Capítulo 30
D esde el último episodio, Trey organizó su agenda con el fin de acompañar a Sonya cuando bajara al gimnasio. Puesto que ella entendió sus argumentos, en realidad no le importó. Sin embargo, sí que conllevó prescindir de esa hora entera dedicada a sí misma.
Además…
—Estás ahí levantando barras de doscientos kilos, y yo haciendo curls de bíceps con mancuernas de seis kilos. Es deprimente.
—Setenta kilos, y además soy más corpulento que tú, guapa —contestó Trey al terminar la última ronda y colocar las barras en el soporte.
Cuando él terminó la serie, ella repitió:
—Es deprimente. Pero se compensa con esa pinta tan sexy que tienes cuando flexionas los brazos y sudas.
—Lo mismo digo.
—Estoy a punto de terminar de sudar con pinta sexy por hoy. Es hora de realizar mis estiramientos para relajarme.
Él tuvo que admitir que disfrutó de lo lindo observando cómo se doblaba y estiraba.
Trey completó las distintas series y estaba a punto de ponerse a realizar estiramientos también cuando la campanilla del salón dorado empezó a sonar con estrépito.
—Por lo visto alguien se ha despertado. Hace tiempo que no arma jaleo.
—Hace más frío.
—Sí, lo noto. —Con la calma de un lago, Trey hizo un estiramiento de bíceps—. Si has terminado, vete para arriba. Yo solo necesito unos minutos más.
—Si tú te quedas, yo me quedo.
Mientras él continuaba estirando, sonaron más campanillas.
—Da la impresión de que las está tocando todas a la vez. —Procurando imbuirse de su calma, Sonya dobló la pierna hacia atrás y sostuvo el pie contra las nalgas para estirar el cuádriceps—. Eso es una novedad.
La música cambió de un ritmo animado a un áspero y desapacible sonido de batería. Y a todo volumen.
—Solo está dando la lata. —Trey se encogió de hombros y se puso a estirar los tríceps.
Sonya se dio cuenta de que estaba provocando a Dobbs. Mantuvo la calma y se preparó. Podía hacer lo mismo que él.
—Ahora me resulta más fácil pasar olímpicamente de sus pataletas. Yo solía hacer de canguro de un niño de dos años que las armaba de órdago.
De pronto, una mancuerna cayó del soporte y rodó en dirección a ella.
Sonya la sorteó mientras otra se estampaba contra el suelo.
Entonces, las correas de ejercicio se soltaron de los ganchos y salieron volando.
Trey atrapó una al vuelo, que serpenteó en el aire con un sonido sibilante.
Cuando el extremo ondeó bruscamente hacia su cara, Trey tiró de este hacia atrás con fuerza con una mano, y acto seguido, con las dos manos, hizo un nudo a los enganches.
Cuando Sonya se disponía a agarrar otra, esquivó por los pelos una mancuerna de diez kilos que se movía a toda velocidad hacia ella girando en el aire.
—Así entrenamos un poco más. —El propio Trey empuñó la correa de un tirón, la enrolló alrededor de la otra y la anudó.
Entre fascinada y horrorizada, Sonya observó cómo las correas se retorcían, parecían azotarse entre sí. Trey la sujetó por los codos y la levantó en volandas cuando otra pesa rodó hacia ella.
De pronto, en la gran pantalla de la pared apareció una cortina de sangre, detrás de la cual se oyeron gritos desgarradores.
Él notó que ella temblaba, no debido al miedo —o no del todo, concluyó—, sino al frío que calaba los huesos.
Las luces comenzaron a encenderse y apagarse sin cesar. Sonó el fuerte dong del timbre, cuyo eco resonó, y volvió a sonar. Se oyó una sucesión de portazos como disparos, y los ladridos de respuesta de los perros.
—Trey, Cleo está en la segunda planta. Está sola.
—Vamos.
La puerta se resistió y acto seguido se abrió tan de repente que Trey estuvo en un tris de recibir un buen golpe en la cara. Acto seguido a punto estuvo de soltar el tirador cuando la puerta se desplazó bruscamente para cerrarse.
—¡Venga!
Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas con el fin de sujetarla para que ella saliera. Sonya empujó la puerta para ayudarle a colarse por el hueco.
La máquina de pinball, recién instalada, empezó a emitir timbrazos y estridentes sonidos metálicos. La voz cavernosa de Gorgar gritó: «¡Os he vencido! ¡Os he vencido!».
Puede que Sonya hubiera echado a correr, pero Trey la sujetó del brazo y se encaminó tranquilamente hacia los escalones.
En las escaleras, volutas de humo ascendían entre los peldaños. Sonya oyó el chisporroteo de la madera al tiempo que la puerta del pasadizo se abría de sopetón y se cerraba de un portazo.
—No es real —le dijo Trey por lo bajo—. Los escalones son tuyos, de tu casa.
Ella titubeó al ver que una llama se prendía entre los peldaños. Entonces oyó el chillido de Cleo. Eso fue todo cuanto hizo falta para que subiera al trote.
Una vez en lo alto de la escalera, Trey la adelantó.
Se oyeron gritos y lamentos atormentados procedentes de la biblioteca, donde los libros volaron como misiles. Todas las puertas se combaron y, tras ellas, se oyeron bramidos. Los dos perros, soltando ladridos roncos de advertencia, pateaban la puerta del cuarto de Cleo.
La sangre goteaba de las grietas de las paredes, cada vez más anchas.
Justo delante de Sonya, Trey dio un empujón contra la puerta de Cleo. Cleo gritó de nuevo a voz en cuello por encima de los espantosos sonidos del interior.
