Capítulo 30 #4
—La hemos visto, justo entraba —dijo Owen, inclinado hacia delante con la cabeza entre las rodillas mientras los perros aullaban y lo lamían—. Dejadme un poco de espacio, chicos. ¿Tiempo?
—Ocho minutos y veintitrés segundos.
—Qué raro. Se me ha hecho más largo que las dos veces anteriores. —Se enderezó—. ¿Te encuentras bien?
—Dentro de lo que cabe. Al menos esta vez vamos a permanecer aquí.
Allí, donde tenía la impresión de que el suelo se balanceaba bajo sus pies como la cubierta de un barco en un mar tempestuoso.
—Por Agatha. Nos gustaría ver a Agatha en el día de su boda. Es preciso que nos traslademos al pasado, a aquella noche en el salón de baile, antes de que muriera. Para coger lo que le arrebataron con el fin de poder devolvérselo.
Oyó el alarido rabioso de Dobbs al tiempo que las lámparas de araña comenzaban a balancearse.
—Por favor, tened cuidado.
La luz de las velas iluminaba el salón de baile. La música, más refinada, invitaba a las parejas a bailar un vals. Un joven Owen Poole, ahora el novio en vez del padre de la novia, bailaba con Agatha.
La novia, de porte regio y distante, parecía sumamente ufana. Su alianza llameaba.
—Él le pedirá que vaya a sentarse con Jane, su hermana gemela. La embarazada que hay allí.
—La veo. ¿Mantienes el tipo?
—Qué remedio. Ahora tengo el estómago un poco revuelto.
—No me digas.
Mientras Owen conducía a Agatha al encuentro de Jane, Sonya se tambaleó de nuevo.
—Perdona. La sala ha girado como un remolino.
—Este podría cogerlo yo.
—No, tengo que ser yo. Ya lo sabes.
Cuando echó a andar, se sintió más que medio borracha. Le pitaban los oídos y, por un segundo, vio doble. Antes de que la imagen se congelara, alargó la mano hacia el anillo.
Agatha dio una sacudida como si hubiera recibido un golpe, y acto seguido se quedó inmóvil, con los ojos abiertos de par en par y los labios entreabiertos.
—Lo siento —masculló Sonya, y se puso la alianza.
Esta vez Owen y ella se engancharon del brazo y, dando tumbos, se encaminaron hacia el espejo.
—Mierda, allá vamos.
A él le flaquearon las piernas y cayó de rodillas cuando lo atravesaron. Trey logró sujetar a Sonya antes de que le sucediera lo mismo.
—Todos me quedan bien —dijo ella mientras la cabeza le daba vueltas—. Sea cual sea el dedo en el que me los ponga, me quedan bien. Qué curioso. Tengo un poco de náuseas.
—«Poco» es un decir —consiguió decir Owen—. Igual necesitamos un cubo antes de que esto acabe.
—Están sangrando. Las paredes están sangrando.
Y el dong del timbre sonaba, la niebla había empezado a extenderse. Daba la impresión de que se estaba librando una batalla en la segunda planta.
—¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Puede que hayan sido los veintiún minutos y cincuenta y seis segundos más largos de mi vida. Y a ambos os faltan unas cuantas incursiones más. Ahora sí que estás blanca como el papel.
—Toma. He bajado corriendo a por esto. —Cleo le tendió una CocaCola a Sonya y se puso de rodillas para sostener la otra a Owen.
—Igual la vomito en el acto.
—Qué va. —Cleo le pasó la mano por la cara, pegajosa—. Van cuatro, faltan tres. A partir de ahí comienza la movida de verdad.
—Me matas, Lafayette. —Obediente, bebió—. Ahora toca el dormitorio, otra movida para expulsar los bebés. Por el amor de Dios, ¿cómo es posible que las mujeres accedan a eso?
En esta ocasión Sonya no puso reparos a que Trey la cogiera en brazos, ni Owen a que Cleo cargara con parte de su peso de camino abajo.
Ahora la puerta del salón dorado proyectaba un resplandor rojo, y había comenzado a latir.
—Marianne. —En el dormitorio, Sonya mantuvo el equilibrio cuando Trey la dejó en el suelo—. Es preciso que presenciemos cuando Marianne dio a luz a sus gemelos, Owen y Jane. Debemos…
Owen terminó la frase.
—Coger lo que le arrebataron con el fin de poder devolvérselo. Yo te sostendré, prima. Tú sostenme a mí.
Asintiendo con la cabeza, Sonya cruzó con él a la estancia donde el fragor del fuego caldeaba el ambiente y las velas titilaban para dar luz.
Y dos mujeres atendían a la que gritaba de dolor.
—Por el amor de Dios, tiene que haber una manera mejor.
La matrona se hallaba de rodillas en la cama entre las piernas de Marianne. El pequeño Owen, que ya había venido al mundo, berreaba.
Y la recién nacida, Jane, resbaló entre las manos de la matrona con un chillido estridente.
Llorando a mares, le resultaba inevitable llorar, Sonya avanzó hacia la cama. Esta vez, cuando la escena se paralizó, no le sorprendió que Marianne la mirara.
—Del verde de los Poole. Tus ojos. ¿Quién se hará cargo de mis bebés cuando me vaya?
—Su padre los querrá tanto como te quiere a ti. He de llevarme el anillo, Marianne.
—Se llaman Owen y Jane.
—Lo sé. Yo soy descendiente de ellos. Nosotros somos descendientes de ellos. Lamento no poder salvarte.
—Salva a mis bebés.
—Tendrán vidas buenas, largas y felices.
Sonya dio un paso atrás cuando la matrona sostuvo a la criatura entre sus manos. Con cinco de los siete anillos en los dedos, se volvió hacia Owen. Se apoyaron el uno en el otro para regresar.