Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

E n la casa solariega, en el presente, los libros salieron volando de las estanterías de la biblioteca.

Las ventanas se abrieron de sopetón, y entró una ráfaga de viento huracanado.

Mientras los perros ladraban como posesos y la gata siseaba como una serpiente, Trey y Cleo corrieron hacia la puerta doble de la terraza y se pusieron a empujar, a empujar contra el remolino de viento.

El techo se resquebrajó, y la sangre se derramó entre las grietas.

—¡Ya no parará! —exclamó Cleo a voz en cuello—. ¡No puede!

—¡Vamos a frenarla!

Consiguieron cerrar las puertas y, cuando Trey se disponía a cerrar las ventanas, la hoja que había junto a Cleo volvió a abrirse de sopetón y la tiró al suelo.

—¡Estoy bien! ¡Estoy bien! Ciérrala si puedes.

Mientras hablaba, Owen y Sonya aparecieron súbitamente a través del espejo y se desplomaron.

Trey levantó a Cleo antes de correr hacia ellos.

—Necesito un minuto. ¿Hay tiempo? —A Sonya le tembló la mano cuando la levantó hacia la cara de Trey—. Estás empapado.

—No pasa nada. —Él la arropó entre sus brazos y la meció.

—¿Cuánto? —logró preguntar Owen.

—Mierda. Estaba distraído. —Trey paró el cronómetro—. Veintiocho minutos y tres segundos. Estás hecho unos zorros.

—Tal como me siento. Dos más —consiguió decir al tiempo que Cleo se agachaba para sujetarlo—. Nos faltan dos.

—Voy a ver si consigo cerrar las puertas de nuevo.

—Pasa. Déjala que sople. —Sonya se sacudió el pelo y se incorporó con esfuerzo—. El aire frío me está espabilando. El de Catherine es el siguiente. No pasa nada, Yoda. No pasa nada. Vamos abajo.

A pesar de que las volutas de niebla se deslizaban por los suelos, el frío no calaba. «No tiene tanta fuerza como antes —pensó Sonya—. Pero yo tampoco».

Bajó la vista a sus manos, a las alianzas. La que Trey le había regalado, y todas las otras.

«No tengo tanta fuerza como antes», pensó de nuevo.

Pero la tendría.

—Catherine. —Sonya levantó la voz por encima de los fuertes golpes, del resonante dong del timbre, del vendaval, de los chasquidos y chisporroteos de los rayos—.

Es preciso que nos traslademos a la noche de bodas de Catherine.

Allí donde vagó en trance, antes de internarse en una tormenta de nieve que le causó la muerte bajo el hechizo de Dobbs.

Hemos de recuperar lo que le arrebataron con el fin de poder devolvérselo.

Se llevó una mano a la cabeza, que le daba vueltas, y presionó mientras Owen le agarraba con fuerza la otra. Con un asentimiento de cabeza, atravesó el espejo con él.

La casa solariega se hallaba a oscuras y en silencio.

—No veo una mierda —empezó a decir Owen—. Está oscuro como boca de lobo.

—Ella bajó las escaleras y…

Entonces ambos vieron la escena.

Una única luz de una única vela iluminaba a la mujer que bajaba lentamente por las escaleras. Catherine, en camisón, se hallaba en trance, con los ojos abiertos y la mirada perdida, los labios esbozando una sonrisa ensoñadora.

Sonya, sin vacilación y sin demora, avanzó en la oscuridad en dirección a ella.

—Lamento no poder salvarte.

Agarró la mano izquierda de Catherine, le quitó el anillo y se lo puso en la suya.

Catherine continuó caminando, en un ensueño, hacia el imponente portón doble de la entrada principal. Abrió una hoja y se internó en el grueso manto de nieve.

Owen agarró de la mano a Sonya.

—Falta uno.

Pese a que a Sonya le flaquearon las piernas, se negó a desfallecer. Y olvidó la debilidad cuando se internaron de nuevo en la negrura, atravesada por los haces de un par de linternas.

