Capítulo 25
L a alegría irrumpió en la cocina personificada en Mookie, con las orejas aleteando y moviendo la cola, equiparable al regocijo de Yoda. Jones aceptó los lametones y olisqueos con indiferencia, mientras Pye observaba con aire digno. La juguetona batalla campal se inició sin dilación.
—Vale, chicos y chica. —Trey dejó una botella de champán encima de la isla antes de dirigirse a la puerta—. A retozar fuera.
—Has traído champán.
—Nos figuramos que vencer al fantasma de una bruja loca merecía un reconocimiento. —Owen añadió—: Con burbujas.
—Ya veo que te han informado, pero he de decir: «Espera, hay más».
Trey se detuvo cuando hizo amago de inclinar la cabeza para besarla.
—¿Ha cargado contra ti otra vez?
—No. —Sonya movió el dedo índice hacia el pecho—. Y cuando hagas lo que tenías en mente te lo contaré. —Se puso de puntillas para alcanzar sus labios.
—¿Mantengo la botella de champán a la espera o la descorcho? —preguntó Owen.
—Ah, definitivamente, descórchala.
—Genial. Algo huele que alimenta aquí.
—Varias cosas —le dijo Cleo—. Necesito una fuente para el bizcocho. Son, copas de champán.
—Voy. Descorcha eso, cielo, y que empiece la fiesta.
Se oyó el ruido del montaplatos subiendo desde el sótano. A Sonya inmediatamente le vinieron a la cabeza las ratas con los ojos rojos.
—Estoy en ello. Ya tengo las copas.
—Será una fuente para el bizcocho, de parte de Molly. Fijo que es eso. —De todas formas, Sonya mantuvo las distancias.
—En efecto. —Trey sacó del montaplatos un recipiente para tartas con pie y la tapa de cristal acampanada.
—Es ideal. —Cleo lo cogió justo cuando Owen descorchó la botella con un suave chasquido—. Siempre se puede contar con Molly.
—Así es. —Sonya aguardó a que Owen sirviera todas las copas y seguidamente alzó la suya—. Brindo por Molly, la magnífica ama de llaves de Poole Manor.
Bebió un sorbo y sonrió de oreja a oreja.
—La he visto hoy. La he visto, y he oído su voz…
, con un melodioso acento irlandés muy agradable.
He visto a Grimes, el mayordomo en la época en la que Molly llegó de Irlanda; a Hobson, el ama de llaves; y a la señora Steele, la responsable de la colada.
También a Rory (no tengo claro su cometido) y a dos criadas, Gracie y Frances.
—¿Has hablado con ellos?
Ella negó con la cabeza en dirección a Trey.
—No, el fantasma era yo.
—Hiciste una incursión a través del espejo —comentó Owen.
—Sí, pero no fue como en las ocasiones anteriores.
Estaba en el sótano, porque me apetecía echar otro vistazo a donde me gustaría habilitar la sala de juegos, hacerme una idea de qué quiero exactamente y cómo lo quiero.
Cleo tenía previsto bajar enseguida (hacer un descanso en la preparación del opíparo festín), y dije en voz alta que ojalá pudiera ver ese espacio tal cual estaba antaño con el fin de poder, bueno, rendir un homenaje.
Y que sería genial poder ver a Molly allí.
Bebió otro sorbo e hizo un ademán con la copa.
—He aquí lo que ocurrió.
Una vez que los puso al corriente, abrió el cuaderno de dibujo.
—Esta es Molly, el día de su llegada a la casa.
—Qué mona —comentó Owen.
—Sí, una chica guapísima. Clover nos informó de que trabajó aquí durante cinco años antes de fallecer. Sé que fue feliz en este lugar. Le encantó la casa solariega.
—Y aún le encanta —dijo Trey por lo bajo—. El espejo acudió a ti.
—Sí, y, como he dicho, fue diferente a las ocasiones anteriores. Esta vez tuve elección, y la escena fue agradable.
Levantó la copa y bebió de nuevo.
—Mi sensación fue la de una invitación. Yo lo deseaba, y me dio la oportunidad de elegir porque no se trababa de algo que tuviera obligación de ver, sino que me hacía ilusión ver.
Pero solo presencié esa breve escena. Cuando sentí el impulso de ver más cosas, me bloqueó el paso.
Me concedió mi deseo, pero eso fue todo.
—Y en este lado —terció Cleo— pasaron dos o tres minutos, a lo sumo.
—Allí como mínimo diez, casi diría que un poco más. Era una sala agradable, muy limpia y bien amueblada. Las lámparas estaban encendidas, el fuego ardía suavemente, las sillas parecían cómodas y todas las campanillas del servicio estaban relucientes.
—Cuando regresaste seguías un poco aturdida.
—Pero el aturdimiento se me pasó antes que otras veces, Cleo. Y creo que estás en lo cierto respecto a que el viaje absorbe parte de mi energía. El caso es que fue una experiencia increíble.
—Te gustaría vivirla de nuevo.
Ella miró a Trey.
—Sí, pero pienso (o más bien intuyo) que ha de ser por una razón de peso, no fruto de un simple capricho. Hoy sucedió porque mi intención era hacer algo en beneficio de la casa, y deseaba ver a alguien que hace muchísimo por ella.
—Podría ser un medio para encontrar los anillos.
—Tal vez, y abrigo la esperanza de que así sea. Pero no quiero cometer una equivocación y fastidiarlo todo.
—Hay que esperar hasta encontrar el retrato de Astrid. —Owen se encogió de hombros—. Se necesitan los siete, pues, de lo contrario, ¿qué sentido tiene el espacio para el séptimo retrato?
