Capítulo 26 #3
—¡Uf, métete un cactus por el culo! —espetó Sonya, haciendo que Cleo se mondara de risa—. Es que es tu noche. —Alargó el brazo y lo enganchó al de su amiga—. No va a arruinarnos ni un segundo.
Cleo cogió su cartera de encima de la cama de camino a la puerta.
Trey y Owen, en el salón, se levantaron de los sillones cuando ellas hicieron su entrada.
Owen negó con la cabeza.
—Hablando de pibones.
—Quizá la gente de Poole’s Bay no esté preparada para semejante estampa.
—Pues tendrá que prepararse. —Sonya agarró la mano de Trey—. Porque allá vamos.
Se agachó para rascar a cuantas mascotas tenía al alcance.
—Lo más seguro es que estemos en casa alrededor de las diez, igual diez y media. Sed buenos.
Las luces de Bay Arts brillaban y, a través del escaparate, Sonya vio gente pululando. Fuera había más personas arremolinadas, charlando al fresco del otoño.
—Hemos llegado pronto, como es de rigor, pero ya hay gente dentro.
—Bajaos aquí. Yo voy a buscar un sitio para aparcar.
—Hay muchas guindas en el pastel —comentó Owen al salir del coche, y le tendió la mano a Cleo.
—¿A quién no le chiflan las guindas del pastel? Marcia, me alegro de verte.
Y, con su inconfundible estilo, Cleo comenzó a alternar.
—Esto se le da de fábula —dijo Sonya por lo bajo.
—Vete a hacer las presentaciones. Luego te busco.
Aunque Sonya dudaba que Cleo necesitara presentaciones, le dio a Trey un rápido beso y se alejó rápidamente.
Cuando hicieron su entrada, Linda, la encargada, fue a su encuentro rauda.
—Me alegro de que hayáis llegado pronto. Ha habido quienes se os han adelantado. Ya has vendido un cuadro.
—¡No me digas!
— Compañeros de navegación. La esposa y madre del padre y el hijo respectivamente que aparecen en el cuadro entró con un par de amigas y, al verlo, reconoció la embarcación y a ellos a bordo. Así que, ¡vendido!
—¡Chocolate!
Cleo se rio.
—¿Sigue aquí? Me gustaría conocerla.
—Sí. Acompáñame.
—Ve —le dijo Owen—. Nosotros vamos a esperar a Trey. —Cuando Cleo se alejó con Linda, comentó a Sonya—: Hará que coman de su mano.
—Así es. Y lo hace de forma natural, auténtica. Tengo la impresión de que estoy más nerviosa que ella.
—¿Qué te parece si te traigo lo que fijo va a ser un vino barato de tres al cuarto en un vaso de plástico?
—Por mí bien. De hecho, conozco a algunas de estas personas.
—Anda, vete a entablar charlas banales. A mí se me da de pena, cosa que también es algo natural y auténtico.
Entre sorbo y sorbo de vino de mala muerte, Sonya charló de temas banales. En un momento dado se reencontró con Trey, y después con su familia.
—No podemos quedarnos mucho tiempo. —Seth llevaba a la cría en un portabebés pegado al pecho.
—La verdad es que no, pero queríamos pasarnos un momento al menos. La exposición es una maravilla. Tiene un aspecto fabuloso. Felicidades, Cleo.
—Gracias. Lo mismo que ella: tiene un aspecto fabuloso.
Owen inclinó ligeramente la cabeza hacia la de Fiona.
—Fa, fe, fi, fo, fu. Alguien tiene que enseñárselo.
—Tú, cómo no. —Corrine negó con la cabeza con gesto risueño—.
Acabo de encontrarme a Clarice. Está por ahí.
Me parece que has conseguido una venta, Cleo.
El cuadro que posiblemente has pintado a partir de una antigua fotografía de la empresa de construcción naval de los Poole.
De antes de que llevaran a cabo la ampliación.
—No lo he visto.
—Tú no lo ves todo —le dijo Cleo a Owen—. Collin tenía varias fotos de finales de la década de 1800.
—Enséñamelo. Perdona —añadió al cogerla de la mano y tirar de ella.
—Yo diría que Clarice ha tenido suerte por llegar primero. —Ace sonrió de oreja a oreja a los grupos de gente—. Esto es lo que nos gusta ver, ¿a que sí, querida mía?
—Ciertamente. Y a propósito de ventas, Ace, ya he encontrado mi regalo de aniversario. Esa serie de ahí. La hortensia, la glicinia y el lirio. Tengo el sitio ideal para colgarlos.
—Eso es lo que siempre dice, y jamás se equivoca. Vayamos a buscar a quienquiera que negocie el negocio.
—Y yo le he echado el ojo a otro.
Sorprendida, Corrine se volvió hacia Deuce.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Me consta que tú eres la que elige las obras de arte y demás, pero le pedí a Kevin que me reservara uno hasta que te lo mostrara.
—Qué mejor momento que ahora. Disculpadnos, enseguida volvemos.
