Capítulo 27 #2
—Y fíjate en nuestro bosque. El verde oscuro de los pinos, y el esplendor de los recios árboles de hoja caduca (o lo que sean). Eso también es florecer. Somos muy afortunados, Yoda. He de compensar todo esto. Es preciso que recupere los anillos para ser merecedora de todo esto.
Dobló hacia la casa y, en la cocina, le dio una chuchería a Yoda antes de coger las cocacolas.
Al pasar junto a la sala de música, se detuvo.
—¿Dónde estás, Astrid? ¿Dónde está tu retrato? Es el siguiente paso. Lo sé.
De camino arriba, la puerta del pasadizo se abrió de sopetón. La cerró mientras sonaba la campanilla.
En la segunda planta reinaba el silencio, con la salvedad de la música de Cleo, algo con muchas arpas y otros instrumentos de cuerda.
Encontró a su amiga junto a su mesa de trabajo, y a Pye encaramada en lo alto del soporte para gatos. Pero la pintura le llamó la atención.
—¡Has terminado el árbol!
—Esta mañana, antes de ponerme a trabajar. Estaba casi acabado.
—Qué colores, Cleo. Ni dorados del todo, ni naranjas del todo, sino una bonita mezcla de ambos. Y me encanta el marcado contraste con el cielo encapotado.
—Lo he pintado en tres estaciones, falta una. El trabajo de verdad es lo que me tiene agobiada. Tú leíste el libro. Está muy fuera de mi zona de confort. Sé que es un encargo importante, de un autor de primer orden. Pensé que, una vez que me comprometiera, me desenvolvería bien. Pero no es el caso.
—En ese sentido te ayudo con gusto. El autor y el editor los han supervisado, ¿no?
—Sí, los bocetos, por supuesto. Pero…
Sonya cogió el taco de dibujos.
—Me los voy a llevar al sofá.
—Yo voy a caminar de un lado a otro. ¡Ay, cierra el pico, maldita sea! —espetó cuando Dobbs dio un fuerte golpe contra la pared—. Bajo ningún concepto vas a joderme un encargo de envergadura.
—No va a joder nada, porque si no aciertas de pleno con estas ilustraciones, las mejorarás.
—Ese es el problema. Que se me han agotado las ideas sobre cómo mejorarlas. ¿Monstruos, adolescentes aterrorizados, adolescentes perversos, adolescentes luchando contra los monstruos o los unos contra los otros? No es mi zona de confort.
Sonya se sentó y le dio un sorbo a la CocaCola. A continuación, la dejó a un lado y se puso manos a la obra.
Había leído el libro; disfrutó muchísimo hasta el final. Posteriormente, sabiendo que Cleo le preguntaría precisamente eso, lo había leído por segunda vez.
Escudriñó cada dibujo, asintiendo con la cabeza al comprobar su ubicación en el relato conforme lo recreaba mentalmente.
Se fijó en los detalles, en el tono, en el ambiente que transmitían, desde la tranquila localidad que aparecía en la portada hasta la ilustración final, con un único zapato ensangrentado junto a una casucha abandonada.
Después, aunque Cleo dejó escapar un sonido de impotencia, volvió al principio y revisó los dibujos de nuevo.
Dejó a un lado los dibujos, bebió más CocaCola y apuntó con el dedo hacia Cleo.
—¡Bang! Has dado en el blanco, Cleopatra.
—¿Estás segura? ¿Segura al cien por cien? O sea, ¿también en el capítulo doce, con el del adolescente (todavía no ha cumplido los dieciocho) que sostiene en alto la cabeza cortada?
—Es genial. —Sonya buscó la hoja y la sacó—.
Has plasmado a Will con un aire triunfal y conmocionado.
Sí, él conocía al tío que ahora está sin cabeza, que era otro adolescente.
Pero Chuck estaba infectado. Se trataba de matar o morir.
Eso es lo que refleja. Eso es lo que hay que reflejar.
Y este… —Cogió el taco de hojas de nuevo—.
El del capítulo dos. La escena del aula.
Oh, fíjate qué aspecto más agradable tiene el maestro.
Parece un buen tipo con ese atuendo tan informal, las manos extendidas con las palmas hacia arriba mientras da clase a los alumnos.
Sin embargo, has conseguido imprimirle un leve aire oscuro, un matiz muy sutil, y, al fijarte, da la sensación de que algo no encaja.
»Y, ciertamente, así es. Asúmelo, Cleo: acabas de ilustrar una novela de terror superventas de narrativa juvenil. Y te encargarán las dos siguientes de la trilogía.
—No tengo claro si eso es una buena o mala noticia, pero bueno. Vale. —Cleo levantó las manos y las movió hacia delante como si estuviera apartando algo—. Si fueran un churro no me dirías que están bien.
—No es que estén bien, es que son magníficas. Anda, envíalas y date un paseo en este bonito día de otoño. Pronto tocará a su fin. De hecho, tenemos que ponernos las pilas con la decoración para Halloween.
—Pero si todavía no estamos en octubre.
—Casi. —Sonya se levantó—. Voy a retomar el encargo de Maddy. —Primero se acercó a Cleo y la abrazó—. Buen trabajo, Cleopatra. Y pásame el segundo manuscrito en cuanto lo recibas. Ese final en suspenso me tiene en ascuas.
Por la mañana, Sonya se despertó con un fuego que ardía suavemente, y nieve.
