Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

E l sábado, en el transcurso de la batida por las zonas de almacenamiento del sótano, Sonya hizo oídos sordos al sonido de la campanilla y halló otro tesoro.

—¡Mirad esto! —Sostuvo en alto una foto enmarcada que había desenterrado de un cajón roto de una cómoda—. Es el personal, el personal de la casa. Qué cantidad de criados. Oh, esta mujer, este hombre… ¡Son Hobson y Grimes! ¡El ama de llaves y el mayordomo!

Cleo fue la primera en ir a su encuentro a echar un vistazo.

—Hay… veintitrés personas. No veo a Molly, así que la fotografía se hizo antes de su llegada o después de que falleciera.

—Sácala —sugirió Trey— y mira al dorso. Puede que esté fechada.

—Eso espero.

Owen se sacó una herramienta multiusos del bolsillo.

—A ver. Es un marco antiguo, el soporte trasero está sujeto con alambre.

—Hay que cambiarlo. Puedo…

—Es un marco de calidad. —Continuó manipulándolo—. Solo hace falta limpiarlo bien.

Al retirar el soporte trasero, en el dorso de la fotografía encontraron, además de la fecha, una lista de nombres elaborada con una primorosa caligrafía.

—10 de enero de 1933. O sea, que se hizo después de la época de Lissy, antes de que Patricia se casara con Michael Poole jr. ¡Sí! Son Mildred Hobson y James Grimes. Mira, Cleo, en la lista figura una tal Eleanor Gruder. Me pregunto si será nuestra Eleanor.

Lynyrd Skynyrd se arrancó con You Got That Right [«Has acertado»] a ritmo de rocanrol en el teléfono de Sonya.

—En la fila de los que posan sentados, la tercera de izquierda a derecha.

Sonya sacó la foto y escudriñó la fila delantera de criados.

—¡Aquí está! Aparenta tener bien entrados los sesenta, igual hasta setenta y tantos. Es una fotografía muy formal, por eso todos están un poco rígidos. Pero parece feliz. La verdad es que todos lo parecen. Me pregunto cuánto tiempo trabajaría aquí.

El tema I Saw Her Standing There [«Yo la vi posar ahí»] sustituyó a Lynyrd Skynyrd.

—Según los Beatles, solo tenía diecisiete años. —Owen sonrió con picardía—. Tío, Clover es rápida como un cohete.

—Todos esos años de servicio aquí —dijo Sonya en voz baja—. Tengo la impresión de que los Poole eran buena gente para la que trabajar. Limpiaremos el marco y lo pondremos en la galería.

Owen se puso en cuclillas para inspeccionar el cajón.

—Puedo repararlo. Qué demonios, hasta tú podrías repararlo, Trey.

—Ese cumplido me suena a crítica velada. No obstante, parece una bonita pieza.

—De nogal, posiblemente de la misma época que la foto.

—Y, dado que está aquí, es probable que se encontrara en las dependencias de los criados, en el ala de los hombres.

—La mayoría de esas habitaciones se destinaron al espacio del gimnasio y la sala de cine —le dijo Trey a Sonya—. Dudo que necesites dormitorios aquí.

—Qué va, la planta entera es para el entretenimiento y la diversión. A lo mejor en un momento dado encuentro un sitio para ponerla en la segunda planta. A menos que puedas sacarle partido tú, Owen.

—No, yo…, en fin.

—¡La vacilación es aprobación! —Sonya anotó «Owen» en un pósit y lo pegó encima de la cómoda.

En el transcurso de la búsqueda, hallaron una colección de tapetes de ganchillo y caminos de mesa.

—Qué labor más bonita. —Cleo desenvolvió pieza por pieza—. Son, podíamos enmarcar algunas. Tú deseas rendirles homenaje. En vista de que están aquí abajo, fijo que alguien del servicio los tejió.

—Me en canta la idea. Desde luego, dispondremos de espacio de sobra en las paredes una vez que decoremos el sótano.

—Los ovillos, las bovinas, lo que quiera que haga falta para esas labores está aquí. Junto con las agujas —señaló Trey.

—Agujas de ganchillo —matizó Cleo—. Me huelo otra muestra.

—Sí, un rincón para los bordados o la costura. A modo de exposición, ya que nosotras ni cosemos ni bordamos. —Sonya cogió el ovillo de hilo de croché que Trey sostenía en la mano—. Un rincón interesante, una vitrina o una estantería.

—Seguro que querrás incluir esto. —Owen hizo una seña—. Es una máquina de coser antigua.

—¡Anda! Tiene un pedal de hierro de esos grandes. Había que accionar la máquina pisando el pedal. Oh, y qué armazón más bonito. ¡La máquina se guarda bajo los aleros de la mesa! ¡Qué chulo! Me pregunto si todavía funcionará.

Intrigada, arrastró una silla, se sentó y pisó el pedal de hierro.

La aguja se movió de arriba abajo con un rítmico sonido mecánico.

Entre risas, Sonya soltó el pedal y se inclinó hacia delante.

—Podíamos averiguar cómo enhebrarla. A lo mejor hasta encontramos el manual por aquí. Ponerla en marcha y meter un retal aquí.

Cuando hizo amago de alargar la mano hacia la aguja, algo empujó el pedal hacia abajo. Apenas le dio tiempo a apartar la mano rápidamente para evitar que la aguja le perforara el dedo.

Trey la sujetó por los hombros para apartarla y tiró de ella hacia arriba al tiempo que Clover reproducía Evil Woman [«Malvada»].

