Capítulo 29 #3
—Si empezara con el de Astrid, podría afectar a las sucesivas. No había caído en eso.
—Y allí el tiempo transcurre de forma diferente que aquí —señaló Trey—. Ese es otro factor que hay que tener en cuenta.
—Lo mismo que el bucle de los sucesos a las tres de la madrugada.
—Cleo entrelazó las manos y las posó sobre la mesa—.
Hay que hacerlo, desde el principio hasta el final, antes de las tres.
Si comenzáramos a medianoche en Samhain, justo un segundo después de la medianoche, dispondríamos de tres horas para hacerlo, y para librarnos de Dobbs.
Porque romper la maldición no es moco de pavo; es algo descomunal, pero eso no acabará con ella.
Pondrá fin a su maleficio, pero no acabará con ella.
—Y esto no terminará, no cesará, hasta que acabemos con ella. ¿Tienes alguna idea de cómo hacerlo? —preguntó Owen.
—Tal vez. Es algo sobre lo que he estado reflexionando. Y me gustaría consultar a mi grand-mère . Otra razón para esperar hasta Samhain.
—Será entre los cuatro. Seremos necesarios los cuatro. —Sonya miró en torno a la mesa—. Si algo tengo claro es eso.
—Todos nos protegeremos con amuletos. No me mires así —dijo Cleo cuando Owen puso los ojos en blanco—. En eso soy inflexible. Voy a pedirle a mi grand-mère que me envíe algo para ti y para Trey.
Puede que no secundara la idea, pero Trey se encogió de hombros.
—No podría hacernos ningún mal. Es necesario provocarla. En el supuesto de que no le dé por emplearse a fondo ese día o la víspera, hay que hacer que muerda el anzuelo y consuma parte de su poder, de su energía.
—Que se le agoten las pilas un poco. —Owen asintió con la cabeza—. Buena idea.
—Y eso nos corresponde a ti y a mí.
—Mejor todavía.
—Oye, un momento…
—No. Sonya, ¿cuántas veces habéis tenido que enfrentaros a ella Cleo y tú, o tú sola, por vuestra cuenta?
Deja que cargue contra Owen y contra mí.
Eso la distraerá, hará que se ponga a la defensiva y mermará sus fuerzas.
Eso os brindará más posibilidades a ti y a Owen, a los cuatro.
Vamos a acabar con esto, y con ella. —Agarró con fuerza las manos de Sonya—.
Y, a partir de ahí, a vivir nuestras vidas.
Tú, yo, Owen y Cleo. En cuanto a las novias…
Se marcharán, se quedarán, vete tú a saber. Pero serán libres.
—¿Y si alguno de vosotros resulta herido antes de que podamos recuperar los anillos?
—El que no arriesga no gana —terció Owen.
—Te mueres de ganas de darle un bofetón.
Él se encogió de hombros en dirección a Cleo.
—Sería la primera mujer a la que se lo doy, pero la verdad es que no la considero una mujer.
De modo que, sí, me gustaría darle un bofetón.
Me conformaré con buscarle las cosquillas y sacarla de sus casillas antes de ponernos con lo demás.
—Miró en torno a la mesa—. Al parecer prácticamente ya tenemos un plan.
—Es preciso perfilarlo un poco y llenar algunas lagunas, pero sí. —Trey apuró su café—. Prácticamente ya tenemos un plan.
Permanecieron sentados una hora más perfilándolo, llenando cuantas lagunas pudieron. En ese rato, Owen dejó salir a las mascotas y regresó con las palomitas olvidadas.
—¿Por qué desperdiciarlas?
—Ahí le has dado. —Cleo cogió un puñado—. De todas formas, esto es mejor que una peli de miedo.
Antes de subir a acostarse, se detuvieron junto a la sala de música.
—Tengo que decirle a mi madre que hemos encontrado el retrato de Astrid, y que lo pintaron mi padre y su hermano. Me pregunto si conversaron, si rieron, si se hicieron las típicas confidencias entre hermanos.
—Me gustaría pensar que sí.
—¿La pondrás al corriente del resto?
Ella negó con la cabeza hacia Trey.
—No. Se preocuparía, y se empeñaría en venir. Prefiero evitarlo. La pondré al corriente una vez que esté hecho.
Cuando subieron, ella se acercó a la ventana.
—Una noche, más pronto que tarde, nos asomaremos y no presenciaremos cómo se arroja al vacío. Se habrá ido.
Trey la rodeó con sus brazos por detrás y miró hacia fuera por encima de su hombro.
—Es normal que estés nerviosa, Sonya.