Se apostó junto al ventanal y se quedó mirando con una mezcla de júbilo espontáneo y puro asombro.
—Está nevando.
—Es normal —masculló Trey mientras remoloneaba cinco minutos más.
—Pero si aún estamos en septiembre…
—Y lo dice la mujer que pretende montar ya un decorado de demonios y duendes macabros.
—Qué bonito. Pero no estoy preparada para que nieve. No hemos comprado las calabazas.
En vista de que dormir cinco minutos más iba a resultar imposible, Trey se levantó, se acercó a ella y se echó a reír.
—No está nevando. Son cuatro copos. Es polvo de nieve.
—En Boston llamamos nieve a eso blanco que cae del cielo.
—Ahora estás en Maine, guapa. Parará antes de que termines tu primera taza de café. Ay, mierda, necesito el mío. Esta mañana tengo un juicio.
—Irás trajeado.
—Sí, sí.
Sabiendo que se afeitaría bien para ir al juzgado, Sonya le rascó la barba de dos días bajo el pómulo.
—Ponte el gris. Te realza los ojos.
—¿Con eso me meteré al juez en el bolsillo?
—Nunca se sabe.
—De todas formas, es el único traje que tengo aquí, de modo que eso facilita las cosas.
—¿Cuántos trajes tienes?
—Tres. Uno negro, uno gris y otro azul marino de raya diplomática. Eso es suficiente para cualquiera. Salvo en el caso de Ace, que los colecciona como si fueran sellos.
—Y nadie lo supera en elegancia. Voy a tomarme un café; a ver si estás en lo cierto respecto a la nieve.
El fuego ya chisporroteaba en la biblioteca. Se acomodaría allí en breve, ya que tenía una videoconferencia con el equipo de Ryder a las nueve y media.
Abajo, se detuvo, como solía hacer últimamente, junto a la sala de música. Pero no apreció ningún cambio en los retratos.
En la cocina, el fuego ardía con suavidad en el pequeño hogar, brindándole un cálido recibimiento para la jornada. Se dirigió a la puerta trasera, dejó salir a las mascotas y permaneció en el umbral mientras soplaba una fuerte racha de aire frío.
Un hombre empujaba una carretilla en dirección al cobertizo.
Llevaba una chamarra marrón, una gorra de fieltro y unas curtidas botas marrones.
Ambos perros corrieron a su encuentro moviendo la cola.
Al girarse, se deshizo en sonrisas que acentuaron las arrugas de su rostro al tiempo que los acariciaba con fuerza brevemente.
A continuación, metió la carretilla en el cobertizo y, tras cerrarlo, se volvió hacia Sonya y la saludó levantándose ligeramente la gorra.
Y desapareció.
—No. No, jamás llegaré a acostumbrarme a esto. En la vida. —Con un ligero escalofrío debido a la escena en la misma medida que al frío, retrocedió y se internó de nuevo en el cálido ambiente de la cocina.
La tableta arrancó con Good Morning Good Morning [«Buenos días, buenos días»] de los Beatles.
—Sí, sí. Es que me he quedado un poco atónita.
Para cuando hizo café y tostó un bagel, la predicción de Trey demostró ser cierta. La nieve se desvaneció con la misma rapidez que Jerome, y el sol asomó entre las nubes.
Trey bajó justo cuando ella les abría la puerta a las mascotas. Según los cálculos de Sonya, se las había ingeniado para ducharse, afeitarse y acicalarse como un abogado de camino al juzgado en poco menos de media hora.
Y le pareció ligeramente irritante.
A pesar de ello, le sirvió un café.
—Gracias.
—En vista de que yo tardaré el doble de tiempo que tú en ponerme presentable, me voy para arriba a arreglarme para la videoconferencia.
—Te pondrás mucho más que presentable.
Ella se quedó pensativa.
—Más que nada, gracias a Molly. He visto a Jerome.
Trey se despegó la taza de café de los labios.
—¿Dónde?
—En el cobertizo, guardando la carretilla.
Está claro que los perros lo conocen porque han echado a correr en dirección a él sin ladrar, han corrido a su encuentro para que los acariciara.
Y él lo ha hecho. Después, ya sabes. —Hizo un ademán con la mano—.
Se ha levantado ligeramente la gorra y ha desaparecido.
Se encogió de hombros.
—Iba a decir que como una mañana cualquiera en la casa solariega, pero pareces… Yo diría que intranquilo.
—Esto va como en escalada.
Su inquietud la desconcertó.
—Yo creo (espero) que se debe a que todos se encuentran más a gusto conmigo. Con nosotros. Y que todos estamos ganando fuerza. ¿Tú no?
—Coincido contigo. —Se acercó a la ventana a echar un vistazo al cobertizo—. Ese es el lado positivo de esta situación.
—¿Y el negativo?
—Que Dobbs ataca con más contundencia. Ya lo ha hecho. Hacer que ese buitre se abalanzara contra el ventanal del estudio, el rayo, que quedaras atrapada en el sótano… Sus ataques también van en escalada.
—Hasta ahora no le ha servido de gran cosa.
Él se giró hacia ella.
—Me paro a pensar en el día de tu llegada, y en que me hacía cierta gracia averiguar cómo reaccionarías al descubrir que habías heredado una casa encantada en el buen sentido, según creía.
Y me pregunto si, de haber estado al corriente de todo esto, habría actuado de forma diferente.
Si me hubiera sentado contigo a esa mesa y te hubiera informado de todo esto, cómo habrías actuado.