Capítulo 27 #3
Ella cayó en la cuenta de que a él le pesaba eso. Y, a su modo de ver, no debería. En su opinión, la mejor manera de aliviar esa carga sería simple y llanamente decir la verdad.
—Primero, no te habría creído. Lo más probable, puesto que acabábamos de conocernos, es que hubiera reaccionado educadamente. Pero habría pensado: «De modo que el guapísimo abogado que se pone camisas de franela está un pelín chiflado».
—Puedo ser bastante persuasivo.
—Ya me he dado cuenta. Y yo puedo ser bastante audaz.
—También me he dado cuenta.
Él avanzó hacia ella, recién afeitado, el letrado con traje y corbata, con su mata de pelo negro no del todo domada. Y una tremenda inquietud en la mirada.
—Si tuviera la posibilidad, Sonya, empaquetaría tus cosas y te sacaría de aquí. Esta casa también significa mucho para mí, pero tú significas muchísimo más, caray.
—No es solo por la casa, Trey.
—Lo sé, y a pesar de ello. No es más que una sensación que me da mala espina, pero algo se está cociendo, algo se avecina. Cabe la posibilidad de que podamos evitarlo.
—Quieres volver a entrar a esa habitación.
—Cabe la posibilidad de impedirlo. De pararle los pies.
Ella tuvo que darse la vuelta, alejarse y volver.
—Estoy tratando de ponerme en tu lugar, y sé que las circunstancias me provocarían enfado e impotencia.
No gestionaría ninguna de las dos cosas tan bien como tú.
Eso forma parte de tu naturaleza. Así es como te tomas las cosas y, a lo largo de los últimos meses, realmente he llegado a confiar en eso.
—Pero…
—No es el momento de enfrentarse a ella así. Lo sé. Te juro que lo sé de buena tinta, Trey, y te pido que confíes en mí en ese sentido.
Posó la mano sobre el pecho de Trey.
—No puedo negarme a que aproveches esa oportunidad. Así no debería funcionar nuestra relación. Sin embargo, te estoy pidiendo que confíes en mí. Que estés a mi lado.
—Yo confío en ti. Y llegará un momento, Sonya, en el que esperaré que confíes en mí en cuanto a esto.
—De acuerdo. Necesitamos el retrato de Astrid.
—No lo cuelgues en mi ausencia. Si lo encuentras, espera a que Owen y yo estemos presentes para colgarlo.
Mirándole a los ojos, ella deslizó el dedo por su corbata.
—Te lo prometo. Ese momento es para los cuatro. También lo sé. Como tienes un juicio, ¿por qué no dejas a Mookie aquí? Así tendré a dos perros fieros velando por mí.
—Fieros, sí. Ve a arreglarte. —Trey inclinó la cabeza y la besó—. Mándame un mensaje si pasa algo.
—Si pasa algo. Suerte en el juzgado.
Cuando Sonya se marchó, Trey miró a los perros.
—Vamos, no os despeguéis de ella.
Dado que el café se le había enfriado, lo desechó y se hizo otro para llevárselo en una taza con tapa.
Clover lo reconfortó con I Won’t Let Go [«Estaré pendiente»] de Rascal Flatts.
—Lo sé. Yo también.
A las nueve y media en punto, Sonya se conectó a la videoconferencia. A escasas semanas de la gran inauguración de la tienda de Portland, abordaron los últimos detalles de la campaña publicitaria.
Y su contribución a la campaña se aproximó a la línea de meta.
Cuando la reunión tocó a su fin, Burt Springer le pidió que permaneciera conectada después de que el resto del equipo desconectara.
—No solo has cumplido las expectativas, sino que las has superado con creces.
—Ha sido un placer, Burt, como siempre.
—Ya sé que Miranda se pondrá en contacto contigo directamente, pero tengo permiso para informarte de que la familia Ryder va a ofrecerte un contrato de consultora de marketing digital.
—Oh. Ya contáis con un equipo muy sólido.
—Así es, y nos gustaría que formases parte de él. Como consultora, seguirías trabajando en remoto según sea necesario. Piénsatelo.
—Te prometo que lo haré. Burt, gracias por confiar en mí, por darme esta oportunidad.
—Te la has ganado a pulso, y no me tomé a mal que me demostraras que tenías razón. Cuídate, Sonya. Ya hablaremos.
—Guau. Un guau gigantesco.
Cleo, arrastrando los pies por el pasillo, preguntó:
—¿Guau qué?
—¡Buenos días! Menuda mañana. Vamos por partes: ha nevado durante cinco minutos más o menos, he visto a Jerome, acabo de terminar una reunión muy fructífera con los de Ryder, y Burt me ha informado de que tienen previsto ofrecerme un contrato de consultora de marketing digital.
—¿Todo eso? ¿Antes de mi café?
—Todo eso.