—Por un pelo. ¡Te ha salido el tiro por la culata, zorra despiadada! Estoy bien.

La aguja comenzó a moverse de arriba abajo cada vez a mayor velocidad hasta que se borró de la vista. Poco después, paró.

Sonó la campanilla.

Sin decir nada, Trey se llevó la mano de Sonya, intacta, a los labios.

—Vamos a hacer exactamente lo que hemos dicho.

—Sonya tuvo que tomar aliento para recomponerse—.

A enmarcar algunas de las labores de ganchillo, a exhibirlas y a sacar partido de la antigua máquina de coser.

Y, hum… Uf, fijo que encontramos utensilios de cocina de época aquí abajo, cosas de la antigua cocina. También los exhibiremos ahí.

—Seguramente habría despachos aquí abajo, ¿no? —se preguntó Cleo—. El del ama de llaves, el del mayordomo. Ellos estaban al frente del personal, de modo que necesitarían algún despacho.

—Hay un escritorio y una silla por ahí. —Owen hizo una seña—. La silla es una joya. De roble macizo, con el asiento giratorio. No hace el más mínimo chirrido.

—El escritorio, la silla, igual también un tintero, si realmente buscas conferirle un toque de los viejos tiempos —sugirió Trey—. Junto con uno de esos sellos de lacre.

—Vale, genial. Sí, todo eso. —Con las ideas y las posibilidades, el nerviosismo de Sonya se aplacó—. Que la casa solariega cobre vida de nuevo, de arriba abajo. Eso es lo que le revienta.

—Y solo consigue que yo me regodee más si cabe. —Cleo puso las manos en jarras—. Volvamos al tajo para sacarla de sus casillas.

—Demasiado tarde —señaló Owen—. Ya lo está.

Buscaron, reunieron, sacaron, subieron y movieron de sitio.

Sonya echó otro largo vistazo a la futura sala de juegos.

—Va a quedar de fábula. Va a funcionar. De hecho…

—Oigo los quejidos de mi espalda.

Sonya le dio un achuchón a Trey.

—Nosotras colaboraremos. Pero sería genial que pudiéramos colocar aquí los muebles que hemos seleccionado. Para cabrearla.

—Precisamente eso es lo que me motiva —reconoció Owen.

—Y, una vez que lo hagamos, voy a encargar el descomunal televisor y la mesa de billar, a elegir la gramola entre los contactos que me proporcionó tu conocido. Como también hacen falta apliques adecuados, meter los muebles me ayuda a visualizarlo.

Mover y recolocar muebles, deliberar y decidir qué comprar les llevó el fin de semana.

El hecho de que Sonya abrigara tantas ilusiones supuso un aliciente para el inicio de la semana. La reunión con Maddy para tratar el tema de la página web mantuvo la tónica.

A finales de la semana ya había creado un nuevo panel de ideas y comenzado el trabajo para su cliente más reciente.

Había realizado el pedido de los apliques y de una enorme pantalla de pared, además de contratar los servicios de un electricista.

Dado que Owen se había encaprichado de un futbolín, encargó uno, junto con una selección de modelos originales de juegos de mesa clásicos.

A modo de guiño a Collin y Deuce, añadió un tablero de ajedrez al surtido.

Septiembre transcurrió plácidamente para dar paso a octubre. Anticipándose, Sonya y Cleo cogieron las últimas flores del jardín. Y Cleo, dejándose aconsejar por su grand-mère , picó hierbas aromáticas frescas y las congeló en cubiteras.

Sonya se despertó con el suave chisporroteo del fuego, y la primera helada.

Cleo reservó una hora cada día para pintar el árbol en otoño mientras en Poole’s Bay se producía una explosión de colores otoñales.

Pese a las amenazas de Dobbs, Sonya dedicó ratos a salir a caminar todas las tardes. Nada haría que se perdiera el esplendor del otoño en la casa solariega, con las enérgicas brisas que arrastraban el aroma a mar y a leña quemada, los arrebatadores colores que rozaban lo asombroso.

—Es otra forma de reclamar la potestad de la casa, Yoda.

—Él se puso a dar brincos a su lado al tiempo que ella levantaba la vista hacia las ventanas del salón dorado—.

Me consta que sabe que estoy aquí fuera.

Sé que le encantaría hacerme daño, pero he de demostrarle, de demostrarle todos los días sin falta, que no conseguirá echarme de aquí.

Bajó la vista hacia su adorable carita.

—Ya prácticamente estamos en octubre, Yoda. Creo que es hora de sacar los adornos de Halloween, de comprar unas calabazas. No sería de recibo vivir en una mansión encantada si no echaras la casa por la ventana en Halloween.

Súbitamente, metió la mano en el bolsillo y miró hacia arriba al oír que se abría una ventana.

Pero era Cleo, que exclamó desde el estudio:

—Hey, cuando vuelvas del paseo, ¿puedes subir si no estás muy liada?

—Claro.

—Me gustaría enseñarte las ilustraciones para el libro. Para mí que están listas, pero…

—Dame diez minutos. De paso, voy a coger una CocaCola. ¿Te apetece una?

—Pues sí, gracias. Dios, qué vista más bonita. Tengo que salir. Más tarde.

Sonya paseó a Yoda rodeando la casa. No le entristeció tanto como se imaginaba contemplar el jardín preparado para el invierno. Gracias a Jerome.

«Gira, gira, gira. Para todo hay un tiempo», pensó, con uno de los temas favoritos de su padre en mente.

Sabía que volverían a florecer. Plantarían más, aprenderían más.