Epílogo
E n junio, las flores cobraron esplendor. El aire se suavizó, se endulzó. La música sonaba en el jardín, con docenas de sillas con fundas blancas mirando hacia la pérgola. La glicinia se derramaba sobre ella como una cascada.
Y, en junio, Sonya se convirtió en una novia.
Permaneció inmóvil con su elegante y sencillo vestido blanco mientras su madre le colocaba la corona de pimpollos de rosas con las tonalidades del arcoíris sobre el pelo. Sonya se decidió por un tocado floral en homenaje a Clover.
Lucía los pendientes de diamantes y zafiros que Collin había dejado en herencia a su madre, llevando así algo viejo, prestado y azul a la vez.
—Estás guapísima, cariño.
—No puedes llorar antes de que comience siquiera.
—Sí que puedo.
—Toma un poco de esto. —Cleo, con un atrevido vestido largo de color rojo, le ofreció a Winter una copa de champán.
—Y tú eres la próxima.
Cleo sonrió, con aire ufano, contemplando el anillo —vintage y llamativo— que llevaba en el dedo.
—Todavía falta mucho tiempo para eso. Pero las obras de la casa están avanzando. Hoy vamos a brindar por la magnífica novia y su apuesto novio. Que de hecho lo está, ya que fisgué cuando salí hace un rato.
—Ojalá tu padre pudiera estar aquí. Estaría muy orgulloso.
—Lo está, mamá. Sé que lo está. Estará con nosotras cuando me lleves al altar. De modo que este brindis va por mi madre y mi padre, que me proporcionaron todo cuanto necesitaba para acabar aquí, donde deseo estar, en mi sitio, donde soy feliz.
—¿Y pretendes que no me emocione?
Sonya se limitó a abrazarla.
—Si te estropeas el maquillaje, lo retocaremos.
Voy a tener la boda de mis sueños, rodeada de la gente a la que quiero.
Voy a casarme con el hombre al que amo, un hombre que me entiende, que me escucha, que me ama.
Un hombre que me consta que estaría dispuesto a caminar por el fuego no solo por mí, sino conmigo.
—Has luchado por eso, Son.
—Hemos luchado por eso. —Chocaron sus copas—. Os quiero muchísimo a las dos.
Tras el brindis, Cleo agarró a Winter de la mano.
—Dame cinco minutos para retocar el maquillaje a tu madre en el cuarto de baño. Después es hora de bajar.
—Yo estoy lista. Cuando me digáis.
Sonya se volvió hacia el espejo y, acto seguido, de nuevo al ver a Clover.
—No quería, en fin, entrometerme.
—Tú nunca te entrometes.
—Estás absolutamente impresionante. Solo quería decirte… Me voy a emocionar un poco. Estoy contentísima, muy pero que muy orgullosa, sobrepasada de muchísimas cosas. Bueno, cuando Trey te vea se va a quedar patidifuso.
Clover le lanzó un beso y desapareció sin más.
Cuando Cleo y Winter salieron del baño, Sonya las miró inclinando ligeramente la cabeza.
—Qué guapas estáis las dos. —Cogió el ramo de flores—. Venga, vamos a dejarlos patidifusos.
De camino abajo, Cleo envió un mensaje de texto para que pusieran la música.
Tras dar un último abrazo a Sonya, salió mientras Etta James entonaba At Last [«Por fin»].
—¿Nerviosa, cariño?
—Ni siquiera un pelín. —Agarrada de la mano de su madre, cruzó el umbral.
Sintió la presencia de su padre, percibió su fragancia y, cuando su madre le apretó con fuerza la mano, supo que ella también la sintió.
Vio a sus amigos, a la familia de Trey y a la suya, a la de Cleo.
Y a las siete novias con sus respectivos novios que permanecían en la casa. Vio a Molly y al personal que seguía allí.
«Amor y luz», pensó. Hasta el punto que parecía colmar el mundo.
Después tan solo vio a Trey, esperándola. Vio el corazón reflejado en aquellos ojos de un azul intenso.
Así pues, le sostuvo la mirada mientras avanzaba hacia él para intercambiar las simbólicas alianzas y jurarle una vida de amor eterno.
Amor eterno, creando una vida y una familia en la antigua casa señorial conocida por los lugareños como Lost Bride Manor.