Se percató de la sangre en el rostro de Trey.

—Estás sangrando.

—Dobbs ha cargado contra mí. Él se ha interpuesto en su camino.

—Solo es un arañazo, guapa. Me ha lanzado un jarrón.

—A mí —corrigió Cleo—. Menudos reflejos tienes.

—Cuando es necesario. Una más, ¿vale, guapa? —Le plantó varios besos en la cara a Sonya—. Solo una vez más.

—Ya. —Ella, sorprendida, dejó escapar una risita—. Me encuentro mejor, me encuentro… bien.

—Se refiere solo a ella —terció Owen—. ¿Cuánto tiempo?

—Quince minutos y cuarenta y siete segundos. Queda tiempo de sobra.

—Con independencia de lo que quede, será suficiente. Hay que volver a la planta de arriba.

Avanzaron entre las volutas de niebla. El portón doble de la entrada principal se abrió con estruendo cuando comenzaron a subir las escaleras.

—Cuidado con los objetos que vuelan por los aires —advirtió Cleo—. Tiene menos fuerza, estoy convencida de ello, pero está mucho más mosqueada.

—No entiende lo que está pasando, no del todo. —Ahora animada, Sonya agarró la mano de Cleo—. Tenía siete anillos, y ahora tan solo le queda uno. No se lo explica.

—Y a lo mejor no recuerda. Somos intrusos, tal vez eso sea lo único que tiene claro.

—Ten a mano tu tridente de bruja porque estamos a punto de terminar.

El pasillo se llenó de humo, un humo que hedía a azufre. A través de él, se encaminaron hacia el dormitorio.

Ciertamente se sentía mejor, constató Sonya. No, no solo mejor: con energía.

—¡Astrid! —Tuvo que decir a voz en cuello por encima del fragor de los truenos—. Es preciso que veamos a Astrid en el día de su boda, cuando vino aquí para estar un rato a solas. Para mirarse con atención en el espejo… Dios, este espejo… No imaginé que…

—Continúa —la instó Owen.

—Tenemos que coger lo que le arrebataron con el fin de poder devolvérselo.

—Esta es la última incursión. —Trey la besó—. Estaremos esperando.

Al atravesar el espejo, se toparon cara a cara con Astrid Grandville Poole.

Vestida de blanco nupcial, ella retrocedió con los ojos como platos al tiempo que dejaba escapar un grito ahogado.

—¡Qué clase de brujería es esta!

—Astrid. No, no huyas. Owen.

—Tranquila —dijo él, y le sujetó los brazos.

Aterrorizada, Astrid se zafó de él y le dio un empujón. Con las fuerzas mermadas, Owen se tambaleó hacia atrás y cayó a través del espejo.

—Noqueado por una chica. —Alargó una mano para que Trey le ayudara a levantarse.

Pero, cuando se disponía a regresar, comprobó que el cristal del espejo era impenetrable.

—Maldita sea, no me permite atravesarlo. No es como antes. Me impide regresar.

—Ella está sola allí. —Trey apretó la mano contra el cristal—. Está sola.

Al otro lado, Sonya levantó las manos con un ademán.

—Astrid. Mírame a los ojos. Soy descendiente de Collin. Soy Sonya Poole.

—No, no. ¿Qué clase de vestimenta es esa? Has aparecido a través del espejo. ¡Es brujería!

—Pero no mía. Tú tocas el piano. Tocas Barbara Allen cuando te sientes triste. Organizaste una fiesta en la que tocaste el piano. Mientras Collin pasaba las páginas de la partitura y una mujer bordaba.

Mientras le describía la escena que había presenciado, Astrid reculó.

—Vete. Regresa al lugar de donde viniste.

—Lo haré, pero antes necesito algo. No disponemos de mucho tiempo. Lo siento. Lo siento mucho.

