Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 31 #3
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Capítulo 31 #3

Mientras Sonya avanzaba en dirección a ellas, Clover dio un paso al frente.

—Todo en orden dentro. Nos hemos ocupado de ello. Está claro que tú te has ocupado de nosotras. Y de ella.

—Clover.

—A algunas de nosotras (la mayoría) nos gustaría quedarnos si no tienes inconveniente. Sé que Charlie también querrá cuando realmente podamos hablar de nuevo.

—Esta es tu casa, la de todas vosotras, la de todos o quienesquiera que hayan permanecido en ella y deseen quedarse, el tiempo que os plazca.

—Sabíamos que dirías eso, pero queríamos preguntártelo. Esta vez deberías empezar con Astrid, ¿vale?

Con un asentimiento de cabeza, Sonya avanzó hacia Astrid y extendió las manos.

—Coge el tuyo.

Astrid deslizó el anillo del dedo de Sonya y se lo puso en el suyo.

—Gracias. El sufrimiento ha pasado, y Collin me espera en la casa solariega.

Se dirigió al portón doble, abierto.

Sonya alargó las manos hacia Catherine.

—A mí nadie me espera, pero este siempre ha sido mi hogar.

—Siempre lo será —afirmó Sonya mientras Catherine se ponía la alianza.

—Yo di a luz a unos bebés fuertes y hermosos. —Marianne se puso el suyo—. Entre Hugh y yo hubo un amor fuerte y hermoso. Volveremos a ser felices aquí.

Agatha cogió su anillo.

—Yo iba a ser la señora de la casa, y ella truncó esa posibilidad.

—Eres bienvenida aquí durante el tiempo que te plazca.

Tras asentir con la cabeza con aire regio, Agatha entró en la casa solariega.

—Aunque ya no pueda tener a Edward, me gustaría quedarme, al menos una temporada. —Lisbeth cogió su anillo, lo contempló con admiración y se lo puso—. Aquí fui realmente feliz.

—Me alegro.

Sonya se detuvo frente a Clover, y esta vez se quitó el anillo con dos corazones entrelazados y ella misma se lo puso a Clover.

—De los siete, mi favorito.

—Ay… Es muy lindo, ¿a que sí? Lo mismo que mi Charlie. Te quiero muchísimo, Sonya. ¡Ahora mismito voy a besar a Charlie hasta que se le pongan los ojos en blanco!

Se dirigió a la casa a la carrera y, llamando a Charlie a voces, entró como un torbellino.

Y Johanna sonrió.

—Ella me ayudó a sobrellevar mi espantoso miedo y sufrimiento al principio. Y posteriormente tú. —Agarró ambas manos de Sonya y seguidamente miró hacia los demás, que aguardaban detrás—. Todos vosotros.

Cogió su alianza.

—Porque, de todos vosotros, soy la última que experimentará ese espantoso miedo y sufrimiento. Gracias.

Tras besar a Sonya en la mejilla, cruzó el umbral.

Trey fue al encuentro de Sonya como una flecha cuando esta se tambaleó.

—Uy. Estoy bien, es que… Los anillos… Ha sido muy impactante. Ya no queda ninguno. Excepto el mío.

—Y estás helada otra vez. Vamos dentro.

—Sí. ¿Quién va a desayunar?

—Owen —respondió Cleo entre risas, y se enganchó de su brazo—. Eres un caso.

—De hecho, a mí me vendría bien comer algo. Tengo el estómago vacío —admitió Sonya—. Comer algo y dormir treinta o cuarenta horas, con la esperanza de que después de eso este episodio parezca real.

—Es real —le aseguró Trey—. No queda el menor rastro de ella, ni siquiera en el pasado, donde todo comenzó.

—Ya, lo he visto, lo percibo. No obstante, antes de hacer cualquier otra cosa…

—El salón dorado. —Cleo miró hacia las escaleras cuando entraron—. Yo percibo lo mismo.

—Pues subamos. Ya llevamos tiempo con ganas de volver a entrar allí, ¿a que sí, Jones? Eres un maniaco matabrujas.

—Para mí que eso también era cosa del destino.

—Cleo se inclinó para acariciar con fuerza a Jones cuando comenzaron a subir las escaleras—.

El hecho de contar con algo de ella de aquel entonces sumado a lo que teníamos del presente.

Nos figurábamos (mi grand-mère y yo) que, si conseguíamos romper la maldición e impedir que saltara hasta ese momento, hasta que pasara la hora, desaparecería sin más.

—Ella selló su destino —repitió Owen—. Es lo que hay.

—Ahí le has dado.

Cuando llegaron a la segunda planta, Sonya se detuvo.

—La puerta está abierta. La puerta del salón dorado.

—Es hora de entrar. —Trey la agarró de la mano y se internó en el pasillo.

Al entrar, encendió las luces.

Era una estancia como otra cualquiera, con las paredes empapeladas en dorado, una cama con un repujado cabecero y piecero. Junto con bonitos muebles antiguos cubiertos de polvo.

—Necesita una limpieza a fondo —señaló Cleo, al tiempo que sacudía la mano para apartar una telaraña—. Y hay que vaciarlo. Después…

—Será la galería de la familia Poole y sus amistades. Ya no está. —Sonya echó a andar, dejando huellas de sus pasos sobre el polvo—. No queda ni rastro de ella, a pesar de las dimensiones de esta habitación, todo sea dicho. La casa está despejada.

—Y tú eres la señora de Poole Manor.

Ella rodeó con sus brazos a Trey y apuntó con el dedo en dirección a Owen.

—Besa a Cleo. Y tú, bésame. Aquí mismo, ahora mismo. Lo primero que vamos a hacer aquí es aportar amor y luz.

—Si insistes…

Cuando sus labios se fundieron, cuando Clover contribuyó a ello reproduciendo el tema The Power of Love [«El poder del amor»] de Huey Lewis and the News, Sonya se sintió rebosante.

De amor y luz.