Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 28
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Capítulo 28

C leo consideró que realizar las ilustraciones para un libro infantil era el remedio perfecto para quitarse el mal sabor de boca después de una novela de terror.

Dado que el objetivo que necesitaba alcanzar requería que todo fuera alegre y agradable, divertido y juguetón, puso el ánimo en consonancia.

Y disfrutó del silencio, ya que Dobbs no se molestó en dar portazos y golpes secos.

Mientras el sol continuaba filtrándose entre las nubes, el intenso azul del cielo se impuso sobre los tonos grises, y el estudio quedó inundado de luz.

El fuego ardía suavemente, su vela de naranja dulce para la inspiración contribuía a su entusiasmo.

Sonrió mientras dibujaba al personaje principal mirando a través de una gigantesca lupa con el mango de color morado fuerte. La intrépida niña de pelo rizado, con un enorme ojo clavado en el cristal redondo, buscaba pistas.

De pronto, dio un respingo en la silla cuando Clover —tenía que ser forzosamente Clover— se apostó delante de su mesa. Sus grandes ojos azules reflejaron tanta urgencia como su tono de voz cuando habló.

—¡Sonya! ¡Dobbs tiene a Sonya en la biblioteca! ¡Le está haciendo daño! ¡Hay que ayudarla! ¡Date prisa!

Sin dar tiempo a que Clover se desvaneciera, Cleo se levantó con ímpetu. Cuando se disponía a echar a correr, paró en seco y abrió un cajón de un tirón. Tras coger la pistola de aire comprimido, salvia y el mechero, salió disparada.

Casi había llegado a la biblioteca cuando los gritos procedentes del interior resonaron. No era Sonya, pensó, presa del pánico, porque los gritos no eran humanos.

Las volutas de niebla emanaban por debajo de la puerta doble de la biblioteca.

Empezó a tirar, a empujar. Se metió la salvia y el mechero en un bolsillo y la pistola en el otro. Y concentró todas sus fuerzas en separar las hojas correderas.

—¡Ayudadme! —Sintió pinchazos y quemazón en los músculos mientras pugnaba por deslizar las hojas—. No puedo hacerlo sola. Tenéis que ayudarme a abrirlas.

Hizo acopio de fuerzas, rechinó los dientes y a punto estuvo de colarse por el hueco cuando se abrieron de sopetón.

Con la cara manchada de sangre, el dolor patente en sus ojos, Sonya se hallaba suspendida en el aire a treinta centímetros del suelo. Entretanto, con las manos encogidas como garras, Dobbs reía.

Dobbs se giró bruscamente hacia Cleo, y su locura brilló como un faro a través de las tinieblas y la penumbra.

—Entonces dos por el precio de una. ¡Menudo manjar!

—Yo sí que te voy a dar un manjar.

Cuando Cleo la apuntó con la pistola, Dobbs echó hacia atrás la cabeza con una carcajada.

—¿Acaso piensas que con semejante chisme me harías daño? Qué placentero será…

Cleo disparó. Cuando Dobbs se tambaleó hacia atrás, con el semblante desencajado debido a la conmoción, Sonya cayó al suelo.

—Creo que lo que hay en su interior sí.

Cleo disparó de nuevo, y esta vez Dobbs gritó. Con el tercer disparo, y acto seguido el cuarto, Dobbs, sin dejar de gritar, giró sin cesar como un remolino hasta que no quedó rastro de ella salvo un fino hilo de humo fétido.

—¡Sonya!

Mientras Cleo se apresuraba hacia ella, Sonya se puso a gatas.

—Voy a vomitar.

En un acto reflejo, Cleo le retiró el pelo de la cara cuando se puso a dar arcadas.

—Ha desaparecido. Ya se ha ido. Te tengo. ¿Puedes llegar al sofá?

—Sí, sí. Tengo mucho frío.

—Voy a avivar el fuego y a traerte agua. Y después veremos las heridas. Estás sangrando.

—Me ha golpeado. —Con ayuda de Cleo, Sonya fue renqueando hasta el sofá—. O ha sido otra cosa, puesto que ella se encontraba demasiado lejos de mí. Pero he notado como si me hubieran dado un puñetazo en la cara. Nunca me han dado un puñetazo en la cara, pero seguro que esa es la sensación.

Tras arroparla con una manta, Cleo frotó las manos de Sonya entre las suyas.

—Voy a por tu botella de agua.

Enfiló hacia el escritorio y volvió como una flecha. En ese breve intervalo, el fuego rugió.

—Te sangra la nariz. No te la ha roto; lo sabría si fuera el caso. La boca también, pero no veo ningún corte.

—Me he mordido la lengua. Con fuerza.

—Vale, ¿qué más?

—Me he dado un cabezazo. —Sonya cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás—. Me ha vapuleado a base de bien. Fijo que tengo algunas magulladuras. Habría sido peor si no hubieras venido, Cleo. He intentado defenderme, pero…

—No te preocupes. Voy a por agua y un paño, y después a echarte un vistazo. Y si digo que te vea un médico, no hay peros que valgan.

—No será el caso, pero si lo fuera no rechistaré.

—No estás sola, Son.

—Estoy bien. Solo necesito recobrar el aliento. No estaría de más que trajeras un antiinflamatorio además del paño y el agua. Me duele todo el cuerpo.

—Hecho.

Cuando Cleo regresó apresurada, vio que la zona donde Sonya había vomitado estaba limpia. Ese pequeño gesto de solidaridad hizo que le escocieran los ojos.

—Toma, coge esto. Vamos a curarte. ¿Dónde están los perros? ¿Y Pye?

—Acababa de dejar que salieran. Pye también me siguió cuando bajé. Intuyó lo que se avecinaba. Apuesto a que lo intuyó, Cleo.