Asió con fuerza la muñeca izquierda de Astrid.

Astrid se quedó inmóvil. Miró a Sonya a los ojos.

—Una tras otra, nos conduce a la muerte. A las novias de Poole Manor. Coge el anillo, el primero que robó cuando derramó mi sangre, cuando me quitó la vida. Ten presente que esto nos libera, pero que no acaba ni acabará con ella.

Ella misma se quitó el anillo y se lo tendió a Sonya.

—Lo entrego, y por voluntad propia. Siete fueron arrebatados, siete han sido encontrados, siete se entregan.

—Gracias.

—Ya viene. Y el tiempo se agota. Márchate enseguida, y pon fin a su reino de muerte. Acaba con ella.

—Lo haremos. Lo juro.

Cuando Sonya atravesó el espejo, Trey la cogió en volandas y la sujetó con fuerza contra sí.

—Estás aquí. Has regresado.

—Uf, menudo viaje.

Como un descenso de un kilómetro de longitud en una vertiginosa montaña rusa.

—Me impidió atravesarlo. Me resultó imposible cruzar de nuevo.

Mientras Sonya se aferraba con el mismo ahínco a Trey, ladeó la cabeza hacia Owen.

—Me figuro que el último (o el primero) estaba destinado solo para mí.

—Eso es lo que le he dicho. —Cleo abrazó a Sonya.

Owen puso los ojos en blanco.

—Primero me tumba una chica, y ahora un abrazo de grupo.

Si bien es cierto que le costó admitirlo, sintió una agradable sensación.

—¿Cuánto tiempo ha sido esta vez?

—Nada menos que treinta y seis minutos y seis segundos.

—Deberíamos darnos prisa.

—Disponemos de tiempo. Toma. —Cleo le dio a Sonya una Coca-Cola fría—. Carga las pilas un poco. Ella lo ha hecho.

—¡Las tengo a tope! —No obstante, le dio un buen trago a la Coca-Cola—. ¿No se habrá pasado todo el rato desatando su furia así?

—Se calma durante cinco o seis minutos y después da rienda suelta de nuevo. Para mí que los perros van a necesitar terapia. Vayamos a por tu chaqueta. —Cleo besó a Sonya en la mejilla—. Y salimos.

—Astrid. Algo cambió cuando la toqué. Fue como si ella lo supiera…, lo mismo que Clover y Marianne.

Las palabras le salieron a borbotones. Aunque antes se sentía débil, mareada y con náuseas, ahora notaba un subidón de pura adrenalina como si se hubiera tomado un café exprés.

—Ella lo sabía, por eso me entregó la alianza. Dijo que eso las liberaría, pero que no acabaría con Dobbs. Lo mismo que dijiste tú.

—Pues vamos a hacerlo… entre todos.

—Le prometí que lo haríamos, así que más vale que esto funcione, Cleo. ¡Venga, hagámoslo! Guau, me siento como achispada, como colocada, pero de una forma alucinante. Mandemos a esa zorra de vuelta al infierno.

—Vale, guapa. —Al cogerla de la mano para frenarla, Trey les lanzó una elocuente mirada a Owen y Cleo.

—La cuestión es tener los anillos. —Mucho más entusiasmada que intranquila, Cleo esbozó una sonrisa de oreja a oreja—. Es tener los siete. Es poder.

Cleo le echó a Sonya una chaqueta sobre los hombros mientras esta se volvía hacia Owen.

—Estoy viajando a la velocidad de la luz.

—Eso parece. —Trey la arropó con la chaqueta, aunque, con el calor que ahora despedía su cuerpo, se preguntó si era necesario—. No vamos a dejar a los perros y a Pye en la casa. Ella sigue dentro, y…

Atrapó un candelabro al vuelo.

—Solo va a ir de mal en peor.

Owen cargó con la olla de cobre que Cleo sacó del armario.

—De todas formas, puede que los necesitemos.