Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 31 #2
98%

Capítulo 31 #2

Trey sujetó con firmeza a Sonya, y notó que vibraba.

—No me hace gracia dejarla sola en la casa cuando está en pleno apogeo.

—No está sola. —Al salir, Sonya levantó la cara hacia el golpe de viento—. Todos están aquí. Todos ellos. ¿No notas su presencia?

—Y ahora son más fuertes.

Los perros, como es natural, salieron disparados conforme ellos se encaminaban hacia la escollera.

—Primero el círculo. —Cleo sacó la bolsa de sal de la olla y pronunció las palabras que su abuela le había indicado—.

Aquí, antes de que el reloj marque las tres, los cuatro forjamos nuestro círculo de poder.

Permaneceremos dentro de su perímetro con el fin de romper la maldición que se cierne sobre la casa solariega y la novia. Encended las velas. Una para cada uno.

Ella cogió la suya y el portavelas redondo para resguardar la llama.

—Traemos la luz frente a las tinieblas para poner fin al reino de la bruja esta noche.

Miraron hacia arriba cuando algo salió volando por una de las ventanas del salón dorado. Emitió un gañido y los perros reaccionaron ladrando. A continuación, se desvaneció sin más en un fino hilo de humo.

—Ella posee menos poder allí —dijo Trey entre dientes.

—No será el caso cuando venga aquí. —Sonya levantó la vista hacia la luna, en cuarto creciente—.

Entonces estaremos en su mundo. Pero… —Alzó las manos para que los anillos captaran el reflejo de la luna—.

No tiene esto. Siete anillos y, con el mío, ocho.

El círculo del amor frente al odio. Que la sangre que derramó a lo largo de generaciones conduzca a su eterna perdición.

Sonya parpadeó.

—Guau. ¿De dónde he sacado esto?

—Yo diría que de los anillos. —Trey rodeó las manos de Sonya entre las suyas.

—Esto se está poniendo raro de narices.

—Más raro se va a poner —advirtió Cleo a Owen—. Hay que conseguir que los perros y Pye entren aquí. No sé si aguantarán todo el proceso, pero hay que intentarlo.

—Ya viene. —Sonya se llevó una mano al pecho—. Uf, siento como si el corazón se me fuera a salir por la boca. ¿Notáis eso? ¿Notáis su presencia?

—Yo ahora sí. —Trey la asió con fuerza del brazo—. No te despegues de mí.

Dobbs apareció entre las tinieblas. No levitando, no, constató Sonya: caminando despacio, con esfuerzo, mientras la luna, ahora llena, se alzaba blanca sobre el mar.

De carne y hueso, humana, con las fuerzas debilitadas. Y sin embargo loca de atar.

—No podemos permitir que salte —dijo Cleo por lo bajo—. Pase lo que pase, no podemos permitir que salte.

Los perros gruñeron casi al unísono, pero —de momento— obedecieron la orden y no se movieron. Cuando Pye arqueó el lomo y siseó, Owen la cogió en brazos.

Dobbs levantó la vista hacia la casa, donde el ente en el que se había convertido aún descargaba su rabia. A continuación, miró fijamente al grupo arremolinado en el interior del círculo de sal.

—¿Quién pone los pies en lo que es mío? ¿Quién osa hacerlo? Fuera de aquí o descargaré mi furia sobre vosotros.

Algo temblorosa, Cleo se arrodilló e inició el ritual.

—Tu sangre. —Echó los cristales manchados de sangre en la olla de cobre—. La sangre de tu criatura. —Seguidamente metió el cabujón de labradorita junto con la camiseta de Trey.

Levantó la vista hacia Owen.

—Sí, voy.

Él le pasó la gata a Trey y sacó el cuchillo con el que Dobbs había asesinado a Astrid.

—¡Eso es mío!

Dobbs agitó una mano bruscamente. Fuera del círculo, se desató un torbellino. Dentro, Owen notó un pinchazo en la mejilla.

—Vas a tener que superarte —dijo, y Cleo le chistó por el comentario. Él se encogió de hombros, puso la mano sobre la olla y se hizo un corte en la palma con el cuchillo.

—Sangre de un inocente, sangre de un Poole.

—Un Poole. Un Poole. ¡Quisiste ahorcarme! Tomo lo que es mío. No tienes influencia sobre mi vida o mi muerte. ¡Yo traigo la muerte!

Dobbs alzó las manos y encogió los dedos como garras.

—Traigo la muerte a los Poole, pero primero el sufrimiento. Y permaneceré en la casa solariega. Como señora por siempre jamás. Novia tras novia, segaré sus vidas, y con un giro te descoyunto.

—Me vas a hacer cosquillas. —Owen se limpió la mano ensangrentada con la bandana que se sacó del bolsillo trasero del pantalón.

—Ya te digo. —Sonya se frotó el cuello.

Dobbs soltó un grito estentóreo, junto a la escollera, dentro de la casa. Cuando se abalanzó sobre el círculo, Trey empujó hacia atrás a Sonya y se colocó delante.

Sin embargo, desatada por la furia, Sonya plantó cara. Al levantar las manos, la luna bañó de luz los anillos.

—Yo soy la señora de la casa, lo mismo que las siete que me precedieron.

