Capítulo 25 #2
Owen se aproximó.
—El tejido de los brazos está gastado. —Palpó el asiento y se sentó un momento—. Casi seguro que el relleno es de crin de caballo.
—Podíamos encargar que la tapizaran. Si encontramos la otra, podíamos encargar que las tapizaran. Con un nuevo tejido y un nuevo relleno. Se encuentra en buen estado.
—Este sofá que has dibujado… —Trey dio unos toquecitos con el dedo sobre el dibujo y frunció el ceño—. Me suena haberlo visto antes, en alguna parte…
—Si damos con él, podemos colocarlo en la zona de videojuegos, flanqueado por las sillas, buscar una mesa de centro, comprar un televisor y… Sería ideal.
Reanudaron la búsqueda.
—Aquí está la otra silla. —Owen hizo una seña—.
Imagino que cuando clausuraron la casa solariega metieron aquí todo a empujones sin orden ni concierto.
Es imposible que la mesa de tu dibujo esté oculta aquí abajo, de modo que lo más seguro es que se deshicieran de ella.
Lástima. Me habría gustado ver de qué madera era.
—Esta está manchada. De todas formas, podemos buscar un tejido bonito, Sonya. Algo del mismo estilo.
—Es una sala de juegos —le recordó Owen—. No os paséis con las cursiladas.
—Confía en nosotras en ese sentido —le dijo Sonya mientras examinaba la silla—. Esto es precisamente lo que me ilusionaba. Es más, pienso que es lo que estamos destinadas a hacer. ¿Conoces a algún tapicero o alguna tapicera?
—Ahí me has pillado. Le preguntaré a mi madre. Ah, aquí está el sofá. Sabía que lo había visto.
Owen lo inspeccionó.
—El tejido está de pena, y el relleno, hecho una mierda. Pero el armazón es recio.
—Listo. Los llevamos a arreglar y les volvemos a dar uso. Esto es un tributo a los antecesores.
—Y, cuando acabemos —apostilló Cleo—, tomaremos posesión de otra habitación.
—Yo diría que llevamos aquí abajo alrededor de una hora. —Trey retrocedió y echó un vistazo en dirección al panel de campanillas—. Y ni el menor tintineo. Has hecho un buen trabajo hoy, guapa.
—Y eso es lo que seguiremos haciendo. A ver si somos capaces de encontrar la mesa de centro adecuada. Después, en mi opinión, será hora de tomarnos el bizcocho.
Después de que Owen encontrara justo lo que ella buscaba, decidieron tomarse el bizcocho y los capuchinos en el jardín. Cuando la noche empezó a refrescar, tanto Sonya como Cleo fueron a por chaquetas.
Todos, mascotas incluidas, contemplaron sentados el resplandor de la luna sobre el vaivén del mar.
Sonya apoyó la cabeza contra el hombro de Trey.
—La mejor cena de celebración de mi vida.
Terminó su buen día entre sus brazos, además de contenta, a tope de energía. Dobbs atacaría de nuevo, de eso no le cabía duda, pero Sonya sentía, sentía realmente, que el impulso —y la luz— ahora eran suyos.
—Me pregunto si, cuando esto acabe y nos libremos de ella, Carlotta podrá seguir adelante, cuántos de los demás podrán y lo harán. Abrigo la esperanza de que ella sea capaz, en vez de pasarse las noches llorando a lágrima viva en el cuarto del bebé.
—Podías reclamar la potestad de ese cuarto.
Ella se acurrucó contra él.
—No hasta que ella tenga esa oportunidad.
Es que me sabe mal. No sé por qué exactamente, puesto que acondicionar la habitación de Molly y las otras me pareció lo correcto.
Tan solo abrigo la esperanza de que, cuando recuperemos los anillos, Carlotta pueda seguir adelante.
O, si se queda, que sea sin sufrimiento.
—Yo pienso, igual que tú, que al menos se le brindará esa posibilidad.
—Y con eso es suficiente. —Cerró los ojos y notó el latido constante del corazón de Trey bajo la mano—. Si por casualidad me diera por caminar sonámbula esta noche, no te despegues de mí, ¿vale?
—Jamás. Te quiero, Sonya.
—Con esa certeza me siento capaz de hacer cualquier cosa.
Cuando el carillón del reloj marcó las tres, ella continuó durmiendo con el sonido del llanto, la música y los murmullos.
Él no. Trey yació despierto, imaginando cómo Dobbs se arrojaba al vacío desde la escollera. Imaginando un tiempo en el que ese salto sería el último.
Más hojas comenzaron a moverse en un lento vals mientras el verano daba paso al otoño. Retazos de color, algún que otro llamativo destello, todo anunciaba el tímido avance de la sinfonía inminente.
A medida que la temperatura descendía, trajo consigo un agradable frescor. Por las mañanas, Sonya se encontraba la chimenea de su dormitorio encendida. Para cuando se acomodaba junto al escritorio, el fuego chisporroteaba en la biblioteca.
Sonya consideró que los ocasionales portazos, golpazos de ventanas, timbrazos y repiqueteos de campanillas eran pataletas de Dobbs, y se dio cuenta de que le importaban un bledo.
De hecho, más bien le hacían gracia.
Se preparó para lo que quiera que urdiera a continuación desde aquella habitación, pero se negó a calentarse la cabeza.