—Lo estoy. Nerviosa por si no soy lo bastante rápida o perspicaz. Nerviosa por si las defraudo.
—Eso es lo último por lo que deberías ponerte nerviosa. Serás lo bastante rápida y perspicaz. No defraudarás a nadie.
Ella daba importancia a las palabras. Y las suyas, de fe y apoyo, lo eran todo.
—Yo pensaba que, cuando realmente tuviéramos las respuestas, simplemente actuaría. Pero no es tan sencillo. Ya sé que he de recuperar los anillos. Ya sé que es lo que ellas anhelan, lo que necesitan. Pero eso no quita que se me rompa el corazón.
—Se los devolverás.
—¿Eso crees? —Se volvió hacia él y lo abrazó—. ¿Me crees capaz de hacerlo, de alguna manera?
—Sí. Porque no son tuyos. —Se llevó las manos de Sonya a los labios—.
El tuyo te lo daré yo. ¿Qué te parece en junio, justo al comienzo del verano?
Aquí, en la casa solariega. Algo íntimo y sencillo, o a lo grande y ostentoso, lo que tú prefieras.
Cásate conmigo, Sonya. Formemos una familia juntos. Construyamos una vida juntos.
—Sí, sí, sí. —Tomó la cara de Trey entre las manos y fundió los labios con los suyos—. Quiero el anillo que me regalarás, y quiero regalarte el tuyo. Por mí, bien en junio.
Lo besó de nuevo mientras él la levantaba en volandas para llevarla en brazos a la cama.
—Y quiero algo medianamente grande y la mar de bonito. Quiero que la casa solariega se llene de flores, gente y música. Pero, por encima de todo, te quiero a ti.
Rodó con él para colocarse encima y derramó una lluvia de besos sobre su rostro.
—Y no pienso hacer caso a Mick. Pienso conseguir exactamente lo que quiero. Nada va a impedírmelo.
Más tarde, soñó que caminaba una noche bajo la luz de la luna con el perfume de las flores impregnado en el aire. El mar se mecía, surcado por el reflejo de la radiante luna llena.
Oyó música suave y evocadora, y, ataviada con un largo vestido blanco, se balanceó al son y giró en círculo. Al levantar la mano, contempló el destello de la alianza que llevaba en el dedo a la luz de la luna.
Era una novia. Era una esposa.
Amaba, y era amada.
Rebosante de felicidad, giró en círculo de nuevo.
Y vio a Hester Dobbs.
—No.
—¿Acaso pensabas que podías arrebatarme lo que es mío? ¿Mi hogar? ¿Mi mundo?
Cuando extendió las manos, Sonya se percató del brillo reluciente de los siete anillos.
—¿Pensabas que podías arrebatármelos? Mira cómo brillan, mira cómo relucen. ¡Para mí! ¿Y osas convertirte en una novia? ¿Como ellas?
Ellas yacían sobre el césped, con los vestidos blancos empapados de sangre, los rostros mortecinos, rodeadas de flores marchitas. Las siete.
—Y, como en el caso de ellas, me apodero del símbolo.
Incapaz de huir, incapaz de soltar el grito ahogado en su garganta, Sonya se quedó paralizada. Pero notó el frío gélido cuando Dobbs le sujetó la muñeca con fuerza y le quitó el anillo del dedo de un tirón.
—Ahora te sumarás a ellas. Ahora hay ocho. Llegarán más, llegarán más, morirán más. Solo yo soy eterna.
Aunque remisa, Sonya no pudo evitar encaminarse hacia la escollera, no puedo evitar trepar a ella y apostarse sobre las rocas y el embate de las olas.
—Adoras ese sonido. Adoras esa estampa. Así pues, ahí está tu muerte. Ahora salta, salta cada noche durante mil años.
En contra de su voluntad, en contra de los dictados de su corazón, saltó.
Al notar que caía, al ver las rocas esperando, se despertó.
Como se incorporó de un respingo en la cama, Trey se despertó.
—Sonya.
El grito que emanó de su garganta pugnó por aire.
Se encontraba allí, entera, viva.
—Una pesadilla. —Tomando grandes bocanadas de aire, trató de ralentizar los latidos de su corazón, desbocado—. ¿Qué hora es? ¿Qué hora es?
—Son casi las cinco.
No eran las tres, no era la hora de Dobbs, pensó aliviada al acurrucarse contra él.
—Un sueño angustioso, eso es todo.
—Cuéntamelo.
Como quería evitar revivirlo, como le resultaba insoportable, negó con la cabeza.
—Ya ha pasado.
Se acurrucó contra él y cerró los ojos.
«Ya ha pasado», pensó de nuevo. Y ella seguía allí.