Cleo le limpió la sangre del rostro con el paño humedecido con agua templada.

—Dobbs pensó que estabas sola. Somos más listas que ella.

—Clover me lo advirtió, pero era demasiado tarde. Dobbs me tendió una encerrona, y se presentó aquí.

Mientras Sonya relataba el incidente, Cleo escudriñó hasta el último centímetro de su cuerpo.

—Qué zorra. Qué zorra más perversa. Tienes razón sobre las magulladuras. Hay muchas, incluida una justo aquí. —Deslizó el dedo sobre la mejilla izquierda de Sonya—. Quiero comprobar si puedes caminar. Antes renqueabas.

Sonya se recreó en una larga inhalación y se puso de pie.

—Me duele un poco el tobillo derecho, pero puedo apoyarlo. También la rodilla, pero menos que antes.

Se dirigió al escritorio y cogió la Coca-Cola.

—Tengo la sensación de haber sufrido una fuerte caída, cosa que es lo que ha sucedido.

—Vamos abajo, a que pongas esa pierna en alto. Te pondré un poco de hielo.

—¿Cómo has sabido que te necesitaba? ¿Por Clover?

—Ahora te cuento, después de ponerte hielo y la pierna en alto.

—Has acudido con la pistola de aire comprimido. Ha surtido efecto.

—Sí, así es, y sí, efectivamente. —De nuevo, Cleo sujetó a Sonya por la cintura para que se apoyara—. Y también te voy a contar eso. Hay que poner al corriente a Trey. Y a Owen.

—Es que está en el juzgado y me sabe mal…

—Yo, por mi parte, no pienso enfrentarme a su furia justificada si no lo avisamos, y enseguida. Cuando estés acomodada en la cocina, vas a mandarle un mensaje mientras yo preparo un almuerzo ligero y un té relajante.

—Está bien, tienes razón.

Sonya tuvo que reprimir un gemido cuando, con ayuda de Cleo, bajó las escaleras cojeando.

—Es que esta mañana se disgustó un poco cuando le dije que había visto a Jerome. Según él, se está produciendo una escalada, y dijo…, maldita sea, dijo bien claro que los ataques de Dobbs irían en escalada. Y así ha sido. Ay, madre de Dios, y tanto que sí.

Como se sentía débil, dejó que Cleo trajinara y, obediente, envió un mensaje de texto a Trey una vez que tenía la pierna en alto y hielo sobre la rodilla y el tobillo.

No presumas, pero tenías razón: Dobbs se ha despachado a gusto. No obstante, le hemos plantado cara. Cleo le ha disparado con la pistola de aire comprimido con la precisión de una francotiradora. Y ahora vamos a comer algo, así que no te preocupes. Esta noche cenamos jambalaya.

Añadió un emoticono de corazón.

Recibió la respuesta en menos de diez minutos, mientras Cleo dejaba entrar a las mascotas y les repartía chucherías.

¿Estás herida?

Ella pensó: «Mierda, mierda», y se tomó un minuto para dilucidar la respuesta apropiada.

Tengo unos cuantos moretones, nada grave.

Siguiendo las indicaciones de la enfermera Cleo, me he puesto hielo en la rodilla.

Créeme, la que peor parada salió fue Dobbs, así que mi satisfacción contrarresta las magulladuras con creces.

Te prometo que si estuviera malherida te lo diría.

Y, de lo contrario, lo haría Cleo. Ya le ha mandado un mensaje a Owen.

Os lo contaremos con todo lujo de detalles cuando lleguéis.

Iré lo antes posible. Owen está más cerca, de modo que, si pasa algo más, lo que sea, avisadle. Te quiero, Sonya.

Ella respondió con otro corazón, uno que latía. Acto seguido, suspiró.

—Ahora se va a distraer durante el juicio. Quiere que avisemos a Owen si pasa algo más.

—Ya lo he hecho. Anda, come —dijo Cleo mientras servía los reconfortantes sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada.

—Tienes que contarme tu versión del episodio.

—Me avisó Clover, solo que no con música. Apareció allí mismo, en el estudio. A toro pasado es evidente que no quería perder tiempo en poner una canción o arriesgarse a que yo no acertara con la pista en el acto.

—La viste.

—Así es. Justo delante de mi escritorio. Dijo que Dobbs te había tendido una encerrona y que necesitabas ayuda. Que necesitaban ayuda. Cuando llegué a la puerta de la biblioteca no podía abrirla, y tuvieron que ayudarme. Acudieron en mi auxilio.

—Después de que fueras corriendo al armario a por la pistola de balines.

—Ah, respecto a eso… Después de que Trey la trajera, se lo mencioné a mi grand-mère . Según ella, las pistolas de aire comprimido podrían causarle cierto daño, pero ignoraba si la frenarían. De modo que me envió cuentas.

—¿Cuentas?

—Cuentas de cristal, del tamaño de balines. A raíz de que ese maldito pájaro se estampara contra el ventanal del estudio, saqué la pistola del armario y la cargué con las cuentas. No me había molestado en bajarla hasta ahora. De todas formas, no ibas a estar dispuesta a practicar con ella.

—Está claro que a ti no te hizo falta hacerlo. Salió malparada. Aunque me encontraba bastante aturdida, me percaté de eso. Salió malparada, se quedó en shock. Y se asustó.

—Mi grand-mère sabe lo que se hace.

—Le enviaremos flores. —Sonya alargó la mano y asió con fuerza la de Cleo—. He pasado miedo. Mejor dicho, estaba aterrorizada. Cómo no iba a estarlo. Pero, al verte, tuve la certeza de que no se iría de rositas.