Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Te lo agradezco, Son. Kevin y yo podíamos arreglárnoslas solos, pero tú tienes muy buen ojo para la distribución.

—Me encanta involucrarme en esto. Es la mar de divertido. Y sé de buena tinta que esta noche vas a arrasar.

—Sea como sea, me siento bien. He conseguido pasar el verano pintando y ahora tengo la oportunidad de lucirme. Kevin va a mantener la exposición en cartel dos semanas.

Cuando dio el último viaje fuera, Sonya se detuvo en el umbral de la puerta principal.

—Jack, cuento contigo, y con todos, para que cuidéis de Yoda y Pye.

La respuesta llegó con el sonido del rebote de la pelota, y Yoda salió pitando hacia la parte trasera de la casa.

—Asunto solucionado.

Tras cargar los últimos cuadros, Sonya se puso al volante.

—Bueno, hace tiempo que no conduzco la camioneta, pero recuerdo cómo hacerlo, creo. Espero.

Lo recordaba lo bastante bien como para llegar al pueblo y aparcar a espaldas de Bay Arts.

Kevin se apresuró a ir a su encuentro.

—Desde que abrimos, la gente no ha parado de llamar y pasarse por aquí. Esos folletos, Sonya, han funcionado muy pero que muy bien. Voy a por más vino. Ya hemos descolgado las otras obras de las paredes.

Él no cabía en sí de emoción cuando empezaron a descargar las obras.

—Esto se está convirtiendo en el mayor evento que hemos organizado desde el Día del Trabajo. Espero que no te tomes a mal que mencione que el hecho de contar con una de las señoras de Lost Bride Manor en cartel no ha sido moco de pavo.

—¿Cómo me lo voy a tomar a mal? Eso es lo que somos, ¿a que sí, Sonya?

—Exacto.

El montaje les llevó un rato, un buen rato, pues Sonya fue más puntillosa en lo tocante a la distribución que la artista o Kevin.

—Pensaba que intercalarías marinas, bodegones, paisajes, etcétera.

—Yo también. —Con los labios fruncidos, Cleo observó a Sonya mientras esta colgaba otra obra—. No obstante, tiene razón, Kevin: así hay más fluidez. Me preocupaba que agruparlas de esta manera resultase aburrido, y demasiado uniforme.

—Lo aburrido no encaja contigo —comentó Sonya, y dio un paso atrás—.

Y nunca pintas lo mismo dos veces. El movimiento, la luz o la perspectiva siempre varían.

Estas, las escenas de Poole’s Bay desde diferentes ángulos, los edificios independientes como el de la antigua escuela (quién sabe si el futuro museo), componen un relato.

Lo mismo que los estudios del faro y las obras florales.

Escudriñó la distribución y asintió con la cabeza.

—Vale, paisajes marinos, el puerto deportivo, el hombre y el niño navegando… —Hizo una seña—. Empecemos por ahí.

Cleo sonrió a Kevin.

—De nuevo, tiene razón.

Cuando terminaron, a Cleo le tocó el turno de ponerse al volante, y a Sonya, con aire satisfecho, relajarse.

—Tú habrías hecho lo mismo que yo. Habrías percibido la fluidez.

—Puede, pero no ha hecho falta. Simplemente se me ha brindado la oportunidad de pasarlo bien.

—¿No estás nerviosa? ¿Ni siquiera un pelín?

—La verdad es que no. Esto es la guinda del pastel. Simplemente es la deliciosa guinda del pastel. Me parece que voy a ponerme algo bohemio, a maquillarme en plan sofisticado y a dedicarme única y exclusivamente a pasar un buen rato. Si se vendiera algo, sería la cobertura de chocolate del pastel.

—Tengo la sensación de que te vas a empachar.

A su llegada a la casa solariega, les extrañó ver la camioneta de Owen y el coche de Trey.

—No pensé que fueran a venir tan pronto. Disponemos de más de dos horas.

—Espero que hayan traído comida o que no den por sentado que voy a improvisar algo sobre la marcha más allá de un salteado. Necesito media hora más o menos para componer mi modelito bohemio.

Cleo aparcó en el garaje, apagó el motor y asintió con la cabeza con aire ufano.

—Si fuera necesario conducir este tanque a lo largo del invierno, lo tenemos controlado.

—Antes me parecía un bicho imponente. Ahora es un bicho imponente muy chulo.

Los perros rodearon la casa a la carrera para darles la bienvenida. Pye asomó más bien contoneándose y, al darse cuenta de quiénes habían llegado, dobló en dirección a la puerta principal como si tal cosa.

Cuando entraron, Clover lo celebró con The Boys Are Back in Town [«Los chicos han vuelto a la ciudad»].

—En vista de que tú te has decantado por lo bohemio, yo voy a optar por algo sencillo y discreto, para marcar el contraste —dijo Sonya mientras cruzaban el pasillo en dirección a la cocina—. ¿Botas?

—Totalmente.

—Yo también. Puede que lamente que el verano haya terminado, pero nunca lo lamento si eso implica ponerme unas botas.

Sonya aspiró el aroma.

—¿Hueles eso?

—Sí. Algo se está cociendo.

Al entrar a la cocina, se encontraron a Owen junto a los fogones y a Trey junto a la isla.

—Hombres de faena —declaró Sonya.

—Como nos figurábamos que no tendríais tiempo de cocinar, decidimos hacerlo nosotros. —Trey se levantó del taburete para besarla—. Mejor dicho, él. Yo estoy picando.

—Es esa pasta tuya al vodka. Lo tengo controlado. —Owen se apartó cuando Cleo se inclinó sobre la olla.

