Capítulo 26
N ada más cerrar la puerta al entrar, sonó el dong del timbre. Tras dar un respingo, Sonya puso los ojos en blanco sin más.
—Eso ha sido lo que se dice un churro. Oye, ¿vas a incluir este cuadro en la exposición?
—No, no está a la venta.
—Pues más me pica la curiosidad si cabe.
Cuando pasaron junto a la puerta del pasadizo, se abrió de par en par y una campanilla empezó a tintinear sin cesar abajo.
Cleo se limitó a cerrar la puerta y siguió su camino.
—Suele hacerlo muy a menudo mientras estás trabajando y subo o bajo.
—Me ha gustado el hecho de que Maddy no le diera importancia. La pondremos en la lista de invitaciones para la fiesta de Navidad.
—Totalmente. Ya sabes que va a echar un vistazo a tu trabajo, a consultar a algunos de tus clientes del pueblo. Y que se va a poner en contacto contigo para que actualices su página web.
—No voy a decir que estoy segura al cien por cien, pero sí al noventa y cinco por ciento.
Al llegar a la segunda planta, las puertas se abrieron de golpe y se cerraron dando portazos.
—¿Suele hacer eso también muy a menudo?
—De vez en cuando. Básicamente, sobre todo dar golpazos. Como esos —añadió Cleo cuando los portazos y golpes secos resonaron desde el salón dorado—. Además, creo que le fastidia cuando estamos aquí arriba juntas.
—Entonces tendré que subir con más frecuencia.
Entraron al estudio, donde el ventanal de la torrecilla miraba al mar y al cielo.
—Mira, se avecina lluvia. De hecho, se ve como una cortina deslizándose sobre el agua.
Me enfrasco demasiado en el trabajo, y no miro por la cristalera de la biblioteca lo bastante a menudo.
Pero oigo el rumor del océano, y me pregunto cómo es posible que antes trabajara sin ese sonido.
—Se giró hacia el caballete—. Todavía lo tienes tapado.
—No estaba segura de si traerías a Maddy aquí arriba. Siempre que me ponía a trabajar en él, le decía a Clover que era una sorpresa y le pedía que no mirara.
Clover intervino con She Likes Surprises [«A ella le gustan las sorpresas»] de Soundgarden.
—Me alegro, porque aquí está.
Cleo inhaló hondo y contuvo la respiración, señal de que —a Sonya le constaba— se trataba de un momento importante.
Lo destapó.
—¡Oh, Dios mío! Oh, Cleo. Oh, Dios mío.
Como el corazón se le había salido del pecho, Sonya se llevó las manos al cuello.
—Es…, es… Necesito un minuto.
Las siete novias se hallaban hombro con hombro vestidas de blanco nupcial sobre el césped, con un exuberante verdor.
Las flores se extendían como una alfombra a sus pies.
Por detrás de ellas, la casa solariega se alzaba majestuosa contra un cielo de un azul intenso y evocador con pinceladas de esponjosas nubes blancas dispersas.
Astrid, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia la derecha, aparecía con la mano agarrada a la de Catherine. Esta, esbozando una sonrisa, tenía la otra mano posada sobre el brazo de Marianne, que a su vez sujetaba la muñeca de Agatha.
Formaban una unidad, todas conectadas. La mano de Agatha sobre el hombro de Lisbeth, la mano de esta en la de Clover, los brazos de Clover y de Johanna entrelazados.
La luz iluminaba sus rostros, unos rostros que reflejaban alegría; reflejaban vitalidad.
Los vestidos de novia parecían brillar. Los siete anillos emitían destellos.
—Cleo. Cleopatra. Estoy devanándome los sesos para encontrar palabras, y no logro dar con ninguna que esté a la altura de esto. Es de ensueño. Es mágico. Es divino.
Se le hizo un nudo en la garganta debido a las lágrimas, se volvió hacia su amiga, la estrechó entre sus brazos y apretó la cara contra su hombro.
—No podía terminarlo hasta que encontráramos el retrato de Catherine. Para poder verla al detalle. Me hacía ilusión regalarles esta escena de belleza, fuerza y solidaridad.
—Eres un tesoro para mí. Que se te haya ocurrido esto, que hayas pintado esto…
Clover le dio las gracias con In My Life [«En mi vida»] de los Beatles.
—Sí. —Sonya se enjugó las lágrimas—. Estamos muy contentas de que formes parte de nuestras vidas.
Tras besar a Cleo en ambas mejillas, Sonya retrocedió.
—Es un magnífico trabajo, ya lo sabes, Cleo. Con todos los detalles. Hasta el último detalle de los vestidos, y las flores de sus ramos a los pies.
—Quería que aparecieran unidas físicamente las unas con las otras, y que los anillos formaran parte de ese vínculo. Pero como las flores son simbólicas, las esparcí ahí.
—Y Clover se casó con Charlie en una pradera. Son hermanas. En el fondo, son hermanas.
—Como nosotras. Es tuyo, Sonya. Tuyo, de ellas y de la casa solariega.
—Cleo. Me he emocionado otra vez. —Esta vez dejó que las lágrimas resbalaran—. «Gracias» no es suficiente.
—Viviendo aquí he tenido la oportunidad de dedicar un verano a pintar. Gracias a ti he conocido a Owen, y ese hombre me tiene loca. He aprendido a cocinar y de jardinería; es más, he descubierto que se me dan bien ambas cosas y les he cogido el gusto. Yo diría que estamos en paz.
—Esto significa muchísimo. Ya sé que todavía no podemos enmarcarlo, pero podría terminar de secarse en la pared de la sala de música, frente a los siete retratos.
