de nervios. La impaciente mirada de mi padre me escruta, por lo que me apresuro a responder.

— Padre… Yo... —Titubeo un poco —. Haré todo lo que esté en mi mano por honrar y proteger nuestro reino. —Las palabras salen de mí de forma automática, sin pensar. Como si, tras años de aleccionamiento, estas estuvieran grabadas a fuego en mí.

El Rey se acerca más. Decidido, alarga su mano para acariciarme el rostro de forma enternecedora. Aquel gesto me pilla por sorpresa, mi piel se estremece por el contacto de sus dedos callosos. Esa repentina muestra de afecto es muy impropia de él y sin poder evitarlo, me invade un poco la emoción.

— Ojalá mamá estuviera aquí…—No suelo mencionarla, mucho menos en su presencia.

Mi madre era un tema que siempre quedaba suspendido en el aire entre nosotros.

Latente, pero nunca pronunciado con palabras.

Siempre entendí que el dolor de su pérdida era demasiado fuerte como para expresarse sobre ella, un abismo que prefería no explorar.

Sin embargo, hoy, el cúmulo de emociones que siento y el peso de lo que está por venir, me hace pensar en ella más que nunca.

La siento dentro de mí, en cada latido de mi corazón.

— Ojalá hija, ojalá… —dice, mientras camina de nuevo en dirección a la puerta.

Con el rostro ensombrecido que oculta demasiadas cosas. Palabras que no se atrevería a pronunciar en voz alta. Avanza dando así por concluida nuestra conversación. El sonido de sus botas de cuero retumba en la habitación cuando se gira, haciendo arrastrar su capa de color borgoña.

Nunca conocí a mi madre, pero siempre la sentía cerca.

En la brisa de la mañana o en el sol cálido del amanecer.

Es extraño como se puede llegar a querer tanto a alguien que ni siquiera has visto, ni un solo retrato.

A veces me pregunto cómo sería el sonido de su voz, cuáles eran sus aficiones o qué tanto me parezco a ella.

A lo largo de los años, mi mente ha creado su propia versión, con los pocos retazos que mi padre me ha dado.

Así, de alguna forma que no sé cómo explicar, siempre está conmigo y algo me dice que con el tiempo comprenderé el porqué.

Murió al darme a luz y quizá ese vínculo, ese sacrificio en la unión de su muerte para darme a mí la vida, había dejado en mí gran parte de ella. Me gusta pensar que al darme la vida, parte de su espíritu se quedó conmigo, traspasando las barreras de la vida y la muerte, uniéndonos para siempre.

—Levántate y comienza a prepararte para la ceremonia de esta tarde. Todos esperamos mucho de tí —dice el rey, sacándome de mis reflexiones, apretando aún más la soga invisible que me presiona el cuello.

Me dirige una última mirada, llena de expectativas, antes de desaparecer tras el umbral de la puerta, añadiendo más tensión a todo mi cuerpo.

Pocos minutos después, la habitación se llena de gente, repleta de doncellas que van de aquí para allá.

Estas se harán cargo de mi piel, mi pelo y mi higiene personal, para dejarme impecable para el gran evento.

El más importante de mi vida. “Imposible de olvidar”.

En nuestro mundo, la ceremonia de los dones es incluso más importante que la ceremonia de enlace matrimonial por ejemplo, mucho más trascendental en la vida de cualquier ser humano.

Pensar en el matrimonio, me hace ruborizarme un poco, como reina, pronto tendría que buscar un marido.

Siempre supuse que debido a mi cargo no me faltarían pretendientes “¿Pero sentiría yo algo por alguno de ellos?¿Amor?” Sinceramente no tengo ni idea del amor, ni siquiera había tenido a mis padres como referentes.

Mi experiencia romántica es literalmente nula, así que, llegado el momento, espero que mis doncellas estén ahí para darme las lecciones necesarias al respecto.

No es lo mismo lo que se lee en los libros que la vida real, sin embargo, las novelas románticas ya habían depositado varias ideas en mí mente.