—Eso parece. Qué detalle. —Lo besó—. Gracias.

—¿Qué tal el montaje?

—Sin complicaciones gracias al buen ojo de Sonya. ¿Ha habido jaleo?

—Un par de portazos cuando llegué —respondió Trey—. Para cuando Owen entró, nada.

Mientras Sonya les servía la comida a las mascotas, Cleo puso la mesa.

Trabajo en equipo, pensó Sonya. Los cuatro también tenían eso controlado.

Se acomodaron para cenar pasta y ensalada con vino tinto.

—Que sepas que Ace ha realizado considerables avances en cuanto al proyecto del museo.

—Ya lo sé. —Sonya se sirvió macarrones—.

Hemos estado en contacto por correo electrónico.

Hemos reclutado a un arquitecto y a un ingeniero.

Una vez que diseñen los planos del proyecto, los presentaremos en el ayuntamiento y se iniciarán los procedimientos.

Luego celebraremos una reunión con los vecinos en la que cruzaremos los dedos para que a la gente le guste la idea, y el diseño.

—La idea fijo que sí —comentó Owen mientras comía—. En cuanto a consensuar el diseño, seguramente habrá cierto tira y afloja. Pero tienes un as en la manga.

—Sí, a Ace. [2]

—Sonya debería diseñar la señalética. Prestaste atención —añadió Cleo, dirigiéndose a Owen, al tiempo que daba unos toquecitos con el dedo junto a su plato.

—¿A ti, Lafayette? Cuesta no hacerlo. Y tienes razón respecto a la señalética.

—Me sabe mal entrometerme.

—No lo harías —repuso Trey de inmediato—. Tú te dedicas a eso. Necesitarán una página web, redes sociales y demás. Me consta que Ace da por sentado que te ocuparás de eso.

—Lo haría. Lo haré si el comité del ayuntamiento está de acuerdo. Ace y yo ya hemos hablado de crear una página web para seguir la reforma y ayudar a recaudar fondos. Pero cada cosa a su tiempo.

—Ahora pareces tú la abogada.

A Sonya le hizo gracia el comentario de Owen.

—Se me estará pegando de Trey. Según Ace, Paula y él asistirán a la inauguración de esta noche.

—No se la perdería. Mi madre y mi padre también asistirán. Y Anna y Seth quieren pasarse por allí con Fiona, depende.

—Va a estar de bote en bote. —Owen se sirvió otro plato—. Acudirán muchos Poole. La señora que vive en la casa solariega ha causado un gran revuelo.

—Pues más me vale no decepcionarles.

—Sonya y tú os habéis integrado en la comunidad. Eso es importante. —Trey alzó su copa hacia las dos—. Algunos irán para apoyar eso, y a Kevin, y otros por curiosidad…, además de por el vino y los canapés gratis. Sea como sea, habrá un gentío.

—Más cobertura de chocolate. Ella no está nerviosa —explicó Sonya—. La exposición es la guinda del pastel, y las ventas, la cobertura de chocolate.

Trey apuró la pasta.

—Igual sufres un coma de azúcar antes de que termine.

Después de cenar, subieron a cambiarse. Al salir de la ducha, Sonya encontró su vestido verde oscuro —de manga larga y con el escote drapeado— extendido sobre la cama y combinado con sus botas negras de tacón ancho.

—Seguramente me habrás oído. Una elección perfecta. Me pregunto qué haría sin ti, Molly, la verdad sea dicha.

El fuego ardía suavemente en el dormitorio y, mientras se vestía, Clover le infundió un subidón de ego con Oh, Pretty Woman [«Oh, qué guapa»] de Roy Orbison.

—Yo también me siento así. Bueno, Cleo estará absolutamente despampanante.

No me hace falta cruzar los dedos para que brille esta noche, puesto que lo hará seguro.

Sin embargo, he de reconocer que estoy nerviosa.

El arte es muy personal, y el suyo dice mucho de su personalidad.

Lo único que deseo es que a todo el mundo le chifle.

Se observó con atención en el espejo. Se había ondulado ligeramente el pelo para imprimirle lo que para ella era un toque festivo, se había puesto sus pendientes de aro ondulados.

Y se había liado el collar de cuentas de Clover alrededor de la muñeca a modo de brazalete para tener presente ese vínculo emocional.

—Listo. Voy a ver qué tal va Cleo.

Cruzó el pasillo y llamó a la puerta.

—Soy Sonya.

—Pasa. Estoy casi lista.

El fuego también ardía suavemente en el cuarto de Cleo, de pie poniéndose los pendientes, unos largos con multitud de tiras con piedras de cristal.

—Vale, has dado en el clavo. Has acertado. De pleno.

Cleo sacudió ligeramente la cabeza y observó cómo la luz de la lámpara se reflejaba en los cristales.

—Eso creo. He consultado a Molly, y me parece que hemos dado en la diana.

Motivos ondulados en oro y plata envejecidos cubrían el fondo cobre del vestido, con la falda de vuelo a media pierna.

Calzaba unos botines de piel suave con cordones, de la misma tonalidad cobre, que le llegaban por debajo del dobladillo.

Además de la turmalina negra, se había colgado cadenas de plata.

Los tonos hacían que su tez resplandeciera en contraste con su fabulosa mata de pelo.

—¿Y tú? —Cleo se giró hacia ella—. Estás perfecta. Las señoras de la casa solariega están despampanantes esta noche.

Se oyeron portazos y el fuerte dong del timbre. El cristal de la ventana vibró.