Capítulo 29
A pesar de todo lo ocurrido, o tal vez debido a ello, Sonya insistió en colgar la decoración de Halloween.
Compraron calabazas auténticas y ornamentales, y sacaron la colección de adornos de Collin.
En el surtido, Sonya encontró una larga guirnalda de farolillos que rezaba: «B IENVENIDOS A LA CASA DE LOS FANTASMAS ».
—¡Es ideal!
Como Trey la recordaba de su infancia, sintió una súbita punzada de melancolía.
—¿Dónde diablos vas a colocarla?
—Lo suyo sería colgarla bajo la media torrecilla. Tiene la longitud perfecta.
—Allí es donde siempre la enganchaba Collin.
—Ah, ¿sí? ¿Ves? Genial.
—La verdad es que quedaba bastante chula. —Owen añadió, entre dientes—: Iré a por la escalera.
—¡Aún no! Tenemos que ver qué más hay. Mirad, aquí hay un trío de brujas montadas en escobas.
—Hay a quienes les resulta ofensivo.
Sonya miró hacia Cleo muy de pasada.
—Pero a nosotros no. Y hay un vampiro con una estaca clavada en el pecho. ¡Oh! ¡Oh! Fijaos en el esqueleto de este tío con la capa hecha jirones. Hay que ponerlo en el jardín, ¿vale? Como si estuviera saliendo de su tumba. ¡Y estas figuras fantasmales se iluminan! Podemos colgarlas en el árbol.
De pronto, Sonya se interrumpió.
—Acabo de convertirme en mi madre. Y me da igual. ¡Me lo estoy pasando pipa! Cuando acabemos, voy a mandarle un vídeo. Le va a chiflar.
Pese a que la tarea les llevó la mayor parte del fin de semana, en opinión de Trey valió la pena. No solo por el entusiasmo desbordante de Sonya, sino porque le trajo recuerdos de la infancia.
—Siempre veníamos a la casa solariega. —Trey observó con los demás, mientras soplaba un fuerte viento de octubre, cómo los fantasmales molinetes giraban y los trasgos brillaban bajo la mágica luz del ocaso—.
Después del «truco o trato» por el pueblo, eso sin falta, subíamos aquí.
Anna y yo, Owen, Hugh y muchos otros niños.
—Él siempre montaba este tinglado. Tuvo una máquina de niebla durante un tiempo, ¿te acuerdas, Trey?
Y ponía música siniestra a todo trapo. A veces cambiaba el decorado.
Un año puso una cabeza cercenada en una fuente, y en otra ocasión colocó un ataúd aquí fuera.
Posiblemente funcionara con un mando a distancia, porque la tapa se levantaba con un chirrido y la mano de un esqueleto asomaba con un «¡buuuu! ».
Visualizándolo, Owen enganchó los pulgares en las trabillas de su pantalón.
—Siempre nos abría la puerta disfrazado.
—Y nos repartía una tonelada de dulces como Dios manda —apostilló Trey.
—Y tanto que sí. Nada de bolsitas cutres de caramelos o gominolas y porquerías de esas, sino paquetes de barritas Snickers, Milky Way y Hershey.
—Podíamos hacer eso. Podíamos hacer todo eso. Este año no, eso está claro, pero ¿y el año que viene? Podíamos hacer todo eso.
Contagiándose del entusiasmo de Sonya, Cleo terció:
—Y diseñar unos folletos. «¿Te atreverías a ir de visita a Lost Bride Manor en Halloween?».
—«Tú truco y nosotras trato». —Sonya se echó el pelo, revuelto por el viento, hacia atrás—. El año que viene. Pero, para este año, está genial. Voy para arriba a enviarle el vídeo a mi madre. ¿Qué os parece si organizamos una sesión de cine dominical esta noche?
—Que no sea de miedo.
—Venga ya, Lafayette, que estamos en octubre. Los maratones de películas de terror existen por una razón. Y eso sin contar la colección de Collin, que es impresionante.
Viendo claramente que eran tres contra una, Cleo puso sus condiciones.
—Que no sea de esas gore de terror. Las gore de terror quedan descartadas. Y, si voy a tragarme una película de terror de cualquier tipo, necesitaré vino.
— Déjame salir. La película —añadió Owen rápidamente— no es solo de terror. Además, es divertida y de relevancia social.
—Tiene razón —afirmó Trey.
—Tres votos a favor con el mío. —Sonya dio una palmada—. De todas formas, ya me tocaba verla otra vez. Id a por el vino y palomitas mientras yo subo a mandar el vídeo en un periquete.
Subió al trote a la biblioteca para editar el vídeo, le añadió música y unos cuantos efectos sonoros, y después lo etiquetó.
Saludos desde «la casa de los Fantasmas».
De colofón a la noche, una película de miedo.
¡Hablamos pronto! Te quiero.
Satisfecha, lo envió.
Al levantarse y encaminarse a la escalera de caracol, enfiló hacia arriba en vez de hacia abajo.
Dobbs no había dicho ni pío desde que la atacó. Tampoco cuando los técnicos fueron a la sala de juegos. Tras la llegada de la máquina de pinball, la habían probado con un torneo.
Trey había ganado a Owen por los pelos con unos cuantos puntos más, y ambos las habían machacado a ella y a Cleo.
Practicarían para volver las tornas.
Aún faltaba disponer los juegos en la vitrina, instalar la gramola, esperar la entrega de la mesa de billar, además de los muebles tapizados. No obstante, con el resto de los muebles en su sitio, los nuevos apliques y la gran pantalla de pared instalada, el proyecto estaba tomando forma.
A pesar de ello, en el transcurso de todos los avances, de los ratos de esfuerzo y diversión, Dobbs había permanecido en silencio.
