Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

—Vale. Ahora lo haremos con pizza y cocacolas.

El tiempo continuó transcurriendo. Pasaron el último rato del día fuera, en los asientos que miraban al mar. Una luna en cuarto creciente surcó el cielo mientras ellos repasaban los planes, los pasos y las contingencias una vez más.

—Y a pesar de ello —comentó Sonya— no sabremos qué sucederá hasta el último momento. Todas y cada una de las veces.

—En cualquier caso, estamos lo más preparados que podemos estar —puntualizó Trey—. Cleo y yo nos ocuparemos de lo que quiera que maquine a este lado.

—Cuento con ello. Y Owen y yo haremos lo que debemos hacer al otro lado.

No obstante, ella se aferró, un minuto más, al aquí y al ahora: los cuatro juntos, la brisa fresca, la luna surcando el cielo, el incesante movimiento del mar.

—Bueno, hay que ponerse las pilas. —Owen se levantó y alargó la mano hacia Cleo.

Cuando entraron, los perros los siguieron escaleras arriba. Pye se abrió paso entre ellos.

—Puede que a Owen y a mí nos resulte más fácil atravesarlo donde se produjo cada suceso. En el caso de Johanna fue en las escaleras, de modo que… este es el lugar.

Los nervios amenazaron con apoderarse de ella de nuevo; Sonya los aplacó.

—Bien. Ojalá pudiera verla de nuevo, a Johanna, el día de su boda, cuando subió corriendo por esta escalera para cambiarse de zapatos. Es preciso que Owen y yo nos traslademos a ese momento para coger su alianza con el fin de devolvérsela. Nosotros…

El espejo apareció, como esperando.

—Dios mío. Vale. Owen.

—Sí, lo veo. Más que movimiento, veo formas borrosas. Oigo música.

Rápidamente, Sonya se volvió hacia Trey.

—Cuidad el uno del otro, y de los perros y Pye.

—Cuenta con ello.

—Cleo…

—No te preocupes por nosotros. —Cleo miró a Sonya y acto seguido a Owen—. No os preocupéis.

—Faltan diez segundos para la medianoche. —Trey asió con fuerza la mano de Owen al tiempo que besaba a Sonya.

A continuación, se apartó.

—Es la hora.

Atravesaron el espejo. Trey puso en marcha el cronómetro que sostenía en la mano. Cleo posó la mano sobre el impenetrable cristal e instantes después la dejó caer.

—Lo conseguirán. Están destinados a hacerlo. Y sin embargo…

—Totalmente de acuerdo contigo.

Al otro lado, Sonya y Owen aparecieron en el mismo lugar, donde el aroma de las flores flotaba en el aire.

De pronto, la puerta principal se abrió y Johanna, radiante, entró rauda y enfiló las escaleras. Con una risita, se detuvo y se quitó los brillantes zapatos de tacón alto.

—No nos ve —dijo Sonya por lo bajo—. Una parte de mí abrigaba la esperanza de que nos viera.

Con la mano posada en el vientre, donde se gestaba el germen de una nueva vida, Johanna subió al trote el resto de los escalones. Giró en círculo, con una oleada de felicidad que arrasó con todo en su camino.

—Irá al dormitorio principal, a quitarse los zapatos de novia.

—Debes intervenir.

—En el dormitorio. Lo haré cuando ella esté allí.

Siguieron a Johanna mientras esta se internaba en el pasillo dando brincos y cruzaba la puerta doble del dormitorio.

Tras descalzarse, se quedó de pie sonriendo, resplandeciente mientras sopesaba las opciones.

—Bueno, al infierno con los zapatos —empezó a decir.

Y la escena se congeló.

—Oh, entonces es así como será. —Muy a su pesar y movida por una gran determinación, Sonya avanzó hacia ella—. Lo siento, siento mucho no poder hacer más. Te lo devolveré, lo juro.

—Cleo dijo que te lo pusieras.

Sonya lo deslizó en el dedo corazón de la mano izquierda, donde, por un instante, relució.

—Venga —Owen la agarró del brazo y tiró de ella—. No pienses en ello ahora.

—En apenas unos minutos, ella…

—No podemos impedirlo.

—Viene Dobbs. ¿Notas su presencia?

—Sí, la noto.

Owen prácticamente empujó a Sonya a través del espejo y saltó detrás de ella.

Trey la sujetó.

—Once minutos y cuarenta y dos segundos. Estás pálida.

—Me encuentro algo mareada. —A pesar de ello, levantó la mano en la que la alianza de Johanna brillaba junto a la suya.

—No hemos estado allí más de tres minutos —dijo Owen—. ¿Ha pasado algo a este lado?

—Nada. —Cleo posó la mano sobre la mejilla de Owen—. Tú también estás un poco pálido.

—Ha sido un viaje movidito. ¿Todo bien? —le preguntó a Sonya.

—Sí. Ahora toca el de Clover. —Como sabía que este sería el mayor trago, cerró los ojos—. Tenemos que ir al dormitorio. Donde dio a luz a Collin y a mi padre. Donde falleció.

Clover, comprensiva, respondió con In the Name of Love [«En nombre del amor»].

De camino al dormitorio, oyeron un grito estentóreo procedente de la segunda planta.

—No ha conseguido el séptimo anillo —dijo Cleo mientras se oía un estruendo como de un cañonazo.

—Es preciso que veamos a Clover y a Charlie, que presenciemos el nacimiento de Collin Poole y Andrew MacTavish. Es preciso que estemos presentes, que recuperemos lo que le arrebataron con el fin de poder devolvérselo.