—La lógica de la casa solariega —dijo Trey entre dientes—. Sí, tiene sentido. De modo que toca esperar. ¿Y si lo encuentras en nuestra ausencia?
—Os avisaremos, en ese preciso instante y lugar —respondió Sonya—. Y os esperaremos a los dos. Colgaremos el retrato de Astrid todos juntos.
—No se trata únicamente de la lógica de la casa solariega —terció Cleo mientras echaba un vistazo a la lasaña—, sino de sentido común. Por cierto, a la lasaña le faltan unos cinco minutos más.
—Has hecho lasaña. Y un bizcocho. ¿Cómo conseguiste el pan?
Sonriendo a Owen, Cleo imitó el movimiento de amasar a modo de respuesta.
—Con levadura, harina y demás.
Él la rodeó por la cintura y tiró de ella bruscamente para darle un largo beso.
—Lafayette, cuando llegue el momento voy a hacerte un pedazo de cocina.
—Y una despensa. Me he acostumbrado a disponer de una.
—¿No lo dirás en serio?
—Totalmente.
—Tomaré nota.
Sonya soltó un suspiro.
—Ha sido un bonito día. Realmente un gran día.
Lo alargaron con la cena de celebración de Cleo.
Después de servirse lasaña por segunda vez, Owen la miró.
—Menos mal que tienes otro trabajo, porque de lo contrario te construiría un restaurante.
—Me lo he pasado pipa. Dudo que un restaurante sea ni la mitad de divertido que cocinar para la familia.
—Una familia agradecida —señaló Trey—. Todo estaba riquísimo.
—¿Por qué no bajamos un poco lo riquísimo dando un paseo? —sugirió Sonya—. Me haría mucha ilusión mostraros lo que tengo en mente para el sótano.
Acompañados por las mascotas, bajaron.
—Este es el aspecto que tenía. —Sonya abrió el cuaderno de dibujo de nuevo—. Me parece que todas las luces, las lámparas y los farolillos de la pared eran de gas. Cuando quiera que instalasen el sistema eléctrico, cambiaron los apliques.
—No quieres volver al pasado con luces de gas —dijo Trey—, sino instalar algo que evoque esa época, ¿no?
—Exacto. Busco ese ambiente. Los suelos se encuentran en muy buen estado, igual que los revestimientos de las paredes. Me gusta el estilo, con paneles de madera auténticos. Yo colgaría obras de arte allí, y conservaría el panel de campanillas.
—Ve al grano. —Owen se metió las manos en los bolsillos—. La pantalla para los videojuegos. El mejor sitio para la máquina de pinball.
—La mesa de billar iría donde tenían la gran mesa larga. Era más grande y más larga que una mesa de billar con la medida reglamentaria. La pantalla, el sofá y un par de butacas en aquel lado. El pinball y la gramola, allí.
—Una gramola. —Owen esbozó una fugaz sonrisa—. Ahora sí que sí.
—La mesa y las sillas para los naipes y otros juegos ahí, además de un aparador para guardarlos y estanterías para exhibirlos.
—Probablemente encontrarás el resto del mobiliario en el inventario.
Cleo apuntó con el dedo hacia Trey.
—Coincido contigo en eso. Hagamos una rápida batida aquí abajo. Siempre hay tiempo de volver a revisar el desván, pero aquí abajo hay más cosas. No digo que los Poole tuvieran obsesión por acaparar, pero desde luego les costaba desprenderse de las cosas.
—Retrocedamos un momento. ¿Sabes algo sobre máquinas de pinball vintage?
—Qué va.
—Pues de eso nos encargaremos nosotros, Trey y yo.
—Puedes confiar en nosotros —le aseguró Trey—. Conozco a un tío.
—Conoce a un tío —corroboró Owen.
—Es amigo de mi padre. En su época tuvo una bolera, y todavía conserva unas cuantas máquinas antiguas. Las restaura, las repara…, ahora es como una afición. Tiene alguna Gorgar.
—Y a eso me refiero.
Sonya desvió la mirada del semblante feliz de Owen al de Trey.
—¿Quién o qué es Gorgar?
—La primera máquina de pinball fabricada con síntesis de voz. Ya le he dado un toque. Estará lista para cuando quieras.
—Pues la tacho de mi lista gustosamente.
—Tal vez disponga de gramolas antiguas o tenga algún contacto.
—En ese caso, también puedo tachar eso.
—Podrías poner un futbolín ahí. —Owen hizo una seña—. Porque, a ver, ¿qué es una sala de juegos sin un futbolín?
—Lamentable y obviamente, una decepción. Lo añadiré a la lista.
Procedieron a la inspección juntos, por separado, deambularon. La casa siempre albergaba más cosas de las que Sonya recordaba. Sin embargo, nada le pareció lo suficientemente adecuado hasta que descubrió otra zona.
—¡Dios mío! ¡Estas son las sillas! Estas son las sillas que había alrededor de la larga mesa. ¡Mira, mira mi dibujo!
Trey echó un vistazo por encima del hombro de Sonya.
—Sí, efectivamente.
—Veo seis, no, siete. Había más, y a lo mejor siguen aquí. Podíamos poner cuatro junto a la mesa y guardar las otras para cuando venga más gente. Luego las volveríamos a dejar donde estaban. Eso es justo lo que quería hacer.
—Aquí hay una bonita silla…, si es que buscas algo así. La tapicería está un poco estropeada —añadió Cleo—. Pero ¿sabes qué, Son? Es similar a una de las dos que has dibujado.
Sonya fue a su encuentro sorteando muebles.
—¡Cleo! Es en la que estaba sentada la señora Steele. Había dos junto a una mesa con una lamparita con la tulipa abombada. Esta es su silla.