—¡No toques el pomo! —espetó cuando Sonya alargó la mano—. Dobbs lo ha congelado. Voy a intentar echar la puerta abajo.
Cuando retrocedió para darle una patada, todo cesó.
—¡Espera! —Tras quitarse la camiseta a tirones, Trey se la lio alrededor de la mano y giró el pomo.
En el instante en que la puerta se abrió, Sonya entró como una exhalación.
Cleo yacía en el suelo, sujetando a la gata con un brazo. Sonya prácticamente se lanzó en picado hacia ella.
—¡Cleo! ¡Cleo! —La incorporó para acurrucarla mientras los perros pululaban a su alrededor, aullando y lamiéndola.
—Dadle un poco de espacio. Vamos, chicos, apartaos. —Trey se puso en cuclillas—. ¿Estás herida?
Pese a que Cleo negó con la cabeza, su gesto fue más de confusión que de negación. Su precioso rostro se hallaba demacrado y macilento, en contraste con sus ojos, desencajados y brillantes.
A través de las ventanas, todas abiertas, soplaba el aire fresco de finales de octubre. Trey se enderezó y cogió una manta de la cama.
—Échasela por encima.
Le lanzó la manta a Sonya y, pese al hedor que se respiraba en la habitación, cerró las ventanas.
—Vamos a meterte en la cama.
Acurrucada contra Sonya, Cleo negó con la cabeza en dirección a Trey.
—No. Dios, qué peste. Vamos abajo, a beber algo caliente. Tengo un frío de muerte.
—Te tengo. Yo la sujeto —le dijo Trey a Sonya al tiempo que cogía en brazos a Cleo—. Baja y ve preparando té. Bien cargado. ¿Sabes si estás herida?
—Creo que no. —En cualquier caso, dejó caer la cabeza sobre el hombro de Trey—. Tengo frío. Me cuesta respirar. Estoy conmocionada. Daba…, daba la impresión de que la casa estaba derrumbándose a mi alrededor.
—Sigue en pie. —Él le plantó un beso en el pelo.
—Todo el mundo está bien. Nadie ha resultado herido. Ni siquiera sé qué hora es.
—Las ocho y pico.
—Dios, una razón más para odiarla.
En la cocina, Sonya tenía la tetera en marcha, y una taza de café preparada.
—Para entrar en calor mientras se hace el té. Vamos al comedor, Trey. La chimenea es más grande.
Cuando Trey depositó a Cleo en un sillón, la gata se acomodó en su regazo, y los perros a ambos lados.
—Bébete eso y recupera el aliento. ¿Te duele algo?
—Más que nada me parece que me he caído de culo. Igual también me he dado un pequeño coscorrón.
Trey se colocó detrás de ella y le palpó la cabeza bajo la mata de pelo para comprobar si tenía alguna herida.
—No lo bastante fuerte como para que te salga un chichón.
—Por suerte para mí. —Cleo cerró los ojos y le dio un sorbo al café—. Necesito solo un minuto más.
En la tableta, los Eagles comenzaron a cantar Take It Easy [«Tómatelo con calma»].
—Exacto. Tómatelo con calma. La tetera ya está puesta.
—El de ashwagandha , Son.
—¿De qué?
Cleo sonrió ligeramente a Trey mientras Sonya iba a la cocina.
—Es bueno para el estrés, la ansiedad y el trauma emocional. Sonya sabe cuál es.
—Muy bien. —Trey le puso la mano en el hombro, aliviado de que ya no temblara—. Voy a dejar que los chicos salgan un rato.
—Los oí ladrar. Me alivió saber que estaban allí. —Cleo cerró los ojos y acarició a la gata, que seguía en su regazo—. Ella está bien aquí.
—Dejamos salir a los perros antes de bajar al gimnasio —dijo Sonya en voz baja mientras Trey los conducía a la puerta.
—Ya. Alguien les permitió entrar para que intentaran ayudar.
Metallica rugió con The House Jack Built [«La casa que Jack construyó»].
—Gracias, Jack.
Mientras el té reposaba, Sonya hizo más café.
Llevó todo al comedor y seguidamente apartó el resto del café de Cleo.
—Media cucharadita de miel, justo como te gusta.
—Gracias. Y gracias por cargar conmigo, Trey. Dudo que las piernas me hubieran respondido.
—Cuéntanos, Cleo —sugirió Sonya—, y luego te contamos nosotros. ¿Qué ha pasado?
—He tenido un brusco despertar. Estaba como un tronco y, de buenas a primeras, me encuentro levitando a un metro del suelo.
Después comenzaron los golpazos, el estruendo, el fuego se puso a rugir como en una fragua, pero en la habitación hacía tanto frío como en una cámara frigorífica.
Un ruido ensordecedor. La sangre resbalaba por las paredes.
Luego, al caer al suelo, creo que grité antes de que el golpe me cortara la respiración. Pye siseaba, con el lomo arqueado.
Tras beber un sorbo de té, le estrujó la mano a Sonya.
—Exactamente como me gusta. Me disponía a bajar a buscarte, porque había un estrépito de porrazos, campanazos, aullidos… Entonces las ventanas se abrieron de sopetón, y lo vi. Lo vi enfilar hacia mí.
Incapaz de parar de temblar, hizo una pausa.
—El pájaro ese de Dobbs —continuó—. Y esta vez las ventanas estaban abiertas. He procurado poner amuletos de protección alrededor de la casa, pero no soy Imogene Tamura. Tampoco tenía la puñetera pistola de balines a mano.
Hizo otra pausa y bebió más té. Algo más recompuesta, prosiguió: