Capítulo 28 #2
—Cuando te vi suspendida en el aire, sangrando, supe a pies juntillas que no se iría de rositas. Sin embargo, Son, esto está tomando un cariz en el que es necesario llevar la iniciativa y enfrentarnos a ella.
—Ya. Lo que pasa es que no sé cómo.
—Por lo pronto, voy a cargar mis balines mágicos.
A Sonya le hizo gracia.
—Eso es solo cosa tuya, Cleo. Te dejo que te ocupes de eso. —Sonya se retiró la bolsa de hielo del tobillo y se la pegó a la mejilla magullada—. Esta ha sido la primera pelea cuerpo a cuerpo que he librado en mi vida, aunque no puedo decir que haya propinado ningún puñetazo.
—Toma. —Cleo se quitó una de sus numerosas pulseras—. Ponte esto.
—Qué bonita. Pero ¿para qué?
—Es fluorita. Considéralo como una protección contra las fuerzas malignas.
Sonya se la puso y la contempló con admiración.
—¿Tienes alguna lo suficientemente grande como para protegerme la cara?
Cleo agitó los puños en el aire.
—No bajes la guardia.
Clover ani mó el ambiente con el tema Kung Fu Fighting [«Practicando Kung-fu»].
Medio riendo, Sonya negó con la cabeza.
—A lo mejor puedo entrenar con un vídeo por streaming. Entretanto, aunque me duela un poco, necesito moverme, pues de lo contrario me voy a entumecer. También ha sido la primera vez que he salido despedida hasta el otro lado de la habitación como la pelota roja de Yoda.
—¿Qué te parece si te das un baño caliente y echas una siesta?
Ambas sugerencias se le antojaron maravillosas, pero…
—Si tomara esos derroteros sería como admitir la derrota. Gracias a ti se ha llevado una buena tunda. Por lo tanto, protegida con mi amuleto, voy a darme mi habitual paseo con dos perros fieros y una gata valiente. Se le han agotado las pilas por hoy, Cleo. Ya lo sabes.
—Se me ha quedado grabada en la cabeza su expresión cuando le di un zasca, de modo que lo sé de buena tinta.
—Anda, ve a cargar tu arma de destrucción letal. —Al levantarse, Sonya exclamó—: ¡Ay! Pero, definitivamente, me encuentro mejor. Voy a caminar, a terminar mi jornada de trabajo y a ayudarte a cocinar el jambalaya. Y, con suerte, a ingeniármelas para infundir a Trey su calma habitual.
Un poco dolorida, un poco rígida, dio su paseo. Y se sintió mejor por ello.
Al entrar en la biblioteca le dio un momentáneo bajón, pero no estaba dispuesta a permitir que Dobbs echara a perder su increíble espacio de trabajo.
Y, al ver las cuentas de cristal desperdigadas por el suelo, cayó en la cuenta de que habían atravesado a Dobbs. Habían pasado directamente a través de ella.
Y tenían restos de sangre.
Como no quería tocarlas, Sonya cogió unas pinzas para recogerlas y las depositó en un pequeño cuenco.
Se las devolvería a Cleo. Pensando en ello, acarició la pulsera de su amiga al sentarse.
Clover la reconfortó con el himno de Sia Unstoppable [«Imparables»].
—Y tanto que sí, caray.
No obstante, se sintió un poco más segura cuando los perros se acomodaron en la biblioteca con ella.
Cuando Trey llegó a la casa solariega, la calma no lo acompañaba. Estaba convencido de que Sonya le había restado importancia a lo que quiera que hubiera sucedido. Y si no se encontraba al borde de perder los estribos, se aproximaba a toda velocidad.
Fuera lo que fuera lo que ella hubiera vivido, él no había estado allí. Se hallaba en el juzgado, a kilómetros de distancia, por un caso que bajo ningún concepto debía haber desencadenado un litigio. Y no habría sido el caso de no haberse atrincherado en su actitud el puñetero demandante.
El hecho de que el juez coincidiera con él a todas luces en esa apreciación no evitó que desperdiciara horas. Y desperdiciaría unas cuantas más al día siguiente antes de que el juez dictaminara a favor de su cliente, de lo cual no le cabía la menor duda.
Ese era su cometido.
Como para quitarse esas horas desperdiciadas de la cabeza, se aflojó el nudo de la corbata conforme salía de la camioneta. «Acción», pensó, ya iba siendo hora de pasar a la acción, de dejarse de juegos para defenderse.
Levantó la cabeza de sopetón al oír que se abría una ventana.
Clover, con su cabello brillante como el sol, con su joven y bello rostro destilando simpatía, se asomó.
—Ella está bien, grandullón. Sé que es normal que estuvieras preocupado, y también que estés un pelín mosqueado.
—Borra lo de «un pelín».
Ella sonrió con picardía.
—Vale. Pero deberías sentirte orgulloso de ella, y también de Cleo.
Manejaron a esa zorra retorcida. Quería que lo supieras antes de entrar.
Yo también la quiero, ¿sabes? Es rarísimo, porque no me siento como una abuela, pero lo cierto es que la quiero con toda mi alma.
Y a Cleo también. Estamos moviendo cielo y tierra por ayudar, te lo prometo.
—Es hora de parar esto. De pararle los pies.
Tras echarse el pelo hacia atrás, Clover se apoyó en el alféizar de la ventana como una vecina de cháchara.
—El tiempo transcurre, ya sabes, de forma diferente para mí, pero, sí, me hago cargo. Algo está pasando, pero no sé…
Negó con la cabeza y se encogió de hombros.
—Algo está cambiando, algo empezó a cambiar en cuanto se afincó aquí. Siento más…, simplemente siento más cosas. Eres un buen tipo, Trey. Fuerte y estable. Eso es lo que ella necesita. A ti, tu fuerza y tu estabilidad. Solo quería que lo supieras. Ahí viene Owen.
Esbozó otra sonrisa.
—Él también es un buen tipo. Ninguno de nosotros nos sentimos tan solos desde que aparecisteis. No os marchéis, ¿vale? No nos dejéis en la estacada. Os necesitamos.
Se desvaneció; la ventana se cerró.
—Maldita sea. —Trey se masajeó la nuca para aliviar la tensión mientras Owen aparcaba—. Maldita sea.
Ella había dado en el blanco, no pudo negarlo. Nada le tocaba más la fibra sensible que alguien pidiendo ayuda.
—¿Es que vamos a hacer una entrada triunfal? —le preguntó Owen mientras se aproximaba con Jones.
—Clover ha interrumpido la mía.
Owen levantó la vista fugazmente.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Vayamos a enterarnos de qué cojones ha maquinado Dobbs esta vez.
—¿Qué grado de cabreo tienes? Lo pregunto porque, según mi escala del uno al diez, has alcanzado el siete más o menos. Tratándose de ti es un porcentaje alto.
—Iba camino de nueve antes de ver a Clover. Sí, alrededor de siete. Dobbs carga contra ellas, y a mí me pilla en el juzgado defendiendo a mi cliente en una demanda.
Trey se detuvo en la puerta.
—¿Tú no estás cabreado?
—Estoy esperando a cabrearme cuando conozca los detalles. Hey, ¿hacemos como en Ponte en mi lugar ?
Si bien Trey no tenía ninguna gana de reír, lo hizo.
—Vale, lo rebajo al seis.
Los perros salieron a la carrera para darles la bienvenida, a ellos y a Jones. Mookie se puso a dar saltos de alegría como si Trey se hubiera ausentado un mes. Con semejantes muestras de adoración y cabriolas, la indignación de Trey se aplacó hasta el nivel cinco.
Hasta que entraron en la cocina.
Cleo estaba removiendo algo en una olla; Sonya, troceando algo en la isla.
Y tenía una magulladura en la cara.
Sin darle tiempo a hablar, Sonya bajó del taburete, enfiló hacia Trey y lo estrechó entre sus brazos.
—Podía haberlo disimulado con maquillaje.
—¿Porque soy ciego o porque soy estúpido?
—Por ninguna de las dos cosas. Porque se me da de fábula maquillarme. Pero no lo he hecho.
Tras mirar a Sonya largo y tendido, Owen se acercó a Cleo. Le ladeó la cara hacia él y la escrutó.
—A mí no me ha puesto la mano encima —lo tranquilizó ella—. Sírvenos un vino, y si lo prefieres, coge una cerveza. Nosotras tenemos que poner esto en marcha, y después os pondremos al corriente de todo lo ocurrido, desde el principio hasta el final.
—Fue un final como la copa de un pino. —Sonya sonrió con retintín.
El nivel de enojo de Trey disminuyó mínimamente cuando percibió que asomaba a los ojos de Sonya.
—¿Dónde más te ha hecho daño?
—Puesto que no voy a desnudarme en presencia de mi primo favorito, te lo mostraré luego. Me ha salido algún que otro moretón, pero de cintura para abajo.
Clover intervino con Good as Hell [«De miedo»] de Lizzo.
—Sí, así estuvimos.
Sonya le llevó la tabla de cortar a Cleo.
—Troceado, picado y cortado en dados.
—Chicos, ¿queréis salir otra vez? Vale, vale.
—Sonya —dijo Trey cuando se encaminó hacia la puerta trasera para dejar salir a las mascotas.
—Estaba teniendo un día realmente bueno —empezó a decir—.
Para mí que le gusta fastidiarme los días realmente buenos.
Luego os explicaré por qué, en resumidas cuentas, al final lo ha sido.
Había subido al estudio de Cleo, donde ella también estaba teniendo un día realmente bueno.
Después volví al tajo, a ponerme con lo siguiente, cuando Clover hizo sonar la alarma.
»Casi ni me percaté de la corriente de aire frío, ni de esa maldita niebla deslizándose a ras de suelo que a ella le gusta conjurar.
—Cogió la copa de vino que le tendió Owen—.
Gracias. Y ahí estaba, como cuando atravesé el espejo y la vi con Patricia.
Como bajando los peldaños de la escalera de la biblioteca flotando. Como algo sin pies. Como una serpiente.
Bebió un poco de vino y narró su versión.
Trey se acercó a ella y le palpó la cabeza desde la coronilla hasta la nuca.
—Tienes un chichón aquí.
—Ah, ¿sí? Ese lo he pasado por alto.
—¿Perdiste el conocimiento? ¿Veías doble?
—No, y no. Se despachó a gusto, y me dolió, pero no sufrí traumatismos ni fractura de huesos.
Son magulladuras, Trey, magulladuras sin importancia.
Me estás apremiando para que vaya al grano, pero es preciso que Cleo tome el relevo porque hay una especie de intervalo, del tipo: «Entretanto, arriba, en el estudio».
—Entretanto, arriba, en el estudio, apareció Clover. La Clover de carne y hueso, plantada delante de mi escritorio.
Cleo vertió en la olla un chorrito de la botella de vino que Owen había abierto y removió. Después cogió su copa y se giró hacia ellos.
—Me dijo que Dobbs había atrapado a Sonya en la biblioteca, y que le estaba haciendo daño. Añadió: «Necesitamos ayuda». No solo que Sonya necesitaba ayuda, sino ellos. Entonces saqué la pistola de aire comprimido del cajón…