Sin embargo, Sonya tenía ganas de subir a la segunda planta. No movida por algo que la atraía, no exactamente, sino más bien por un impulso.
En su teléfono empezó a sonar Time Has Come Today [«Ha llegado el día»].
—¿Para qué?
No tenía pensado entrar al salón dorado. No solo porque implicaba romper su promesa, sino porque sería una estupidez. Cuando entraran, y el tiempo corría en ese sentido, lo harían juntos.
Se detuvo en el umbral del estudio de Cleo.
—Claro. ¡Ostras, claro!
Se dirigió al armario y lo abrió.
Y encontró el retrato de Astrid.
Aparecía de pie, engalanada con su vestido blanco, y el mar azul en calma de fondo. Sus ojos, con el reflejo de ese azul cálido, parecían traspasar con la mirada los de Sonya. Sujetaba el ramillete de flores en el pliegue de un brazo, con las manos entrelazadas alrededor de las muñecas por debajo.
Su alianza de oro relucía.
El cuadro no era una réplica del que había en el vestíbulo, ya que en este la novia aparecía con el cuerpo y la cabeza ligeramente ladeados. En gran parte, constató Sonya, se asemejaba a como Cleo la había pintado.
Y el estilo del artista… Claro, el estilo…
Dejó escapar un sonido entre el lamento y el regocijo al ver la firma de Collin en una esquina, y la de su padre en la otra.
Sin moverse del sitio, se echó a llorar.
En la cocina, con el vino abierto y las palomitas listas, Trey se asomó al pasillo.
—Lleva arriba un buen rato. A lo mejor decidió llamar a su madre. Voy un momento a echar un vistazo.
En mitad del pasillo, Trey oyó que bajaba las escaleras.
—Ya viene —dijo en voz alta, y la esperó.
Acto seguido vio el cuadro que llevaba en las manos; vio las lágrimas.
—Astrid —dijo ella cuando él fue a su encuentro—. Es Astrid.
Él posó la mano sobre la mejilla húmeda de Sonya.
—Anda, deja que lo coja yo.
—Sentí el impulso de subir. Sentí que tenía que echar un vistazo. —Derramó otra lágrima justo cuando Cleo y Owen salían de la cocina con los perros y Pye pisándoles los talones—. Es Astrid.
Cleo la rodeó con el brazo.
—Llevémoslo a la sala de música.
—Lo pintaron entre los dos. Las firmas… El espejo. Tuvo que ser a través del espejo.
Cleo apretó a Sonya con más fuerza cuando Trey apoyó el retrato contra la pared.
—Por eso es aún más linda, si cabe.
—Está de pie frente a la casa, de espaldas al mar, pero en un ángulo similar a como la pintaste tú, Cleo. Hay que ir a por tu lienzo.
—Voy yo. —Owen enfiló escaleras arriba.
—Sujétalo por los cantos. Todavía no se ha secado del todo.
—No estoy triste. —Con un tenue suspiro, Sonya se enjugó las lágrimas—.
Solo emocionada. Con la de tiempo que llevábamos esperando esto, esperándola, es un alivio que la espera haya finalizado.
El hecho de saber que lo pintaron juntos es tan…
Me ha llegado al alma. Y luego está el desenlace.
Cuando lo colguemos, ¿nos proporcionará alguna clave, nos abrirá alguna puerta?
—Será importante. —Dando la espalda al retrato, Trey agarró la mano de Sonya—. Estamos a punto de descubrirlo. Como te gustaría poner el cuadro de Cleo en la pared de enfrente, voy a descolgar las obras que hay.
Mientras lo hacía, Owen entró con la pintura de Cleo y asintió con la cabeza hacia el paño.
—Ahí es donde lo quieres colgar, ¿verdad?
—Sí, pero no hasta que colguemos el de Astrid. Lo suyo es que ella tenga prioridad. Perdón. —Cleo se sacudió el pelo—. Debería haber ido a por el martillo y una alcayata. No he podido evitar dejar de mirarla.
—Ya voy yo.
Mientras Trey salía, Owen sacó pañuelos de papel de su bolsillo.
—Toma, los he cogido porque me figuraba que te vendrían bien.
—Gracias.
Sacó algunos más del otro bolsillo y se los tendió a Cleo.
—Por si acaso. Otra belleza —comentó, examinando el retrato—. He de decir que no parece tan regia como en el gran retrato que hay en el vestíbulo. Parece más…, no sé, cercana.
—Tienes razón. —Cleo se metió los pañuelos en el bolsillo—. Por si acaso. Me gusta que esté mirando hacia la casa solariega, de la cual debería haber sido la señora. Todos están pintados con tanta destreza, con tantos detalles magníficos… Y más.
Sonya terminó la frase.
—Con amor. Hay amor en las pinceladas.
Cuando Trey regresó, midieron, marcaron y clavaron la alcayata.
—Todo tuyo, guapa. Cuélgalo tú.
—Vale. —Sonya apretó las manos con fuerza primero—. Allá va.
Levantó el cuadro y lo sostuvo contra la pared.
—Igual necesito un poco de ayuda para enganchar el alambre en la alcayata.
—Te tengo. —Trey, sujetándola del hombro con una mano, alargó la otra por detrás del marco para enganchar el alambre—. Ya está seguro.
Sonya no aguantó la respiración porque ya la tenía contenida en los pulmones mientras miraba a los ojos a Astrid y ajustaba el retrato según las indicaciones de Cleo.
Y dio un paso atrás.
Las siete novias ocupaban toda la pared.
Asiendo con fuerza la mano de Trey a un lado y la de Cleo al otro, Sonya aguardó.
Exhaló con una risa ahogada.