—Abrigaba la esperanza de que coincidiéramos en eso. Una vez que encontremos el de Astrid.
El dong del timbre sonó de nuevo; se oyeron portazos. El estudio entero tembló con un estruendo como de una bola de demolición al estamparse contra la pared.
Sonya sujetó con fuerza la mano de Cleo.
—Le revienta de verdad.
—Me lo tomo como el mayor de los halagos.
—¿Es seguro esto? ¿Estarán a salvo aquí?
—He llevado a cabo todos los rituales que mi grand-mère me enseñó, y he incorporado otros.
Mientras hablaba, se oyó un grito estridente, sobrenatural.
Una sombra, enorme y oscura, se deslizó súbitamente al otro lado del ventanal, y profirió otro chillido.
El pájaro de enormes alas, con los ojos rojos y brillantes, planeó en círculo y enfiló derecho hacia el ventanal.
Sin soltar a Cleo, Sonya se tambaleó hacia atrás y, en un acto reflejo, levantó rápidamente la mano para protegerse la cara al tiempo que la criatura se estampaba contra el cristal con tal ímpetu que la media torrecilla tembló.
Dejó una desagradable mancha negra con vetas rojas sobre el cristal.
Cleo apretó la turmalina en el puño de su mano libre.
—Está volando en círculo de nuevo.
—Ya lo veo. Tiene más fuerza que antes. Si rompiera el cristal… —Sonya sacó la piedra que llevaba en el bolsillo—. ¿Bastará con esto?
Ahogó un grito cuando el pájaro se abalanzó de nuevo contra el cristal. Permaneció ahí unos instantes, con las alas bloqueando la vista del cielo por completo, los ojos centelleantes, abriendo y cerrando el afilado pico como para hablar.
Seguidamente, planeó en círculo una vez más.
—Va a hacer un nuevo intento. Cojamos la pintura y vayamos…
¿Dónde?, se preguntó Sonya para sus adentros cuando, al mirar fugazmente hacia atrás, vio el lento avance de la niebla por el suelo del pasillo junto al umbral.
Se prepararon para la siguiente acometida. La lluvia procedente del mar comenzó a caer, junto con fuertes rachas de viento.
Y el pájaro se desvaneció como el humo.
Durante unos instantes, unos instantes eternos y sin aliento, todo tembló: las paredes, el ventanal, el suelo, el techo.
En el repentino grito del silencio, oyeron voces, pasos acelerados, ladridos enloquecidos.
—¡Aquí arriba! —Como le temblaba la voz, Sonya exclamó de nuevo—: ¡Estamos en el estudio! Estamos bien.
Los perros cruzaron el pasillo como balas y se pusieron a ladrar y gruñir con estrépito junto a la puerta del salón dorado. Owen y Trey, a la zaga, irrumpieron en el estudio.
El orgullo no impidió que Sonya se acurrucara en los brazos de Trey.
—Ha sido ese pájaro, ese espantoso pájaro.
—Hemos visto cómo se ha lanzado contra el ventanal. —Sujetándola, Trey miró por encima de su cabeza hacia las manchas en el cristal—. Lo que no limpie la lluvia lo limpiaremos nosotros.
—No hay grietas. —Owen sostuvo a Cleo contra sí mientras examinaba el cristal—. Hemos oído el golpe, como una puñetera bomba, pero el cristal no se ha agrietado. Tu ritual de vudú para la protección funciona, Lafayette.
—Voy a llevarlo a cabo entero de nuevo, para cerciorarme de que siga funcionando. Este truco no ha sido un churro, Son.
—Esta vez no. Ha estado haciendo lo de costumbre —explicó Sonya—. Armar jaleo. Además de conjurar un rayo que no ha sido gran cosa. Y después ha sacado la artillería pesada. Es una metáfora mixta. Estoy un poco descolocada.
—Por qué será. —Trey la besó en la frente al tiempo que los perros, junto con Pye, irrumpían a la desbandada—. Me da la impresión de que se le han agotado las pilas por ahora. Estás bien.
Ella apreció que lo dijera como una afirmación.
—Fijo que es esto lo que la provocó. Hostias, Cleo.
—Secundo eso. —Trey se acercó a la pintura—. Esto es… Un guau enorme. Están juntas, en un frente común. Si tienes previsto incluirla en la exposición, voy a hacer una oferta previa.
—Es de Sonya. Es de Astrid, de Catherine, de Marianne, de Agatha, de Lisbeth, de Clover y de Johanna. Es de la casa solariega.
Owen se volvió hacia ella.
—Ven aquí, preciosa.
Cuando Owen terminó de besarla, Trey lo apartó a un lado.
—Secundo eso también.
Trey la sujetó de la barbilla y la besó suavemente en los labios.
—He de decir que todo esto, sobre todo eso —dijo Sonya, señalando hacia el lienzo— supera con creces el hecho de que vayamos a tener un sofá morado.
La expresión de Owen osciló entre el espanto y el asombro.
—¿Un qué?
—¿En la sala de juegos? ¿Morado? —Trey logró disimular ambas cosas, aunque no demasiado—. ¿En serio?
—Te va a encantar.
—Fijo —dijo Owen entre dientes.
—Y os lo contaremos todo, pero me apetece una copa de vino. Ha sido otro gran día, caray.
De camino a la puerta, Sonya echó un vistazo dentro del armario.
—Supongo que nada va a superarlo. Tal vez mañana.
La mañana siguiente transcurrió como de costumbre hasta que Sonya apagó el ordenador para ayudar a Cleo a embalar y cargar los cuadros en lo que aún consideraba la camioneta de Collin.