Cuando apareció el espejo, Owen vio movimiento en el cristal, el reflejo intermitente del fuego, y oyó música: I Only Want to Be with You [«Solo quiero estar contigo»].

—Cubríos las espaldas —aconsejó a Trey y a Cleo. Tras coger de la mano a Sonya, tiró de ella justo cuando el fuego se avivó con fragor en el presente.

Cleo se sacó la varilla de salvia del bolsillo y la prendió.

—Puse amuletos de protección en cada espacio que Sonya me indicó. Si no fuera suficiente…

—Nos las arreglaremos.

Por segunda vez, Sonya fue testigo del nacimiento de su padre, oyó su primer llanto.

—Hostias. —Fue lo único que Owen consiguió decir.

—Es mi padre. Charlie tiene a mi padre en los brazos. —Un mar de lágrimas le empañó la vista. Deseaba tocar, tocar una única vez el pequeño y nuevo ser que se convertiría en el hombre al que tanto había querido.

Por un momento, juró que el bebé la miraba con los ojos de su padre. Ella alargó la mano y acarició con un dedo su suave mejilla.

—Tío, lo siento en el alma, Sonya, pero tienes que coger el anillo.

—Lo sé. Voy a hacerlo.

Cuando puso la mano sobre la de Clover, la escena se congeló. O eso le pareció.

La mano de Clover se movió bajo la suya. Ladeó la cabeza y esbozó una tenue sonrisa.

—¿Has venido a ver a los bebés? Charlie y yo hemos tenido dos niños monísimos. Hey, tú tienes los ojos de Charlie. Y tú.

—Lo sé. Son monísimos, igual que tú. Lo lamento. He de llevarme tu anillo de momento. Te lo devolveré.

—Estoy muy cansada —dijo Clover cuando Sonya le quitó la alianza y se la puso en el dedo anular de la mano derecha—. Pero no tengo más remedio que amamantar a los bebés. Me necesitan. Voy a ser una madre buenísima.

—La mejor.

A Clover se le aclararon los ojos, exánimes, durante unos instantes.

—Ella no tardará. Debes darte prisa.

Sin dar tiempo a Sonya a poder hablar de nuevo, Owen tiró de ella a través del espejo.

—Ella lo sabía. —Sonya se llevó las manos a la cara—. Ella lo sabía.

Trey la rodeó con sus brazos.

—Dieciocho minutos exactamente. Venga, hay que continuar. —Cuando se disponía a cogerla en brazos, Sonya se echó hacia atrás.

—No, puedo caminar. Lo haré. Ella lo sabía, y nos ha advertido que nos apresuremos. Ahora hay que ir al salón de baile.

Los fuegos de las chimeneas rugieron en todas las habitaciones, y las luces parpadearon. Los perros ladraron al unísono al llegar a la segunda planta. Jones, soltando un ladrido gutural, dobló en dirección a la puerta del salón dorado, cuya silueta enmarcaba un resplandor rojo vivo.

—¡Jones!

Ante la áspera orden de Owen, el perro gruñó, pero lo siguió.

Jadeante, más que algo mareada, Sonya comenzó a invocar al espejo antes de llegar al salón de baile.

—Debemos trasladarnos al día de la boda de Lisbeth. A donde la gente bailaba mientras la banda tocaba. Es preciso que cojamos lo que le arrebataron con el fin de devolvérselo.

El espejo apareció.

—Si necesitas un minuto…

—No. —No obstante, Sonya le estrujó la mano a Cleo. Y esta vez fue ella quien condujo a Owen a través del espejo.

Las luces resplandecían mientras mujeres con maravillosos vestidos de gala bailaban con hombres ataviados con trajes negros de etiqueta, con camisas blancas de cuello rígido.

Sonya vio a Owen Poole, el orgulloso padre, sonriendo de oreja a oreja al tiempo que guiaba a su joven y hermosa hija en un rápido fox-trot.

—Estoy contentísima, papá. Es el día más feliz de mi vida.

—Me consta que he de entregarte a tu esposo de nuevo.

—¡Mi esposo! —Echando la cabeza hacia atrás, Lisbeth se rio—. Soy una esposa.

—Pero siempre serás la niña de mis ojos.

—Va a aparecer en breve —recordó Sonya.

Tuvieron que abrirse paso entre los bailarines, y seguidamente entre los camareros que repartían copas de champán.

Una vez junto a Lisbeth, Sonya procuró no fijarse en ese joven rostro radiante, sino en la alianza de su mano, posada sobre el hombro de su padre.

La música cesó, al igual que todo movimiento.

—Lo lamento, Lissy. —Le quitó el anillo del dedo a la novia y se lo puso en el suyo.

Apenas habían comenzado a deshacer el camino cuando la música empezó a sonar de nuevo. Sonya tropezó con una pareja de bailarines. Aunque logró recuperar el equilibrio, pensó que le había perdido la pista a Owen.

Se detuvo y miró hacia atrás.

—¡Ya viene! ¡Vamos!

Entre las risas, los bailarines, y acto seguido los gritos, Sonya echó a correr. Atisbó durante un segundo cómo Dobbs aparecía levitando en el salón de baile mientras ella y Owen prácticamente caían al otro lado del espejo.

A un salón de baile cuyas paredes habían comenzado a agrietarse.

Cuando Sonya se tambaleó, Trey la sujetó por la cintura.

—Se está empleando un pelín más a fondo.