Los Siete Reinos de Paz y Gloria (Los Siete Reinos de Paz y Gloria 1) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—¡Sí! ¡Sí! —Cada acusación se clava en lo más profundo de mí, como una daga.

—Esa chica es un demonio y no merece estar en nuestro reino.

—¡Es una abominación mestiza!

—¡SILENCIO!—La voz inquebrantable del Rey paraliza a toda la sala, sin excepción. El estómago se me encoge —. No permitiré que se siga cuestionando mi honor ni el de mi familia. Elara es la legítima heredera al trono del Armaria y así será —dice con aplomo.

Me sorprende su reacción y por un momento dudo. Entiendo su postura “¿Y si todo este tiempo, con cada una de sus acciones, sólo ha intentado protegerme?”

—¡Padre! —Desde el fondo de la sala, mi voz llama la atención de cada uno de los asistentes, que me observan expectantes.

—¿Elara, qué diantres haces? —pregunta Corvin en voz baja. Le dirijo una mirada lastimera y me suelta la muñeca, que llevaba todo este tiempo agarrándome. Cuando nuestros ojos se cruzan una última vez, lo siento como una despedida.

Mis pies comienzan a moverse y toda la gente se hace a un lado para dejarme pasar.

Me temen. Para ellos, no soy más que un ser desconocido, un monstruo con poderes indescifrables, eso, en parte, me da cierta ventaja.

Continúo mi camino con paso decidido hacia el centro de la sala y miro a mi padre a los ojos.

Este frunce el ceño, torciendo el gesto. Puedo notar la decepción en su rostro.

—Mira lo que has provocado —alcanza a decir —. Tu desobediencia y rebeldía nos ponen en peligro ¿Qué haces aquí? —me precipito a contestar, esperando que mi voz suene decidida.

—He venido a solucionarlo.

Entonces me giro para mirar al pueblo. Le doy la espalda a mi padre y me dirijo a Armaria, por primera vez. Todo esto es por mí y conmigo debe terminar. Lo mejor es ser sincera, así se lo debo a mi reino, ellos lo entenderán y lo dejarán estar. No tengo otra opción, tengo que intentarlo.

—Queridos habitantes de Armaria... —Espero que mi voz suene lo suficientemente contundente, una seguridad inexplicable se apodera de mis palabras —.

Sé que ahora mismo están confusos, pero no deben temer.

Tengo constancia de que mi don no es lo que esperaban de mí, pero, prometo ser fiel a mi reino y proteger a cada uno de sus ciudadanos como es mi deber.

.. —Una punzada de dolor me atraviesa el estómago, seguido de un escalofrío que me recorre todo el cuerpo —.

Mi don… Mi don… — Las palabras se quedan atascadas en mi garganta.

El dolor es tan agudo y frío que apenas puedo procesarlo.

La sangre caliente brota de mi estómago como un río, empapando mi vestido.

Su olor metálico inunda el aire. Mi cuerpo se vuelve rígido y la garganta me sabe amarga.

Miro hacia abajo, hacia la punta brillante de la espada.

Tal y como la había visto en mi visión, la escena se recrea como una pesadilla.

Una espada manchada con mi sangre. Atravesando mi cuerpo entero, Partiéndome en dos.

En pedazos que jamás se volverán a recomponer.

Soy incapaz de procesar al completo lo que está ocurriendo, de dónde viene este ataque.

A trompicones, mientras mi cuerpo se tambalea, consigo girarme.

La espada sale de mí, tras haberme atravesado con una brusquedad letal.

Alcanzo a ver a mi padre, con la espada ensangrentada aún sostenida en su mano.

Una lágrima recorre su mejilla pronuncia aquellas palabras, aquellas que había visto en mi primera visión, la del día de mi cumpleaños.

—Lo siento, es la única forma de proteger Armaria.

Un grito ahogado queda atrapado en mi garganta.

El calor de mi carne herida me nubla por completo los sentidos.

El dolor físico, pasa a mi alma, cuando mi cerebro procesa que mi padre acaba de dar fin a mi vida.

Caigo al suelo de rodillas agarrándome el torso ensangrentado y me tumbo boca arriba sobre el frío suelo mientras las lágrimas salen disparadas hacia mis mejillas.

Paralizada por el dolor y casi sin aliento dirijo la mirada hacia la multitud y escucho una última vez la voz de Corvin gritando mi nombre con desesperación.

Solo es un susurro lejano, lento. Mi corazón poco a poco deja de bombear sangre, mis pulmones dejan lentamente de respirar, mi mente deja de pensar.

Ya no hay hueco para el dolor, solo paz.

Antes de que todo se vuelva oscuridad, veo cómo los guardias se llevan a Corvin arrastras de la sala, propinándole una serie de puñetazos en las costillas.

Es entonces cuando un destello brillante de plata, me atraviesa.

Una última visión se muestra ante mí. Un castillo, rodeado de tinieblas y espinas de rosal, enredadas por las paredes.

Un salón del trono, levantado sobre la noche, en la más absoluta oscuridad.

Un trono vacío de color negro y a sus pies una niebla espesa envolviendo la madera.

La misma niebla que había visto sobre la espada el día de mi cumpleaños. El Reino de Niebla.

Segundos después dejo de oír, de pensar, de sentir y me sumo en la más absoluta oscuridad. Una oscuridad de la que ya no escaparé jamás.