—Primero, felicidades, aunque no me extraña. Tú, amiga mía, le diste proyección de futuro a Ryder honrando su pasado al mismo tiempo. Segundo, ¿nieve? Cómo os precipitáis los yanquis en ese aspecto. Y, por último, pero no menos importante, ¿a Jerome?
—Se levantó la gorra a modo de saludo después de guardar la carretilla. Y me figuro que después de surtirnos de más leña.
—Necesito ese café y, a menos que cambie de opinión cuando me haga efecto y teniendo en cuenta que ha nevado durante cinco minutos, mi intención es cocinar jambalaya para esta noche.
—Te ayudaré. Con lo que tengo entre manos, puedo dejar de trabajar a eso de las cuatro sin problema.
Cuando Cleo bajó, Sonya se tomó un momento para relajarse sin más. A continuación, con ambos perros echando una cabezada junto al fuego, se puso las pilas.
Más tarde, cuando los perros se le acercaron, se sentaron y la miraron fijamente, bajó la vista hacia ellos.
—¿Es hora de salir? No hay problema.
Los condujo abajo y dejó que salieran. Sopesó la idea de coger una chaqueta y dar su habitual paseo, pero aún no era el momento de hacer un descanso. Así pues, cogió una CocaCola y se puso una alarma mentalmente para una hora más tarde.
Se acomodó junto a su escritorio para pulir diversos anuncios para varios clientes de cara a las fiestas navideñas.
—De uno en uno —dijo por lo bajo.
No se percató cuando Clover puso Here Comes Revenge [«Aquí viene la revancha»] de Metallica.
El frío interrumpió súbitamente su concentración y, tras frotarse los brazos, se reclinó en el asiento.
Acto seguido, la pantalla del ordenador se fundió en negro y el televisor del segundo piso emitió una algarabía de chillidos.
—Has captado mi atención —masculló, y entonces reparó en la niebla que avanzaba desde el umbral hacia su escritorio.
Se levantó despacio al tiempo que metía la mano en el bolsillo y asía con fuerza la piedra de bruja.
Las puertas correderas de la biblioteca se cerraron de golpe; los cristales de las ventanas se oscurecieron. En el hogar, el fuego crepitante se avivó con fragor.
Mientras se desataba un viento huracanado, mientras la niebla se extendía, Hester Dobbs descendió flotando por la escalera de caracol.
—Te he dado tiempo. Te he hecho advertencias. Pagarás por no hacer caso de esas advertencias. Tu tiempo aquí ha tocado a su fin.
—El mío no, pero el tuyo sí.
Cuando Sonya se disponía a sacar la piedra, Dobbs agitó el brazo en el remolino de viento y la golpeó como un puño. La acometida la dejó en shock al tiempo que salía despedida hacia atrás.
Con la cara desencajada debido al impacto, se desplomó en el suelo con tal fuerza que se le cortó la respiración. Y la piedra salió despedida de su mano sin causar el menor daño.
—Sangre. Te bañaré en sangre de los Poole. De generaciones. Te ahogarás en ella mientras imploras clemencia.
Cuando Sonya trató de incorporarse con dificultad, recibió otra sacudida y chocó de espaldas contra una estantería. Notó el sabor de la sangre mientras la vista se le nublaba, mientras caía deslavazada al suelo.
Instantes después comenzó a flotar, cada vez más alto, hasta que su cuerpo topó contra el techo. Desesperada, mareada a causa del dolor, trató de moverse, trató de patear, pero su cuerpo rotó hasta que, indefensa, quedó suspendida en el aire.
Dobbs, como una pantera jugueteando con su presa, giró en círculo por debajo.
—Me pregunto cómo acabaré contigo. ¿Conjuro una cuerda y le hago un nudo alrededor de tu cuello? ¿Te descoyunto sin más?
Transida de dolor, paralizada por el miedo, Sonya vio cómo su propia sangre goteaba. Observó cómo Dobbs extendía la palma de la mano para atrapar esas gotas y, sonriendo, lamía la sangre.
—Si me matas, rompes la maldición. Si rompes la maldición, pierdes.
—Ah, ¿sí? ¡No me digas!
Se puso a caminar de un lado a otro con los ojos desencajados.
—No eres una auténtica Poole —masculló—. Impostora, usurpadora.
«Aguanta —se ordenó Sonya a sí misma—. Aguanta, y punto».
—Has saboreado mi sangre. Has saboreado sangre Poole. Sabes que soy una Poole, y no soy una novia.
—Entonces eres una zorra. Entonces no eres más que una zorra.
Sonriendo, Dobbs trazó un círculo con el dedo en el aire. Sonya notó que su cuerpo descendía con lentitud hacia el suelo.
—Hay maneras, multitud de maneras, de derramar sangre, de causar dolor. Y, cuando te las muestre todas, abandonarás mi casa.