—Me lo enseñó antes. Es la cala —dijo Trey—. Él se le declaró allí.
—La cala del Pirata. —Sonya suspiró sin más—. Qué romántico.
—¿Te apetece más vino de tres al cuarto? —le preguntó Trey.
—No, la verdad es que no. Estoy disfrutando.
Sonya disfrutó. Cleo socializó y habló de arte. Kevin, con los ojos un pelín desencajados, sonrió como un loco.
A medida que la multitud comenzaba a dispersarse, Bree irrumpió como una bala.
—Acabo de cerrar la cocina. He de regresar, pero no estaba dispuesta a perderme esto. Manny dijo que deberíamos comprar algo para nuestra casa. Dime qué.
—Oh, Bree, las obras de arte hay que elegirlas personalmente. Es…
—Gilipolleces. —Bree se limitó a agarrar del brazo a Sonya—. ¿Qué demonios sé yo? Muéstrame cosas.
Sonya hizo cuanto pudo, y le sorprendió que Bree se decantara por una evocadora acuarela de la bahía. Con una única embarcación, de un blanco luminoso con las velas rojas, surcando el horizonte.
—Me infunde calma. Cuesta infundirme calma, pero esto lo hace. Quiero este. Me gusta cómo se filtran los rayos del sol entre las nubes, como si fueran los dedos de Dios o lo que sea. Sí, me calma. Gracias. Voy a comprarlo.
Salió disparada.
—Yo no he hecho absolutamente nada —dijo Sonya por lo bajo—. En fin, me alegro de haber sido de ayuda.
—¿Conque hablando contigo misma?
Al darse la vuelta, Sonya se echó a reír al toparse con Maddy.
—Suelo hacerlo.
—Y yo. Sonya, te presento a Hector, mi compañero de batallas.
Se parecía a Willie Nelson, trenza incluida, y tomó la mano de Sonya entre las suyas.
—Me alegro mucho de conocerte. Maddy me ha enseñado fotos de los muebles que está tapizando para ti. Eres una mujer inteligente: valoras la historia y el patrimonio.
—Y es muy probable que mañana me ponga en contacto contigo, pues Hector y nuestros hijos votaron a favor de que diseñes una nueva página web.
—No lo lamentarás.
—Eso me han dicho, de modo que me figuro que eres tan talentosa en tu oficio como Cleo en el suyo.
—Nunca nos perdemos una exposición de arte —terció Hector—. Pero esta es una pasada.
—No podría estar más de acuerdo.
Al término de la velada, resultó obvio que muchos coincidían en ello.
—El número de la suerte. —Kevin se aflojó su pajarita roja—. Solo esta noche se han vendido trece, y varios más han despertado un gran interés. Cleo, ha sido la inauguración de artes plásticas más exitosa que hemos tenido hasta la fecha.
—Es la exposición más exitosa que yo he organizado hasta la fecha. Has realizado una labor impresionante.
Él le apretó las manos con fuerza.
—Tienes que prometerme que harás otra.
—Me encantaría. A lo mejor el próximo otoño.
—Perfecto. —Él le besó ambas manos, primero la izquierda, después la derecha—. No tengo palabras para agradecértelo. Y recuerda que, en cualquier momento que pintes algo que quieras exhibir, aquí estamos.
—Eres un sol, Kevin.
—El coche está aparcado a unas cuantas manzanas de aquí —les dijo Trey mientras salían—. Voy a por él y os recojo.
—Me vendría bien dar un paseo. —Cleo miró a Sonya.
—Totalmente. Ha habido un rato en el que el local estaba de bote en bote. Sienta genial airearse. ¡Trece cuadros! —exclamó Sonya con los puños en alto—. Y Kevin ha contado la serie de tres que Paula ha elegido como uno, así que de hecho han sido quince. Eso es un montón de chocolate.
—Bueno, hay que contar el de los padres de Trey, el de la prima de Owen…
—Se me ha adelantado. Qué rabia.
—Bree —continuó Cleo—, todos han comprado alguno… ¿A quién voy a engañar? ¡He arrasado! Haría una voltereta lateral, pero…
—¿Sabes hacerla?
Tanto Cleo como Sonya miraron a Owen con desdén.
—Pues claro que sé hacerla.
—Demuéstralo.
—¿Pretendes que haga una voltereta lateral aquí, en plena acera? ¿En High Street?
Él se encogió de hombros.
—A menos que seas demasiado remilgada o que no sepas hacerla…
—¿Remilgada yo? Estás buscando pelea.
Cleo le entregó a Sonya la cartera y se echó el pelo hacia atrás. Tras lanzarle a Owen una última mirada altiva, no realizó una, sino dos volteretas laterales en la acera de High Street.
Una pareja que salía del Lobster Cage aplaudió.
Cleo se sacudió las manos e hizo una reverencia.
—¿Tú sabes hacer eso? —inquirió Trey.
—Sí, pero no con este vestido. —Rebosante de felicidad, Sonya le sonrió—. Luego te lo demuestro.