Así pues, se enfrascó en el trabajo durante los últimos días que transcurrieron entre el verano y el otoño. Sacó tiempo para ultimar sus planes para la sala de juegos. Por mediación de Corrine, encontró a una tapicera.
Maddy Black resultó ser prima de Lucy Cabot, que había tenido en acogida a Mookie, Jones, Yoda y Pye.
La mujer, que aparentaba unos cincuenta y tantos largos, tenía los ojos de color marrón oscuro tras unas gafas de montura roja. Llevaba el cabello, castaño y entreverado con canas, recogido en una gruesa trenza que le caía por la espalda.
Sus botas Birkenstock parecían muy baqueteadas, lo mismo que sus Levi’s. Una colección de coloridas pulseras trenzadas le adornaba la muñeca derecha, y en las orejas lucía unos pendientes de los que colgaban lunas y estrellas, junto con una hilera de tres pendientes de botón rojos.
Lucía un trío de cadenas alrededor del cuello, cada una con un cristal.
Cuando Sonya la recibió en la puerta, Yoda se enamoró de ella en el acto.
—¡Pero bueno! ¿Te acuerdas de mí? —Maddy se puso en cuclillas para acariciarlo y rascarlo con fuerza—. Coincidí contigo unos cinco minutos un día en la casa de Lucy. Según dijo, habías encontrado un buen hogar.
Maddy levantó la vista hacia Sonya.
—No recuerdo su nombre.
—Yoda.
—Claro.
—Te agradezco muchísimo que hayas venido a echar un vistazo a los muebles.
—A eso me dedico. Y voy a empezar repitiendo lo que te dije por teléfono: por lo general, es más barato comprar nuevos. Soy una firme partidaria de restaurarlos, pero quiero que los clientes estén advertidos.
—Lo estoy. Es que estos muebles han estado en la casa a lo largo de generaciones. Me gustaría darles un lavado de cara y sacarles partido.
—Así me gusta. —Maddy se enderezó y echó un vistazo a su alrededor—. La verdad es que nunca había estado aquí. Todo lo que sé es de oídas. No hay nada como una buena casa antigua, ¿verdad? Con tanto carácter, con tanta historia, con tantas vidas vividas.
—Coincido totalmente contigo.
—En realidad no llegué a conocer a tu tío muy bien, pero Corrine le tenía un gran aprecio, y ella tiene buen juicio. También te tiene un gran aprecio a ti.
—Eso espero, porque es majísima.
—Ciertamente, y no le gustan las tonterías. ¡Fíjate lo que tienes aquí!
Con las manos en jarras, Maddy echó un vistazo al salón principal.
—Qué muebles más bonitos, y que bien cuidados. Estos no son los que quieres restaurar.
—No, esos están abajo. Llevan almacenados… Qué sé yo.
—Echemos un vistazo.
—Para bajar hay que subir y entrar por la puerta del servicio.
Cuando enfilaron escaleras arriba, Maddy continuó mirando a su alrededor con gesto de aprobación, y se detuvo con las manos en jarras cuando Sonya abrió la puerta del pasadizo.
—Esto es algo que no se ve todos los días.
—Ahí abajo hay todo un mundo. Collin remodeló una parte, para instalar un gimnasio y una sala de cine —continuó conforme bajaban—. Quiero seguir con esa idea. Y tengo intención de montar una sala de juegos en lo que en su época se destinaba al ala de los criados.
—Madre mía. Esto va en serio, ¿no?
—Así es. Sacamos las tres piezas, el sofá y las dos sillas, para que no cueste tanto llegar a ellas.
Con un largo «Mmmmm», Maddy se aproximó para examinar el sofá primero. Lo rodeó y, después de tantearlo con el dedo y con las manos, se puso a escudriñar el armazón.
—Fijo que el relleno es de crin de caballo.
—Eso me han dicho.
—Voy a decirte algo más. —Se giró hacia una de las sillas y realizó el mismo reconocimiento—.
Eres una chica lista, y me has llegado al alma.
Ya no se fabrican así, eso es innegable.
Conservarlas no es tan solo con fines decorativos ni simplemente algo donde sentarse, sino preservar la historia.
¿Te imaginas la cantidad de traseros que se han apoltronado aquí a lo largo de décadas?
Se enderezó y asintió con la cabeza.
—Son preciosas, y puedo dejarlas en perfectas condiciones preservando al mismo tiempo esa historia. Voy a tomar medidas.
Cuando alargó la mano hacia su enorme bolsa y sacó la cinta métrica, la campanilla del salón dorado empezó a sonar sin cesar.
Maddy miró fugazmente hacia el panel.
—¿Alguien quiere algo?
—Alguien preferiría que nada cambiara en la casa solariega. Doy por sentado que estás al corriente de la leyenda. De la leyenda de Lost Bride Manor.
—Excepto por unos cuantos años con ganas de viajar, he vivido en Poole’s Bay toda mi vida. No todo el mundo se pone de acuerdo en lo relativo a los detalles, pero todo el mundo está al corriente de los sucesos en Lost Bride Manor.
—Eso es cosa de Hester Dobbs. —Sonya asintió con la cabeza en dirección a las campanillas—. Ella sigue aquí, en fin, cabreada.
—Ah, ¿sí? —Maddy jugueteó con los cristales que llevaba alrededor del cuello—. Da la impresión de que no te afecta demasiado.
—He tenido mis momentos. Si lo prefieres, puedo hacer que te lleven los muebles.
Maddy se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz, pues se le habían resbalado un poco.