—¡Es mía! —Como hipnotizada, Dobbs rodeó el círculo de sal—. Tú. Te conozco. ¿Cómo es posible? En el cristal, en el caldero. En el derramamiento de sangre… ¡Dame lo que es mío!

Cuando Dobbs se disponía a arremeter contra ella, Trey agarró a Sonya y se preparó para recibir cualquier golpe. Y Jones cargó contra ella.

Un rayo salió de la casa e impactó en el suelo incluso mientras Jones se abalanzaba sobre ella.

Al igual que en la ocasión anterior, le rasgó el vestido.

—¡Jones!

Ante la orden tajante de Owen, Jones, casi echando humo, regresó a regañadientes.

Y Dobbs conjuró fuego.

—Saliendo has debilitado el círculo, pero bravo por ti de todas formas. Dame eso. —Cleo cogió el retal negro y lo lio alrededor del anterior—. Uno de cada encontronazo. Uno del anterior y otro de este.

—La sal está siendo pasto de las llamas —advirtió Sonya.

—Sangre que derramaste, sangre que recogimos y sangre que entregamos gratuitamente.

El reloj marcó las tres.

Dobbs se quedó inmóvil y sonrió.

—Sangre. Mi sangre para sellar la maldición. No habrá horca para Hester Dobbs.

—Dale caña, Lafayette.

—La mezclo aquí con agua del mar.

Antes de que Dobbs pudiera trepar a la escollera, Sonya salió corriendo del círculo.

—¡Ven a por ellos! —exclamó mientras Trey echaba a correr tras ella soltando improperios.

Detrás de ellos, en la casa solariega, los truenos rugieron. Con una mano en la escollera, Dobbs miró hacia atrás. Sonya movió los dedos con las manos en alto.

—Asesinaste por ellos. Ahora los tengo yo.

—Ocho, ocho. Siete, ocho. ¿Dónde estaba el de la zorra? ¿El de Astrid Grandville? Ella no tenía ninguno. Sin embargo, era una novia, una novia.

—Efectivamente. Ella me lo entregó. —Sonya dio unos toquecitos con el dedo a la alianza de Astrid.

Es posible que el vendaval, que soplaba en todas las direcciones, hubiera tirado a Sonya en el instante en que Dobbs dio media vuelta desde la escollera. Pero Trey la sujetó.

—¡Más vale hacerlo ya! —exclamó Trey a voz en cuello.

—¡Maldito viento!

Owen se puso en cuclillas, ahuecó las manos y asintió con la cabeza a Cleo. Esta vez la llama se mantuvo.

—Hay que improvisar un pelín. Este retal de aquella ocasión, este de ahora, que ardan juntos.

Owen ajustó la posición de las manos mientras los trozos de tela negra se prendían.

—Conforme las llamas ascienden, arrojo al mar sangriento su fuego. Y con este símbolo pongo fin a tu maleficio para siempre. Con esta chispa desterramos las tinieblas. Con tu avaricia y tu odio sellas tu propio destino.

Cleo echó los retales en llamas en la olla.

—Venga, venga, tenemos que ayudarles. Como esto no funcione…

Los alaridos ahogaron el fragor de los truenos. Owen tiró de Cleo para levantarla.

—Me parece que lo hemos conseguido. Buen trabajo, Glinda.

El vestido negro de Dobbs fue pasto de las llamas. Mientras Dobbs chillaba, mientras pugnaba por apagarlas a manotazos, Trey tiró de Sonya hacia atrás.

—Señor. Dios mío.

El remolino de viento que Dobbs había conjurado alimentó las llamas.

Sus alaridos ahogaron el voraz sonido crepitante mientras giraba en círculo, sin dejar de sacudir las manos incluso cuando comenzaron a arder.

El cabello se le prendió, de sus bucles llameantes saltaron chispas al tiempo que trastabillaba y caía al suelo.

—No imaginaba… Ignoraba que ella… ardería.

—Ella selló su propio destino —le recordó Owen a Cleo.

Ardió, ardió dando gritos entre llamas que ascendieron hacia el cielo iluminado por la luna.

Los gritos cesaron, y el viento con ellos. En la casa se hizo el silencio y los únicos sonidos que se oían eran el embate del mar y el chisporroteo del fuego.

Las llamas se extinguieron.

—No queda nada. —Aún con el corazón aporreándole el pecho, Sonya se quedó mirando la zona del césped donde Dobbs había caído—. Ni rastro de ella.

—Porque se ha ido. —Trey se llevó la mano de Sonya a los labios y la besó—. Hemos acabado con ella, en el pasado y en el presente.

—Menudo equipazo. Venga, a chocar las manos todos. —Owen bajó la vista hacia la herida en la palma de su mano—. Será mejor que lo dejemos para luego. ¡La leche! Tenemos compañía.

Trey se giró en redondo, en guardia de nuevo.

Las siete novias aparecieron juntas, con la casa solariega detrás de ellas.

—Es como tu cuadro, Cleo. Igual que tu cuadro. —Sonya bajó la vista hacia los anillos que llevaba en las manos—. Han venido en busca de ellos. Tengo que…

—Adelante. Esperaremos.